EN LA DESPEDIDA A EDGAR MORIN

Este viernes conocimos la triste noticia del fallecimiento de nuestro Edgar Morin, tras una vida plena que él mismo retrató en la propuesta de epitafio en el programa de TV dos-a-dos, en 2009: “J’ai vécu, j’ai aimé, j’ai souffert, j’ai joui” 

Entre los innumerable homenajes que se le están rindiendo, recojo más abajo el de su amigo y compañero de tantos proyectos y tantas batallas, Sami Nair.

Sami describe a Edgar, «el inmortal», como le llamaba, como un hombre justo. Fue también un sabio en el mejor de los sentidos de esa palabra, mucho más que un intelectual brillante, enemigo de los encasillamientos académicos, un espíritu libre que gustaba de construir puentes entre las culturas y las gentes, gracias a esa sabiduría que albergaba y a su inmensa curiosidad, que no despreciaba la cultura popular: recordaré que él acuñó la expresión «ye-ye» y cómo nos contaba que procuraba que sus horarios de clase en Berkeley no le impidieran ver los episodios de Star Trek, una serie de la que era un enorme fan, porque fue un cinéfilo apasionado, como lo muestra su ensayo de 1956, «El cine, o el hombre imaginario»…
 
Pero estuvo muy lejos del buenismo al uso: fue un resistente, con una capacidad profética de luchar por las causas justas, contra los nazis, contra los depredadores de la vida -su temprano ecologismo- contra la política genocida de los gobiernos de Israel, lo que le valió a él y a su amigo Sami la presión de la censura y varios procesos por supuesto antisemitismo: ¡¡a él, un judío de la diáspora que siempre habló de su herencia sefardí, de su antepasado Vidal!!
 
Creo que el titular de Libération <104 ans d’une vie pleine de sollicitude> resume muy bien la actitud intelectual y personal de Edgar que, en cierto modo, le emparenta (desde una considerable distancia) con la filósofa Simone Weil: la de solicitud, atención al mundo, a la vida. Esa atención bien dispuesta -solícita- a cuanto le rodeaba, que implica también el valor del respeto a todo otro…
 
Una nota personal, al hilo de la referencia que escribe el propio Sami: conocí a Edgar gracias a Sami y también gracias a su mediación nos alojamos durante 4 meses en un piso de rue des Ecoles, propiedad de su mujer, Edwige, para una estancia de investigación en Paris, en 1995, el verano de los atentados en el metro de Saint Michel…Desde entonces mantuvimos una relación de amistad, de la que nos beneficiamos muchos en la Universidad de Valencia, que visitó (también la Universidad de verano de Gandía y la de Guardamar), en numerosas ocasiones, de la mano de la cátedra Mediterráneo y de la Fundación Cañada Blanch…Y recordaré que fue doctor honoris causa por la Universitat de Valencia en 2001, investidura en la que tuve el honor de ser copadrino…Lamento que la Universitat aún no haya reaccionado a su fallecimiento, aunque espero que no deje de hacerlo., como lo han recordado ya muchas universidades e instituciones que se beneficiaron de su magisterio..
 
A continuación, el artículo de Sami, en la versión más extensa publicada en la web

Se ha ido Edgar Morin

https://elpais.com/cultura/2026-05-30/se-ha-ido-edgar-morin.html

 Fue el último gran pensador de la Ilustración en esta época de especializaciones mutiladoras, en la que se sustituyen los valores de la humanidad por las categorías de la eficacia

Sami Naïr

30 MAY 2026 – 19:13 CEST

 

A mi amigo Edgar, yo lo llamaba “inmortal”; el dolor que me ha causado la noticia de su fallecimiento, a una edad tan venerable, 104 años, digna de los profetas de la Biblia, es tan agudo como si le hubiera sobrevenido inesperadamente a los 50. Edgar estaba hecho de ese material puro y poco común de las grandes mentes, gracias —según repetía a menudo a sus amigos— a que siempre vivió según este sencillo adagio heredado de la gran sabiduría antigua: “Nada humano me es ajeno” (Terencio). Conoció las alegrías y las angustias del siglo XX y de esta primera mitad del XXI, siempre con la misma curiosidad, el amor por los seres humanos, una profunda tolerancia, altura de miras sobre las cuestiones que involucran al hombre en su relación con el mundo; pero también la amargura ante el avance inexorable de la barbarie, la exclusión, el antisemitismo, el racismo y el sufrimiento infinito de los pueblos mártires —entre ellos los palestinos, por quienes no dejó de dar testimonio—, víctimas expiatorias del poder destructor de los más fuertes.

Podríamos glosar hasta el infinito su obra inmensa y polifacética, que abarca desde el final de la Segunda Guerra Mundial hasta hoy y toca prácticamente todas las facetas del saber —sociología, filosofía, epistemología, ensayos, ética, ecología y otras—; pero sería en vano, porque ninguna interpretación parcial abordaría todo su sentido ni toda su originalidad. Solo el tiempo, es decir, la historia, seleccionará y revelará lo que en el futuro seguirá siendo un momento fundamental de la creación intelectual. Porque Edgar, y así lo escribí en el número especial que la revista L’Herne le dedicó en 2016, fue quizá el último gran pensador de la Ilustración en esta época de especializaciones mutiladoras, en la que se sustituyen los valores de la humanidad por las categorías de la eficacia: una civilización en formación en la que el hombre es un medio —no un fin— para el hombre.

Francés por su biografía, se consideraba también un “marrano” español, con una familia a la que habían expulsado por ser judíos en la época de las grandes persecuciones y que vagó por la costa norte del Mediterráneo hasta Italia, Grecia e incluso Turquía, pero siempre, decía, con España en el corazón. Y por eso, como ejemplo paradigmático de la fusión identitaria más allá de la historia, me sugirió —lo confieso aquí— que, dadas mis raíces en el país de Cervantes, le ayudara a adquirir la nacionalidad española. No pudo ser por falta de perseverancia, pero esto me sirve para recordar la alegría que sentíamos, a mediados de los años noventa, cuando teníamos que pronunciar conferencias, por ejemplo, a invitación del profesor Javier de Lucas en la Universidad de Valencia; los abundantes honores que le rendían las universidades catalanas y el júbilo que le causaba aludir a sus múltiples identidades: “Si mis genes pudieran hablar —declaró con ocasión de un premio que le otorgó la ciudad de Barcelona—, les dirían que ante todo soy, de los pies a la cabeza, mediterráneo”. Tenía razón: vuelvo a verlo bailando en un crucero que hicimos por el Nilo y cantando su reencuentro con esta tierra egipcia. Como buen universalista, también se encontraba así en toda Latinoamérica, donde se sentía como en casa. Y no es casualidad que, después de llorar la pérdida de su esposa Edwige a principios de los dos mil, al final recuperase la alegría entre París, Montpellier y Marraquech, rodeado y protegido por el amor y la complicidad intelectual de su última esposa marroquí, Sabah.

Así estamos, Edgar: nos has dejado, pero te has asegurado de que no quedáramos desamparados, porque tu ejemplo y tu obra seguirán guiándonos en la defensa de los valores humanos; y, si tuviéramos que resumir tu legado en una sola frase para contárselo a las nuevas generaciones, más allá de tu grandeza intelectual, bastarían estas palabras: “Era un hombre justo”.

 

 

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