UNA MODESTA PROPOSICIÓN PARA HUIR DE UN DEBATE SIMPLISTA Y MANIQUEO SOBRE EL CONFLICTO DE UCRANIA

Cuando parece reabrirse un debate de tonos, a mi juicio, simplistas en torno a los conflictos que vive Ucrania y a las estrategias de Putin y de la OTAN, me parece que puede ser útil ver el film de Schwochow “Munich. The Edge of War” (2021) basado en la novela de Robert Harrris (2017).

No es una gran película, pero propone una cierta revisión de los tópicos sobre el papel de Neville Chamberlain (soberbiamente interpretado por Jeremy Irons) y sobre la conferencia de Munich y el papel de la diplomacia y la negociación.

La guerra siempre es un mal, lo que no significa, desde luego, que haya que ceder a las pretensiones del matón de turno. El precedente de la posición de Gandhi me parece interesante para evitar un debate maniqueo, que presenta de modo simplista, insisto, una confrontación entre pacifistas ingenuos que se rinden ante el matón con tal de no recurrir a la guerra y belicosos partidarios del si vis pacem, para bellum, de gatillo rápido.

En este caso, la ficción literaria y la cinematográifica y, desde luego, la historia, nos enseñan a evitar ese tipo de análisis de buenos y malos que está proliferando en estos días. La razón fundamental de la fundación de las Naciones Unidas fue evitar el flagelo de la guerra. A partir de hí, hablar de guerras justas carece de sentido. Otra cosa es la legítima defensa, un argumento que, en todo caso, debe utilizarse con todas las precauciones que imponen los artículos 39 a 51, en el Capítulo VII de la Carta, titulado, como se recordará, «Acción en Caso de Amenazas a la Paz, Quebrantamientos de la Paz o Actos de Agresión». El recurso a la noción de guerra justa me parece impertinente, injustificado. Como me parece abusivo -a mi juicio, lo han analizado muy bien por ejemplo algunos de nuestros iusinternacionalistas, como los profesores Remiro Brotons, y Ramón Chornet- el recurso a la noción de intervenciones «humanitarias», hoy ya sustituidas por la doctrina de la responsabilidad de proteger, reconocida desde la Cumbre Mundial 2005, en la que todos los Jefes de Estado y de Gobierno afirmaron la responsabilidad de proteger a las poblaciones frente al genocidio, los crímenes de guerra, la depuración étnica y los crímenes de lesa humanidad. este deber de responsabilidad de protección, de alcance internacional, se basa en tres conceptos: la responsabilidad de cada Estado de proteger a sus poblaciones; la responsabilidad de la comunidad internacional de ayudar a los Estados a proteger a sus poblaciones y, en tercer lugar, la responsabilidad de la comunidad internacional de proteger a las poblaciones de un Estado cuando es evidente que este no logra hacerlo que es, evidentemente, la más controvertida.

Todo ello remite, creo, a dos criterios básicos: en primer lugar, el deber de salvaguardar la legalidad internacional. En segundo término, la prioridad de la acción diplomática, de la negociación, por encima de las tentaciones bélicas, aunque estén revestidas de la etiqueta de «causa justa».. 

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