TORRE PACHECO. REPETIR LOS ERRORES, 25 AÑOS DESPUÉS (versión ampliada del artículo publicado en Público, 15 de julio de 2025)

 

Los acontecimientos que se sucedieron en la segunda semana de julio de 2025 en la ciudad de Torre Pacheco nos han hecho evocar a algunos de nosotros -los que, por edad, guardamos algo de memoria- lo que se vivió, 25 años antes, en enero y febrero del año 2000, en la localidad almeriense de El Ejido (muy próxima por cierto a Torre Pacheco), unos trágicos sucesos que fueron entonces considerados como el último progrom en suelo europeo y que, por cierto, tuvieron un fuerte impacto en la legislación de inmigración, mal llamada de extranjería.

A mi entender, sería en todo caso un error pensar que lo ocurrido en Torre Pacheco, o en otros municipios, como Alcalá de Henares o Piera, casi en los mismos días, obedece en cada caso a un movimiento espontáneo y localizado. Todo parece indicar que nos encontramos más bien ante un paso en la estrategia a medio plazo de la extrema derecha, que va ganando terreno en buena parte de la UE, contagiando a la derecha (creo que es evidente ese contagio en la segunda legislatura de von der Leyen) y sin que la izquierda haya dado señales de una respuesta clara y eficaz en la defensa de principios que considero irrenunciables, como trataré de exponer.

Resumamos. En la ciudad de Torre Pacheco, tras la paliza sufrida por un sexagenario a manos, presuntamente, de varios jóvenes identificados como magrebíes, se desató casi de inmediato una campaña en redes sociales, junto a declaraciones de políticos de extrema derecha, llamando a tomar la justicia por su mano, es decir, a vengarse. La campaña en cuestión, que utilizaba lemas como «cacería», se focalizó en los inmigrantes que viven en el barrio de San Antonio de esa ciudad, sobre la base de que no sólo los agresores, sino todos los inmigrantes, son delincuentes y su presencia es un peligro que hay que erradicar.

En el origen de esos mensajes y de la incitación al odio y a la violencia, alimentados con todo tipo de bulos, como se ha demostrado, se encuentran indiscutiblemente políticos de Vox y medios de extrema derecha[1]. Se trata de falsedades cuya línea argumental se centra en la tesis de que la llegada de inmigrantes, además de desbordar nuestro propio equilibrio demográfico y nuestro estilo de vida, se traduce de inmediato en un incremento de la delincuencia, en un deterioro de la garantía de los derechos de los ciudadanos (comenzando por la seguridad y siguiendo por derechos sociales: salud, educación, vivienda) y pondría en riesgo la democracia misma. Son mentiras fácilmente desmontables con la apelación a los hechos, los datos que nos muestra la estadística[2]. En particular, la pretendida correlación entre presencia de la inmigración e incremento de la delincuencia, el gran caballo de batalla de los Alvise, Abascal y tuttiquanti radicales de extrema derecha, que propagan el terrorífico panorama de una supuesta conspiración orientada a un gran reemplazo de la demografía y los valores occidentales, merced a la invasión que supondría la inmigración y que sólo se podría frenar apelando a la gran deportación, la Reemigración[3], está rotundamente desmentida por hechos, por datos que se encuentran al alcance de cualquiera, en los informes anuales de la fiscalía o en las bases de datos del ministerio del Interior.

Lo cierto es que, aunque la campaña para las cacerías en Torre Pacheco, convocaba manifestaciones para los días 15 a 8 de julio en esa localidad (en el bien entendido de que se trataba de que llegara gente a Torre Pacheco a esos efectos, pues no se contaba con una adhesión significativa de los propios vecinos), ya el 13 de julio de 2025 se habían vivido ya dos noches de violencia extrema en el barrio de San Antonio de esa localidad y numerosos enfrentamientos, con el agravante de una muy tímida reacción de las fuerzas de orden público en las primeras 24 y casi 48 horas. Algo que afortunadamente se corrigió a partir del día 15, cuando estaban anunciadas concentraciones de protesta y de cacería contra los inmigrantes, que fueron disuadidas por  una mayor presencia y control policial (que no impidió las provocaciones e insultos a los medios de comunicación presentes para informar) y, sobre todo, con detenciones como la de uno de los autores de la agresión al anciano y también de algunos de los responsables de la campaña en redes, de odio e incitación a la violencia, basada en todo tipo de bulos y falacias sobre los inmigrantes. A día de hoy, conviene destacar que la fiscalía ha incoado diligencias sobre la posible responsabilidad del diputado autonómico y líder de Vox por Murcia, el señor Antelo.

Dicho todo ésto, a mi juicio y como he anticipado, es interesante ponerlo en relación con lo que se vivió en El Ejido, hace ahora 25 años, pues hay considerables similitudes, aunque también importantes diferencias

 

 

Lecciones de El Ejido: similitudes y diferencias con Torre Pacheco.

Para los más jóvenes, recordaré algunos datos del escándalo de El Ejido. El 22 de enero de 2000 dos agricultores españoles fueron asesinados en El Ejido por un temporero marroquí. Quince días después, el 6 de febrero, una joven fue apuñalada por un inmigrante marroquí que estaba en tratamiento siquiátrico. A continuación, entre los días 8 a 10 de febrero, se produjo lo que fue calificado como un verdadero progrom, en el que se destruyeron todo tipo de locales, una mezquita, los locutorios telefónicos, las carnicerías halal, distintos vehículos y se arrasaron las sedes de Andalucía Acoge y de la Federación de mujeres progresistas. Hubo intentos de linchamiento a inmigrantes, e incluso el subdelegado del gobierno en Almería fue perseguido al grito “ese es el que les da los papeles”. Numerosos periodistas que asistieron a aquellos acontecimientos en El Ejido, calificaron como pasiva la actitud de la policía. El alcalde, Juan Enciso (en aquel entonces del PP y luego reelegido como independiente; recordaré que en las últimas elecciones Vox ha sido la 2 fuerza política), no sólo no trató de detener esas barbaridades, sino que mostró su comprensión e incluso animó al “castigo popular”. Es el mismo personaje que se hizo famoso por su lema de campaña electoral: “a las 7 de la mañana todos los inmigrantes son necesarios; a las siete de la tarde, todos sobran”.

El Ejido era entonces un caso paradigmático de la transformación social -laboral, económica, cultural- de no pocas comarcas de Almería, gracias al cultivo intensivo bajo los mares de plásticos, donde se ocupaban millares de trabajadores -en su inmensa mayoría magrebíes-, que estaban pésimamente alojados en chabolas o cortijos derruidos en las afueras de la población, salvo una pequeña concentración en el barrio de Las Norias. Se trataba de un modelo de asentamiento descrito por los especialistas que estudiaron el caso, como Ubaldo Martínez o Emma Díaz, como arquetípico del espacio segregado, pero sobre todo, lo más importante, un ejemplo de feroz desigualdad: en pocos años se incrementó la prosperidad económica, incluso el número de millonarios, mientras esos trabajadores (casi un tercio de la población total: entre 15000 y 20000 en el año 2000, para una población que en esa fecha era de unos 53000 habitantes), malvivían en pésimas condiciones laborales, por no hablar de la ausencia de derechos elementales.

Las más destacables diferencias entre el contexto de El Ejido y el de Torre Pacheco son consecuencia sobre todo de los 25 años transcurridos. Torre Pacheco, una ciudad del Campo de Cartagena, cuenta en 2025 con 46000 habitantes, de los que casi 12000 (cerca del 30%) son extranjeros no comunitarios, que no viven en el extrarradio, sino que, en su gran mayoría, se concentran en un barrio de la ciudad, San Antonio, y aparentemente conviven sin muchos problemas con el resto de los vecinos de la ciudad. Además, lo que es muy importante, también en su inmensa mayoría tienen residencia legal y una parte de ellos, sobre todo los más jóvenes, nacidos en España, son ciudadanos españoles. La mayoría de los que tienen trabajo se ocupan en la agricultura intensiva, que es la principal actividad económica y también en alguno de los 6 polígonos industriales, o pequeños empleos temporales, además de locales de comercio y restauración. Aún así, conviene resaltar un dato publicado en un artículo de la revista científica Nature, que me parece que encierra una de las claves en la que no se ha reparado en este debate. Me refiero a la conclusión de este análisis en la que se pone de manifiesto lo que posiblemente sea el más relevante argumento de la existencia de una discriminación laboral que permanece: la brecha salarial entre los trabajadores inmigrantes y los nacionales hoy, en España, alcanza el 29%[4].

Un dato que no siempre se cita  y que me parece relevante es el siguiente: en los últimos cinco años, han adquirido la nacionalidad española 944.543 inmigrantes, entre los que destacan los de tres nacionalidades de origen extracomunitario: Marruecos, Venezuela y Colombia. Los permisos de residencia han pasado de 718.178 en 2020, a 1,4 millones en 2024. Sin duda, ese incremento de residentes legales y, sobre todo, ese millón de nuevos españoles son una buena noticia. Una buena noticia que lleva consigo también la necesidad de invertir en los servicios a los que tienen derecho todos los residentes legales que ahora son casi un millón y medio más, y todos los servicios a los que tienen derecho todos los ciudadanos españoles, que ahora son casi un millón más: si no se invierte, esos servicios se degradan y ya no cabe el socorrido tópico falaz de echar la culpa a los inmigrantes ilegales: de una parte, porque son residentes legales y de otra, porque hay un millón que, insisto, son ciudadanos , con los mismos derechos y deberes que quien suscribe.

Pero permitan que insista en subrayar la situación de los jóvenes nuevos españoles (jóvenes españoles de origen magrebí), porque sucede que, una vez más, ninguno, ninguno, de los partidos políticos con responsabilidad de gobierno en estos años, en todos los niveles, se ha ocupado de invertir suficientes medios para ello, de modo que, para una parte de esos jóvenes, insisto, ciudadanos españoles, el mecanismo tantas veces descrito como “ascensor social “, no existe y desde luego siguen padeciendo racismo, comenzando por el muy carpetovetónico desprecio a «los moros» [5]. Muy verosímilmente, eso contribuye a que no sean infrecuentes el trapicheo y los pequeños delitos.

Es decir, encontramos situaciones de déficit social que son las condiciones propicias para procesos de exclusión social, que incluyen automarginación, por la frustración de toda expectativa de mejora. Esto no es algo nuevo: lo hemos vivido ya en otras poblaciones, como Salt y, sobre todo, en Francia, en las conocidas como cités, los barrios de la banlieue, caracterizados por la degradación de los servicios sociales y prestaciones en derechos básicos como salud, escuela y vivienda, además de la ausencia de perspectivas de un trabajo digno. Son procesos sociales que conocemos incluso por el cine (El odio, Los indeseables, Los miserables, Atenea…)., pero no parece que hayamos aprendido sus lecciones, la principal de las cuales es ésta: aquí, bajo el racismo, y la xenofobia lo que subyace es, insisto, una manifestación clara de los procesos de exclusión, de explotación y de desigualdad, que fomenta el capitalismo depredador.

Esta es, en mi opinión, la clave de comprensión del significado político del desafío complejo que nos plantean las migraciones, algo que, sin embargo, parece difuminarse en los análisis que ponen el acento en la ideología racista, en la xenofobia (aún más simplificadores, a mi juicio, cuando se habla de ese confuso término que es la aporofobia). Porque en esas interpretaciones, que abundan entre quienes siguen acríticamente las pautas del pensamiento correcto, suele olvidarse que el racismo y la xenofobia son sobre todo ideologías de cobertura, de justificación de lo que constituye el verdadero núcleo del problema: unas determinadas relaciones de poder, de dominación, que se sirven de las migraciones para asentar la correlación de poder, en el orden internacional y en el estatal.

Desde luego, en una perspectiva pragmático-utilitarista, ningún experto discute la tesis de que las economías de buena parte de los países del norte tienen ya una suerte dependencia estructural de los movimientos migratorios, que se traducen en efectos económicos positivos, esto es, en un saldo beneficioso, unilateral[1]. En cierto modo, esos desplazamientos masivos de inmigrantes funcionan de nuevo como ejército laboral de reserva, que alimenta en buena medida lo que se denomina economía clandestina, porque en buena medida los beneficios dependen de un modelo de explotación de los trabajadores reclutados, sometidos a condiciones laborales y salariales muy discriminatorias, con las que además se ejerce dumping social respecto a los trabajadores nacionales, si bien lo habitual es que esos trabajadores migrantes reclutados se empeñen en sectores -en nichos laborales- de los que deserta la mano de obra nacional. El arquetipo son empleos agrícolas en condiciones muy duras, un particular modelo productivo “de éxito”, que se extiende -entre otros ejemplos- desde los cultivos de la fresa en Huelva, a los cultivos del plástico en Almería, o estos cultivos intensivos del melón o la lechuga en el Campo de Cartagena, sostenidos sobre un sistema de explotación laboral de la mano de obra inmigrante[2]. En un ensayo sobre el caso de Torre Pacheco, Walter Actis ha desentrañado lo que califica como “insostenible modelo agroexportador que mantiene una alta rentabilidad tanto por la explotación humana como ambiental, extrayendo agua que no hay, erosionando los terrenos y contaminando los acuíferos subterráneos que terminan en el Mar Menor”[3]. Es algo que también ha destacado que el director de Justicia Alimentaria, Javier Guzmán, en su ensayo los presupuestos y alcance del modelo de cultivo agrícola intensivo que caracteriza a buena parte de estas poblaciones, en Almería o en Murcia, apuntaba a contextualizar en ese sentido[6].

En efecto, a mi juicio, lo que no acaban de entender quienes ponen el foco de manera simplista en el racismo y la xenofobia es que, como ya anticiparan Allport, Taguieff o Todorov, y ha contribuido a poner de manifiesto una corriente de literatura política y narrativa afroamericana, con nombres como Tha-Nheisi Coates, I.X Xendi, o Michelle Alexander, antes incluso del movimiento Black lives Matter, ambas ideologías, racismo y xenofobia son herramientas, presuntas visiones del mundo que tienen como propósito justificar una relación de poder, un modelo político de dominación, explotación y discriminación. Esa es lo que llamé la herida original que lastra el mensaje de los founding fathers de la independencia americana, de Washington a Jefferson[7].

Todas las manifestaciones del racismo, desde el etnológico que ya se conceptualizó en la Atenas clásica, al racismo biologicista típicamente decimonónico, hasta el más reciente racismo como diferencialismo cultural (que proclama la incompatibilidad de un modelo cultural. africano, islámico, asiático, latino- con el dominante en el país de que se trate), sigue el mismo patrón: prejuicios para justificar una relación de poder. Y el problema, a mi juicio, cuando hablamos de Torre Pacheco, es que esos mecanismos de discriminación y explotación no han sido removidos eficazmente por PSOE, ni por el gobierno de coalición en estos siete años, ni, por supuesto, el gobierno regional de Murcia, del PP, con políticas públicas que signifiquen inversiones y doten de medios sobre todo a las administraciones que directamente afrontan la gestión de estos desafíos, los Ayuntamientos. A ello me parece que apuntaba certeramente el comunicado “Violencia racista ¿Qué hay detrás?”, emitido por Sos Racismo Guipuzcoa/Gipuzkoako SOS Arrazekeria[8].

En ese sentido, me parecen preocupantes algunas de las importantes y negativas coincidencias entre El Ejido y Torre Pacheco. En particular, como he señalado ya, la débil respuesta inicial de los responsables políticos, de las fuerzas de orden público y de las autoridades judiciales, ante el incremento de la campaña en la calle, incentivada por Vox y los habituales portavoces en redes de extrema derecha, que difunden el lema “cacería”. Sorprende que, pese al despliegue considerable de fuerzas de seguridad, no se produjeran detenciones hasta casi transcurrida una semana, y casi hasta ayer no se haya visto particularmente activa a la fiscalía que no olvidemos, es defensora de la legalidad. Cabe recordar que en el caso de El Ejido las dos únicas condenas fueron para los dos autores de los homicidios. No hubo ninguna, para los responsables de las más de 500 conductas susceptibles de tipificación delictiva. Hay que confiar en que no se repita lo mismo ahora, en Torre Pacheco.

 

Una política migratoria que es sobre todo retórica partidista, vacía.

Pues bien, a mi juicio, es casi inevitable concluir que en torno a lo sucedido en Torre Pacheco hemos asistido de nuevo a la escenificación de la estrategia partidista que se sirve del argumento de la migración como arma arrojadiza para la descalificación del adversario, en lugar de ponerse manos a la obra para facilitar los medios que puedan garantizar que la siempre compleja convivencia que nace de la presencia importante de esos otros, los inmigrantes, pueda desarrollarse en el marco del respeto a la igualdad de derechos y al pluralismo.

Uno de los escenarios en los que me parece más evidente lo vacío del debate es el de la discusión en torno a las exigencias que han de cumplir los inmigrantes para probar que están “dispuestos a integrarse”. A ese respecto, se reitera acríticamente el tópico de que los que vienen de fuera han de adaptarse a “nuestros usos y costumbres”, como condición para que aceptemos su presencia y se pueda desarrollar un marco de convivencia. Un argumento que, si se piensa con un poco de detenimiento, carece de justificación, de fuerza de obligar, si nos referimos a usos y costumbres que no están incorporados a las leyes. Porque hay que recordar que, en democracia, allí donde las leyes no obligan ni prohiben, lo que rige es el principio de libertad, siempre que no afecte a un derecho de tercero. A un derecho, digo, no a los deseos o expectativas o hábitos particulares. No niego que sea siempre aconsejable, desde luego, respetar los usos y costumbres de los otros, pero insisto: con la única condición de que no afecten a los derechos de nadie, y eso vale en una y otra dirección, algo que confunden quienes parlotean sobre integración entendida en un sentido unidireccional. Eso no es integración, es aculturación forzada, asimilación impuesta, y supone falta de respeto. La integración o es acomodación mutua, o no es tal. Y la primera condición de esa acomodación mutua es la igualdad de derechos y deberes. Un ejemplo banal de todo ésto: quien llegó de Murcia a Valencia y vive y trabaja en Valencia desde hace más de 50 años, ¿es menos valenciano, menos vecino, porque deteste los petardos, no acuda a mascletaes, huya de las fallas, no beba horchata ni se atiborre de fartons, abomine de los festejos como els bous al carrer o els bous a la mar, o el toro ensogado, no llore de emoción con el himno regional, ni con la moixeranga, y no quiera probar el arroz al horno, todos ellos signos de identidad de los valencianos, que algunos pretenden salvaguardar por ley?

A diferencia de lo que aseguran tantos profundos tertulianos que se presentan como «analistas», pero también los portavoces de la mayoría de los partidos políticos que han llenado portadas de informativos con sus declaraciones, estoy profundamente convencido de que el debate entre los partidos políticos que se ha vivido a propósito de Torre Pacheco, no ha sido una confrontación entre dos modelos de política migratoria, el de la derecha y el de la izquierda. El supuesto debate sobre la integración cultural, el vínculo entre inmigración y criminalidad, o el balance económico de la presencia de la inmigración, se ha quedado en slogans, en invectivas, pero no ha permitido analizar modelos distintos de política migratoria, sino que ha dejado fuera de foco la necesaria confrontación de propuestas concretas, de soluciones que mejoren las condiciones de convivencia de todos: los inmigrantes que llegan y quienes vivimos aquí.

Entiéndase, claro que me parece que hay diferencias, incluso relevantes, entre lo que sostienen las fuerzas de la derecha y la de la izquierda. Pero, a mi juicio, lo que ha sucedido es sobre todo una confrontación mediática, una escenificación más de la lucha partidista que se sirve de los inmigrantes como herramienta en esa disputa. Porque, de hecho, no nos engañemos, parece que la inmensa mayoría de la clase política, en lugar de actuar por la garantía efectiva de la igualdad en derechos y deberes, se haya dedicado sobre todo a manipular la realidad y a predicar mantras retóricos con el propósito fundamental de descalificar las expectativas electorales del adversario. Así lo hacen algunos ministros del gobierno que nos quieren presentar a la derecha como encapuchados del Ku-Klux-Klan, dispuestos a comerse crudos a los inmigrantes, y también buena parte de los políticos de Vox, algunos del PP y aledaños, que propagan la imagen de unos políticos de izquierda irresponsables, cuando no enemigos de la civilización occidental…

Un ejemplo claro es la oscilante postura del líder del PP, el señor Núñez Feijoo, quien, aunque ha condenado con claridad los ataques ultra en Torre Pacheco, no ha querido identificar la responsabilidad de Vox e incluso ha adoptado parte de su discurso, sobre la necesidad de deportar de inmediato a todo inmigrante que cometa un delito, así, sin matizaciones[9]. Pero no me parece menos retórica partidista y agitadora la de quienes, para estigmatizar al contrario como gente cruel y sin piedad, ningunean los problemas reales de convivencia y, contra todas las evidencias reales, propagan acríticamente que este es un país en el que no se dan cacerías contra inmigrantes y se respetan sus derechos. Así lo ha reiterado el presidente de gobierno, que asegura imperturbable que este es un país de derechos para los inmigrantes y asilados -que se lo pregunten a tantos miles de ellos que viven en condiciones de precariedad y explotación, sin poder ejercer derechos elementales- y no digamos la inane ministra Sáiz, con su habitual tono buenista, exento de rigor jurídico, que pone en evidencia la ausencia de voluntad política de cumplir con la legalidad interna e internacional. Una y otra retórica, las de la derecha y las de la izquierda gobernante, descalifican a quienes las sostienen, porque, insisto, no se orientan a tratar de solucionar los problemas, sino a arrojarlos sobre el otro bando.

 

Sobre la mal llamada “política de cooperación internacional sobre las migraciones”. De Torre Pacheco a Mauritania.

Particularmente detestable me parece lo que sucdiçó cuando aún no sehabían apagado los ecos de lo ocurrido en Torre Pacheco. Me refiero al episodio del oportuno viaje solemne del presidente del gobierno, acompañado de una pléyade de ministros, con el que se reeditó la ritual visita de control (disfrazada de cooperación) a la república islámica de Mauritania. Conviene recordar que este es un régimen que tiene mucho de teocracia militarizada y poco de república, casi tan poco como el de los ayatollahs iraníes.

Parece evidente el mensaje que se pretendía enviar, en conexión con el debate partidista sobre quién y cómo gestiona mejor las migraciones: vean cómo se hace política internacional para mejorar esa gestión. Pues bien, no puedo dejar de señalar hasta qué punto creo que hay una tergiversación en ese mensaje de cooperación internacional en la política migratoria.

Ante todo, porque me parece completamente rechazable haber tenido que escuchar las alabanzas del presidente del gobierno y de los ministros que le acompañan, todos ellos declaradamente feministas acérrimos, a un régimen que desprecia y viola por definición los derechos de las niñas y mujeres mauritanas. Ver y escuchar a una ministra como Elma Saiz, que se proclama feminista y se declaraba escandalizada por los comentarios machistas de Abalos y compañia, departir amablemente con estos ultramachistas de convicción y hechos, sin decir palabra sobre los derechos de las mujeres y las niñas, es sencillamente repugnante. E imaginen qué pasa con los de las niñas y mujeres de otros países, que hemos pactado devolver a la exquisita policía mauritana y de cuya suerte nos desentendemos en absoluto: las quejas sobre las prácticas crueles de abandono y “devolución” a sus países de origen de esos inmigrantes que les entregamos, son muy similares a las que se viven desde hace decenios en Marruecos[10].

Pero claro, se me dirá aquello de Bismarck (“un hombre que se mete en política armado sólo con sus principios, es tan irresponsable como quien se adentra en un bosque infestado de bandidos con un palillo entre los dientes”), se me reprochará la ausencia de pragmatismo y se me repetirá que la geografía obliga. Esto es, que todo vale para amarrar que ese vecino ejerza la función que a nosotros más nos importa. Que no es otra que frenar el terrorismo islamista y domeñar los flujos migratorios. Pero no con el Derecho en la mano, sino con la vía de siempre, la del policía malo, que para policía bueno ya estamos nosotros. O sea, que el objetivo es asegurar como sea que disminuya el porcentaje de los cayucos a Canarias (el ministro Marlaska presume de cómo bajan esos porcentajes) o que, en todo caso, nos aseguremos de que podemos vaciar de Canarias a todos los que han llegado jugándose la vida a las islas y que no nos interesan, y echarlos a todos a ese paraíso de los derechos humanos que es Mauritania. Claro, el precio para nuestra conciencia es olvidar la hipocresía de que nos desentendamos de cómo se violan los derechos humanos en Mauritania, pero es que esas personas ya no son cosa nuestra, que para eso les pagamos a los mauritanos (cooperación, lo llaman), para poder librarnos de ellos, sin tener que hacerlo nosotros mismos. Ahora bien, ¿qué diferencia hay entre esas prácticas y las que criticamos cuando las emprende Meloni en Albania o la supuesta socialdemócrata Frederikssen de Dinamarca, con Uganda? Si encima el presidente y los ministros presumen de una política migratoria y de asilo presidida por los derechos humanos y la cooperación, no como los racistas y xenófobos del PP o de Vox, la hipocresía riza el rizo. Y, por cierto, de los planteamientos xenófobos y racistas de Junts nunca oirán Vds críticas por parte del gobierno progresista de coalición.

 

¿Qué hacer?

Terminaré con un par de propuestas, nada novedosas. Sin ninguna duda, es importante la tarea de prevención contra la narrativa tóxica, la xenofobia y el racismo, en la escuela, en la calle y en los medios de comunicación. Pero ante todo y también en mi opinión, para responder a estos sucesos que podrían ser sólo un anticipo de la estrategia por venir de la extrema derecha, frente a la que la derecha no es suficientemente contundente, me parece que son imprescindibles dos tareas.

En primer lugar, algo tan elemental como que funcione el Estado de Derecho, esto es, que se restablezcan las garantías de la convivencia, que las fuerzas de orden público y de seguridad, la policía judicial, los jueces y los fiscales dispongan de medios adecuados para poder cumplir eficazmente su función y así, primero disuadan y luego investiguen y persigan de modo diligente los presuntos actos delictivos, de modo que los responsables sean llevados ante la justicia para paguen por lo que han hecho. Restablecer el Derecho, porque lo otro, la «autodefensa vecinal» (que con frecuencia no viene de los vecinos, sino de fuera, como se ha visto en Torre Pacheco) es el imperio de la barbarie.

Y, en segundo lugar, hay que exigir a nuestros responsables políticos el cumplimiento de aquello, tan elemental también, del facta, non verba. Dejémoslo claro: hace falta poner fin al discurso condescendiente, a la retórica paternalista de la exigencia «humanitaria» con los inmigrantes, para decidirse, con presupuestos (ay!) a pasar a los números y al boletín oficial, el del Estado, el de la Comunidad Autónoma, el bando municipal. Hay que dotar de medios y concretar inversiones en servicios en esos barrios, facilitar el acceso y la garantía de derechos básicos como salud, educación, vivienda y trabajo, en condiciones de igualdad para todos.

Todo eso, la necesidad de una voluntad de hacer política en serio, y no paripés de guiñol, vale como decía, para la crítica a quienes han visto en Torre Pacheco una oportunidad de arrimar el ascua a su sardina electoralista y, por ejemplo, exhibir el peligro de Vox, con frases rimbombantes como las de la ministra Redondo, una habitual de la indignación victimista, que habla de «frenar el kukuxklan entre nosotros», mientas no consta que se preocupe un ápice por la igualdad efectiva de derechos de las mujeres inmigrantes y de las niñas inmigrantes. Y vale, desde luego para el reproche prioritario a las autoridades municipales y autonómicas que se han mostrado demasiado comprensivas con esas reacciones de barbarie ante el delito perpetrado en Torre Pacheco, que ha sido el detonante de la situación. En particular, personalizaré mi denuncia en el presidente López Miras, que se apresuró a retirar las medidas en materia de vivienda para inmigrantes aprobadas por su consejo de gobierno y que Vox rechazó de inmediato, hasta el punto de permitirse el acto indecente y machista de obligar a su propia consejera a un indigno “no lo volveremos a hacer”.

Para seguir debatiendo, en la teoría y en la práctica, propongo tener en cuenta estas dos conclusiones:

Primera conclusión: Vox ha demostrado, a fin de cuentas, que maneja muy bien las redes, que consigue atraer a un sector importante del electorado joven con sus mensajes de rebelión contra el sistema y que, de facto, manda en Murcia. El PP no se puede llamar a andana, sobre todo si todo ésto es una muestra de la estrategia de gobierno que nos puede llegar tras las elecciones generales, cuando sucedan. Por eso es necesario que os ciudadanos deberían tener clara la propuesta del PP sobre política migratoria y de asilo (por supuesto, es aplicable a los demás partidos)

Segunda conclusión: gestionar la convivencia en situaciones de cierta complejidad, no sale gratis. O sea, que hay que pensar en la financiación de medidas de políticas públicas sobre todo en el ámbito municipal. un gasto que es inversión en convivencia, en mejora de la gestión. Si los diferentes gobiernos no concretan las mencionadas inversiones y medios personales y materiales a disposición de las administraciones municipales, los grandes perdedores de todo esto serán los paganos de siempre: los inmigrantes. Pero también todos nosotros, porque el perjuicio a la convivencia no dejará de afectarnos negativamente a todos.

 

[1] Tomás Muñoz, en un interesante análisis publicado en el dossier dedicado a estos sucesos en la revista El Salto, pone de relieve que se trata de una estrategia ensayada en otros países, por ejemplo, en Inglaterra: https://www.elsaltodiario.com/region-murcia/bulos-algaradas-estrategia-internacional-promocionar-supremacismo?utm_source=Claves%20para%20entender%20Torre%20Pacheco%20y%20otros%20temas%20destacados%20de%20la%20semana&utm_medium=email&utm_campaign=bol1207.

[2]  Recientemente se han publicado algunos análisis estadísticos que son muy concluyentes a este respecto. Así, por ejemplo, https://www.eldiario.es/sociedad/datos-desmienten-vox-espana-doble-extranjeros-2005-tasa-delincuencia-baja_1_12461944.html?utm_source=adelanto&utm_medium=email&utm_content=Socio&utm_campaign=15/07/2025-adelanto&utm_source=elDiario.es&utm_campaign=e786b0fb6d-ADELANTO_15-07-2025&utm_medium=email&utm_term=0_10e11ebad6-e786b0fb6d-56371625&goal=0_10e11ebad6-e786b0fb6d-56371625&mc_cid=e786b0fb6d&mc_eid=431e753198). También, https://elpais.com/espana/2025-07-16/sube-la-criminalidad-en-espana-datos-de-tendencia-por-delito-y-en-cada-ciudad.html. Quizá venga bien señalar que estas falacias habían sido rebatidas desde hace tiempo entre nosotros, desde la antropología, la sociología y la filosofía política. Basta asomarse, por ejemplo, a las páginas que dedicó a la cuestión el antropólogo Carlos Giménez en su monografía de 2014 Antropología, derechos y ética ante la cuestión migratoria.

[3] Como es sabido, la hipótesis de un “gran reemplazo” fue formulada por Renaud Camus en su ensayo de 2010, Le grand remplacement. La solución de la gran deportación o “Reemigración”, fue incorporada en 2021 al programa electoral del partido neonazi AfD, incluso concretada en una RemigrationsAgenda, y puede consultarse en la website del partido: https://www.afd.de/remigration/. Ambos argumentos fueron mimetizados por la diputada d Vox, de Mer, en términos de las exigencias de legítimo derecho a la supervivencia del “pueblo español”, poco antes de los sucesos de Torre Pacheco: https://elpais.com/espana/2025-07-07/vox-habla-ya-abiertamente-de-deportar-a-ocho-millones-de-inmigrantes-y-sus-hijos.html.

[4] https://www.nature.com/articles/s41586-025-09259-6.

[5] https://elpais.com/espana/2025-07-15/los-hijos-de-la-inmigracion-en-torre-pacheco-en-la-diana-a-sus-ojos-seguimos-siendo-moros.html.

[6] Cfr. https://www.elsaltodiario.com/opinion/torre-pacheco-sintoma-una-sistema-agroexportador-podrido?utm_source=Claves%20para%20entender%20Torre%20Pacheco%20y%20otros%20temas%20destacados%20de%20la%20semana&utm_medium=email&utm_campaign=bol1207. A ello apunta también, creo, Mohamed El Amrani en su “Torre Pacheco: manual para una revolución involuntaria.https://elpais.com/espana/2025-07-14/torre-pacheco-manual-para-una-revolucion-involuntaria.html.

[7] Así la califiqué en el capítulo VI de mi ensayo Nosotros que quisimos tanto a Atticus Finch. De las raíces del supremacismo al Black lives Matter (2000), pp.115-135.

[8] https://sosracismogipuzkoa.org/violencia-racista-que-hay-detras/.

[9] https://elpais.com/espana/2025-07-16/feijoo-endurece-su-discurso-y-pide-deportar-de-forma-inmediata-a-los-inmigrantes-que-delincan.html?ssm=TW_CM&utm_source=tw&utm_medium=social.

[10] https://elpais.com/espana/2025-07-16/migrantes-y-refugiados-viven-aterrorizados-en-mauritania-por-la-mano-dura-del-gobierno-para-frenar-los-cayucos.html?ssm=TW_CC.

[1] Cfr. por ejemplo el reciente ensayo de la investigadora de la IE University, D. Turcu, https://theconversation.com/frente-al-discurso-antiinmigracion-datos-por-que-los-inmigrantes-son-necesarios-para-las-economias-de-ee-uu-y-europa-261124?utm_medium=email&utm_campaign=La%20conversacin%20del%20domingo%20-%203457035211&utm_content=La%20conversacin%20del%20domingo%20-%203457035211+CID_ab8a931a74a8b8a545a71a379aaca11f&utm_source=campaign_monitor_es&utm_term=Frente%20al%20discurso%20antiinmigracin%20datos%20por%20qu%20los%20inmigrantes%20son%20necesarios%20para%20las%20economas%20de%20EE%20UU%20y%20Europa.

[2] https://www.elsaltodiario.com/region-murcia/torre-pacheco-explotacion-humana-ambiental-europa-pueda-comer-lechuga-12-meses-del-ano.

[3] https://www.elsaltodiario.com/region-murcia/torre-pacheco-explotacion-humana-ambiental-europa-pueda-comer-lechuga-12-meses-del-ano.

 

LAS MIGRACIONES NECESITAN POLITICA EN SERIO, NADA DE APOCALIPSIS, NI DE BUENISMOS (versión ampliada del artículo publicado en Levante, 14/07/2025)

Javier de Lucas*

Vox acaba de dar un paso extremo -pero consecuente- en un proyecto electoral que fía buena parte de su apuesta a la centralidad del discurso de la inmigración como amenaza existencial, lo que exigiría medidas radicales, como la denominada Reemigración, una tesis formulada por Martin Sellner en su ensayo Remigration. Ein Vorschlag (Remigración. Una propuesta), y que Alice Weidel incorporó al programa electoral del partido nenonazi AfD (se puede leer aquí: https://www.afd.de/remigration/). Vox, en línea con ello y con las políticas trumpistas, propone expulsar de España a millones de personas; muchas de ellas, ciudadanos españoles de pleno derecho. La señora de Meer, que presentó tal iniciativa (https://elpais.com/espana/2025-07-07/vox-habla-ya-abiertamente-de-deportar-a-ocho-millones-de-inmigrantes-y-sus-hijos.html), reconoció la extrema dificultad de su puesta en práctica, pero apeló a esa versión de la legítima defensa que tiene todo pueblo para su supervivencia, para preservar sus signos de identidad, frente a la amenaza de un “gran reemplazo”, teoría conspiranoica enunciada en un ensayo de 2021 por Renaud Camus (Le gran Remplacement. Introduction au remplacisme global), que denuncia la invasión producida por la inmigración incontrolada. Para Vox, la política migratoria del gobierno y frente a la cual el PP titubea provocarían ese catastrófico efecto que denuncian.

No conocemos la respuesta del PP. Maticemos: sí sabemos lo que piensa la líder en la sombra, la señora Díez Ayuso, que comparte esas tesis y está dispuesta a competir con Vox defendiendo iniciativas similares, con el objetivo de arrastrar a hipotéticos votantes de Vox a las filas del PP madrileño. Pero lo cierto es que, tras leer la ponencia política del reciente 21 Congreso nacional del PP, no está claro cuál es la línea que separa su modelo migratorio respecto al de Vox, aunque el lema que preside el programa, “Nosotros, los españoles”, ya ofrece algunas pistas. Su ponencia política incluye la inmigración las cuestiones de seguridad, y habla de “fronteras desprotegidas” y “descontrol migratorio”. Es clara la línea restrictiva de derechos de los inmigrantes: dificulta su acceso a las ayudas sociales y endurece las condiciones de reagrupación familiar y arraigo. Es verdad que oficialmente el PP se ha desmarcado sin ambages de la propuesta de reemigración de Vox, pero lo cierto es que en el día a día se evidencia la debilidad del PP frente a las presiones de Vox, presiones que doblan la mano al PP en las medidas de política migratoria en los gobiernos autonómicos de Valencia y Murcia, donde el PP necesita el apoyo de Vox para gobernar.

Abascal ya ha adelantado que el PP no tendrá su apoyo tras las próximas elecciones, si no acepta sus medidas sobre migración y asilo. Parece difícil suponer que, si se mantiene esa correlación tras las elecciones generales, el PP pueda evitar el abrazo del oso. Lo más probable es que si el señor Núñez Feijoo necesita los votos de Vox para ser investido presidente, hará de la necesidad virtud, como lo hizo Sánchez con los votos de Junts. Y, por cierto, recordaré que tanto Vox como Junts son formaciones que impugnan abiertamente la Constitución.

¿Pero qué decir del gobierno y, más específicamente, del PSOE? Creo que el gobierno yerra el tiro una vez más, presa del prejuicio de que no puede no enfatizar la prioridad de un discurso de “firmeza ante la inmigración”. Por eso, al final, abraza posiciones restrictivas respecto a la imigración y al asilo, mensajes que sus spindoctors consideran imprescindibles para combatir la crítica de que el PSOE tiene una postura buenista e irresponsable en política migratoria. Es la posición que ha encarnado erre que erre desde el primer día el a mi juicio reaccionario ministro Marlaska, con la ayuda de la manifiesta incompetencia exhibida, también a mi juicio, por la nueva ministra del ramo, la señora Elma Sáiz, probablemente la peor ministra de migración que ha tenido un gobierno en España en mucho tiempo. Una posición que se combina con un paternalismo condescendiente que habla de los inmigrantes como víctimas. Porque, en mi opinión, si hubiera que describir con una palabra la política migratoria y de asilo del PSOE y del gobierno en estos siete años bajo la dirección de Pedro Sánchez, el término obligado es ambigüedad. Me explicaré.

Con la mano derecha, trata de exhibir un lenguaje de “firmeza ante la inmigración” y, para no ser acusados de “buenistas irresponsables”, se recurre al palo, esto es, a las restricciones de derechos, por ejemplo, en la línea del estrechamiento del asilo: el informe 2025 de CEAR muestra que en 2024 nuestra tasa de reconocimiento de solicitudes fue del 18,5%, mientras que la media europea está en el 46,6%. A ello debemos añadir la resistencia del gobierno a cumplir con obligaciones jurídicas básicas, incluso pese a severas admoniciones del Tribunal Supremo en un asunto tan grave como la situación de los menores no acompañados en Canarias (resistencia que cuenta, hay que decirlo, con la insolidaridad de la inmensa mayoría de los gobiernos de las CCAA).

Al mismo tiempo, con la mano izquierda, se predica (nunca mejor dicho) el paternalismo “humanitario”, con el que trata de calmar las reivindicaciones de sus socios a la izquierda: por eso, los responsables del PSOE en esta materia (con alguna excepción, como la exsecretaria de Estado Hana Jalloul), cuando quieren exhibir sus principios, hacen pucheros para mostrar la pena que sienten por los pobres inmigrantes y así, denuncian la crueldad y la ausencia de perspectiva humanista por parte de la derecha. Todos los ministros que han tomado la palabra para contestar a Vox (empezando por el ministro Marlaska, lo que ya tiene su aquél) subrayan la consabida línea roja del gobierno ante ese delirio. Pero sucede que es un rojo muy desvaído, porque consiste en sostener que, ante la inmigración, hay que mantener que se trata de una “cuestión de humanidad”. Una vez más, como ya he señalado, se desvela un buenismo vergonzante, que es el fiel reflejo del complejo que domina a esta izquierda con voluntad de gobernar, el PSOE, en la que el pragmatismo acaba siempre imponiéndose a la coherencia con los principios. Pero no les escucharán respuestas concretas, vinculantes, inmediatas, sobre el cumplimiento de las obligaciones jurídicas, sobre la garantía de los derechos exigidos por la legalidad, la propia y la internacional.

Da vergüenza tener que recordar que la propuesta de Vox es inconstitucional e ilegal, contraria a la mínima garantía de los derechos consagrada en la Constitución, en los instrumentos jurídicos internacionales que nos vinculan y en nuestra propia legislación específica: baste pensar, por ejemplo, en lo que dispone el artículo 14.3 de la ley orgánica 4/2000 (LOEX): “Los extranjeros, cualquiera que sea su situación administrativa, tienen derecho a los servicios y prestaciones sociales básicas”. Pero da vergüenza que saque pecho un gobierno que acaba de perpetrar el dislate de la disposición transitoria 5 del nuevo reglamento de extranjería que entró en vigor el pasado 20 de mayo, de nefastas consecuencias para los demandantes de asilo, que más que un ejemplo de incompetencia técnicojurídica por parte de la ministra Saíz es una muestra de la confusión conceptual acerca del asilo y la inmigración, de la obsesión del ministro Marlaska por evitar que el asilo se convierta en coladero de falsos inmigrantes. Como causa vergüenza que un gobierno progresista arrastra los pies ante la petición de un nuevo proceso de regularización, que tiene un amplio respaldo social, son los clavos que muestran que, en el fondo, no hay voluntad política de ofrecer una respuesta coherente con los pregonados principios de respeto a la legalidad propia e internacional. La conclusión es que, en el fondo, para este gobierno los derechos de los inmigrantes siguen siendo la guinda del pastel, una opción, y no una condición sine qua non, una obligación a garantizar y a hacer respetar.

Por lo demás, a estas alturas, avergüenza también tener que recordar lo evidente, esto es, que además de su inverosímil puesta en práctica, sería una propuesta absolutamente ruinosa en términos del utilitarismo propio de un egoísmo racional, esto es, para la sostenibilidad del PIB, del sistema productivo y del modelo de Estado social de Derecho: un desastre para todos nosotros. Los datos que nos ofrecen el retrato robot estadístico de la realidad de inmigración en España son absolutamente elocuentes (https://elpais.com/espana/2025-07-11/datos-para-entender-la-inmigracion-cuantos-son-donde-viven-y-en-que-trabajan.html). Y por si alguien necesita una explicación pedagógica, le sugiero leer la inteligente campaña divulgativa “sin ellos”, emitida por la sexta: https://www.lasexta.com/noticias/sociedad/ellos-planta-cara-odio-triunfa-redes-millones-visualizaciones_2025040467efedd5eec2d3000145dd88.html.).

Y avergüenza que, ante sucesos como los que han sacudido hoy Torre Pacheco, sin duda incentivados por Vox, no se saquen las lecciones de lo que sucedió en El Ejido hace 25 años. Entonces, la razzia, el progrom que siguió a la difusión de un homicidio a manos de inmigrantes, un linchamiento colectivo que supuso más de 500 indicios de delito, se saldó finalmente con cero condenas. Hoy, en Torre Pacheco, sorprende la liviana actitud del ministerio del Interior y de la fiscalía ante un proceso social de gran similitud, que arranca de un presumible delito inicial de lesiones contra un anciano de la localidad, presuntamente cometido por un grupo de inmigrantes, conducta criminal que indiscutiblemente ha de ser perseguida y castigada, aunque hay una importante diferencia, fruto de que han transcurrido 25 años. La diferencia es ésta: en El Ejido, el asentamiento de los inmigrantes seguía el modelo de diseminación espacial (ubicación extra muros), como describieron los mejores antropólogos (Ubaldo Martínez, Emma Martín). Hoy, en TorrePacheco, hay un barrio entero de la ciudad, San Antonio, donde están asentados de forma estable y mayoritaria inmigrantes, y donde existe una generación de jóvenes inmigrantes que son el rostro del fracaso de la mal llamada integración, porque no se han puesto los medios para ello, de modo que para buena oparte de ellos, sus expectativas de ascensor social son nulas. Una historia de la que debíamos haber aprendido las lecciones francesas que incluso han sido llevadas al cine (El odio, Los indeseables, Los miserables, Atenea…). Porque aquí, bajo el racismo, lo que subyace es un proceso de exclusión social, de explotación y de desigualdad.

Insistiré una vez más en lo que considero la raíz del problema. Frente a cualquier análisis coyuntural, es preciso reconocer que las migraciones son una constante histórica, un fenómeno multidimensional y plural, a cuya gestión venimos enfrentándonos con una ceguera suicida sobre su condición más relevante: son una cuestión política. El problema es que tanto la derecha como la izquierda utilizan las migraciones como una herramienta para hacer (mala) política. Es decir, somos nosotros, con nuestras políticas migratorias y de asilo (y buena parte de los medios de comunicación, incluidas las redes sociales) quienes construimos las migraciones como un problema existencial que debemos abordar desde la perspectiva de la securitización, como ha analizado Gemma Pinyol, al mismo tiempo que, por debajo de esa coartada, nos empeñamos en usar a los inmigrantes como fuerza barata de trabajo, de usar y tirar. La constante es la más absoluta ignorancia de que las migraciones no son algo bueno ni malo, sino un fenómeno social de alcance global y cuya gestión constituye un desafío complejo, una tarea en la que una y otra vez fracasamos.

Cuando digo que las migraciones son sobre todo una cuestión política es porque me parece claro que más allá de sus innegables dimensiones laborales, económicas y culturales, las migraciones interpelan a las nociones clave sobre las que construimos la política, en el orden interno (estatal) y en el internacional y son uno de los dos grandes desafíos civilizatorios a los que no sabemos enfrentarnos, junto al del cambio climático. Las interpelan y nosotros insistimos en ofrecer viejas e inútiles respuestas, que fracasan una y otra vez, produciendo enorme dolor y con un coste terrible de vidas humanas, Claro, nuestra necropolítica migratoria las considera vidas desechables, costes colaterales del gran negocio que pretendemos con nuestro modelo de explotación unilateral de la movilidad humana.

En efecto, en primer lugar, las migraciones cuestionan el vínculo de exclusividad entre nacionalidad y ciudadanía y la calidad democrática del contrato social y político que ofrecemos a quienes, a diferencia de nosotros (que tuvimos la lotería de nacer del lado bueno de la geografía), nos han elegido para desarrollar su proyecto de vida y expresan su voluntad de hacer todo lo posible por pertenecer y contribuir a la prosperidad de nuestras sociedades. Nosotros les ofrecemos un status demediado, les regateamos el reconocimiento de iguales derechos y les hacemos muy difícil convertirse en ciudadanos, en sujetos de las decisiones que nos afectan a todos: ellos sólo las sufren, no pueden decidir y eso es reinventar el status de esclavitud de los extranjeros en la democracia ateniense.

Pero es que, en segundo lugar, las migraciones son una prueba del desorden internacional, de la desigualdad que no para de aumentar entre el norte y el sur global. Nuestras políticas migratorias y de asilo parten del dogma del dominio unilateral del orden internacional: nosotros imponemos las condiciones de movilidad, decidimos a quiénes, cómo y cuándo queremos recibir y pretendemos que los países del sur, de origen o tránsito de los flujos de movilidad humana las más de las veces forzada, desempeñen el papel de policía a nuestra conveniencia, a cambio de concesiones económicas que, en buena parte de los casos, no van a parar a sus poblaciones, sino a las élites corruptas: en Marruecos, Mauritania, Túnez, Nigeria o Mali. Porque digámoslo claro, la retórica de cooperación con esos países es una cortina de humo. La verdadera cooperación exigiría de nuestra parte inversiones en democracia, desarrollo humano y garantía de los derechos humanos. Algo que no nos importa, porque gato blanco o negro, lo importante es que cace los ratones que nos sobran o nos molestan, los inmigrantes y demandantes de asilo que nos sobran y de los que nos queremos librar como sea. Dinamarca, ha comenzado su presidencia rotativa del Consejo de la UE con medidas inequívocas a ese respecto, que refuerzan el modelo Meloni (cuando no el carácter reaccionario de las propuestas de los Orban, Dudda y tuttiquanti), y ante las que la Comisión Europea que preside von der Leyen se ha rendido con armas y bagaje. Y no nos equivoquemos: cuando la derecha copia las recetas de la extrema derecha, quien sale beneficiada, siempre, siempre, es la extrema derecha y los perdedores no son sólo los inmigrantes, sino todos nosotros.

Hasta que no nos tomemos en serio que la primera condición de toda política migratoria es garantizar la igualdad de derechos de los inmigrantes, en un marco legal en el que sean considerados como iguales sujetos de derechos y deberes, como vecinos que deben poder adquirir la plena condición de ciudadanos, seguiremos fracasando en la gestión de los desafíos de la inmigración.

* Javier de Lucas acaba de publicar Migraciones: la política, en la colección Ágora de la editorial Tirant, 2025, un ensayo en el que condensa 40 años de estudios sobre las políticas migratorias y de asilo

San Agustin, en el Comité Federal

 

Las expectativas defraudadas de un Comité Federal anunciado como histórico

Es bien conocida la difícil situación que atraviesa el PSOE como consecuencia del informe de la UCO y de las primeras decisiones judiciales relacionadas con las actividades indiciariamente delictivas, que revelarían un entramado de corrupción protagonizado por los ex altos cargos del PSOE Abalos y Cerdán, a los que parecen añadirse otros, pese a los esfuerzos de los dirigentes del partido por encapsular el problema en dos o tres personas. Por eso, el Comité Federal anunciado para el sábado 5 de julio había despertado enorme expectación, con una atención mediática espectacular, en todos los sentidos del término. Y, sin embargo, como en la fábula de Esopo, muchos dirán que los montes parieron un ratón.

En una columna publicada en el diario El Pais(https://elpais.com/…/pedro-sanchez-o-como-contener-el…), la escritora y periodista Berna González Harbour se servía del conocido apólogo de San Agustin (el vano esfuerzo de vaciar el mar con un cubo, empresa que el genio de Tagaste hace ver que es desproporcionada, pero aún sí, incomparable con la pretensión de entender a Dios), para adelantar su juicio: las propuestas del secretario general, esto es, algunos cambios de nombres en el núcleo del Comité Federal y una serie de exigencias éticas (prostitución, control de las cuentas de los altos cargos del partido), no eran respuestas a la altura de los graves problemas de legitimidad y credibilidad que afectan hoy al partido socialista y al propio secretario general. Es decir, que lo que Sánchez propone a su partido es como tratar de vaciar el océano con un cubo de playa.

Lo peor para la fiabilidad de esas propuestas llegó el mismo día: la sesión del Comité tuvo que retrasarse como consecuencia de la conmoción causada por la obligada dimisión del fontanero de confianza, el señor Salazar, uno de los principales nombramientos elegidos por Sánchez para la tarea de renovación, que había sido denunciado en un reportaje de eldiario.es del día anterior, por comportamientos de acoso laboral y sexual que, pásmense, al parecer eran un secreto a voces, al menos entre las mujeres que trabajaban con él, desde hacía años. Es decir, un tercer y grave error del secretario general en la tarea de elegir y vigilar a los más altos responsables del partido. Sin embargo, el propio Sánchez no hizo referencia expresa a ello, más allá de reiterar el “apoyo a las mujeres” por parte del partido.

Creo que el recurso al relato de San Agustín es acertado. Y lo es todavía más a la vista del desarrollo de ese Comité Federal que, a mi juicio, dejó en evidencia la peculiar concepción del ejercicio de la responsabilidad política por parte del propio Sánchez y de la inmensa mayoría de los miembros del Comité Federal, a la vista de las intervenciones y del resultado de la votación. Ni él, ni los suyos, contemplaron siquiera la posibilidad -se diría que lógica, incluso añadiría que debida- de poner el cargo de secretario general a disposición del Comité Federal a la vista de esos graves errores, y eso que, obviamente, habría obtenido una respuesta abrumadoramente favorable a su continuidad. Porque en buena lógica de rendición de cuentas, lo procedente era eso: someterse a una decisión de continuidad o de reprobación, un gesto democrático mucho más importante que el resultado de tal votación, fácilmente previsible, como digo.

Pedro Sánchez y la inmensa mayoría del Comité no lo entendieron así: con la metáfora del capitán que no abandona el barco en medio de la tempestad, sobre la que luego volveré, se obvió esa rendición de cuentas, relegada a la ritual y ya cansina petición de perdón y al gesto compungido. Esto es, al recurso a presentarse como víctima, cuando las verdaderas víctimas son los abrumados militantes y votantes que han visto defraudada su confianza. Una vez más, nos quedamos sin saber en qué consiste asumir responsabilidad política, por la culpa in eligendo y también in vigilando.

Pero esto no es un problema exclusivo del partido socialista. A mi juicio, se trata de un ejemplo más, la enésima muestra de cómo la ley de hierro de las organizaciones enunciada por Michels, domina en los partidos políticos. Es este uno de los aspectos más relevantes del importante déficit democrático interno de los partidos políticos, que abarca aspectos como la financiación, la falta de transparencia, los rígidos procedimientos de disciplina interna que ahogan la crítica y la pluralidad, étc. Todo ello se concreta en el instinto fuertemente conservador del propio interés de permanencia en el poder de quienes ocupan los lugares clave del aparato, con el argumento de que esa es la única garantía de que la organización pueda cumplir con sus fines. De esta manera, la lógica centrípeta, el cierre de filas, adornado con el argumento de la lealtad al líder, se presenta como condición ineludible, aunque sea evidente el riesgo de que con ello se puede poner en peligro la continuidad del proyecto al que la organización dice servir. Esos mecanismos generan la creencia -insisto en el término, creencia– de que todo cambio a fondo (por ejemplo, el cambio de líder) es un peligro para la supervivencia del partido, lo que tiene elementos de verosimilitud certificados por la propia experiencia reciente del PSOE, pero orilla la consideración de que en situaciones de especial gravedad, no llevar a cabo ese cambio en el aparato es probablemente lo que va a amenazar la supervivencia de la organización y aún peor, pondrá en riesgo su legitimidad: ¿o es que el líder es más imprescindible que el partido?

Soy de los que piensan que la peor hipótesis de futuro para nuestro país es un gobierno del PP en manos de Vox. Por eso, creo que lo que el PSOE necesita (añadiré, lo que el país necesita), ante todo, es ofrecer una limpieza a fondo que vaya más allá de cambiar cuatro rostros para poder resistir. Item más, el país y el PSOE necesitan un gobierno capaz de construir y sacar adelante propuestas que vayan más allá del mantra de que en caso contrario, viene el lobo. Si todo el argumentario lo fiamos a reiterar ese mantra, no habrá manera de recuperar la confianza de los ciudadanos y eso llevará a la derrota de la izquierda en las elecciones, sean en el 2026 o en el 2027. Los ciudadanos necesitamos una segunda parte de la legislatura que avance firmemente en los derechos sociales, en la igualdad, pero el problema es si existe una mayoría parlamentaria progresista para llevarlo a cabo. Eso sólo se puede comprobar mediante una moción de confianza, o mediante elecciones. Porque digámoslo claro, por mucho que el expresidente Rodríguez Zapatero se empeñe en el lavado de cara de Puigdmont y los suyos, por mucho que los dirigentes del PSOE eviten cuidadosamente la crítica a Puigdemont y a Junts, es meridianamente claro que Junts no forma parte de esa ecuación, de esas fuerzas progresistas dispuestas a avanzar en derechos sociales, porque es un partido de derecha reaccionaria.

 

Un partido democrático es incompatible con el culto acrítico al líder

Pero quiero aprovechar la columna de González Harbour para añadir otra interpretación del apólogo de San Agustín, que sugiere una lección de fondo de mucho interés para el futuro no sólo del PSOE, sino de la izquierda y, por tanto, para el futuro de este país.

Los más viejos del lugar recordarán que Txiki Benegas hizo famosa su alusión a Felipe González como <dios>. Dios, recordemos a San Agustín, es insondable, mucho más que el océano y si no somos capaces de entenderlo, tampoco de comprender sus razones, que las tiene, claro. Pues eso: va a ser que nuestro problema, en el partido y en el gobierno es que no entendemos a dios. Y es que la crisis que vive el PSOE y con él, el gobierno de coalición, se agrava precisamente por la profunda transformación operada en la estructura del partido, esto es, por la dependencia absoluta del partido respecto a Pedro Sánchez, y ya no como líder, sino como dios, un ser imprescindible. Vamos, casi como Florentino lo es para Butragueño.

Recordaré que el endiosamiento del líder es una de las razones que, en política, llevan a la corrupción, porque como señaló lord Acton, el poder, indefectiblemente, corrompe y el poder absoluto conduce a la corrupción absoluta. Quien se toma por dios, acaba abandonando elementales precauciones de prudencia en política, comenzando por la autocrítica coherente, y continuando por escuchar y aun fomentar la libre crítica. a sus decisiones. No parece que el secretario general lo haya entendido, pues su respuesta consiste básicamente en reiterar el denostado “lo siento, me he equivocado, no volverá a ocurrir” y en exhibir su condición imprescindible, por responsabilidad, como lo muestra su metáfora del capitán del barco, que no debe abandonar cuando hay mala mar. En realidad, como escribía Diego S. Garrocho (https://elpais.com/opinion/2025-07-07/el-capitan-sanchez.html), el capitán parece ignorar que si el barco corre el riesgo de zozobra no es sólo por el estado de la mar (los factores exógenos, incluida una innegable persecución feroz por parte de un sector de los medios de comunicación y por la estrategia ultramontana de PP y VOX), sino por los errores de actuación del propio capitán y de una parte importante de la tripulación escogida por él. 

El problema es que quien se toma, no ya por capitán, por secretario general de un partido, o presidente del gobierno, sino por imprescindible, es decir, el que está por encima de toda crisis y resiste porque, como dios, es el que es, acaba actuando por encima de las reglas y de las gentes, ya que sólo él posee la certeza de qué es lo que conviene hacer. En consecuencia, el lider politico que ha pasado a considerarse de semejante condición (todos somos contingentes, pero él es necesario…recuerden la genial secuencia de Amanece que no es poco), no quiere críticos ni disidentes. Por eso, se rodea sobre todo de adoradores o palmeros/as, como el siempre sutil señor Puente, que de manera tan elegante como es habitual en él, lo califica de “puto amo”. El líder que cae presa de esa narrativa, acaba por pensar en términos de culto de adoración, lo que significa que a sus fieles sólo les cabe el aplauso, el elogio desmedido a su sacrificio y su dolor, o la laminación del que no aplaude: así, Pedro Sánchez cultiva la épica del héroe, víctima de su capacidad de sacrificio.

El problema, claro, es que, para quienes forman parte de su iglesia, o corte cercana, como lo ha evidenciado ese aprendiz de monaguillo inquisidor que es el inefable ministro Puente, todo aquel que critica al líder es un desleal, un traidor, alguien que se ha mudado a la fachosfera. Por eso, la quintaesencia del buen militante es ese tipo de <estrecho colaborador> (como P.Sánchez llamaba a Cerdán hasta hace unos días) que encarna la pluriempleada vicepresidenta Montero, la que más y mejor aplaude, la que no ve una mancha de reproche posible al impoluto líder. Diré de paso que me pasma que el secretario general del PSC, el siempre prudente Sr Illa, se haya sumado a esa corte y haya tenido el cuajo de decir que quien critica al secretario general critica al partido: ¡gran muestra de respeto al pluralismo y a los compañeros que disienten!

No son pocos los que advierten que el PSOE se encuentra ante un gravísimo riesgo de pérdida de confianza por parte de los ciudadanos, algo que se llevó por delante al partido socialista italiano y al francés. Lamentablemente, la experiencia nos muestra que quien se toma a sí mismo por el ser imprescindible, no puede aceptar que haya una alternativa, porque no hay alternativa imaginable para ese héroe de características casi preternaturales. Por eso, su proyecto para el partido no contempla preparar el día después que, insisto, es inevitable que llegue. Y, me temo, el resultado es que cuando este secretario general vuelva a ser mortal, cosa que sucederá, bien porque descienda él mismo, o porque le bajen del pedestal, es decir, cuando llegue el día después de Pedro Sánchez, dejará una organización debilitada, con un importante déficit de autoridad ante los ciudadanos, por mucho tiempo.