San Agustin, en el Comité Federal

 

Las expectativas defraudadas de un Comité Federal anunciado como histórico

Es bien conocida la difícil situación que atraviesa el PSOE como consecuencia del informe de la UCO y de las primeras decisiones judiciales relacionadas con las actividades indiciariamente delictivas, que revelarían un entramado de corrupción protagonizado por los ex altos cargos del PSOE Abalos y Cerdán, a los que parecen añadirse otros, pese a los esfuerzos de los dirigentes del partido por encapsular el problema en dos o tres personas. Por eso, el Comité Federal anunciado para el sábado 5 de julio había despertado enorme expectación, con una atención mediática espectacular, en todos los sentidos del término. Y, sin embargo, como en la fábula de Esopo, muchos dirán que los montes parieron un ratón.

En una columna publicada en el diario El Pais(https://elpais.com/…/pedro-sanchez-o-como-contener-el…), la escritora y periodista Berna González Harbour se servía del conocido apólogo de San Agustin (el vano esfuerzo de vaciar el mar con un cubo, empresa que el genio de Tagaste hace ver que es desproporcionada, pero aún sí, incomparable con la pretensión de entender a Dios), para adelantar su juicio: las propuestas del secretario general, esto es, algunos cambios de nombres en el núcleo del Comité Federal y una serie de exigencias éticas (prostitución, control de las cuentas de los altos cargos del partido), no eran respuestas a la altura de los graves problemas de legitimidad y credibilidad que afectan hoy al partido socialista y al propio secretario general. Es decir, que lo que Sánchez propone a su partido es como tratar de vaciar el océano con un cubo de playa.

Lo peor para la fiabilidad de esas propuestas llegó el mismo día: la sesión del Comité tuvo que retrasarse como consecuencia de la conmoción causada por la obligada dimisión del fontanero de confianza, el señor Salazar, uno de los principales nombramientos elegidos por Sánchez para la tarea de renovación, que había sido denunciado en un reportaje de eldiario.es del día anterior, por comportamientos de acoso laboral y sexual que, pásmense, al parecer eran un secreto a voces, al menos entre las mujeres que trabajaban con él, desde hacía años. Es decir, un tercer y grave error del secretario general en la tarea de elegir y vigilar a los más altos responsables del partido. Sin embargo, el propio Sánchez no hizo referencia expresa a ello, más allá de reiterar el “apoyo a las mujeres” por parte del partido.

Creo que el recurso al relato de San Agustín es acertado. Y lo es todavía más a la vista del desarrollo de ese Comité Federal que, a mi juicio, dejó en evidencia la peculiar concepción del ejercicio de la responsabilidad política por parte del propio Sánchez y de la inmensa mayoría de los miembros del Comité Federal, a la vista de las intervenciones y del resultado de la votación. Ni él, ni los suyos, contemplaron siquiera la posibilidad -se diría que lógica, incluso añadiría que debida- de poner el cargo de secretario general a disposición del Comité Federal a la vista de esos graves errores, y eso que, obviamente, habría obtenido una respuesta abrumadoramente favorable a su continuidad. Porque en buena lógica de rendición de cuentas, lo procedente era eso: someterse a una decisión de continuidad o de reprobación, un gesto democrático mucho más importante que el resultado de tal votación, fácilmente previsible, como digo.

Pedro Sánchez y la inmensa mayoría del Comité no lo entendieron así: con la metáfora del capitán que no abandona el barco en medio de la tempestad, sobre la que luego volveré, se obvió esa rendición de cuentas, relegada a la ritual y ya cansina petición de perdón y al gesto compungido. Esto es, al recurso a presentarse como víctima, cuando las verdaderas víctimas son los abrumados militantes y votantes que han visto defraudada su confianza. Una vez más, nos quedamos sin saber en qué consiste asumir responsabilidad política, por la culpa in eligendo y también in vigilando.

Pero esto no es un problema exclusivo del partido socialista. A mi juicio, se trata de un ejemplo más, la enésima muestra de cómo la ley de hierro de las organizaciones enunciada por Michels, domina en los partidos políticos. Es este uno de los aspectos más relevantes del importante déficit democrático interno de los partidos políticos, que abarca aspectos como la financiación, la falta de transparencia, los rígidos procedimientos de disciplina interna que ahogan la crítica y la pluralidad, étc. Todo ello se concreta en el instinto fuertemente conservador del propio interés de permanencia en el poder de quienes ocupan los lugares clave del aparato, con el argumento de que esa es la única garantía de que la organización pueda cumplir con sus fines. De esta manera, la lógica centrípeta, el cierre de filas, adornado con el argumento de la lealtad al líder, se presenta como condición ineludible, aunque sea evidente el riesgo de que con ello se puede poner en peligro la continuidad del proyecto al que la organización dice servir. Esos mecanismos generan la creencia -insisto en el término, creencia– de que todo cambio a fondo (por ejemplo, el cambio de líder) es un peligro para la supervivencia del partido, lo que tiene elementos de verosimilitud certificados por la propia experiencia reciente del PSOE, pero orilla la consideración de que en situaciones de especial gravedad, no llevar a cabo ese cambio en el aparato es probablemente lo que va a amenazar la supervivencia de la organización y aún peor, pondrá en riesgo su legitimidad: ¿o es que el líder es más imprescindible que el partido?

Soy de los que piensan que la peor hipótesis de futuro para nuestro país es un gobierno del PP en manos de Vox. Por eso, creo que lo que el PSOE necesita (añadiré, lo que el país necesita), ante todo, es ofrecer una limpieza a fondo que vaya más allá de cambiar cuatro rostros para poder resistir. Item más, el país y el PSOE necesitan un gobierno capaz de construir y sacar adelante propuestas que vayan más allá del mantra de que en caso contrario, viene el lobo. Si todo el argumentario lo fiamos a reiterar ese mantra, no habrá manera de recuperar la confianza de los ciudadanos y eso llevará a la derrota de la izquierda en las elecciones, sean en el 2026 o en el 2027. Los ciudadanos necesitamos una segunda parte de la legislatura que avance firmemente en los derechos sociales, en la igualdad, pero el problema es si existe una mayoría parlamentaria progresista para llevarlo a cabo. Eso sólo se puede comprobar mediante una moción de confianza, o mediante elecciones. Porque digámoslo claro, por mucho que el expresidente Rodríguez Zapatero se empeñe en el lavado de cara de Puigdmont y los suyos, por mucho que los dirigentes del PSOE eviten cuidadosamente la crítica a Puigdemont y a Junts, es meridianamente claro que Junts no forma parte de esa ecuación, de esas fuerzas progresistas dispuestas a avanzar en derechos sociales, porque es un partido de derecha reaccionaria.

 

Un partido democrático es incompatible con el culto acrítico al líder

Pero quiero aprovechar la columna de González Harbour para añadir otra interpretación del apólogo de San Agustín, que sugiere una lección de fondo de mucho interés para el futuro no sólo del PSOE, sino de la izquierda y, por tanto, para el futuro de este país.

Los más viejos del lugar recordarán que Txiki Benegas hizo famosa su alusión a Felipe González como <dios>. Dios, recordemos a San Agustín, es insondable, mucho más que el océano y si no somos capaces de entenderlo, tampoco de comprender sus razones, que las tiene, claro. Pues eso: va a ser que nuestro problema, en el partido y en el gobierno es que no entendemos a dios. Y es que la crisis que vive el PSOE y con él, el gobierno de coalición, se agrava precisamente por la profunda transformación operada en la estructura del partido, esto es, por la dependencia absoluta del partido respecto a Pedro Sánchez, y ya no como líder, sino como dios, un ser imprescindible. Vamos, casi como Florentino lo es para Butragueño.

Recordaré que el endiosamiento del líder es una de las razones que, en política, llevan a la corrupción, porque como señaló lord Acton, el poder, indefectiblemente, corrompe y el poder absoluto conduce a la corrupción absoluta. Quien se toma por dios, acaba abandonando elementales precauciones de prudencia en política, comenzando por la autocrítica coherente, y continuando por escuchar y aun fomentar la libre crítica. a sus decisiones. No parece que el secretario general lo haya entendido, pues su respuesta consiste básicamente en reiterar el denostado “lo siento, me he equivocado, no volverá a ocurrir” y en exhibir su condición imprescindible, por responsabilidad, como lo muestra su metáfora del capitán del barco, que no debe abandonar cuando hay mala mar. En realidad, como escribía Diego S. Garrocho (https://elpais.com/opinion/2025-07-07/el-capitan-sanchez.html), el capitán parece ignorar que si el barco corre el riesgo de zozobra no es sólo por el estado de la mar (los factores exógenos, incluida una innegable persecución feroz por parte de un sector de los medios de comunicación y por la estrategia ultramontana de PP y VOX), sino por los errores de actuación del propio capitán y de una parte importante de la tripulación escogida por él. 

El problema es que quien se toma, no ya por capitán, por secretario general de un partido, o presidente del gobierno, sino por imprescindible, es decir, el que está por encima de toda crisis y resiste porque, como dios, es el que es, acaba actuando por encima de las reglas y de las gentes, ya que sólo él posee la certeza de qué es lo que conviene hacer. En consecuencia, el lider politico que ha pasado a considerarse de semejante condición (todos somos contingentes, pero él es necesario…recuerden la genial secuencia de Amanece que no es poco), no quiere críticos ni disidentes. Por eso, se rodea sobre todo de adoradores o palmeros/as, como el siempre sutil señor Puente, que de manera tan elegante como es habitual en él, lo califica de “puto amo”. El líder que cae presa de esa narrativa, acaba por pensar en términos de culto de adoración, lo que significa que a sus fieles sólo les cabe el aplauso, el elogio desmedido a su sacrificio y su dolor, o la laminación del que no aplaude: así, Pedro Sánchez cultiva la épica del héroe, víctima de su capacidad de sacrificio.

El problema, claro, es que, para quienes forman parte de su iglesia, o corte cercana, como lo ha evidenciado ese aprendiz de monaguillo inquisidor que es el inefable ministro Puente, todo aquel que critica al líder es un desleal, un traidor, alguien que se ha mudado a la fachosfera. Por eso, la quintaesencia del buen militante es ese tipo de <estrecho colaborador> (como P.Sánchez llamaba a Cerdán hasta hace unos días) que encarna la pluriempleada vicepresidenta Montero, la que más y mejor aplaude, la que no ve una mancha de reproche posible al impoluto líder. Diré de paso que me pasma que el secretario general del PSC, el siempre prudente Sr Illa, se haya sumado a esa corte y haya tenido el cuajo de decir que quien critica al secretario general critica al partido: ¡gran muestra de respeto al pluralismo y a los compañeros que disienten!

No son pocos los que advierten que el PSOE se encuentra ante un gravísimo riesgo de pérdida de confianza por parte de los ciudadanos, algo que se llevó por delante al partido socialista italiano y al francés. Lamentablemente, la experiencia nos muestra que quien se toma a sí mismo por el ser imprescindible, no puede aceptar que haya una alternativa, porque no hay alternativa imaginable para ese héroe de características casi preternaturales. Por eso, su proyecto para el partido no contempla preparar el día después que, insisto, es inevitable que llegue. Y, me temo, el resultado es que cuando este secretario general vuelva a ser mortal, cosa que sucederá, bien porque descienda él mismo, o porque le bajen del pedestal, es decir, cuando llegue el día después de Pedro Sánchez, dejará una organización debilitada, con un importante déficit de autoridad ante los ciudadanos, por mucho tiempo.

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *