Acerca de Javier de Lucas

catedrático de Filosofía del Derecho y Filosofía Política Instituto de derechos humanos Universitat de Valencia javierdelucas1@gmail.com

PARA VIVIR SIN MIEDO Y SIN FAVOR, Infolibre, 26 junio 2019

Montaigne representa, para muchos de nosotros, un cierto ideal del espíritu europeo, el que encarna en sus Ensayos, quizá el ejemplo por antonomasia del pensamiento humanista a reivindicar hoy. Un humanismo crítico, con raíces en un sano escepticismo, que evita los Scyllas del “buenismo” abstracto, tanto como los Charybdis del pesimismo paralizante.  Estudioso del comportamiento humano y de la historia, se mostró siempre alejado de las utopías idealistas y más próximo a los dictados de la prudencia, del arte de hacer posible una convivencia en paz. El argumento que le pareció central fue el que probablemente tomó de Cicerón, “La sola idea de que una cosa cruel pueda ser útil, es ya de por sí inmoral” y también de la sabiduría de la jurisprudencia romana que señaló como uno de los tres principios básicos del Derecho el neminem laedere, el evitar causar daño a alguien. No hacer daño, evitar la crueldad, como condiciones sine qua non de la convivencia.

Si invoco esta herencia de Michel de Montaigne es porque creo que uno de los principios, de las convicciones que guían lo que podríamos llamar el progreso moral, social y, por ende, jurídico y político, al que tanto ha contribuido la mejor tradición europea, la que tiene esas raíces que acabo de recordar y que se prolonga en la Ilustración, en el liberalismo y el ideal de fraternidad del socialismo, pero también en los movimientos que hoy impulsan el Green New Deal entendido como contrato social para la justicia, es precisamente éste de la lucha contra la crueldad y la humillación. Cualquiera que haya leído las inmortales páginas con las que el marqués de Beccaria siembra la concepción de un Derecho penal garantista, lo sabe. Puede parecer un programa de mínimos, pero no lo es. Creo que lo explica muy bien, en su ensayo El liberalismo del miedo, la filósofa Judith Shklar, que compartió con otras grandes filósofas del XX (Arendt, Zambrano), la experiencia del exilio –refugiadas, a fin de cuentas- y a quien he leído con creciente interés gracias al buen consejo de la profesora Alicia García Ruiz, estudiosa de Shklar, traductora de algunos de sus ensayos y seguramente quien, entre nosotros, mejor conoce su obra.

En efecto, la línea que lleva desde el prudente humanismo de Vives, a Montaigne, hasta el liberalismo de Mill corregido por Shklar, es ésta de contención del daño que, en definitiva, es el espíritu mismo del Estado de Derecho, en su primera formulación, la liberal. Se trata de tener los instrumentos para controlar los inevitables excesos del poder (Lord Acton), su arbitrariedad. Pero, como ha advertido Honneth en su clarividente estudio sobre la filósofa nacida en Riga, Shklar no se detiene ahí y advierte la necesidad de dar voz y proteger a quienes encarnan “los rostros de la injusticia” que dan título a otro de sus libros.  Creo que Shklar coincide con quienes, desde la filosofía política y jurídica, señalan que la tarea más urgente para una política decente es reparar lo <injusto concreto>, el daño causado a las necesidades básicas de un tercero, a sus derechos. Evitar la crueldad, el sufrimiento humano, es, a su juicio, condición indispensable de todo comportamiento que se quiera digno de tal nombre. Y no sólo la crueldad física, la violencia, sino la crueldad que se manifiesta en la humillación moral. Comenzando por el test más sencillo de ese daño: la humillación moral de negarle la igual condición de sujeto de derechos.

En otras palabras, si se legitima el Derecho es precisamente, como sostiene Ferrajoli en convergencia con Shklar -aunque aquél lo proponga desde posiciones ideológicas muy alejadas del liberalismo-, en la medida en que aparece como la ley del más débil, el escudo de los más vulnerables, de los que no tienen voz ante ese Derecho que tantas veces parece sólo la voz del poder. Dar voz a todos aquellos que conocen la experiencia de vivir con miedo, nada menos que una buena parte de la población mundial, como lo ejemplifican los refugiados, los inmigrantes forzosos, y todos aquellos, todas aquellas que pueden hacer suya la frase de Roy en Blade Runner: “es toda una experiencia vivir con miedo, ¿verdad? Eso es lo que significa ser esclavo”.

Aquí convergen, por mucho que escandalice a los amantes de categorías simplistas, lo mejor de la tradición liberal con la socialista de la fraternidad, tal y como quisiera el socialista español Prieto. El motor común que les aproxima, es la necesidad de dar respuesta al lema del liberalismo económico, de esa ideología de mercado que proclama el “¡sálvese quien pueda!”, en la creencia de que, en efecto, el triunfo en el mercado es la prueba de una política de libertad y de justicia reales, las únicas posibles. Una ideología que olvida que las más de las veces, ese <ponerse a salvo> es a costa de la desigualdad, del olvido de los demás y en particular de los más débiles: un coste inaceptable en términos de daño y humillación. Esa es la razón, explica de nuevo Honneth, de que Shklar exija junto a la autonomía política (el derecho a ser ciudadano, a decidir mediante el voto), la autonomía económica, que se concreta en tener las mismas oportunidades para “ganar el pan sin miedo y sin favor”, un modelo de <economía republicana> que significa la ausencia del miedo en el orden económico. Pero ese objetivo no se puede conseguir sin corregir el mercado, sin intervenir, como señala Honneth, “en el ámbito prepolítico de la supervivencia económica”. De donde el liberalismo conduciría a un programa que tiene mucho que ver con lo que conocemos por socialdemocracia, porque se resume en el imperativo de igual libertad para todos, una igual libertad que tiene como test (vuelvo a Honneth) la garantía de los derechos sociales.

A todo lo anterior, a la lucha por vivir sin esos miedos, se suma hoy lo que advertimos como el daño irreparable, el daño a la vida misma como condición de cualquier proyecto social y político. Un daño que habíamos olvidado precisamente bajo el imperativo de la ideología del crecimiento, del progreso entendido en términos de riqueza económica y en el menos malo de los casos, del índice de PNB. Esa convicción se impone como tarea prioritaria, porque el daño que resulta de olvidarla anula todo lo demás. Y sabemos que ya no hablamos de los riesgos del cambio climático. Nos encontramos ante una situación de emergencia climática en la que concurren la urgencia y la importancia del asunto y que exige dedicar esfuerzos suficientes y concretos a este fin.

Por eso, como criterio de juicio, del voto de nuestros representantes, muchos de nosotros queremos que, a la hora de decidir quiénes van a dirigir los destinos de la UE, los candidatos nos expliquen cómo se proponen garantizar que todos (los ciudadanos europeos, sí, pero también todos los que están bajo soberanía de los Estados europeos) podamos alcanzar las condiciones para vivir en ausencia del miedo. Justo al contrario de esos programas políticos que se reducen a airear y fomentar el miedo para imponer, en passant, programas autoritarios y las más de las veces reaccionarios, queremos propuestas que nos garanticen vivir sin el miedo a la arbitrariedad del poder, a la limitación de nuestras libertades. Que nos garanticen también que podremos ganarnos el pan, el trabajo, la salud, la educación, la vivienda, la protección en la vejez, “sin miedo y sin favor”, como escribía Shklar. Programas, en fin, que tomen en serio y combatan eficazmente el miedo más justificado, el de perder este planeta. Todo ello se parecería bastante a un compromiso real, concretado en presupuestos, con la Agenda 2030 y los objetivos ODS, que parece el mejor programa común para los europeos, aquí y ahora.

 

 

Refugiados: política, no misericordia (El País, 20 junio 2019)

La Asamblea General de la ONU, en su resolución 55/76 de 4 de diciembre de 2000, estableció el 20 de junio como Día Mundial de los Refugiados. En este aniversario de 2019 hay poco que celebrar y mucho trabajo pendiente:  a 30 de junio de 2018 hay más de 70 millones de desplazados forzados en todo el mundo, de los que el 52% son niños. Lo que es peor: hoy, la definición de refugiado, a mi juicio, se ajusta sobre todo a la propuesta por el anterior Alto Comisionado de la ONU para los derechos humanos, Zaid Ra’ad al Hussein, en su intervención ante la Asamblea General el 30 de marzo de 2016: “These are people with death at their back and a wall in their face” (“son gente con la muerte a su espalda y un muro frente a ellos). Muerte y muros son el bagaje al que hacen frente la mayoría de ellos. La paradoja es ésta: cada vez hay más factores que provocan que un número creciente de seres humanos se vea obligado a desplazarse de su hogar, incluso de su país, para encontrar un lugar seguro. Al mismo tiempo, cada vez se reducen más las posibilidades del ejercicio de este derecho a encontrar un lugar seguro, porque se incrementan los obstáculos para poder plantearlo.

Por eso, nuestra tarea es doble. Primero, en el plano preventivo, reducir las causas que ponen a tantos seres humanos en peligro de muerte: trabajar por impedir los conflictos bélicos de los que huyen los más y también invertir en procesos de mejora de la democracia, los derechos humanos y el desarrollo sostenible en esos países de los que se ven obligados a huir. Y tenemos un deber perentorio en el segundo plano, el de la respuesta: evitar que quienes huyen porque están en riesgo sus vidas, sumen más riesgos e incertidumbres en su busca de refugio, que no encuentren más muros. Establecer vías seguras y asequibles, para que puedan plantear la protección que necesitan. En unos casos, el asilo. En otros, la protección internacional subsidiaria o incluso los visados humanitarios.

Nadie ignora que en Europa se están vaciando elementos básicos del contenido del asilo. Basten dos botones de muestra. Buena parte de los gobiernos de la UE permiten la violación del principio básico del sistema de asilo, el de no devolución al horror del que huyen (el principio de non refoulement, de no devolución), al entregar a las personas desesperadas que huyen del infierno libio a los guardacostas libios que los retornarán a escenarios con los que no soñó el Dante. Y eso, pese a que la ONU y las ONG que trabajan en esa zona han evidenciado que Libia es cualquier cosa menos un país seguro y sus puertos tampoco pueden tener esa consideración. Y añadan una mirada a la situación que viven los demandantes de refugio en las islas griegas, en campos convertidos en centros de concentración, sin noticias de resolución de su demanda, privados de libertad y en condiciones infrahumanas que inducen al suicidio, incluso de menores. Lo peor es la consecuencia que nos negamos a reconocer: hablamos de <refugiados>, al mismo tiempo que multiplicamos los esfuerzos para que no lleguen a serlo. Deberíamos hablar más bien de asylum seekers, de personas que buscan protección, y ponen en riesgo su vida para conseguir plantear esa solicitud. Y que en su inmensa mayoría jamás alcanzarán ese status.

La razón de todas esas contradicciones no es fruto de la ausencia de misericordia en el corazón de los europeos. Tampoco es que no se conozcan nuestros indiscutibles deberes jurídicos respecto a quienes buscan protección. Esa miseria moral, a mi juicio, es el resultado de una voluntad política contraria a la asunción de tales deberes jurídicos y que utiliza como coartada el desplazamiento de la cuestión a la pretendida respuesta humanitaria.  Una coartada eficaz, hasta rizar el rizo: primero se nos dice que esta es una cuestión “humanitaria”, desplazando así la responsabilidad desde los Gobiernos a los agentes sociales. Y luego, se estigmatiza esa respuesta humanitaria, llegando al cinismo de los <crímenes de solidaridad>, retórica en la que brilla Salvini, que presenta a ONGs abnegadas como cómplices, cuando no responsables de la trata y explotación de seres humanos.

Y eso nos sitúa ante la crisis de Europa como proyecto político. Iván Krastev, en su Europa después de Europa, ha escrito: “La crisis de los refugiados ha transformado radicalmente el statu quo en Europa, así como los argumentarios de los políticos, la mentalidad de los ciudadanos, las identidades de las naciones y los resultados electorales. La crisis de los refugiados ha acabado siendo el 11-S de Europa”. No creo que este juicio sea exagerado. Pero estoy convencido de que estamos a tiempo de reaccionar para hacer coherente la política migratoria y de asilo con los valores que proclama la propia UE. Para recuperar ese alma europea.

¿Qué hacer? A mi juicio, como han señalado la Comisión Libe del Parlamento Europeo, la red italiana Europasilo, y ONGs como CEAR que celebra ahora sus 40 años de trabajo en defensa de los refugiados, la reforma de la Regulación de Dublín es la clave para cambiar el déficit fundamental que aqueja al soi dissant Sistema Europeo Común de Asilo (SECA), que está todavía lejos de ser un sistema común. Ante todo, hay que lograr un consenso básico: la protección de refugiados es una responsabilidad compartida y obligatoria. Sólo después de eso podríamos hablar de armonización y estandarización del sistema. Esa armonización, creo, debería establecerse sobre la base de dos criterios: primero, la abolición del principio anacrónico que vincula la responsabilidad de tratar la solicitud de asilo con el país al que al solicitante llega en primer lugar: frente a ello, se trataría introducir un mecanismo de cuotas permanentes de reparto. En segundo lugar, establecer que el criterio principal para determinar el Estado responsable del tratamiento de solicitud de asilo sea el examen de los vínculos que el solicitante tenga con un Estado miembro.

Dicho esto, podríamos avanzar en propuestas concretas, como las que lanzó CEAR ante las elecciones del 28-A y el 26-M. Reproduzco dos, que me parecen prioritarias y que espero y confío que aborde el próximo Gobierno que presidirá Pedro Sánchez: (1) para empezar, se debe dotar de medios materiales y recursos humanos suficientes a la Oficina de Asilo y Refugio y a la Policía Nacional y velar por su formación específica. Es absolutamente urgente concluir la instrucción de los 102.800 expedientes pendientes de resolución, según Eurostat, a 30 de junio de 2019. Junto a ello, (2) en el ámbito europeo, en coherencia con el elemento básico de protección internacional, que es el principio de no devolución recogido en la Convención de Ginebra, nuestro Gobierno debe asumir la iniciativa de promover un consenso europeo para la aprobación de un protocolo de desembarco y reubicación seguro y predecible, que evite que ninguno de los rescatados pueda ser devuelto a un país en el que su vida pueda correr peligro.  

FEDERALISTAS EN EL SENADO, Cartelera Turia, 31 de mayo de 2019

La sonrisa que nos pintó a muchos la elección de Manuel Cruz como presidente del Senado no es la del ingenuo, ni tampoco (sólo) la del amigo. Sé que habrá quien lo considere un gesto tacticista del PSOE, de Pedro Sánchez, de cara a Catalunya. Incluso los hay que lo interpretarán en clave de esa corriente subterránea (nunca faltan los amantes de la explicación conspiranoica) que circularía entre Moncloa y la sede de ERC, con apeaderos en la sede del PSC y en Lledoners. Por mi parte, no excluyo que la propuesta de dos “federalistas” para presidir Senado y Congreso pueda tener que ver con esa intención simbólica, aunque desde ERC -no digamos desde otros sectores del secesionismo- niegan con énfasis cualquier efecto positivo.

Más bien, como el propio Manuel Cruz, soy de los que piensan que, para los independentistas, su peor adversario es el federalismo. Por eso, como advirtiera ya en su momento el exhonorable y siempre astuto Jordi Pujol, le aplicaron la receta del ninguneo, la indiferencia, cuando no la ridiculización. El federalismo ha aparecido así, en medios independentistas y en sus voceros, como algo exótico, un perro verde, o una pantalla pasada.  Baste recordar el duende vestido de verde que acompañaba a Pere Navarro en los mordaces episodios de Polonia. Y aún más aparece como enemigo (peor que adversario) el federalismo vinculado a un proyecto de izquierda, que desborda por supuesto el ámbito partidista del PSC, como lo muestra la existencia de Federalistes d’Esquerres, entidad cuya creación impulsó el propio Manuel Cruz en 2012 y que llegó a presidir entre 2013 y 2016.

Si alguien se toma la molestia de leer o escuchar sus intervenciones                                                   en la web de esta plataforma (federalistesdesquerres.org/es/), en su blog <filósofo de guardia> (https://blogs.elconfidencial.com/espana/filosofo-de-guardia/), por no hablar de artículos y libros en los que ha abordado el desafío territorial y político que plantean el encaje de Cataluña y el país vasco en el modelo constitucional del 78, puede entenderse sin dificultad en qué consiste la propuesta federal según Manuel Cruz.

En un artículo publicado en 2016 con el título “La fraternidad como política” ( https://elpais.com/elpais/2016/04/28/opinion/1461847617_494506.html), propuso como tal el alma del federalismo, que pretende “universalizar la igual libertad republicana…porque el nervio de la fraternidad es que los fraternos se traten entre sí como iguales”. Es lo que ha vuelto a explicar de forma muy convincente, a mi entender, en su discurso del 21 de mayo, con ocasión de la apertura de la XIII legislatura en el Senado (se puede leer aquí: http://lucasfra.blogs.uv.es/2019/05/22/discurso-del-presidente-del-senado-manuel-cruz-en-la-sesion-constitutiva-de-la-xiii-legislatura-21-05-2019/). En él insistió en las dos dimensiones del federalismo, la del reconocimiento de la significación política propia del estatuto político de los federados, y la de la cooperación y lealtad de éstos con los demás y con el marco del Estado federal (la Constitución). Unión en la diferencia, como pretende el lema europeo. Por eso, los europeístas coherentes han de ser, a mi juicio, federalistas. Y eso explica la satisfacción de federalistas dentro del PSOE, como Ximo Puig o Miquel Iceta, y también fuera de él: por ejemplo, perdonen el atrevimiento, quien suscribe.

Creo que no hay mejor reto para el Senado que tratar de poner letra y números a esa apuesta federal. Y lo concretaré con las palabras del propio Manuel Cruz: que el Senado se convierta “ en parte de la solución a los desafíos que enfrenta nuestro modelo territorial… donde se busquen soluciones al reto demográfico o a la despoblación de gran parte de nuestro territorio…donde se debate y diseñe un nuevo sistema de financiación autonómica y local, que garantice la prestación de unos servicios públicos dignos, que colmen las necesidades de los ciudadanos y las ciudadanas de España sin importar donde vivan”. Y eso, con el talante -tomado el término en serio- que sugieren las Meditaciones de Marco Aurelio, “no hacer manifestación ni de la cólera ni de ninguna otra pasión, sino ser al tiempo el más impasible y el más afectuoso”. A trabajar.

UNA ESPERANZA PARA EUROPA. ANTE LAS ELECCIONES EUROPEAS (Infolibre, mayo 2019)

Rara vez un acto institucional emociona. Como mucho, uno espera que sea breve, que no se repitan demasiados tópicos y que, con suerte, quizá aparezca alguna idea…Sin embargo, tuve oportunidad de asistir al acto institucional por el día de Europa que se celebró el pasado día 9 de mayo en el Palau de la Generalitat valenciana, organizado por la Delegación del Consell para UE que dirige Joan Calabuig y debo reconocer que consiguió emocionarme y me ha hecho pensar. La clave, a mi entender, estuvo en el acierto de centrar ese acto en las intervenciones de profesores y, sobre todo, de las chicas y chicos, estudiantes de algunos de los IES y Colegios que forman parte del programa de centros educativos Embajadores de Europa.

En sus intervenciones, ofrecieron -a mi juicio- un ejemplo de compromiso crítico y exigente con una Europa fiel a sus valores. Así, defendieron la prioridad de la causa por la sostenibilidad del planeta, en línea con la iniciativa Fridays for Future que ha puesto en marcha la adolescente sueca Greta Thunberg. Porque no quieren heredar un planeta degradado, al borde de la sexta extinción, como ha denunciado el recién publicado informe de la Plataforma Intergubernamental en Biodiversidad y Servicios Ecosistémicos (IPBES, por sus siglas en inglés: https://www.ipbes.net/news/Media-Release-Global-Assessment), dependiente de la ONU. Un informe que subraya que nos encontramos ante un declive sin precedentes, con un  riesgo  acelerado de extinción que afecta a más de un millón de especies, resultado en gran medida de lo que se ha dado en llamar <Antropoceno>, ligado indiscutiblemente al avance de un insaciable modelo de capitalismo depredador.  Pero también alzaron su voz para reprochar una Europa indiferente a la solidaridad, a las obligaciones con los refugiados, a un trato más justo en la acogida de los inmigrantes: nos recordaron la necesidad de una Europa de acogida, de inclusión solidaria y plural. Una Europa digna de la herencia de la mejor tradición de los humanistas, entre los que resonaron los nombres de dos valencianos. Uno, el gran Gregori Mayans, explícitamente invocado por los alumnos del centro que lleva su nombre, en Oliva y que se hicieron eco de esa manifestación europeísta que llena la correspondencia de Mayans con intelctuales de otras naciones europeas (de  Muratori a Voltaire, de Pereira a Meerman, de Walch a Plüer). Y todo ello desde su profunda admiración por el granhumanista valenciano, Juan Luis Vives,al que no podemos entender sin el intercambio intelectual con otros dos grandes europeos, Erasmo y Tomas Moro.

Estos jóvenes ofrecieron también un sintético repaso por elementos básicos de las instituciones europeas, a través de sencillas preguntas y respuestas que demostraron un grado de conocimiento que ya quisiera que alcanzaran los adultos convocados a votar el próximo 26 de mayo.

En suma, ejercieron tres rasgos que, a mi juicio, son los que mejor describen el alma europea, si es que podemos hablar así. Ante todo, la razón crítica. Porque si Europa tiene un rasgo es éste, la capacidad de criticar -desde el ejercicio abierto de la razón-, lo que le ha llevado tatas veces a romper con su propio legado, con elementos que parecían rasgos claves de su identidad: esa es la tarea que impulsan el humanismo, la Ilustración. La segunda, la defensa orgullosa de la diversidad: a diferencia del lema estadounidense (e pluribus unum), el lema europeo no propone reconducir la pluralidad a la unidad, sino que subraya que su fuerza está precisamente en esa pluralidad (unidos en la diversidad). Por eso, la insistencia en los derechos de los otros. Y, precisamente por esa comprensión de la diversidad, aparecía un tercer rasgo en sus intervenciones, la permanente insistencia en la exigencia de avanzar en una sociedad de mayor igualdad e inclusión.  Es decir, en recuperar el modelo de la Europa social

Me parece que todo ello es una estupenda lección justo ahora, cuando crecen movimientos y partidos que se caracterizan por un antieuropeísmo de fondo, que actúan inspirados por una lógica de exclusión que nos propone el regreso a sociedades cerradas, a modelos impuestos de homogeneidad. Una Europa que deja en los márgenes, desde la indiferencia y el desprecio, a quienes no respondan a su modelo del individualismo de éxito: parados, ancianos, enfermos, dependientes, pensionistas, pobres, jóvenes sin empleo, inmigrantes, minorías nacionales, culturales…Una Europa para la que los derechos de las mujeres aparecen como peligrosas amenazas para un statu quo que no puede ocultar su modelo patriarcal. Una Europa que proclama ya sin disimulo los viejos mensajes del racismo y la xenofobia. Una Europa en la que la insistencia en la cohesión (“lo nuestro, nosotros, primero”) responde a las peores razones: el miedo y el odio.

La palanca para responder a esa crítica es, ante todo y a mi juicio, reivindicar lo que constituye la columna vertebral del proyecto europeo, que es el Estado de Derecho, la igual garantía de los derechos como objetivo primordial de la democracia. El imperio de la ley, del Derecho, ante el que todos debemos ser iguales en derechos y deberes. La independencia judicial y el control de todos los poderes, los institucionales y los fácticos, donde el papel de la libertad de expresión es crucial. Esa es la Europa por la que vale la pena votar el próximo día 26.  Porque no debemos defraudar a estos jóvenes que son nuestra esperanza. Porque debemos dejarles claro que hemos aprendido su lección.

 

 

 

 

 

DISCURSO DEL PRESIDENTE DEL SENADO, MANUEL CRUZ, EN LA SESIÓN CONSTITUTIVA DE LA XIII LEGISLATURA (21.05.2019)

INTERVENCIÓN DEL PRESIDENTE.

(Núm. exp. 521/000001)

            El señor PRESIDENTE: Buenos días. Bon dia. Bos días. Egun on.

            Señorías, expresidentes del Senado, autoridades, señoras y señores, permítanme comenzar estas palabras dándoles la enhorabuena por su elección como representantes en esta Cámara, el Senado de España, y les agradezco su confianza al elegirme para que sea yo quien la presida durante la legislatura que arranca con esta sesión constitutiva.

            Daré por buenos los muchos o pocos méritos que haya podido adquirir a lo largo de mi vida académica y política si desde aquí, desde esta posición en la que tan generosamente me han situado hoy, contribuyo a la cohesión social y territorial de España, fin este último especialmente relevante para esta Cámara. Ese es mi mayor anhelo compartido –estoy convencido- con todos ustedes. Presidir el Senado de España es una responsabilidad y un privilegio que no esperaba, como ustedes no ignoran, pero si algo me propongo para estos próximos años en la Cámara Alta es que miremos todos hacia el futuro.

            La elección de esta presidencia y sus circunstancias nos ofrecen una oportunidad, la de recordarnos con claridad la urgencia de recuperar el funcionamiento normal y eficaz de las instituciones de representación en todo el país, la de abandonar todos y todas la tentación de su uso partidista e interesado. El daño y el desprestigio que nacen del debilitamiento de las instituciones no lo sufren en exclusiva uno u otro partido, una u otra administración. Las que se resienten son la convivencia, la estabilidad y la salud de nuestra democracia. Esa es una elección que no podemos permitirnos volver a olvidar. Les confieso que yo no me permitiré olvidarla. Soy una persona comprometida, y no soy ni equidistante ni indiferente. Comparto con el grupo y el Partido Socialista una forma de ver y entender la realidad que trasciende la figura de la militancia y también comparto un mismo compromiso con los valores de la solidaridad y la convivencia. Es a esta formación, a su Ejecutiva y a su grupo parlamentario, a los que, en primer lugar, quiero agradecer la confianza que han depositado en mí al proponer mi candidatura para presidir esta Cámara.

            Señorías, vivimos una era de cambios y perplejidades. A medida que el tiempo histórico se ha acelerado, se ha desdibujado el horizonte moral y material de nuestras sociedades. Con demasiada frecuencia, esos cambios abruman y provocan inseguridad. Para muchos ciudadanos y ciudadanas, el futuro ha acabado por relevarse como el más inoperante de los sueños, y en esa circunstancia, el deber de las instituciones, y con ellas el de este Senado, ha de ser el de reforzar su solidez y su eficacia para luchar así en pos de nuevas certidumbres y esperanzas, y eso, en democracia, se construye a través del diálogo, el debate y, finalmente, el acuerdo. Me propongo luchar para que así sea desde la consideración que me merecen todas sus señorías y los distintos territorios y posiciones ideológicas que representan. Desde la palabra y el respeto al marco constitucional, todas las ideas y proyectos políticos son legítimos y merecen ser reconocidos, escuchados y debatidos. Eso es algo más que la función esencial de cualquier Parlamento. Es el corazón mismo de la democracia. Honrémosla. Tengamos presente que aquello que todo lo explica, nada explica en realidad y que siempre habrá en la palabra del otro al menos un rastro de provechosa verdad.

            Señorías, tengo la convicción moral y personal de que la España de las autonomías ha sido un gran acierto en términos históricos y políticos. España ha progresado con la apuesta por la descentralización, anclada en nuestro marco constitucional, no solo en las comunidades y ciudades autónomas, sino también en una pieza fundamental de nuestro diseño institucional, como los ayuntamientos. En muchos de ustedes concurre esa doble condición: alcaldes, alcaldesas o concejales y miembros de esta Cámara.

            Esta presidencia comparte con las presidencias anteriores el reclamo de una reforma del Reglamento y de la misma Constitución Española para que este Senado se convierta, por fin, en lo que originalmente se quiso que fuera, una Cámara centrada en el diálogo entre distintas administraciones del país y en la atención y el impulso de la cohesión territorial de España, capaz de incidir en el buen funcionamiento de un Estado altamente descentralizado como el nuestro y mejorando las herramientas de cooperación entre los distintos niveles de Gobierno, nacidos de la arquitectura institucional que emana de nuestra Constitución.

            Pero, señorías, con la misma determinación con que abogo por dichas reformas, tan largamente demandadas, les anuncio que no esperaré a que estas lleguen para hacer del Senado una auténtica cámara territorial influyente, cuestión esencial e insoslayable para debatir y construir el futuro inmediato de España y de sus nacionalidades y regiones, una Cámara donde se busquen soluciones al reto demográfico o a la despoblación de gran parte de nuestro territorio, donde se reúna con la asiduidad necesaria la conferencia de presidentes y donde el Gobierno rinda cuentas cuando así se le demande y también donde se debate y diseñe un nuevo sistema de financiación autonómica y local, que garantice la prestación de unos servicios públicos dignos, que colmen las necesidades de los ciudadanos y las ciudadanas de España sin importar donde vivan. Permítanme citar al recientemente desaparecido Javier Muguerza para decirles que lucharé por ello con esperanza, sin esperanzas y aún contra toda esperanza.

            Bien saben ustedes que no todo es cuestión de voluntad política, pero algunas cosas sí dependen enteramente de ella. Les pido confianza, complicidad y buena voluntad para convertir esta Cámara en parte de la solución a los desafíos que enfrenta nuestro modelo territorial. Les pido altura de miras para otear un horizonte lleno de incertidumbres, pero también de oportunidades, pensando más en las generaciones futuras y no solo reparando las urgencias inmediatas. El Senado tiene que abrirse aún más a esta era de transformaciones y apelo a  la ayuda de todos, pero con especial insistencia a los senadores más jóvenes que se han incorporado en estas últimas legislaturas. Entre todos debemos conseguir que su generación vea en este Senado una Cámara cómplice y efectiva en la solución de sus problemas y en la materialización de sus esperanzas.

            Señorías, estoy seguro de que gran parte de la solución a la situación territorial de España dependerá de lo que seamos capaces de hacer en esta Cámara durante estos cuatro años. Seamos todas y todos conscientes del momento que inauguramos aquí y ahora. Nuestra complejidad como país es también nuestra riqueza, y el Senado tiene que ser su expresión más clara y genuina. Debemos amar España por lo que es y no por cuánto se parezca al molde en el que nos gustaría que encajara. Nuestro país es diverso y plural, pero eso no implica que deba ser ni problemático ni disfuncional territorialmente. Para ello necesitamos instituciones abiertas, cercanas e inclusivas, capaces de ampliar su perímetro y abarcar más formas de ser, de pensar y de sentirse, instituciones como un Senado que no solo no eluda sino que fomente los debates en los que más nos jugamos nuestras certezas, nuestros miedos y nuestros anhelos como país y como ciudadanos y ciudadanas y que tome partido también en las grandes causas de nuestro tiempo, con especial significación en la lucha contra el cambio climático, la construcción europea, la igualdad entre hombres y mujeres y la lucha contra la intolerable violencia machista. El Senado, como cualquier otra cámara, analiza, debate y decide sobre aspectos materiales de nuestro día a día medidas políticas que buscan aumentar nuestro bienestar y nuestro progreso de una forma tangible y directa, mejoras que se pueden medir con cifras, como la riqueza, el crecimiento o la tasa de empleo. Pero el Senado, como las demás cámaras, defiende también valores e ideas igual de esenciales para una vida plena y digna, cuestiones intangibles que nos constituyen como ciudadanos libres e iguales en democracia y a las que no podemos renunciar sin traicionarnos a nosotros mismos, conceptos como la tolerancia, el diálogo y el valor supremo de la convivencia.

            Señorías, la composición de esta Cámara nace de la libre expresión de la ciudadanía a través del voto que determina el peso numérico de cada grupo, pero yo les invito a mirar más allá de lo que dicta la mera aritmética parlamentaria, a que entre todos y todas tengamos la valentía de explorar consensos allí donde presumimos una negativa de partida, a que, en definitiva, seamos capaces de hacer valer de forma prioritaria el peso de los argumentos y de las razones, porque, honestamente, importa más el punto de destino, el consenso al que podamos llegar, que la negativa implícita en el punto de partida en el que se ubica cada cual. Permítanme, en consecuencia, dirigirme en primer lugar a las formaciones que durante más tiempo han estado presentes en esta Cámara. Señorías, adquiero desde hoy un compromiso personal con sus formaciones, el de que sus voces no pierdan el peso que les corresponde, que se sigan escuchando como merecen los argumentos de todas las fuerzas políticas sin las que no es posible comprender la España democrática. Cuando de construir un futuro mejor para una España más cohesionada se trata, ningún argumento sobra, tampoco los de las nuevas formaciones políticas que han obtenido presencia en esta Cámara en las últimas legislaturas, a las que hago extensivo este compromiso, nuestras razones y nuestras fuerzas tienen un cometido que cumplir, eso es, además, lo que los ciudadanos esperan de nosotros. Por mi parte, encaro el privilegio de esta Presidencia con unas palabras de un clásico latino como guía que espero ayuden a ese propósito. Decía el clásico: No hacer manifestación ni de la cólera ni de ninguna otra pasión, sino ser al tiempo el más impasible y el más afectuoso. Pues bien, es este un propósito de cercanía y de colaboración que extiendo a todas y todos los trabajadores de esta casa, sin su excelente labor la nuestra como senadores no sería posible, y quiero que sepan que las puertas de esta Presidencia estarán abiertas siempre a sus inquietudes.

            Antes les hablaba de la necesidad de reconstruir entre todos horizontes de certezas y esperanzas, la confianza en las instituciones democráticas e incluso en nuestras posibilidades como ciudadanos libres aún no se han repuesto plenamente de una década de desencanto. Desde ese punto de vista, trabajar por el prestigio, el fortalecimiento y el buen funcionamiento de las instituciones no es solo una exigencia moral, es un deber que contraemos con la propia democracia. Por eso, con humildad y agradecimiento, les convoco a iniciar una nueva etapa en el Senado de España que no olvide el pasado que nos constituye pero que mire hacia el futuro, porque, igual que tenemos derecho a reclamar el cumplimiento de las viejas promesas, también lo tenemos de fundar otras nuevas.

            Moltes gràcies, moitas grazas, esquerrik asco, muchas gracias. (Fuertes aplausos de toda la Cámara con algunos senadores puestos en pie).

            Señorías, en este acto el Senado ha quedado definitivamente constituido. De conformidad con el artículo 14 del Reglamento de la Cámara, esta Presidencia lo comunicará oficialmente a su majestad el rey, al Congreso de los Diputados y al Gobierno, así como a las asambleas legislativas de las comunidades autónomas.

 

LÍNEAS DE URGENCIA ANTE EL SHOCK DEL INCENDIO DE NOTRE DAME

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Creo que esta mañana, 16 DE ABRIL, Sami Nair ha dado con la clave de lo que debe ser nuestra reacción ante la desolación que nos causa el incendio de Notre Dame, de Paris.
En la entrevista que le ha hecho Pepa Bueno en el espacio Hoy por hoy (y que he podido seguir en directo con Sami, antes de que partiera de Valencia, donde ayer participó en una interesante conversación de la que he dado cuenta en redes sociales), Sami ha recordado algo que advirtiera Kant: el arte tiene la capacidad de despertar en nosotros la dimensión de lo universal, de lo que nos es común, de lo que nos constituye como humanidad.
Esta reacción unánime que ha provocado el desastre , la caída ante nuestros ojos de la aguja de la catedral, la pérdida de sus vidrieras y su sillería, de tantos bienes culturales que son herencia multisecular, pasa por encima de credos, lenguas, nacionalidades e ideologías, y es un buen argumento a recordar precisamente en el momento de la recrecida de la reacción que quiere traernos de regreso a las sociedades cerradas, marcadas por el miedo y el odio al otro.
Notre Dame no es patrimonio francés ni europeo: es universal. Como otros universales que compartimos y que han de ponerse como prioridades: los derechos humanos, el respeto al otro, el Estado de Derecho, la democracia, la igual libertad de todos, la solidaridad con todos los otros, nuestra responsabilidad de proteger a quienes son más vulnerables, nuestra responsabilidad de preservar la vida del planeta…

¿ESPEJO DE DEMÓCRATAS, O JUGADORES DE PÓKER?, INFOLIBRE, 10 abril 2019

El pasado miércoles, en estas mismas páginas, mi respetado colega, el profesor Sánchez Cuenca, publicó un artículo “Esperanza y libertad”, con el mismo título de un libro del exconseller Romeva, libro que se presentó en el centro cultural Blanquerna, en Madrid.

Por supuesto, cada uno es muy libre de depositar sus afectos o empatía en quien se lo inspire. En este caso, valoro además la coherencia que supone el gesto de solidaridad del profesor Sánchez Cuenca, que le llevó a visitar en la cárcel al Sr Romeva. Es muy difícil no empatizar con quien se encuentra privado de libertad, en una aplicación que muchos consideramos desmedida de la excepcional prisión preventiva, aunque haya actuado en su contra el comportamiento en mi opinión poco solidario y digno de los huidos (que no exiliados, a mi juicio), los señores Puigdemont, Comín y Ponsatí, a diferencia, por ejemplo, del conseller Forn.  Exiliado, para decirlo claro, fue Machado. Las diferencias saltan a la vista.

Puedo comprender, aunque no lo comparto, la empatía e incluso el contagio emotivo con el relato épico de los <valientes perdedores>, tratados con crueldad y convertidos en las víctimas heroicas. Lo que no me parece aceptable en quien sostiene la exigencia de una cultura democrática, plural, abierta a la crítica, como el profesor Sánchez Cuenca, es que se omita toda referencia al propósito para el que se crean ese relato épico que pretenden hacernos creer los exconsellers y los Sres Sánchez y Cuixart, entre otros: humillaciones, injusticias, crueldades a las que habrían sido sometidos los presos del procés y que soportarían con talante que habría que comparar con el de Gandhi o Mandela.

Me llama la atención, sobre todo, la omisión de la obviedad de que aquí hay un ejemplo de manual de la utilización de un recurso predemocrático para la justificación del vínculo político. En este caso, el mito de un pueblo, el catalán, que por emplear la increíble argumentación del Sr Cuixart, propia de un narrador de cuentos, que no de un líder civil del siglo XXI, “llevaría en su ADN” las notas excelsas de pacífico, resistente, demócrata y todas las demás cualidades que se quiera añadir, sin mezcla de mal alguno, no como esos otros pueblos ibéricos. Una narrativa que deja tamañitos los esfuerzos de los Wagner, Schiller, Grimm et alia para proporcionar los mitos fundadores del proyecto político hegemónico del prusiano Bismarck y que, en el fondo, tanto se asemeja a la mística nacionalista franquista, malgré soi: una nación depositaria de todos los valores occidentales, precursora de la justicia y del combate contra el mal, amparada en su icono religioso, al que se sitúa por encima del debate civil. O sea, sospechosamente cercana a la narrativa de Covadonga, el Cid y los Reyes Católicos que invoca el Sr Abascal para su relato sobre el inmarcesible pueblo español.

Sé que el autor subraya elementos que deben ser tenidos en cuenta y que diferencian al Sr Romeva de la actitud de otros compañeros del procés: un espíritu autocrítico (que me parece un tanto exagerado y autoindulgente si se contrasta con sus hechos como conseller) y una posición, por lo que sé, claramente laica. Porque tampoco entiendo que en el análisis del proyecto secesionista se omita otro elemento predemocrático de esa narrativa, otra similitud a mi juicio extremadamente preocupante: las raíces nacionalcatólicas de la misma, que poco tienen que envidiar a las de cierto franquismo, aunque aquí la montaña de Covadonga y su Santina sea sustituida por el aura intocable de Montserrat, envuelta en las resonancias  wagnerianas tan caras al Liceu y presididas por la devoción a la Moreneta y su corte benedictina. Véase como botón de muestra la ausencia de la menor crítica por parte del Govern en relación con las evidencias de abusos de menores en el monasterio de Montserrat y la complicidad de los abades en su encubrimiento, incluidas presiones a las familias. Ni Torra, ni Artadi, ni Puigdemont, ni Bonvehí han dicho esta boca es mía; por cierto, tampoco Romeva, Sánchez, Rull ni Turull; menos aún ese acendrado creyente que es Junqueras. ¿Pueden ser propuestos como políticos modelo a estas alturas del siglo XXI quienes, como Junqueras y algunos de sus consellers en prisión, viven aún en la confusión normativa de que los argumentos religiosos son materia probatoria en el ámbito civil –“si yo soy buen creyente, si milito en Cáritas o en tal o cual parroquia o asociación juvenil católica, no puedo ser mala persona, ni mucho menos delincuente”-, como si no supiéramos de casos de supuestos buenos creyentes que parecen haber expoliado a los ciudadanos, a los contribuyentes, desde Urdagarín a Cotino o Camps?

Lo que me importa es lo siguiente: el profesor Sánchez Cuenca considera a Romeva exponente de “un grado máximo de conciencia sobre los principios democráticos que deben regir la acción política y aun la vida misma”. Un auténtico <espejo de demócratas>.  Y pregunto: ¿puede ser presentado como espejo de demócratas alguien como el Sr. Romeva, uno de los responsables políticos de lo que comporta el más grave atentado posible a la democracia, que no es otro que engañar deliberada y continuamente a sus ciudadanos, contribuyendo decisivamente (con la ayuda inestimable del Gobierno Rajoy) a un enfrentamiento civil que sólo ellos se niegan a ver?  Advierto que no hablo de responsabilidades penales, que eso corresponderá al TS. Es verdad que, en su descargo, podría alegarse que lo que hizo el Govern Puigdmont tiene prestigiosos antecedentes. Por ejemplo, el alegato platónico de la “noble mentira”, o el de Federico II de Prusia cuando, a sugerencia de Voltaire, convocó el concurso de la Academia de Ciencias de Berlín de 1778, bajo el lema “¿Conviene engañar al pueblo por su propio bien?”.

Porque, si algo ha quedado claro, entre otras cosas por las declaraciones de los propios responsables, como la Sra Ponsatí y ahora por las declaraciones en el juicio al procés ante el TS, es que engañaron una y otra vez a sus partidarios, a dos millones largos de ciudadanos que, en su inmensa mayoría, son independentistas de buena fe, un hecho que, sin duda, no podemos permitirnos ignorar.

Los engañaron al hacerles creer que saltarse unilateralmente las reglas de juego (la Constitución y las decisiones del Tribunal Constitucional, que declararon no vinculantes para Catalunya) era ejercicio de la democracia. Los engañaron al proclamar un mandato democrático nacido de un referéndum que no puede considerarse tal, porque careció de las mínimas garantías de un referéndum democrático. Engañaron conscientemente a quienes creyeron de buena fe en el advenimiento de una República catalana de leche y miel, que se podía declarar unilateralmente, que se habría proclamado supuestamente durante 8 segundos y que ahora confiesan que ni siquiera eso, que fue una jugada de póker.

No sé si al profesor Sánchez Cuenca le parece que una cualidad del espejo de demócratas es saber tirarse faroles en el póker continuamente. Yo no les llamaré “tahúres del Mississipi”, pero me parece que ofendieron la confianza que deben poder depositar los ciudadanos en sus gobernantes, les hayan votado o no. Romper con el mínimo exigible a quien quiere representarlos es algo que debiera inhabilitarlos para el ejercicio de cargos públicos.

Si a ese engaño, por su propio bien, se une el evidente menosprecio de los derechos de los ciudadanos que en Catalunya (y con la misma buena fe que a los otros) no son partidarios de la independencia y menos aún de la unilateralidad, la verdad es que no veo espejo de demócratas sino malos aprendices de Maquiavelo de barrio.

No. No deseo a nadie la privación de libertad. No deseo a nadie verse apartado de su familia. No me parece aceptable la extensión en tiempo y forma de la prisión preventiva. Y conste que no considero a los encausados reos de un delito de rebelión, calificación jurídica que me parece absolutamente improcedente. Pero ¿espejo de demócratas? Ni hablar.

Y una coda: escribe mi compañero de la Universidad Carlos III que “la política española y catalana no podrá volver a funcionar con normalidad hasta que se resuelva este conflicto de una manera más civilizada (salvo que nos resignemos a vivir en una democracia de baja calidad)”. Espero que eso de más civilizada no quiera decir que no considera un logro de la civilización el sometimiento de los conflictos a la instancia del Derecho, sumándose así a la banal demagogia que proclama que el recurso al Derecho es un error cuando de lo que se trata es de hacer política. Porque, desde luego, el Derecho no puede sustituir a la política, pero soy de los que creo que no hay política civilizada si no nos sometemos, todos, al imperio del Derecho que, entre otras cosas, sirve para saber cuándo se ha traspasado la raya de lo inaceptable desde el punto de vista del bien común. Y eso supone someterse al examen de tribunales de justicia a los que encomendamos tales decisiones. Salvo que mi colega piense, al igual que parecen sostener el Sr Romeva y el activista y abogado, el señor Van der Eynde, que este juicio en el Supremo es una mera farsa política si garantía alguna. Yo, no lo creo así. Las actuaciones de los tribunales de justicia no son nunca la acción perfecta de la justicia, como recuerda la anécdota bien conocida del justice Holmes. Pero es lo mejor que hemos inventado. Prueben sin ellas, a ver qué civilización consiguen.

 

PRAGMATISMO, CINISMO Y DERECHOS HUMANOS (Con Jose Elías Esteve), El País, 5 abril 2019

La lucha contra la impunidad ante violaciones graves de derechos humanos acaba de experimentar en España serios reveses. Por un lado, el proyecto legislativo de recuperación de la jurisdicción universal a través de la reforma del artículo 23.4 Ley Orgánica del Poder Judicial (LOPJ), anunciado por la Ministra de Justicia, naufragó ante la firme oposición de la Asesoría Jurídica Internacional del Ministerio de Asuntos Exteriores, marcada por la prioridad de las relaciones con China. Recordemos que ya fue sepultada en el 2014 por el Gobierno Rajoy, ante las presiones del régimen de Beijing, al haberse decretado órdenes de arresto internacional contra dirigentes del Partido Comunista Chino por la comisión de un crimen de genocidio en Tíbet. Así lo manifestó públicamente el Ministro de Exteriores de aquel entonces, García Margallo, cuando trajo a colación el 20% de la deuda pública española en manos de China como la única razón que precipitó el cambio legislativo. Pero junto a esta frustración en el orden legislativo, hay que hacer notar una triple debacle judicial.

En efecto, más de cuatro años y medio después de la presentación por parte de los diputados socialistas del recurso de inconstitucionalidad contra la Ley Orgánica 1/2014 que derogaba de facto el artículo 23 LOPJ, el Pleno del Tribunal Constitucional (TC) dio un sonoro carpetazo en su Sentencia de 20 de diciembre de 2018. Este fallo, que otorgó validez constitucional a la reforma legal del PP, no presagiaba nada halagüeño para los intereses de las víctimas de crímenes internacionales. La Sentencia admitía sin ambigüedades que “se puede concluir sin dificultad que, tal como alegan los recurrentes, la LO 1/2014 restringe el alcance del principio de jurisdicción universal previamente regulado”. Pero descargaba toda la responsabilidad en el propio “legislador”, que es quien tiene la potestad de establecer los requisitos procesales que estime oportunos. Y todo ello, haciendo abstracción de la presión ejercida por China, origen directo del cambio legislativo. Por no hablar de la supresión de la acción popular, o del desprecio absoluto a nuestras obligaciones internacionales nacidas de Tratados internacionales ratificados por España, como las Convenciones de Ginebra que obligan a los Estados firmantes a perseguir los crímenes de guerra o el Estatuto de Roma del Tribunal Penal Internacional. El TC hace caso omiso también de las críticas desde la ONU a la reforma, tanto por el Relator Especial para la promoción de la verdad, la justicia, la reparación y las garantías de no repetición, el reputado internacionalista y expresidente de la Comisión de derechos humanos de la ONU, el profesor Fabián Salvioli, como por el Grupo de Trabajo sobre Desapariciones Forzadas.

Especial consideración merece la participación en esta sentencia de quien, ya como Fiscal General del Estado, se mostró particularmente sensible a la posición de la Embajada de los EEUU en el caso Couso y posteriormente, como magistrado del Tribunal Supremo, fue el ponente de la sentencia que vino a denegar la casación a las víctimas tibetanas. Nos referimos al Sr Conde Pumpido. En aquel veredicto, con un razonamiento que nos parece más propio de quienes enarbolan el principio de realpolitik como fatum de la política exterior y no de los criterios propios de un jurista y magistrado, ya advertía que no se pueden “desconocer los problemas en las relaciones internacionales de España que la interpretación expansiva de la Jurisdicción Universal estaba ocasionando”.

Así, parecía dar el paso desde el pragmatismo al cinismo, cuando concluía que, si una víctima no puede buscar justicia en los tribunales españoles, deberá buscar otras alternativas más allá de nuestras fronteras: “la víctima deberá bien activar la jurisdicción en países con mejor derecho, bien instar al Estado a que actúe, en defensa de su nacional, ante el Tribunal Penal Internacional.” Sólo desde el cinismo puede resultar razonable, por ejemplo, pedir a una víctima de la represión en Tibet o a un practicante chino de Falun Gong que acuda a Beijing para que China, que no es parte del Estatuto de Roma, denuncie el caso ante un Tribunal Penal Internacional que no reconoce. Como cinismo es la otra opción propuesta:  búsquense el tribunal nacional de otro Estado, ya que aquí las puertas están ya cerradas a sus casos y de forma retroactiva, a pesar que fueron investigados durante más de una década.

Pragmatismo y cinismo parecen guiar asimismo la decisión del TC cuando admite que “ambas posibilidades son evidentemente gravosas para una víctima, y la colocan en una situación de mayor vulnerabilidad”, pero a pesar de ello no se puede deducir “la ausencia de seguridad jurídica, ni la introducción de un criterio de extensión de la jurisdicción extravagante, imprevisible o discriminatorio”. Pragmatismo y cinismo es poner en segundo término la razonabilidad jurídica para poder avalar la impunidad de los grandes aliados comerciales, a pesar de las abrumadoras pruebas de la comisión de los más graves crímenes internacionales.

Esta sentencia escribía las primeras líneas de la crónica de una impunidad anunciada. Un mes más tarde, en un segundo fallo, el TC vino a ratificar el archivo del caso Falun Gong y hace tan sólo unos días, en un tercer veredicto, se ha hecho lo propio con el caso del genocidio tibetano, al desestimar el recurso de amparo promovido por el Comité de Apoyo al Tíbet. En este último asunto, a pesar de incluir un caso de torturas cometido contra una víctima española, Thubten Wangchen, se recurre a la treta de leguleyo de que no ostentaba esta nacionalidad en el momento de la comisión de los hechos, para fallar una decisión que le deja desprotegido y en total desamparo por nuestros tribunales.

Este triple pronunciamiento judicial repara íntegramente “el daño severo” que denunciaba el portavoz del Ministerio del Exterior de China, Hong Lei en octubre de 2013, cuando la Audiencia Nacional decretó las órdenes de arresto internacional contra distintos líderes del Partido Comunista Chino. Con esta tensión definitivamente resuelta, ya pueden descansar plácidamente en su retiro los grandes jerarcas chinos, como Li Peng, antiguo primer ministro, acusado de haber cometido genocidio contra el pueblo tibetano y responsable directo de ordenar la entrada de los tanques en la Plaza de Tiananmen para masacrar la protesta estudiantil. Y mientras, sus familias atesoran cuentas millonarias en paraísos fiscales.

Todo esto sucede cuando hace unas pocas semanas las víctimas tibetanas se manifestaban en todo el mundo, recordando el 60 aniversario del 10 de marzo de 1959, cuando la brutal represión china de la reivindicación de los derechos de los tibetanos obligó al exilio al Dalai Lama y a buena parte de los rebeldes. Esta primavera se conmemora asimismo el 30 aniversario de la masacre estudiantil ordenada por Li Peng. También las familias de sus víctimas exigirán justicia. A unos y otros, nuestros tribunales les envían los mensajes del pragmatismo y del cinismo. ¿Es ésta la protección internacional que otorgan los países que han ratificado la Convención del genocidio o de la tortura? No: son los efectos de una política exterior que aún está recogiendo la alfombra roja de la visita del presidente chino, Xi Jinping. Por si no nos hubiéramos dado cuenta, China no es Venezuela. Pero la política del pragmatismo y del cinismo no parece compatible con tomar en serio los derechos humanos. Sólo con su reducción a ritual retórico.

 

 

“De nuevo, la xenofobia: ¿algo más que un fantasma que recorre Europa?”, Noticias Obreras, abril 2019

La construcción del otro: el extranjero

Vivimos en sociedades plurales, que no gestionan bien la diversidad, en términos de inclusión, igualdad y reconocimiento de quienes son diferentes. Lo puso, por ejemplo, de manifiesto, Jesús Vidal, el actor de “Campeones”, al recibir el Goya como actor revelación, cuando habló de “visibilidad”. La cuestión sigue siendo el trato al “otro”.

Eso me lleva a plantear en qué sentido el otro, el extranjero, es objeto de nuestro rechazo, de nuestro temor, de nuestro miedo. Extranjero, ¿qué quiere decir?

El cantante francogriego (y de origen egipcio) Georges Moustaki cantaba Le métèque (del griego metoikos, el que cambia de casa, aplicado a los ciudadanos no atenienses con derechos restringidos), por su pinta de “extranjero, judío errante y pastor griego”. Los ingleses distinguen entre strangers, extraño, desconocido, con sentido no muy amable, y foreigners, el que viene de fuera. San Agustín, por su parte, ya decía “yo soy dos y estoy en cada uno de los dos plenamente”.

El otro está dentro de nosotros, por eso, cada uno de nosotros es a la vez otro. Pensar que el otro es solo alguien que viene de fuera es una reducción que tiene serias consecuencias. Así el otro es objeto de un juicio que oscila, tantas veces, entre el rechazo, el miedo y la persecución, precisamente por temor a lo desconocido, por prejuicio e ignorancia hacia lo que no sabemos qué es. En el fondo, esta es la raíz de la xenofobia.

La xenofobia no debe analizarse solo como reacción ante las migraciones. Es verdad que ese es el objeto político en el que se fija el discurso xenófobo, que está avanzando en Europa y que, si no conseguimos contrarrestarlo, puede producir una hecatombe política en el plano europeo y un desastre en el panorama político español. Se utilizan las migraciones como mascarón de proa, pero no se puede entender la xenofobia como si fuera solo un asunto que tiene que ver con las migraciones.

En el fondo, la xenofobia apunta directamente contra el núcleo, el mínimo común denominador, sin el cual no podemos convivir, ni tener, no ya sociedades democráticas de calidad, sino sencillamente, sociedades decentes.

El filósofo Charles Péguy decía que una sociedad decente es aquella en la que nadie tiene que sentirse excluido, ni marcharse al exilio físicamente o al exilio interior, que evita el exilio, en la que cada uno de nosotros, que somos un “otro”, somos reconocidos desde esa condición diferente como igual(1). Ese ideal moral mínimo, el de una ciudad sin exilio, es una obligación moral que nos corresponde a todos. Construir una sociedad en que nadie deba vivir privado del reconocimiento de la condición de sujeto de derecho, que es la del ser político, el que, como ciudadano, goza de la protección del derecho que dispensan los Estados.

La xenofobia, insisto, es justo el mensaje contrario al de la igual libertad para todos, es decir, el mensaje de la universalidad de los derechos humanos. La tesis de la universalidad se comprueba mediante el test de los derechos de los otros. Uno no se toma en serio los derechos humanos si no se toma en serio los derechos de los otros, de cualquier tipo de otros, comenzando por quienes son la mayor parte de los otros, que son las otras, las mujeres, personas a las que no hemos reconocido su igual identidad durante siglos, encerradas en una división social basada aparentemente en la diferencia de género y categorizada por uno de nuestros padres de la tradición cultural, Aristóteles.

Al lado de esa mayoría, que son las otras, hay muchos otros a los que no se les reconoce iguales en derechos que a nosotros: los extranjeros; en particular, los inmigrantes; los otros por la diversidad lingüística, religiosa, nacional, funcional, sexual; los otros que son los niños; y los otros que son los ancianos.

Mientras no nos tomemos en serio esa igual condición de todos los otros, no podemos construir una sociedad decente. Esa es la razón por la que la xenofobia es tan grave y por lo que no es solo un problema de cómo tratamos a los inmigrantes, como arquetipo del extranjero, de la vieja noción de extranjero. El fenómeno va mucho más allá, va más al fondo de la raíz, va a los principios de construcción de una sociedad decente. No se puede banalizar este asunto.

Permítanme que narre una experiencia personal, que tiene que ver con cómo tomé conciencia de los problemas de la construcción jurídica de la alteridad. Siendo estudiante, había recibido una beca del DAAD para realizar un período de estudio en Alemania. En la aduana, un funcionario alemán me dijo que mi pasaporte era falso. Intenté explicarles que no podía ser falso, con la conciencia de que me lo habían hecho bien (lo hicieron en la comisaría de policía en la que mi padre era Comisario Jefe). Él insistió y me señaló la fecha de nacimiento del pasaporte, que era la fecha de expedición. Intenté razonar con él y hacerle ver que era un error material. Ese error, de hecho, era la prueba de que no había ningún intento de engañar, porque estaba claro que yo no tenía el mes y medio de vida que indicaba la fecha. Fui sometido a un procedimiento de examen que pensaba que no se producía en países civilizados. Cuando estaba casi en cueros, uno de los policías encontró en mi maleta el documento del Ministerio de Asuntos Exteriores en el que se certificaba que yo era uno de sus becados. En ese momento, cambió todo. Si me había pasado eso a mí, una persona privilegiada al que su padre le había ayudado a hacer el pasaporte e iba a Alemania con una beca, qué le pasaría a quien no tenía nada de eso. Por eso, creo, llevo tantos años ocupándome de este asunto. Confieso que podría haber decidido a hacerlo por razones más serias, filosóficas, políticas, pero todo empezó así. Esa fue la razón por la que decidí dedicarme al tratamiento jurídico negativo que la discriminación o subordiscriminación suponen.

 

 

 

 

Los relatos de la diversidad: ejemplos de la literatura

A menudo la historia es utilizada por algunos para afirmar que la actitud de miedo y rechazo a la presencia del otro es una tendencia innata. Es verdad que ha sido una constante que el otro que quiere tener presencia como es, que no quiere desaparecer, y que quiere ser aceptado como es, ha sido calificado como enemigo, inasimilable, como bárbaro, que no sabe hablar en como nosotros, que es lo que nos propone el origen griego del término, que es tomado así por Aristóteles para hacernos ver que esos seres humanos que no saben hablar (balbucean: de ahí la expresión “bárbaros”) no lo son , no son seres humanos como nosotros. Por eso, si están entre nosotros están destinados a ser objeto de dominación, nuestros esclavos. Quien no puede compartir nuestra lengua, no puede compartir el universo de valores en el que se basa la convivencia. El lenguaje, nuestro lenguaje en realidad, muestra la barrera entre quién es civilizado y quién no. Todo aquel que no pertenece a mi comunidad, que se ve en el rasgo primero de la lengua, es el bárbaro.

Hay dos mitos que se han utilizado para explicar las respuestas dadas al otro. En el mito de la torre de Babel, edificación que en la Biblia se sitúa en la llanura de la región de Senaar (se piensa que en realidad se inspira en Sharkalisharri, rey de Akkad, y sucesor de Sargón I) Yhavé castiga el intento del rey Nemrod de construir una torre que llegara al cielo haciendo hablar a cada uno de los que la estaban levantado un idioma diferente para que no se pudieran entender: les castiga con la confusión de lenguas. Más allá de la lectura teológica, para la que no estoy preparado, que se refiere a la soberbia humana de creerse Dios, está la interpretación de que la diversidad de lenguas es un castigo, una patología social, y, por tanto, ninguna sociedad puede pervivir y progresar sin homogeneidad. La diversidad aparece así como patología.

Esa homogeneidad siempre tiene que ser impuesta, porque la realidad es diversa. La diversidad significaría atomizar las sociedades. La diferencia cultural, el aparecer identificable como un otro visible es un mal que tiene que evitarse, bien haciendo que los diferentes desaparezcan o no sean visibles. Es lo que llevaba a esconder a las personas con discapacidad, que no podían jugar en el mismo juego que los demás, como recordaba Jesús Vidal, y no digamos ya las persona que quieren organizar su ida de una manera diferente en las relaciones sociales, de poder o sexuales.

El otro mito es la leyenda griega de Procusto, mezcla de bandolero y tabernero que acepta y acoge a otros. Este personaje, somete a quienes se alojan en su casa a lo que llamamos el lecho de Procusto. Si son más pequeños, los descoyunta hasta que alcanzan el tamaño adecuado; y si son más grandes, los mutila para que encajen. Se trata de que tengan la imagen normal, que sean como él, sean homogéneos.

La relación con el otro a lo largo de la historia, en nuestra tradición, se enfrenta a dos únicos destinos: o es un enemigo, y por tanto hay que acabar con él, o se somete a nosotros, asimilándose a nosotros forzadamente, en el fondo, convirtiéndose en esclavo.

En la literatura clásica se pueden encontrar ejemplos de este tipo de respuestas. Les recordaré algunas, extraídas de las obras de Shakespeare, Defoe, Swift y Orwell, aunque podríamos hablar también de Montaigne o de Montesquieu.

En el Otello de Shakespeare, el general de Venecia, el moro, convertido en el paradigma de los celos, puede arrojar otra lectura, la que propuso Luis García Montero en su adaptación para el teatro: La del otro al que valoramos por estar a nuestro servicio. Otello es un general que defiende a la serenísima república de Venecia, pero que ha trasgredido una línea que no debe cruzar, se ha creído realmente un igual a nosotros y se ha casado con una veneciana. Pero él siempre será un “otro” al que aceptamos si se somete a nuestro servicio pero al que no le permitiremos ser igual a nosotros porque a nuestros ojos no lo es realmente.

En El Mercader de Venecia aparece el célebre monólogo de Shylock (“¿Si nos pincháis, no sangramos? ¿No nos reímos si nos hacéis cosquillas?“) cuando quiere cobrarse la deuda y reclama ser igual que los venecianos. Él es judío, usurero, viejo, libidinoso, pero es igual que los venecianos. ¿Habría podido cobrarse la deuda si en lugar de ser él hubiera sido un veneciano? ¿Habría podido ejercer el derecho a hacer suyo el derecho, decir soy sujeto de ese derecho igual que vosotros? Portia se encarga de que no se apropie del derecho de los venecianos para beneficiarse de él. Es un “otro”, al que el derecho no le ampara como a nosotros. Nosotros te permitimos estar aquí, participar del juego de los contratos, la financiación que no das, pero sigues siendo un “otro”.

También hay otras novelas que pasan por ser dos de las mejores obras de filosofía política básicas para entender el cambio hacia la filosofía contractualista y donde también se pueden ver puntos diferentes en la gestión de la diversidad, la conceptualización y el reconocimiento del otro, en respuesta a la xenofobia.

Una es el Robinson Crusoe de Daniel Defoe. El protagonista crea a Viernes como sujeto que, por definición, solo puede ser esclavo, aparece de repente y además es negro. Las posibilidades que tiene es que expulsarle de la isla, matarle o convertirle en su esclavo.

La otra es Los viajes de Gulliver, de Jonathan Swift, un viaje por todas las formas de alteridad, la más estúpida, la de los que son iguales que nosotros, pero en pequeñito, los liliputienses: hasta la más radical, los que no son humanos, el último viaje es al país de los caballos, los houyhnhnms, en los que descubre las cualidades que adornan al ser humano (la piedad, el sentido de la justicia, de la paz, el reconocimiento de otro) frente a las características de los que tienen apariencia de humanos, verdadera plaga para la naturaleza, a los que este artista del inglés, llama yahoos. Son viajes por la alteridad, por la dificultad de reconocer al otro, por el prejuicio de pensar que el otro en cuanto diferente no puede ser tratado como igual y su destino es someterse, ser expulsado o aniquilado.

En Rebelión en la granja, de George Orwell, se puede ver también cómo crecen las raíces de la xenofobia. El cerdo Napoleón, el jefe de los animales que se rebelan, se da cuenta que está perdido al haber empezado la revolución con el lema “todos los animales son iguales”, de modo que los otros animales dejan de respetar a los cerdos como los jefes, como la clase alta. El cerdo cambia las leyes y cambia el lema; ahora dirá: “Todos los animales son iguales pero algunos son más iguales que otros”. Es decir, los que son otros ya no son igualmente iguales.

Frente al recorrido de la noción del otro como extranjero hay también otros relatos en el mundo griego clásico y en el mundo bíblico que ofrecen una respuesta más humana.

En el Antiguo Testamento encontramos el Libro de Rut, la mujer que va en compañía de su madre política, su suegra, a la que no quiere abandonar y llega al campo de Booz en busca de comida. Este enternecido por el gesto de compasión de Rut, les permite quedarse con las gavillas que dejan sus trabajadores y llegará a casarse con ella, pudiendo engendrar así al bisabuelo del rey David. Es una historia de hospitalidad ante la extranjera, de reconocimiento del otro, que es distinto, desconocido, que ante el temor y desconcierto, genera, en vez de miedo y agresividad, acogida y ayuda.

Ulises está perdido pero no es un perdido, es viajero que navega por el Mediterráneo, sujeto a una maldición que tiene que ver con el ejercicio de su astucia para conquistar Troya. Este mar es el caldo amniótico de la idea de viaje y hospitalidad. Kavafis, en Viaje a Ítaca, nos explicó este personaje como uno de esos viajeros que nos hacen ver que uno se hace a sí mismo, en el nostos griego, el viaje de retorno al hogar, más que a la patria. Ulises va a tardar en volver, es un viajero errante que, en ese viaje, incluso alguien tan sabio como Ulises, crece y conoce, porque entra en contacto con otros y no en el modo habitual que es la guerra, eso es la Illiada. Le pasa de todo, es muy realista, se encuentran buenos y menos buenos, hechiceras y bárbaros, que no practican ninguno de los principios básicos que hace posible los viajes civilizados que es la hospitalidad.

En el canto primero, Ulises es definido como hombre artero, que anduvo errante mucho tiempo y vio las ciudades de los hombres y conoció su forma de pensar. Encuentros, viajes, que le hacen crecer en el conocimiento y en la inteligencia emocional. En la mayor parte de esos lugares, como dice un grande de la diversidad del otro, Edward Said, recibe la hospitalidad que sigue unas reglas precisas: se debe ofrecer baño y vestido limpio, sentarle a la mesa, mejor medio para indicar su integración provisional en la comunidad y hacerle partícipe del banquete, honrándole con una porción selecta, un regalo, y darle los medios para volver a su casa.

El xenón en esta tradición griega no es solo el extranjero es también el huésped. Ese doble sentido es que el que hace que en el canto undécimo, después de la aventura de Polifemo, Ulisis exclame: “¡Ay de mí, será esta una tierra de gentes hospitalarias y temerosas de los dioses o un país de salvajes y violentos!” Esa es la disyuntiva del viajero, el náufrago, el otro, en ese Mediterráneo de contacto y conflicto de culturas que nos describen los clásicos.

 

 

Nuestra barbarie hacia el extranjero: el ejemplo del Mediterráneo

Ese Mediterráneo en el cual hoy, esos otros, los náufragos, experimentan reacciones de barbarie. Es verdad que si hay un mascarón de proa de la xenofobia hoy es nuestra incapacidad para ver el valor de la vida del otro, para tomarnos en serio que este es el primer deber jurídico, además de un deber específico del sistema de derecho internacional marítimo. No un deber moral de ser buenos, como son la gente del Open Arms o Sea Watch… Porque no puede haber derecho, no hay derecho posible, sin el respeto a esa promesa básica que es “respetaré tu vida y si está en peligro te acogeré, te salvaré”.

Hemos convertido el Mediterráneo en un espacio de barbarie que, porque son otros, miramos con indiferencia la muerte cotidiana. Ese es el primer síntoma, y grave, sin centrarnos solo en las políticas de inmigración por más que tampoco podemos dejar de hablar de ella, de que el cáncer de la xenofobia tiene patente de corso entre nosotros, desobedeciendo el mandato divino para los que tienen la suerte de la fe, sea la que sea, de ver en el otro a uno mismo, el mandato maravilloso del Evangelio de pasar del amor a uno mismo al amor a los otros, en el caso del cristianismo, por ser hijos del mismo padre, y en otras tradiciones culturales no cristianas, porque no puede haber convivencia decente, no puede haber derecho sin el respeto al bien jurídico básico que es la vida de los otros, que vale tanto como la mía, y que es la prueba de que me tomo en serio el mandato del respeto a la vida.

Por eso la xenofobia es tan peligrosa y más peligroso aún, no la posición de quienes hacen bandera de eso con el argumento egoísta de que hay que salvarse a sí mismo, sino de quienes no hacen nada, pudiendo hacerlo, para evitarlo. Nos metemos con el mensaje de Trump, “América primero”, “yo primero”, pero nosotros hacemos lo mismo y así es posible que en países que se suponían estaban en la cumbre de la democracia y los derechos humanos, se salten el derecho internacional.

Pensábamos que los daneses eran superhombres en la escala civilizatoria. El Parlamento de Dinamarca, por mayoría absoluta, con un gobierno liberal de derechas apoyada por un partido de extrema derecha (como pasa en Austria y en Finlandia, como pasaba hasta hace unas semanas en Bélgica, y de lo que se han librado en Suecia hace poco) ha vaciado de contenido el derecho de asilo. Quien sea reconocido como refugiado tiene que pagarse las prestaciones, mediante un copago en el que también se admiten joyas, salvo que se pueda alegar que tienen extraordinario valor familiar. El estatus de refugiado trata de garantizar esas prestaciones a los que no tienen nada, porque nosotros tenemos la posibilidad de darles acogida y refugio, que es no solo evitar que tengan que volver al país del que huyen, sino también que puedan reconstruir un hogar entre nosotros mientras lo necesiten.

El refugio es una manifestación jurídica del principio de hospitalidad. En una sociedad decente un inmigrante que viva entre nosotros de forma estable tiene que tener los mismos derechos que nosotros, porque lo otro es esclavitud.

Si el otro vive, trabaja, cumple las mismas leyes igual que nosotros, debe tener los mismos derechos. ¿Quiere eso decir que hay que darle al día siguiente la ciudadanía a todo aquel que cruce la frontera? Evidentemente, no. Hace falta que acredite la voluntad de vivir entre nosotros, de convivir con nosotros, de crear esa sociedad como la creamos nosotros. Pero desde el punto de vista del tratamiento de los derechos, el principio contrario a la xenofobia es igual reconocimiento de todos los otros. Esto nos exige una respuesta muy sencilla, aunque sea costosa de tomar en serio, que es la igualdad de trato, la igual libertad para los otros. Su reconocimiento y garantía debe ser una prioridad en la lucha por los derechos.

 

Notas

Intervención en el debat de presentación del libro “El fenómeno migratorio en España. Reflexiones desde el ámbito de la seguridad nacional”, DSN, Presidencia del Gobierno

 

Seis precisiones sobre la visión del actual fenómeno migratorio

Debo decir que, en principio, consideraba poco adecuada mi presencia en esta mesa, porque no soy sociólogo, ni demógrafo, ni antropólogo. Mi perspectiva es la de la respuesta ante el fenómeno migratorio, una perspectiva crítico normativa. El aspecto al que he dedicado más de 30 años de trabajo, de investigación, docencia y también de intervención social, es el del análisis crítico de los instrumentos jurídicos de las políticas migratorias y de asilo. De hecho, mi contribución en este libro es un capítulo que se titula “Migraciones y derechos humanos: una perspectiva jurídica”

Pero creo que no: sí que puedo aportar algo en esta primera mesa. Señalaré seis aspectos que me parecen condiciones sine qua non de un debate sobre las migraciones

El primero, recordar la necesidad de revisar la narrativa sobre las migraciones, porque en gran medida es una <narrativa tóxica>. Volveré sobre ello.

El segundo, evitar la dramatización o el ninguneo de la problematicidad del hecho migratorio, los dos polos habituales. Sobre todo, me inquieta esa constante en los documentos de estrategia de seguridad nacional que presentan las migraciones como amenaza cuando sería más adecuado hablar de inexorable factor de riesgo (las migraciones son una constante estructural de la historia de la humanidad, acelerada por las condiciones de la actual etapa de globalización), o mejor, de desafío a gestionar

El tercero, subrayar las novedades de la etapa actual de los movimientos migratorios (coincido con la caracterización que hace el GCM)

El cuarto, seguir pretendiendo que las migraciones son un asunto de soberanía nacional, desde la vieja concepción territorial (que, en realidad, como ha explicado W. Brown, es una coartada, en el marco de una política propia de la <democracia emocional> y del populismo) el fenómeno de la movilidad humana no está al alcance de ningún Estado: la Gobernanza ha de ser mundial o no lo será

El quinto, ignorar que las migraciones, por su carácter holista y global son res política que cuestiona las categorías básicas tanto en el orden internacional como en el interno: no se pueden solucionar con políticas laborales.

El sexto, la visión unilateral del modelo de Gobernanza, que siguen sosteniendo la inmensa mayoría de los estados destinatarios de los movimientos migratorios: imponer un modelo de gestión de las migraciones desde sus propios intereses de mercado y geoestratégicos

 

 

Lo nuevo en las actuales manifestaciones de movilidad humana

Vivimos una novedad decisiva: la de la toma de conciencia de nuevos rasgos de la movilidad humana, que en buena medida suponen la ruptura de la tradición migratoria, de nuestra representación tópica de las migraciones (por ejemplo, siempre en clave sur-norte, cuando empíricamente está demostrado que el volumen fundamental de la movilidad migratoria se produce en sentido sur-sur). Por no hablar de la relación entre las migraciones y el nuevo paradigma económico y social internacional que impone la dimensión tecnoeconómica de la etapa actual de proceso de la globalización (vs inmigraciones tradicionales).

En una palabra, las manifestaciones tradicionales de los movimientos migratorios están cambiando y desapareciendo. Recordaré dos de esos cambios:

* ahora y en el futuro, incluso inmediato, crecerán de forma muy relevante los desplazamientos migratorios relacionados directamente con los factores climáticos, que supera el número de las tradicionales. Migraciones sur-sur

* además, el cierre de mercado de los países desarrollados potenciará ineludiblemente las migraciones clandestinas en diferentes modalidades

¿Podemos hablar de nuevos rasgos de los movimientos migratorios entendidos cada vez más en su sentido amplio, las manifestaciones de movilidad humana, y sobre todo aquellas que debemos reconocer como forzadas, y no como expresión de una decisión libre, escogida sin condiciones que fuercen al proceso migratorio?

Creo que hay cierto acuerdo hoy en señalar al menos las siguientes características novedosas del fenómeno migratorio, en las que insiste el GCM

 

  • Carácter forzado y complejo: el porcentaje más amplio de esos desplazamientos responde a condiciones que obligan a salir del propio país y en sus trayectorias y objetivos suelen converger los que denominamos como “aspirantes a refugiados” (asylum seekers) y los migrantes forzados (en particular los relacionados con cambio climático). Son movimientos mixtos por diferentes razones, pero con rutas similares: lo comprobamos en la actual “caravana de migrantes” que desde Centroamérica trata de llegar a los EEUU y también en las rutas en Africa.
  • Masiva (por su número, por el amplísimo contexto común geográfico, social, económico: amenazas medio ambiente, desigualdad radical, carencia de expectativas de vida),
  • Potencialidad para poner en jaque la capacidad de los Estados nacionales para la acogida de esos movimientos. Eso tiene relación con la tendencia creciente a una respuesta punitivo-defensiva
  • Incremento de los elementos de riesgo por parte de los protagonistas de esas manifestaciones de movilidad humana. Frente a ellos, estamos debilitando el standard de derechos y de respeto al Estado de Derecho: muy precisamente estamos convirtiendo las fronteras en espacios de muerte y ausencia de derechos elementales.
  • La militarización simbólica, pero con efectos destructivos: la lógica de estigmatización y criminalización que borra en los migrantes su condición de sujetos de derechos y aun la existencia de un marco legal internacional. Lógica de internamiento y deportación

 

 

La lucha contra la narrativa tóxica

 El problema consiste, sobre todo en el uso político de las migraciones como vector en la competencia política interna en Europa.  La construcción jurídica, el vínculo social y político que les ofrecemos es demediado: no hay integración, porque no hay igualdad y porque se impone la aculturación como condición de reconocimiento de derechos, porque hay dos déficits de reconocimiento:

El primero, el del supremacismo del nosotros, tantas veces teñido de racismo, si no al menos de xenofobia.

El segundo, el menosprecio a esos otros  y a su cultura e identidad, entendidas como causa de retraso, de inferioridad… La consecuencia inevitable es la atribución a esos otros de un status precario, un sujeto siempre inacabado, provisional, desigual.

El extremo se produce con la perversión jurídica de utilizar ese Derecho, el derecho migratorio, como instrumento para naturalizar un estado de excepción permanente, como status jurídico propio de los inmigrantes, esto es, utilizar el Dereeho contra los derechos.

Todo ello se justifica desde la imposición de una narrativa tóxica sobre el fenómeno migratorio. toda política migratoria hoy, a mi juicio, debe comenzar por plantearse el marco simbólico de construcción del discurso migratorio. Y en este punto la primera dificultad es vencer lo que podríamos denominar el discurso tóxico sobre las migraciones: la presentación de los protagonistas de los desplazamientos migratorios como sujetos ajenos, diferentes, incompatibles con nuestro marco de necesidades, valores e intereses. Sujetos que suponen una triple amenaza: (1) laboral/económica, como competencia desleal en el mercado laboral; (2) Ejército de reserva de la delincuencia; (3) Invasores culturales que rompen con la identidad cultural específica, propia.

Hay quien trata de encontrar los antídotos frente al resentimiento y al odio como motores sociales, en las posibilidades de educar y aun de institucionalizar la empatía y de la cooperación, también de noble tradición filosófica. Por supuesto que me sumo a esos proyectos de garantía de una educación y de prácticas cívicas. Pero querría un paso más. Y para eso, me referiré a un ejemplo particularmente claro de la narrativa tóxica como estrategia política, sobre el que ya llamó la atención Gemma Pinyol en un excelente artículo a propósito de las migraciones (https://elpais.com/elpais/2018/07/05/opinion/1530814645_466534.html) y que estamos viendo crecer no ya en otros países europeos, sino aquí y ahora, en Cataluña y Andalucía y en el resto del nuestro.

Hablo, claro, de políticas partidistas migratorias y de asilo, de mensajes electorales que no sólo envenenan sus propias flechas, sino que consiguen contagiar a otros que creen que también deben hacerlo, para no perder la delantera electoral. Discursos reductivos que construyen a los inmigrantes como otros que ni pueden, ni deben ser tratados como iguales. De esa narrativa forma parte un tipo de “información” presente en los medios de comunicación, pero también, a mi juicio, la difusión de esos mensajes tóxicos a través de instrumentos jurídicos de políticas de migración y asilo y de la perversión de su debate público. Porqueno olvidemos que el Derecho, en su diferentes manifetaciones, es también y sobre todo un mensaje, apoyado por la fuerza de la sanción.

Para erigir la barrera del respeto frente a esta narrativa tóxica, para cambiar la mirada y el discurso hoy hegemónicos en la opinión pública a propósito de esos otros, inmigrantes y demandantes de asilo, es necesario diseñar y planificar una estrategia que incluya siempre tests de verificación de resultados, realizados por instancias independientes.

Necesitamos una tarea de información y educación de la opinión pública y los agentes sociales. Porque necesitamos conocer a esos otros. Y para eso es imprescindible contar con análisis fiables, datos contrastados. Creo que esa necesidad es una de las aportaciones del GCM impulsado por la ONU y aprobado en Marrakesh precisamente en el 70 aniversario de la Declaración Universal de Derechos Humanos. Y diría que necesitamos al menos estas siete concreciones:

  1. Necesitamos una estrategia de recuperación y análisis de datos fiables sobre los movimientos migratorios y de refugiados que, ante todo, siguen la dirección que marca la necesidad: son Sur-sur. Necesitamos, pues, análisis fiables, datos contrastados y una estrategia de comunicación sobre las verdaderas realidades, los desafíos reales y los medios con los que contamos: coperación internacional, responsabilidad compartida: respeto al Derecho, solidaridad y humanidad
  2. Necesitamos una estrategia eficaz contra ese proceso de difusión de rumores, medias verdades, fake news, sobre todo en las redes sociales. Por cierto, ya contamos con iniciativas muy positivas a ese respecto, como la estrategia antirumores para prevenir racismo (http://www.antirumores.com/proyecto.html.) o las redes institucionales antirumores frente a estereotipos de migraciones (por ejemplo, la organizada por la Junta de Andalucía, https://www.juntadeandalucia.es/organismos/justiciaeinterior/areas/politica s-migratorias/redantirumores.html). Recientemente, se ha añadido la web Malditamigración (https://migracion.maldita.es/).
  3. Necesitamos revertir el tratamiento sectorial de las migraciones (como fenómeno sólo laboral, o económico-laboral) y analizarlas como fenómeno global que sólo puede ser abordado desde el multilateralismo y la cooperación.
  4. Necesitamos entender que aumentan las causas de la necesidad de demanda de asilo mientras se estrechan las soluciones, lo que es evidente respeto al cambio climático. Entender la necesidad del mantenimiento del principio del non refoulement, y de vías de acceso seguras y legales
  5. Necesitamos, en suma, revertir el discurso sobre las verdaderas realidades, los desafíos reales y los medios con los que contamos: revertir el discurso de la inmigración como factor de enfrentamiento social y con ello la prioridad del discurso sobre defensa y aun guerra contra las amenazas, para construir el de cooperación internacional, de responsabilidad compartida y mutuo beneficio.
  6. Hay que hacer entender que las manifestaciones de movilidad humana tienen características holísticas y dimensiones globales, que deberían imponer, en buena lógica, que las respuestas sean otra cosa que lo que constatamos hoy: políticas sectoriales y aisladas (nacionales) y desde luego, políticas unilaterales, de dominio y explotación de las poblaciones migrantes y de los países que las generan
  7. Reconocer que sobre todo en uno de los factores más decisivos de la nueva movilidad humana forzada, la que se vincula con problemas medioambientales, la distinción entre refugiados y migrantes se desdibuja.

 

Por supuesto, esa voluntad de mutuo conocimiento debe concretarse prioritariamente en el sentido de desmontar la gran asimetría, la del desconocimiento que tenemos nosotros hacia esos otros. Pero esa es una tarea de sumas, no de restas. Por eso, aunque se trate de un movimiento minoritario que llega a nuestro país con retraso respecto a la discusión que se ha vivido, por ejemplo, en los EEUU o en Francia, me parece peligroso que esté cobrando eco entre nosotros un movimiento que, en lugar de sumar en la lucha antirracista, divide. Me refiero a la reivindicación de quienes sostienen que sólo las personas racializadas pueden y deben tener voz. Que los blancos debemos callar y abstenernos de tomar parte en ese proceso de mutuo reconocimiento y de combate contra la ignorancia y los prejuicios. Me parece un grave error, porque a mi juicio, insisto, en este primer paso (y en los sucesivos) se trata de sumar, no de dividir, de imponer una suerte de revancha que podría acabar por constituir otro racialismo.

 

 

 

 

La tesis: los derechos, en el centro del análisis

A la hora de describir y analizar el hecho migratorio, los fenómenos o manifestaciones de movilidad humana, sobre todo los de carácter forzado que, a mi juicio, son la mayoría, los derechos de los inmigrantes no son un añadido, un elemento secundario y optativo, una especie de guinda del pastel. No son una opción ni -menos aún- una variable obstáculo, a superar. Son una condición imprescindible, una constante de la incógnita a despejar: condición misma de todo análisis y del diseño de cualquier respuesta, como lo ha reconocido aunque tímidamente, el Global Compact on Migration adoptado en Marrakesh en diciembre de 2018, y aprobado por la AG ONU una semana después,  el 19 de diciembre de 2018. Por cierto, que hacen mal quienes lo llaman Pacto Global porque no tiene el rango normativo de los Pactos, los Convenios o Convenciones propias de la arquitectura institucional del sistema de derechos de Naciones Unidas y precisamente por eso carece de todo fundamento la crítica que le reprocha ser incompatible con el principio de soberanía de los Estados en materia de política de migraciones: son recomendaciones carentes de fuerza de obligar.

Frente a quienes niegan o relativizan la prioridad del enfoque de derechos humanos en las políticas migratorias, ese enfoque es una condición del análisis de la situación migratoria y por tanto del proyecto de la gobernanza global de las migraciones. Eso sí: si y sólo si ese proyecto de gobernanza quiere ser algo distinto de lo que hasta ahora tenemos, proyectos de dominación unilateral de las migraciones bajo el prisma sectorial, parcial, de los intereses económicos y geoestratégicos de los países de recepción.

Sin embargo, la mayoría de los modelos de políticas migratorias proceden de hecho a una formulación de los derechos de los inmigrantes en términos de recortes, fragmentación y aun regateo, aplicando diferentes consideraciones que pueden reducirse a dos, que se discuten en este capítulo.

De un lado, lo que constituye una suerte de dogma a la hora de reconocimiento de derechos, aun de derechos humanos y fundamentales, esto es, la desigualdad en el reconocimiento a partir de la distinción entre ciudadano y extranjero. Los inmigrantes, qua extranjeros, no pueden gozar de la plena igualdad de derechos con los nacionales.

De otro, opera con mayor fuerza discriminatoria el argumento de la condición administrativa de la presencia de los inmigrantes en territorio del Estado de recepción. De conformidad con ello, los inmigrantes irregulares, todavía a menudo calificados como ilegales, al haber ingresado de forma no legal en territorio del Estado no pueden gozar de los mismos derechos que quienes entran cumpliendo con todos los requisitos legales.

A partir del examen del marco constitucional y de la legalidad internacional, sostengo, por el contrario, que la respuesta normativa en clave de reconocimiento de derechos fundamentales, debe garantizar el principio de igualdad.

Aún más, hoy, en Estados democráticos que deben regirse por el principio de pluralismo inclusivo, en el contexto de globalización y multiculturalidad, la ciudadanía debe vincularse a la residencia efectiva, esto es, a la voluntad de pertenecer establemente, acreditada básicamente a través de la residencia legal estable, más que a la nacionalidad para convertir oficialmente en ciudadanos a quienes ya de facto forman parte de nuestra sociedad.

En eso debe consistir un proyecto de integración: en llevar al reconocimiento y garantía efectiva de los derechos en términos de la igualdad entre inmigrantes, residentes y ciudadanos, hasta alcanzar a ese derecho fundamental que es la participación política. Solo así romperemos el cáncer que afecta desde su raí a nuestras políticas de inmigración, la construcción del status de los inmigrantes en términos de la <presencia ausente> (Sayad).