EN LA MUERTE DE HABERMAS

 

En la muerte de Habermas

El aluvión de artículos ante la muerte de Habermas es casi inabarcable. Creo que eso no responde tanto a una influencia actual del filósofo en términos estrictamente filosóficos (porque me parece que, desde hace tiempo, en el terreno estrictamente filosófico e incluso filosófico político, su obra es objeto de revisión crítica), sino a su presencia casi constante en aspectos clave del debate político que hoy nos ocupa y que hace casi imposible no referirse a Habermas. En todo caso, es evidente el consenso amplio en homenajear su estatura intelectual, como gran filósofo -sin duda y en mi opinión, lo fue- y en reconocer su huella en el pensamiento y en el debate intelectual a lo largo del último tercio del siglo XX y de la primera década del XXI. Y en ese sentido, me sumo al homenaje y reconocimiento a quien considero, yo también, el último de los grandes filósofos del siglo XX. Eso sí, me permito apuntar cuatro matices.

El primero no se refiere tanto a él, como a la multitud de los que hoy se presentan como discípulos y amigos o incluso legatarios de Habermas: como suele suceder por aquello de hacerse presente en bodas, bautizos y funerales. Me refiero a que buena parte de quienes escriben hoy glosando a Habermas en términos casi siempre hagiográficos, aprovechan para la autopromoción, incluso desvergonzada: los hay que se presentan a sí mismos como sucesores y representantes de una supuesta nueva generación de la Escuela de Frankfurt (e incluso en su desfachatez se cuelgan la medalla de que eso fue expresa voluntad del finado filósofo), al mismo tiempo que no renuncian a corregir  al maestro como no hicieron en vida, señalando algunos de sus límites como fruto de su propia cosecha, omitiendo que, en torno a la obra de Habermas hubo no sólo elogio sino también, desde el principio, crítica. En particular, me llama la atención que alguno de esos filósofos cuyo ego parece inabarcable, dedique su necrológica a corregir ahora a Habermas por haber ignorado el feminismo, sin mencionar que eso ya lo hizo el propio feminismo hace 50 años, al señalar con mucha claridad ese flanco del limitado universalismo habermasiano: basta leer los escritos de, por ejemplo, Seila Benhabib.

La segunda observación sí afecta de lleno al propio Habermas. El gran filósofo alemán siempre se encerró en su condición de alemán, uno más de los alemanes que habían vivido el trauma de no haber podido responder adecuadamente a los crímenes del nazismo y al holocausto, por su juventud (en definitiva, la Shuldfrage). Digo que se encerró en los límites que le imponía su «condición alemana», como parapeto del que se sirvió para abstenerse de pronunciarse con la contundencia debida sobre los desmanes de los gobiernos de Israel. No llegó a la complicidad desmesurada del gran M. Walzer, quien en su sionismo manifiesto ha cometido una y otra vez el dislate de calificar de “guerra justa” todas las guerras en las que se ha embarcado Israel, pero es elocuente su silencio o, para ser más exactos, su tibieza para condenar las incalificables acciones terroristas y desde luego ilegales de los gobiernos de Israel (su silencio, por ejemplo, sobre la condena del muro en Gaza por parte de la CIJ)  y en particular de los gobiernos de Netanyahu. Baste pensar que no hizo ninguna referencia a la existencia de un genocidio en Gaza. Esa tibieza crítica me parece inaceptable, si tenemos que hablar de la autoridad moral de Habermas. La tuvo, sin duda, pero con esas muy destacadas contradicciones.

La tercera, que también afecta a la obra de Habermas, es de carácter ideológico- político. Se ha subrayado desde sus críticos que Habermas es, en buena medida, el responsable de reconducir la crítica radical propia del marxismo de la Escuela de Frankfurt, a la ortodoxia de una socialdemocracia convertida cada vez más en exponente de una ideología social-liberal. Para algunos, es una razón de valoración positiva (léase por ejemplo la necrológica de Manuel Cruz en El Correo). Para otros, como Javier Sádaba en su necrológica en El Confidencial (https://blogs.elconfidencial.com/cultura/tribuna/2026-03-14/sobre-jurgen-habermas_4320669/) esta tarea de Habermas, en no poca medida, contribuye a descafeinar aquella crítica y así se aleja de los Adorno, Horkheimer o Marcuse. Por otra parte, hay que reconocer que Habermas insistió siempre en que la legitimidad del Estado depende del reconocimiento y garantía de los derechos, pero sobre todo de las libertades públicas y los derechos políticos. Han sido discípulos suyos, como quien es a mi juicio el mejor de ellos, Axel Honneth, quienes han reivindicado la prioridad del reconocimiento y garantía efectiva de los derechos sociales y con ello de un Estado de Derecho que sea de verdad Estado social, y no sólo Estado liberal.

La última observación es, en buena medida, académica: no comparto la pretensión de hacer de Habermas un gran filósofo del Derecho, sobre todo a partir de un ensayo como Facticidad y validez que, en tantos pasajes, es no ya oscuro, sino confuso. A mi juicio, esa pretensión del Habermas “filósofo del Derecho” choca con su patente desconocimiento de elementos básicos del Derecho internacional (incluido el europeo), el Derecho penal y constitucional y el Derecho comparado, por no hablar de la jurisprudencia constitucional comparada. Aún así, es preciso reconocer como un gran acierto de Habermas  una tesis central para la filosofía jurídica,  la de la migración de la ética pública, desde la filosofía moral al Derecho público, constitucional e internacional, por vía de los derechos humanos y fundamentales. Habermas, que sí estuvo atento a desarrollar una tesis relevante para entender hoy el Estado de Derecho, la teoría del patriotismo constitucional, elaborada por Dolf Sternberger y reformulada por él, sostuvo que en un Estado de Derecho, que ha de ser por definición pluralista, el contenido de la ética pública exigible sólo puede ser el que expone la parte dispositiva de las Constituciones referente a los derechos humanos y que se recoge con más amplitud en el cuerpo de Derecho positivo internacional de los derechos humanos. Eso lo pusieron de relieve, entre nosotros, por ejemplo, Manuel Jiménez Redondo y Tomás Vives, quienes por cierto participaron del seminario de Habermas y propiciaron visitas académicas por ejemplo en Valencia. Ese déficit de Habermas respecto al Derecho, es verdad, lo han cubierto en no poca medida Robert Alexy y, sobre todo, como he recordado, Axel Honneth, con ensayos como La lucha por el reconocimiento, La sociedad del menosprecio, o el muy sólido Das Recht der Freiheit. Grundriß einer demokratischen Sittlichkeit, traducido al castellano como El Derecho de la libertad: esbozo de una eticidad democrática.

 

.

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *