PASIÓN DE LOS FUERTES: EL DERECHO COMO TRATADO DE PASIONES (versión resumida de la Lectio pronunciada en la festividad del Día de la Facultad de Derecho, el 21 de diciembre de 2023)

Aquellos de entre ustedes que me conocen y me soportan -al menos los que llevan unos años haciéndolo-, saben que lo que más me gusta, mi pasión verdadera, es el cine. Por eso, no les extrañará el título que he elegido: Pasión de los fuertes, es, en efecto, un título inequívocamente fordiano, el de uno de los más aclamados westerns de la historia, que dirigió el maestro John Ford en el año 1946, aunque el título original es otro, My Darling Clementine.

Es verdad que había pensado en otro título, el Derecho como tratado de las pasiones. Quizá a los más ortodoxos les pueda parecer una salida de tono. Pero creo que a poco que se detenga a pensarlo, cualquier jurista, aunque no tenga la sensibilidad de novelista y poeta de la que hace gala nuestro Paco Blasco, caerá en la cuenta de que nosotros, a lo que nos dedicamos, es a las pasiones. Por supuesto, el código penal es un tratado de las pasiones. Pero, sin duda, también lo son el código civil y el mercantil. Lo es en no poca medida el Derecho laboral, y no me digan del constitucional y la ciencia política, con la pasión de poder como leit-motiv. Hasta el Derecho internacional, al que recorren también esa pasión de poder y la furia, como ha mostrado la profesora Ramón Chornet en un libro reciente a propósito de la llamada guerra contra el terrorismo…Se me ocurre que, quizá, si presentáramos los grados que se imparten en esta Facultad como tratados o narrativas de las pasiones, atraeríamos aún más público y nos financiaría Netflix, o Amazon, o Apple…Es una idea. Ahí la dejo.

Vuelvo a pasión de los fuertes, que me parece un lema particularmente adecuado para introducir mi digresión sobre las pasiones del Derecho. Les confieso que, debido a mi natural disperso, este fue sólo uno de los temas entre un batiburrillo de cuestiones que propuse al equipo decanal, sobre los que no conseguía decidirme, dudas que el Decano y la secretaria sobrellevaron con paciencia y hasta con buen humor. Al final, lo comenté con mi amigo Jesús Olavarría, que me aconsejó terminantemente que eligiera éste. Así que, si no les hablo de otra cosa y les aburro, me acojo a una responsabilidad solidaria…

Conste, para sentar las bases del discurso, que utilizaré el término <pasiones> en su acepción común en el discurso filosófico, psicológico y antropológico, desde Platón y sobre todo con la sistematización que ofrece la Etica de Spinoza. Recuerden que es Spinoza quien, además de su clasificación de pasiones primarias (el deseo, alegría y tristeza) y secundarias (las dos claves, el odio y el amor), dejó sentado aquello de que “nosotros no intentamos, queremos, apetecemos ni deseamos algo porque lo juzguemos bueno, sino que, al contrario, juzgamos que algo es bueno porque lo intentamos, queremos, apetecemos y deseamos”. El uso común suele contraponer el concepto de pasión con el de razón y añade la dimensión emocional fuerte, que conlleva a su vez las nociones de sentimiento, deseo o afección: es el sentido de pasiones que destaca la Real Academia en las acepciones 5, 6 y 7 del término: “Perturbación o afecto desordenado del ánimo” (cuyos sinónimos son emoción, arrebato, frenesí…); “Inclinación o preferencia muy vivas de alguien a otra persona (sus sinónimos serían preferencia, inclinación, predilección…); “Apetito de algo o afición vehemente por ello” (sinónimos: deseo, entusiasmo, vehemencia).

Para finalizar los prolegómenos les anuncio que dividiré mi exposición en dos partes.

En la primera (I), abordaré lo que podríamos llamar la paradoja básica sobre pasiones y Derecho: porque, si bien el tópico nos indica que el Derecho es una de las creaciones culturales cuyo propósito es moderar las pasiones (desde luego, aquellas que se consideran malas o, incluso, bajas pasiones: el odio, la ira, el resentimiento, la envidia, la codicia, los celos…), lo cierto es que, como he tratado de recordarles, ese tópico es desmentido en gran medida por lo que nos indica la experiencia, esto es que, en realidad y con frecuencia, el Derecho y el trabajo de los juristas parecen más bien guiados por esas pasiones.

Las pasiones, como anticipó Sófocles en su Edipo, que al decir de Foucault es el primer texto en el que se aborda la relación entre verdad, justicia, poder y pasiones, son la yesca del Derecho. Esta es una realidad que ha sabido mostrar la literatura desde momentos muy iniciales: junto a la ira, otras pasiones mueven el recurso al Derecho, como saben todos los juristas y también los que frecuentan la literatura o el cine jurídico: el resentimiento (les invito a releer la obra capital de Scheler sobre el resentimiento en la moral), la envidia, los celos, la codicia…un elenco que encontramos desde las comedias griegas a las de Shakespeare, y en toda la novela negra, así como en ese subgénero que son los relatos jurídicos. Por supuesto, en el cine….

Entre ellas, hay que mencionar ante todo la pasión por el poder, por la fuerza, que parece guiar la vida jurídica. Una pasión por el poder, por la dominación de los otros y de lo otro, que no se reduce sólo al ámbito político institucional, pues impera en las relaciones entre particulares y es capital para entender el origen y la evolución del Derecho privado. El protoderecho que es la propiedad, y que sirvió como paradigma para la noción de derechos públicos subjetivos, tiene mucho que ver con eso. Y me referiré también brevemente a cómo se supone que deben afrontar las pasiones los diferentes tipos de juristas, y entre ellos, desde luego, el juez, para referirme al tópico de la ecuanimidad y a la prevención con la que entre los juristas se ve la pasión de la empatía.

En la segunda parte quiero plantear dos pasiones jurídicas contrapuestas:

Primero, la que podríamos llamar pasión por el Derecho, que nace tantas veces del sentimiento jurídico de lo injusto y puede derivar en una verdadera patología, la del justiciero, que da lugar a algunos de los brocardos latinos más populares entre los juristas (summum ius, suma iniuria; fiat iustitia et pereat mundus…) y ha sido tan iluminada por la literatura -desde Aristófanes a Shakespeare, de Kleist a Kafka- y, por supuesto, en el cine y no sólo por ese subgénero, el del policía sucio, que simbolizan los personajes tantas veces encarnados por Charles Bronson o Clint Eastwood.

Después, hablaré de una pasión contrapuesta a ésta, lo que llamo la pasión contra el Derecho. De suyo, la tesis que pretende que el Derecho y los juristas son creaciones culturales propias de sociedades atrasadas, no es una novedad, al menos desde Hume, que vincula Derecho y escasez y por tanto pronostica que la utilidad del Derecho decaerá cuando se consiga superar la escasez, una tesis que repetirán Saint-Simon y Comte y que alcanza su expresión más eficaz en Marx, que pretende sustituir la dominación de las personas por la administración de los recursos, en una sociedad en la  que cada uno aporta según su capacidad y recibe según sus necesidades. En lugar de Derecho y los juristas, la economía, la administración, las nuevas tecnologías y sus algoritmos, la estadística, la sociología y la biotecnología.

En su versión más vulgar y populista, esta pasión que pretende sustituir al Derecho como algo obsoleto, tiene hoy manifestaciones como ese descabellado propósito de desjudicializar la política, como si la política fuera (aún más, como si debiera ser) una realidad autónoma, ajena al Derecho, la moral, o la ideología. Una pretensión, a mi juicio, en el fondo ideológica y difícilmente democrática, además de ignara.

(I)

LA PARADOJA DE LAS PASIONES Y EL DERECHO

Vayamos con la paradoja del Derecho como instrumento o como remedio contra las pasiones. O, si se quiere, de las pasiones como motor o como enemigo del Derecho.

Les decía que, si me ha parecido oportuno utilizar la metáfora de “pasión de los fuertes” para hablar de pasiones y Derecho, es sobre todo porque el Derecho suele ser visto -y así es experimentado por sectores importantes de la población-, como un instrumento particularmente útil y eficaz, al servicio de la pasión de poder, que es quizá la primera de las pasiones que alimentan el recurso al Derecho. lo que es lo mismo que decir la pasión de quien tiene más fuerza.

Esta pasión de los fuertes se encuentra ya en lo que podemos considerar texto fundacional de nuestra tradición cultural, la Ilíada de Homero. Es digno de señalar que ese hito clave de nuestra cultura sea un poema sobre la épica de la forma extrema de fuerza, la guerra, cuyo primer verso evoca el formidable poder de una pasión, la ira, la cólera de Aquiles: Μῆνιν ἄειδε θεὰ Πηληϊάδεω Ἀχιλῆος.

En esa tradición se inscribe el hilo conductor que nos presenta al Derecho como un ejercicio de la fuerza más allá de la razón o con independencia de ella, impuesto, claro está, por quien tiene el mayor grado de fuerza. Esa es una discusión nuclear para los juristas, desde que Platón la pusiera en boca de los sofistas Trasímaco y Calicles, aunque quizá entre los juristas la referencia más conocida al vínculo entre fuerza, pasión de poder y Derecho sea la de la fórmula de Juvenal, “sic volo, sic iubeo: stet pro ratione voluntas” (Saturae, 6, 223): esto es, el Derecho como manifestación de la voluntad del poderoso, del imperium. Aunque, como hiciera ver Nietzsche, se le puede dar la vuelta al argumento y sostener que el Derecho es fruto de otra pasión, la del resentimiento y por eso lo entiende como un recurso desesperado de los débiles, del rebaño, para hacer frente al poder de los fuertes. E incluso cabe una vuelta de tuerca más, la que nos propone Ferrajoli al señalar que el Derecho encuentra su justificación precisamente cuando encarna la “ley del más débil”, como tituló su conocido ensayo publicado en 2022.

La discusión sobre Derecho, razón y fuerza enfrenta a diversas concepciones del Derecho, como el iusnaturalismo y el positivismo jurídico y dentro de éste a las concepciones normativistas y a las realistas. En particular, la visión soi-dissant  realista, la del stet pro ratione voluntas, la del Derecho como instrumento de la pasión del más fuerte, tiene hitos de prestigio en la historia de nuestra civilización. No digamos, a propósito de esa manifestación suprema del ejercicio de la fuerza, pretendidamente secundum ius, que es el ius ad bellum y que conduce a la justificación de la guerra por medio del Derecho, el oxímoron de la guerra justa. Pero de esto hemos hablado otro día…

En todo caso, la triple tensión entre fuerza, razón y Derecho quizá encuentra su mejor solución, o la menos mala, en el famoso aserto de Radbruch que a mí me gusta citar con ocasión y sin ella (Macht, ohne Recht, gilt nichts in dieser Erden; Recht, ohne Macht, kann niemals Sieger werden…).

Ahora bien, cabe otra visión del Derecho como pasión de los fuertes, la que insiste en que el verdaderamente fuerte acepta el control del Derecho, porque en él reside la clave de la durabilidad del poder, que es no tanto la auctoritas, sino el aceptar cierta auto-restricción, la que supone la aparición de la noción de Estado de Derecho, que desarrolla la crítica al poder solutus a(b) legibus, propio del ancien regime. Es la paradoja que consiste en entender que sólo seré verdaderamente fuerte y sólo podré asegurar mi pasión de poder, si recurro al Derecho, si pongo al Derecho por encima del poder. Una pasión razonable, pues.

Ese es el enfoque políticamente correcto, el más habitual, de la relación entre el Derecho y las pasiones, que consiste en sostener que el Derecho nace aparentemente para enfrentarse a esos motores individuales y sociales que son las pasiones, que producen daño, para tratar de domeñarlas. Es el dictum que nos legara nuestro Juan Luis Vives, que dejó escrito que el Derecho puede alcanzar poco más que “sujetar las manos y la ira”. Algo que, bien pensado, no es poco: no se trata de eliminar las pasiones –una tarea, por lo demás, imposible- sino de someterlas a la razón, mediante hábitos virtuosos. Pero, desde luego, esos hábitos virtuosos muchas veces no se conseguirán si no es con el recurso a la fuerza: no hay Derecho sin espada, como bien muestra la iconología clásica.

El proyecto de una convivencia pacífica de contrarios, les recuerdo, encuentra distintas vías civilizatorias. La de la paideia, la buena educación consiste en enseñarlas, aprenderlas y hacerlas propias. La del Derecho, más realista, consiste en proponerlas como normas, esto es, con el refuerzo de la fuerza, la coacción, que permite imponerlas. El peso de la fuerza que acompaña inexorablemente al Derecho, disminuirá en la medida en que el proceso civilizatorio alcanza lo que llamamos legitimidad democrática del Derecho: es decir, en la medida en que lo que se propone como pautas de comportamiento (hábitos virtuosos) se haya convertido en virtudes cívicas exigibles y aceptables, y lo son, deben serlo, en primer lugar entre los juristas, y en particular entre los jueces. Eso sucede cuando se proponen como pauta a seguir comportamientos que la mayoría acepte, racionalmente, como virtuosos, en el sentido de imprescindibles e incluso deseables para los objetivos de convivencia que se han decidido por común (mayoritario) acuerdo.

Y esta exigencia refuerza el modelo del jurista ecuánime, que sabe refrenar las pasiones sin contagiarse de ellas. Es el ideal del jurisconsulto romano que nos lega un propósito de objetividad (mal entendido como neutralidad y, aún peor, como asepsia valorativa), propio de una cierta cultura jurídica, la del positivismo legalista, impulsada por el anhelo de evitar que los operadores jurídicos por excelencia, los jueces, pudieran poner palos en la rueda legal de la revolución que ha acabado con el antiguo régimen y que se concreta, claro está, en ese brocardo de Montesquieu que nos presenta a los jueces como boca muda de ley.

Pues bien, a mi juicio, frente a ese juez mecánico, artificial, el modelo de juez por el que nos debemos inclinar es el de aquel que, conociendo las pasiones e intereses y siendo él mismo sujeto de esas pasiones e intereses, las somete a control para saber realizar su función de mediación en los conflictos, lo que no será posible si, además de la observancia de la ley que le vincula y le da la legitimidad en su tarea de mediación, no lleva a la práctica esas virtudes que equilibran las pasiones. Y es ahí donde cabe plantear la importancia de la capacidad de empatía, de compasión, en la tarea del jurista. Algo que tiene mucho que ver con la pietas romana, siempre que no la confundamos con el sucedáneo paternalista de la conmiseración. Lo entendió bien una de nuestras mejores juristas, Concepción Arenal, que acuñó el brocardo <odia al delito y compadece al delincuente>.

La compasión pude ser entendida como pasión jurídica si descarta el paternalismo y se convierte en capacidad empática, ese ponerse en los zapatos del otro, conforme al famoso alegato de otro personaje literario modelo de juristas, el Atticus Finch de Matar a un ruiseñor. Pero no es fácil hacerlo sin incurrir en sentimentalismos baratos. No es fácil guardar la ecuanimidad que se espera del jurista, su capacidad para embridar las pasiones, y en particular la ecuanimidad que se espera del juez, que se ve a su vez ante la exigencia del difícil equilibrio de cordura y pasión en la función de juzgar.

(II)

PASIÓN POR Y CONTRA EL DERECHO

En esta segunda parte, como he adelantado, quiero ocuparme de dos pasiones contrapuestas: la pasión por el Derecho, que algunos calificarían de pasión por la justicia, y la pasión contra el Derecho.

Para ilustrar la primera y sobre todo su patología, echaré mano de una narrativa que puede considerarse un hilo conductor de la filosofía jurídica, tal y como dejó claro quien, en mi opinión, es uno de los más grandes juristas, Rudolf Ihering, en su recurso al relato de von Kleist, Michael Kohlhaas, con el que ilustra su tesis de la lucha por el Derecho.

Como he anticipado, este un hilo que recorre la literatura clásica, desde Aristófanes y Sófocles a Shakespeare y Cervantes, de Dostoievski a Kafka, hasta esos contemporáneos descendientes del Sherlock Holmes de Arthur Conan Doyle que son los relatos jurídicos de von Schirach (un autor por quien comparto entusiasmo con mi amigo Pepe González Cussac). Como seguro que recuerda este ilustrado auditorio, la sabiduría jurídica clásica condensó los riesgos de esa pasión extrema por el Derecho (entendido como justicia, la pasión del justiciero, si quieren ustedes verlo así) en dos brocardos: summum ius, suma iniuria, y fiat iustitia et pereat mundus

En la lista de esos justicieros que viven esa pasión que llega a ser obsesión por la justicia, que desborda las riendas de la razón, el primero sería, según escribe mi amigo F. Ost, un personaje de Aristófanes, el juez Filocleón, junto a la Antígona de Sófocles. En esa línea se inscriben el Shylock de Shakespeare y, sobre todo, el justiciero por excelencia, Don Quijote. Un personaje que se autodefine en una famosa cita que muchos llegamos a aprender de memoria: “y es mi oficio y ejercicio andar por el mundo enderezando entuertos y desfaciendo agravios”. Recordarán cómo Cervantes retrata, por ejemplo, los desastrosos y contraproducentes efectos de esa pasión desmedida por la justicia en el famoso episodio de los galeotes, en el que, una vez más contrasta la actitud más legalista que encarna Sancho -propia de un formalismo jurídico apegado a la práctica más común-, frente a la pasión -compasión- que representa nuestro caballero.

Creo que hay que estar ciego para no detectar hoy el crecimiento exponencial de ese anhelo del Derecho que ejemplifican los justicieros, como Shylock: cómo crece sin medida la pasión litigante, cómo florece la pasión legiferante, reglamentista sobre los aspectos más nimios, hasta qué punto bordeamos esa otra pasión de monopolio del Derecho que lleva al extremo del RichterStaat, un gobierno de quienes en puridad no deben ser gobernantes sin guardianes, los jueces, o como la pasión vindicativa propia del justiciero, al que da alas el populismo penal, desarrolla una marea prohibicionista que, a 50 años de mayo del 68 y de su prohibido prohibir, parece querer prohibir, castigar  y cancelar sin descanso. Incluso en ese templo de la libertad de cátedra, de expresión y crítica que debieran ser las aulas universitarias.

Hablemos ahora de lo que llamo pasión contra el Derecho. La pasión contra el Derecho viene de lejos. La experiencia del terribile diritto, que dijera Rodotá, genera pasiones negativas frente al Derecho (miedo, desconfianza, e incluso ira antijurídica), aunque en no pocas ocasiones de forma contradictoria, como creo que sucede hoy, tal y como se ejemplifica sobre todo en las redes sociales, pero también en no pocos medios de comunicación tradicionales: prensa, radio, televisión.

Y es que asistimos hoy a una corriente que fomenta un descrédito o desconfianza generalizada sobre el Derecho, que generalmente se presenta como miedo ante la fuerza del Derecho, pero que a veces alcanza otro grado, otra pasión: la furia contra el Derecho, al menos contra quienes nos dicen qué es Derecho. Y, entre ellos, abogados y jueces, contra los que nuestro refranero nos previene (“tengas pleitos y los ganes”). Es lo que ejemplifica Shakespeare en boca del carnicero Dick de su Enrique VI: “Let’s skill all the lawyers!”.

Describiría esa pasión hodierna como un menosprecio por el Derecho que no procede de las trincheras ideológicas habituales (las tesis anarquistas, comunistas o libertarias) sino muy otras: por ejemplo, ciertas versiones del nacionalismo, ciertas versiones del feminismo. Lo que tienen en común aquellas impugnaciones y estas otras es sostener que todo el derecho existente está fatalmente contaminado de virus que imponen su debelación: el de clase, el de la nación-Estado, el del hetero-patriarcado.

Este menosprecio por el Derecho se alienta también desde las alturas –o abismos, quizá- de la ciencia, en particular de parte de un tipo de científicos sociales al alza (mediáticos, digámoslo), a los que no se les cae de la boca la advertencia sobre lo importante que es “la política” y la necesidad de superar el torpe recurso al Derecho y a sus instrumentos, algo secundario, claro. Una displicente actitud a la que no son ajenos no pocos periodistas y comunicadores.

Hablo, por ejemplo, de esos escenarios que dominan escribidores y locutores (me cuesta llamarles periodistas) que jalean el linchamiento de jueces machistas, prevaricadores, corruptos y demás despreciable ralea y que nos explican –desde su contacto privilegiado con la realidad y, al parecer, de su dominio sobre los más recónditos arcanos del Derecho- cuándo tal o cuál comportamiento es ilícito, cuándo es justa o abominable una sentencia (que no acostumbran a leer, ya no digo estudiar, sino que critican en el momento mismo en que se anuncia), todo ello adornado con insólitos conocimientos procesales, que deben sobre todo a gargantas profundas de los pasillos de tribunales, más que a las aburridas y nada glamourosas horas de estudio. Y lo hacen porque dicen que ellos sí que saben lo que piensa y quiere como justo la calle, que sería algo muy distinto de lo que han secuestrado como justo los clérigos que administran (usurpan) el (verdadero) Derecho.

Aún más preocupante me parece el caso de admirados politólogos que, desde la tribuna de la ciencia (que muchas veces parece más bien púlpito de predicador) nos aleccionan sobre cuándo hay un delito de rebelión, sedición o simplemente una manifestación cívica con algún toque gamberro, a base de lecturas de Wikipedia sobre el Código Penal, como si el Derecho no mereciera mayor atención.

No me resisto a apuntar, por cierto, que aún estamos esperando que esos gurús nos expliquen cómo se puede hacer política, no ya excelsa sino simplemente civilizada –es decir, algo mejor que la nuda imposición de la voluntad del que más puede–, sin el recurso al Derecho. Y que nos expliquen también dónde quedarían los intereses del común –no digamos de los más vulnerables- si todo fuera negociación (“pónganse a hablar”, conminan esos iluminados), olvidando que, si se trata de negociar sin más, como pregonan, más allá de los tediosas y estériles normas, instituciones, procedimientos y sanciones del artefacto jurídico, la palabra quedaría como atributo exclusivo de los que están de facto en condiciones de hacer o dictar el negocio. Monopolio de una élite que ya no son reyezuelos perezosos y viciosos, ni tampoco juristas entogados, sino elegantes CEO y ejecutivos con más desprecio e ignorancia por las necesidades y preocupaciones del común de los mortales que la que exhibían aquellos déspotas con los que aún quieren asustarnos.

Claro, lo de negociar adquiere un tinte distinto si se trata de negociar bajo el imperio del Derecho (hablo del Estado de Derecho), lo que, por cierto, no tiene nada que ver con esa pretensión –a mi juicio, inaceptable– de “negociemos sin condiciones previas” que se ha presentado en tantas ocasiones en nuestro país. Eso, a mi juicio, es incitar al enfrentamiento de pasiones, a ver quién resiste y puede más, reafirmándose en las suyas.

Termino. Al cabo, lo que podemos aprender de este sumario recorrido es que la ambición de que el Derecho represente el dominio de la razón sobre las pasiones, hasta alcanzar el objetivo de erradicarlas, es una pretensión vana. A lo que el Derecho puede aspirar, insisto, es a racionalizar y sujetar las pasiones mediante la mediación de normas e instituciones que permitan obtener acuerdos respetables.

Porque las pasiones no desaparecen: siguen ahí, presentes en todos los ciudadanos y son más difíciles de someter o incluso de regular y controlar cuando se trata de quienes tienen poder. También, evidentemente, en los propios juristas, por más que a ellos les exigimos un plus, que está implícito en esa iconografía de la justicia a la que ya me he referido: además de la espada, la balanza, el equilibrio, nos habla de esa racionalización de las pasiones, como también la venda que cubre los ojos de la justicia. En caso contrario, la espada con que se adorna nos parecería una exacción y, como planteara San Agustín, no habría al cabo distinción entre el mandato del Derecho y el de una banda de ladrones.

La consecuencia es clara: hay que tratar de formar a los juristas en el conocimiento de las pasiones, de las propias y las ajenas y en los medios para embridarlas bajo el mandato de la razón. Hay que saber domeñar las pasiones mediante el recurso a una noción que permite la negociación en lugar de abocar a la nuda confrontación: Es la noción de intereses, que debe llevar a examinar cómo conjugarlos y establecer preferencias e incluso detectar y crear intereses comunes, como supieron hacer los fundadores de la UE. En ello, a la lección de Jhering hay que sumar la de Hirschmann, en su obra de referencia sobre pasiones e intereses en el capitalismo, un autor por el que comparto admiración con mi amigo Juan Romero.

Y, sobre todo, hay que vigilar con la mayor atención las pasiones de quienes tienen el poder de decidir sobre nosotros, desde el Derecho.

Simone Weil, en su luminoso ensayo sobre la Ilíada pone de manifiesto que la acción de la fuerza somete tanto a vencedores como a vencidos. Entre los resquicios del imperio de la fuerza, sin embargo, aparece de forma casi milagrosa la gracia. Esa es la enseñanza más importante del poema homérico: la lección última de la Iliada es la transformación de la cólera de Aquiles, gracias a la compasión hacia Priamo, en pietas, piedad por los muertos, piedad por las familias de los muertos, la piedad que vence a la crueldad. La esperanza está en la pasión común nacida de la común convicción acerca de la fragilidad humana, la condición común de humanidad, una piedad que nos hace capaces de no sucumbir a la fascinación de la fuerza.

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