La delgada línea entre realpolitik y belicismo. El «giro hobbesiano» del Alto Representante Borrell (versión corregida y ampliada del artículo publicado en Infolibre, el 19 de octubre de 2022)

La realpolitik como presupuesto de la gestión de las relaciones internacionales. La “escalada” argumentativa de Borrell

El Alto representante de la UE y vicepresidente de la Comisión, Josep Borrell, es, sin duda, es una de las mentes más brillantes que ha dado la política española. Es también uno de los políticos con mayor capacidad de irritar, incluso a los más anónimos ciudadanos, por el frecuente tono de condescendencia con el que se dirige al común de los humanos para sacarnos de nuestros errores, o amonestarnos, desde la superioridad intelectual que le posee. Enric González le dedicó recientemente un brillante artículo (https://elpais.com/ideas/2022-10-15/el-efecto-y-el-defecto.html), en el que me pareció advertir alguna analogía -salvando las distancias, claro- con el famoso y terrible retrato que Velázquez hizo del papa Inocencio X y ante el que éste, según parece, clamó: “¡troppo vero!”.

En efecto, con su apabullante y casi siempre bien articulada argumentación, quien debiera dar muestra de la mejor diplomacia europea, no rehúye entrar en todo tipo de charcos y parece haberse concentrado en las últimas semanas de este mes de octubre en una escalada retórica a propósito de la guerra en Ucrania que, más allá de la polémica, produce -a mi juicio- no poca preocupación e incluso espanto.

Lo de menos es la floritura filosófica, entre Hobbes y Kant, con la que nuestro Borrell adereza esta escalada y que me parece más fruto de estereotipos sobre la contraposición entre ambos filósofos, que no el resultado de un conocimiento preciso de sus tesis: los estudiosos de las ideas políticas saben que el propósito de Hobbes no es el elogio de la fuerza y la guerra, ni mucho menos. Hobbes, partiendo de un planteamiento “realista” -propio del pesimismo antropológico- trata de encontrar una solución racional al fatal destino de la “ley natural de la selva”. Esa solución no es otra que un contrato o pacto, por el que los hombres abdicamos de toda fuerza y de todo derecho (salvo el de la vida), cediendo el monopolio de la misma al monstruo –Leviathan– que es el Estado. Y, por cierto, cabe también recordar que la solución que Kant propone en escritos como Ideas para una historia universal en clave cosmopolita, o, sobre todo, en La paz perpetua, no es la de un Estado mundial, sino la de una Federación de Estados que haga posible el modelo de un Derecho cosmopolita que vincule a todos. Un proyecto cuyos ecos resuenan, evidentemente en el acuerdo del Tratado de Versalles por el que se crea la Sociedad de las Naciones (1919) y, luego, en el que dio lugar a la creación de la Organización de las Naciones Unidas (1948). Uno y otro, recordemos, después de que la humanidad experimentase como nunca el horror de la guerra, en las dos denominadas guerras mundiales. Pero, insisto, tampoco se trata de someter al eminente profesor a un examen de historia de las ideas, aunque, puestos a adornarse, al menos convendría cierto rigor en su uso.

Lo que me interesa tratar de entender, reitero, es la posición de Borrell en torno a una cuestión recurrente y clave en política internacional, la de la supuesta inevitabilidad del recurso a la fuerza (de la amenaza de recurrir a la fuerza) que, en el fondo, es la decisión que interpela a la Unión Europea ante el hecho terrible que nos afecta, desde el mes de febrero de este año: una guerra brutal que comenzó como una invasión de Ucrania ordenada por Putin, una decisión, a su vez, que en términos jurídico-internacionales podría considerarse un crimen de agresión y a la que ha seguido, según muy numerosos indicios, la comisión de numerosos y terribles crímenes de guerra. Con el coraje personal e intelectual y la ausencia de lengua de trapo que le caracteriza, el buen doctor Borrell nos ha llamado a los europeos a despertarnos de nuestro ingenuo sueño de vivir en un jardín pacífico y aislado, para descubrirnos que debemos afrontar el “horizonte existencial de la guerra”.

Cabe así considerar que Borrell adopta un pragmatismo próximo a la concepción que, como he recordado, podríamos calificar de hobbesiana. Sí, porque la solución que propone Hobbes a ese mal supremo que es la guerra civil, el bellum omnium contra omnes, es, reitero, acordar la cesión del monopolio de la violencia a un constructo, el Estado, una tesis que desarrollará siglos más tarde Weber. El problema es que eso nos deja en difícil posición cuando de la hipótesis de evitar ese mal supremo que es la guerra civil pasamos a la necesidad de evitar otro mal terrible, la guerra entre Estados. En efecto, como advirtió Hegel, “entre los Estados no hay pretor”, de donde se deduce que la guerra sería, finalmente, un horizonte vital inevitable. Aún más, como también señalara Hegel, la prueba de nuestra convicción acerca de la importancia de la libertad es precisamente nuestra disposición a ser capaces de afrontar el sacrifico de ir a la guerra para salvaguardar la libertad, un bien aún más importante incluso que la vida.

Esa concepción doctrinal realista es propia de todos cuantos han postulado que la mejor máxima de seguridad y defensa es la atribuida a Vegetio <si vis pacem, para bellum>, un apotegma que adora la industria de armamento (aunque parece que la formulación original era menos asertiva: igitur, qui desiderat pacem, praeparet bellum, escribió literalmente Vegetio). Ese realismo como condición del buen gobernante, es también el que expresa la metáfora admonitoria atribuida a Bismarck sobre la necesidad de evitar el idealismo propio del político que sólo se pertrecha de principios para realizar su tarea, a quien compara con el ingenuo que se adentra en un bosque infestado de ladrones, con un palillo entre los dientes. Entre las grandes figuras de la diplomacia y la política internacional contemporáneas es notoria la pragmática concepción de Kissinger -continuada por la muy influyente Madeleine Allbright- acerca de la prioridad de disponer de una posición de fuerza en las relaciones internacionales.

Lo que nos dicen todos los prudentes partidarios de este pragmatismo es que debemos abandonar el wishfull thinking y reconocer que, a la hora de la verdad, ni la diplomacia, ni las normas del Derecho internacional ni ninguna autoridad superior (esto es, la fuerza de la razón jurídica y política, la fuerza del Derecho) nos protegerán frente a la razón de la fuerza. Sólo ser capaces de oponer una fuerza mayor -la amenaza de recurrir a ella- nos ofrece esa garantía. Ergo, ante las amenazas de Putin, sólo cabría confiar en la existencia de una capacidad de respuesta bélica que permita la amenaza de “aniquilar al ejército ruso”, como sostuvo el jefe de la diplomacia europea (https://www.europapress.es/internacional/noticia-borrell-avisa-ejercito-ruso-seria-aniquilado-caso-ataque-nuclear-contra-ucrania-20221013120622.html). La pregunta, pues, es si debe cambiar la concepción del papel de la UE en las relaciones internacionales, como consecuencia de la guerra en Ucrania.

Aprovechar la oportunidad que nos brinda la guerra en Ucrania, para “despertar a la política real”, al enfrentamiento entre dos visiones de las relaciones internacionales.

Sostienen los expertos en geopolítica que la guerra de Putin en Ucrania supone un punto de inflexión en el modo de entender las relaciones internacionales. Quizá la cuestión no es tanto que ese cambio radical sea consecuencia de la guerra en Ucrania, sino más bien que esta terrible decisión de Putin debe entenderse en el marco de la deriva a la que parece conducirnos la competición por la hegemonía mundial entre los EEUU y China, flanqueados por la Federación Rusa y coreados por sus respectivos aliados (con la OTAN en primer término), una competición que nos ha devuelto a escenarios propios de la guerra fría, incluida la pesadilla de un conflicto nuclear, en la medida en que China y Rusia (y sus aliados) apuestan por otra visión del mundo, de las relaciones internacionales, claramente incompatible con el modelo de democracia liberal y de un orden internacional regido por los principios y normas de un Derecho internacional puesto en pie desde el sistema onusiano que, al menos, en la letra de la norma se inspira en la prioridad de la defensa de la paz, la cooperación y el respeto a los derechos humanos.

Hay que recordar que todo el esfuerzo que conduce a la Carta fundacional de la ONUestá presidido por una convicción suprema: la guerra es el mal absoluto, el peor azote de la Humanidad, y por eso la prescribieron como el ilícito que debe ser desterrado en las relaciones internacionales. Recordemos asimismo que los visionarios que junto a Eleanor Roosevelt dieron a luz la declaración universal de los derechos humanos en 1948, entendían que el proyecto de las naciones unidas sólo podía asentarse en el cimiento que procurase una firme arquitectura institucional de garantía de los derechos humanos enunciados en la declaración, cuya ambición resulta más sorprendente hoy que en 1948, si me apuran.

Por el contrario, la filosofía del “gato blanco, gato negro; lo importante es que cace ratones”, inspira en realidad una profunda subversión de las reglas de juego del Estado de Derecho, de la democracia y de la legalidad en las relaciones internacionales. La Federación Rusa (no olvidemos que no es sólo Rusia), bajo el diktat de Putin, se apunta con armas y bagajes al mensaje de unpopulismo nacionalista que exige acabar con el mal que representa el modelo que estigmatizan con la fórmula de “dominio occidental”, una falacia argumentativa para la que se sirven, claro, de las ominosas manchas del colonialismo, la explotación descarnada y los crímenes de guerra y contra la humanidad que llenan la alforja de esa “carga del hombre blanco” a la que tan orgullosamente se refirió Kipling en su poema de 1899 en el que explicaba cómo esa pesada tarea de “civilizar” al mundo bárbaro que había sido asumida por el imperio británico, debía pasar a manos de otros, los EEUU (https://www.kiplingsociety.co.uk/poem/poems_burden.htm). Una retórica cuyo lado oscuro fue descrito de forma inigualable por Conrad en  El corazón de las tinieblas.

Creo que ese es el motor del despliegue argumental del Alto Representante Borrell a lo largo de estos meses. Dar una respuesta, proponer un modelo. A mi juicio, su propósito es la necesidad de aprovechar la oportunidad que nos brinda esta guerra para volver a pensar las relaciones internacionales y así, “despertar a los europeos” de su falta de comprensión de la realidad que nos rodea. En ese sentido, me parece imprescindible leer con detenimiento el argumentado ensayo que publicó en marzo de este año, apenas un mes después del comienzo de la invasión (https://geopolitique.eu/en/2022/03/24/europe-in-the-interregnum-our-geopolitical-awakening-after-ukraine/). En esas páginas sostiene con toda claridad un giro en el papel tradicional asumido por la UE en las relaciones internacionales: “I am convinced that the EU must be more than a soft power: we need hard power too”. Es un propósito de importancia crucial y que, insisto, merece ser discutido, sobre todo porque no hay hard power sin poder armamentístico.

El problema, pues, a mi entender, es que el mensaje que nos propone Borrell parece decantarse por un descarnado realismo político, que linda con el belicismo y que no parece tan fácilmente compatible con la defensa del núcleo de la legitimidad del propio proyecto de la UE, eso es, la noción de Estado de Derecho y la primacía de la legalidad internacional, un a priori que todo demócrata europeísta, y estoy convencido de que el Sr Borrell lo es desde siempre, ha de sostener.

El imperio del Derecho y la prioridad de la paz y de la garantía de los derechos humanos es la clave de la fortaleza de la UE, de su papel en el mundo.

Para que la UE desempeñe un papel relevante la UE en las relaciones internacionales es preciso desarrollar sus fortalezas y reducir sus debilidades. ¿Cómo nos propone conseguir esa tarea el Alto Representante de la UE?

A la hora de entender su propuesta me parece significativo, y nada anecdótico, analizar su conferencia “Cómo la guerra ha cambiado Europa”, pronunciada en la XVII Lección conmemorativa de la Fundación Carlos de Amberes (https://www.youtube.com/watch?v=ljZvS2eJzmo). En esa intervención, al modo de Alejandro Magno en Gordium, Borrell propuso un tajo realista: “no se puede ser herbívoro en un mundo de carnívoros”, sostuvo. Si la UE quiere tener un papel propio, nos recuerda Borrell a los ciudadanos europeos, no hay otro camino que el de la autonomía energética y el del rearme, con todos los sacrificios que ello comporte.

Pero la delgada línea roja entre el realismo político y el belicismo fue traspasada por el Alto Representante, a juicio de algunos de nosotros, sobre todo en la intervención inaugural de la Conferencia Anual de embajadores de la UE, de 2022 (https://www.eeas.europa.eu/eeas/eu-ambassadors-annual-conference-2022-opening-speech-high-representative-josep-borrell_en) y en su importante discurso en el Colegio de Europa en Brujas (https://legrandcontinent.eu/es/2022/10/16/los-jardineros-europeos-deben-ir-a-la-jungla/), en el que introdujo otra metáfora, la de la UE como un jardín, un espacio privilegiado de libertad política, prosperidad económica y cohesión social, que se cree preservado de la selva que es el resto del mundo por un muro: “y la selva podría invadir el jardín y los jardineros deberían cuidar el jardín. Pero para evitar que entre la selva en ese bonito y pequeño jardín, la solución no es rodearlo de altos muros, porque la selva tiene una gran capacidad de crecimiento y el muro nunca será lo suficientemente alto como para proteger el jardín. Los jardineros tienen que ir a la selva. Los europeos tienen que estar mucho más comprometidos con el resto del mundo. De lo contrario, el resto del mundo nos invadirá por diferentes medios”. Fue en ese contexto en el que, como ya recogí anteriormente, pareció doblar la apuesta matonista de Putin al amenazar a Putin con “aniquilar el ejército ruso” (sic), si éste recurría al uso de armamento nuclear en Ucrania (https://www.europapress.es/internacional/noticia-borrell-avisa-ejercito-ruso-seria-aniquilado-caso-ataque-nuclear-contra-ucrania-20221013120622.html).

Tiene razón el doctor Borrell cuando se embarca en esa batalla argumentativa por combatir la tentación de un (cada vez más supuesto) espléndido aislacionismo europeo. No sólo es que, por sus principios constitucionales, la UE debe comprometerse en la tarea de cooperación y en la lucha por la paz, la democracia y el desarrollo en todo el mundo, sino que no puede mantenerse al margen. Como bien señalaba en su metáfora del jardín, la UE no debe ni puede adoptar una posición aislacionista. Ha de salir del jardín e incluso hacer partícipe al resto del mundo de las condiciones que han hecho posible ese jardín, lo que exige, claro, abandonar el paternalismo y todo propósito necolonialista.

La cuestión a debatir es si ello exige aquí y ahora primar como objetivo destinar una parte tan significativamente importante de nuestros recursos a armarnos y hacerlo –seamos realistas, pues– en el marco que definen los intereses del Pentágono y de las industrias de armamento que tanto peso tienen en la OTAN.

No descubro nada si recuerdo que una de las debilidades más relevantes de la UE es nuestra absoluta dependencia de la OTAN en lo relativo a la política de seguridad y defensa. Quiero explicar bien mi posición en el debate: como la gran mayoría de los europeos, prefiero contar con el paraguas de la OTAN a la hora de enfrentarnos a las amenazas de Putin. Pero como ya escribí en Infolibre a propósito de la cumbre de la OTAN en Madrid y de su nuevo concepto estratégico (https://www.infolibre.es/opinion/ideas-propias/europa-bloque-atlantico-deberia-apuesta-madrid_129_1266037.html), eso no significa renunciar a una política europea de seguridad y defensa. Una política que debe llevar el sello de aquello que constituye el núcleo y la fortaleza de la Unión. Que no es otro que la asunción de la prioridad del Estado de Derecho y del modelo de legalidad internacional, algo que se aproxima a lo que Ferrajoli ha propuesto como constitucionalismo global. 

Europa tiene su fuerza, insisto, en el hecho de constituir ante todo una comunidad de Derecho, bajo el imperio de la ley (hoy decimos, de la Constitución), al que incluso se subordina la comunidad de intereses que es su motor (el mercado común, el espacio de libre circulación de personas y mercancías que se autodefine como espacio de libertad, seguridad y justicia). Y eso conlleva una decidida opción por un modelo de negociación y cooperación multilateral, que entiende, como pregona la Carta de la ONU, que la guerra es el peor azote de la humanidad y que es incompatible con la legalidad internacional, salvo el caso excepcional de la legítima defensa, que asiste sin duda a Ucrania. Por eso debemos estar a su lado, contribuir activamente a su defensa, porque, sin la menor duda, a Ucrania le ampara la razón del Derecho. Pero porque creemos en la superioridad de la razón del Derecho sobre la razón de la fuerza, nuestros esfuerzos deben orientarse a acabar con la guerra, no a alimentarla, ni a servirse de ella para aplastar a Rusia, como parece el designio de los EEUU.

Europa debe ser un actor comprometido en la tarea de promover la colaboración y el apoyo de quienes puedan empujar a Putin a detener la guerra, como China, sobre todo, y quizá India y Turquía. Convencer también a Ucrania de que no debe perseguir el clásico objetivo bélico de una victoria militar que aplaste al adversario. Sin ingenuidades, sin romper con las exigencias propia de nuestra seguridad. Pero sin la épica belicista que, a la postre, no sale gratis para nadie.

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