SOBRE LA VANA PRETENSIÓN DE ADORNAR EL DISCURSO POLÍTICO CON CITAS QUE ACREDITEN PEDIGREE INTELECTUAL

Dice el refrán que no conviene olvidar la viga en el ojo propio, antes de señalar la paja en el ajeno.
Todos nos equivocamos y algunos de nosotros varias veces al día. Eso debería conducirnos a un ejercicio de humildad y prudencia antes de criticar a los demás y, sobre todo, a tratar de leer un poco más, y hablar un poco menos. O, al menos, a pensar dos veces antes de hablar. Y si esto nos sucede al común de los mortales, resulta más llamativo cuando tales errores o incontinencias verbales los cometen quienes ocupan puestos de la más alta responsabilidad pública, llevados por la pretensión de adornarse en el discurso con citas que muestren una superior cultura filosófica, literaria, musical, étc. El resultado es que queda así en evidencia una ignorancia sólo comparable a su vana pretensión. Vamos, que hacen el ridículo.
Se recordará, por ejemplo, la garrafal metedura de pata de Pablo Iglesias en un debate en la Universidad Carlos III, cuando se inventó una obra de Kant que recomendó leer y que evidentemente él no podía haber leído, porque no existía. Otros líderes, con mayor conciencia de sus propios límites, pero con no menor desvergüenza, se atreven a recomendar al público que lea lo que ellos confiesan no haber leído. De otra medida, creo, fue la pretensión de uno de nuestros presidentes de gobierno de mostrarse como estudioso de la obra de una cumbre de la literatura universal, como Borges, por el mero hecho de ser un entusiasta lector y así entregarse a la publicación de las propias emociones como si éstas fueran de interés general. Claro que, en este caso, hay dos disculpas importantes que llevan a la comprensión e incluso a la ternura por el propósito: la evidencia de que ha leído aquello de lo que habla y el fervor por la obra de este argentino universal. A lo que se ha de unir la ausencia de ambición venal, al haber cedido todos los derechos de autor a causas de voluntariado. A mi juicio, queda suficientemente disculpado.


Escribo ésto, a la vista de algunas anécdotas sucedidas en los últimos días, que ponen de manifiesto lo que -por otra parte- ya sabíamos: algunos de nuestros líderes políticos no dedican lo mejor de su tiempo a desentrañar los argumentos filosóficos de Hobbes, Kant, Hegel o Habermas. Tampoco, a leer cumbres de la poesía, la novela o el teatro. Y, seguramente, no hay ninguna necesidad de que lo hagan: no es preciso que nuestros líderes políticos sean intelectuales de la talla de Masaryk o Havel, aunque leer, estudiar, escuchar música o ir al teatro y al cine no le viene mal a nadie.

El problema en los tres casos recientes que voy a evocar consiste, creo, en que sus asesores piensan que queda bien adornarse de esa manera. Pero, como se verá, a veces estos asesores están faltos de sueño y se equivocan. Hace unas semanas, por ejemplo, les sucedió a los «escribidores» del Alto Representante Borrell, que le metieron en el jardín de comparar las obras de Hobbes y Kant, con un resultado manifiestamente mejorable. Más recientemente, los asesores del líder del PP le sugirieron adornarse con la consabida cita de Orwell y resultó que se trabucó con la fecha de <1984>; y para redondear, los hay que sugirieron al secretario general del PSOE que en su discurso en Sevilla pusiera en boca de Blas de Otero muy conocidos versos que escribió, en realidad, Gil de Biedma. Claro está que siempre cabe la posibilidad de que en los tres casos se trate de un lapsus atribuible a la propia cosecha del orador. De cualquier forma, lo ocurrido pone en evidencia a quienes se apresuraron a ridiculizar a quien citaba a Orwell en vano y silencian a continuación la confusión entre poetas.


A la postre, como recomienda el refranero, «zapatero, a tus zapatos», para que no te digan «dime de lo que presumes y te diré de lo que careces». Claro que también cabe otra lección, como decía al principio: leer un poco más y hablar un poco menos; mayormente, de aquello de lo que se sabe.

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