La paradoja del ACNUR

Este lunes, día 8 de noviembre, se celebra en Madrid un acto para conmemorar que la agencia de la Organización de las Naciones Unidas para la protección de los refugiados, el ACNUR, cumple 70 años de existencia. El ACNUR continúa la admirable labor asentada por quien fuera nombrado por la Sociedad de las Naciones, en 1921, para desempeñar un nuevo cargo, el de Alto Comisionado para los refugiados: me refiero al extraordinario y polifacético Fridtjof Nansen que, además de sus legendarias exploraciones, de su trabajo como científico y diplomático, puso en marcha la iniciativa que conocemos como pasaporte Nansen, un documento de viaje que tanto ayudó a los miles de apátridas que provocó la primera guerra mundial.pasaporte Nansen

En realidad, la causa de los desplazados y refugiados, los errantes obligados a huir de sus hogares por diferentes tipos de persecución, es tan antigua como la historia de la humanidaderrantes y tenemos testimonios innumerables de ello en la literatura y el arte. Alguna vez he propuesto que los primeros refugiados de los que tenemos memoria son los expulsados del paraíso por haber violado la regla básica de su creador, probar la fruta del árbol del bien y del mal. Adán y Eva experimentaron, en efecto, la expulsión del primer hogar, al que no podían volver pues lo guardaba nada menos que la espada flamígera de los querubines (Génesis, 3, 24). Es una imagen ilustrada mil veces por el arte, como el famoso grabado en madera de Doré, y que tiene un poderosísimo efecto aterrador, desde el punto de vista de su significado simbólico: no solo se les veta el regreso al hogar, sino el retorno al mejor hogar posible, y ello para siempre. Una capacidad de sembrar terror que sin duda envidian todos los aparatos represivos de las más feroces dictaduras que hayan obligado a huir a todos los refugiados que en el mundo han sido.

La Asamblea General de la Organización de las Naciones Unidas creó el ACNUR mediante su resolución 428 (V), de 14 de diciembre de 1950 (el texto del Estatuto del ACNUR se puede consultar aquí). Se trata de una decisión que guardaba continuidad con la adoptada por la Sociedad de las Naciones en 1921. El Alto Comisionado para los Refugiados, de acuerdo con su Estatuto, tenía un carácter marcadamente transitorio: primero, porque su mandato estaba limitado inicialmente a tres años, que luego se fueron prorrogando por períodos quinquenales. En segundo lugar, porque se ceñía territorial y personalmente al millón de europeos desplazados en ese continente, sobre todo como consecuencia de la segunda guerra mundial. En ese sentido, el origen de la agencia queda ligado a una perspectiva en cierto modo eurocéntrica y con frecuencia se ha planteado la duda acerca de si la ONU habría respondido igualmente si el millón de desplazados se hubiera situado en alguna región africana o asiática en ese mismo período. Además, se concibió como un organismo de carácter “humanitario y social” y, por ello, estrictamente basado en la “neutralidad política”. Conforme a los dispuesto en el art. 8 del mismo Estatuto, el ACNUR tiene también la misión de promocionar el desarrollo y supervisar la aplicación del marco jurídico internacional de protección de los refugiados, que remite a la Convención de Naciones Unidas de 1951 sobre el Estatuto de los Refugiados y el Protocolo de Nueva York de 1967, que rectificó buena parte de los elementos de esa provisionalidad y amplió el marco de actuación de ACNUR y de los países adheridos a la Convención. Pero, en cierto modo, el ACNUR nació con la esperanza de que pronto desapareciera su necesidad, su razón de ser.

Una constante histórica

Sin embargo, pronto se comprobó que ninguna de estas delimitaciones se iba a cumplir. Esa es la buena y la mala noticia. Porque es muy mala la que nos muestra que esa circunstancia que ingenuamente la ONU consideró provisional y limitada en sus causas, en las personas afectadas y por tanto, en el tiempo en que sería necesario el mecanismo de protección, pronto se reveló ilusoria. Lo cierto, como decía, es que tal ingenuidad carecía de fundamento y hay que pensar más bien en que se impuso una preocupación muy específica, quizá porque afectaba al corazón del mundo, la vieja Europa.corazón del mundo Pero nadie se podía llamar a engaño: como he recordado y resultaba evidente, el fenómeno de la movilidad humana forzada por diferentes formas de persecución había sido una constante histórica y no iba a dejar de repetirse, en Europa y en todo el mundo.

La buena noticia ha sido y es que, afortunadamente para millones de seres humanos, el Alto Comisionado para los Refugiados (ACNUR) ha seguido trabajando durante siete décadas, cumpliendo así la que es su paradoja fundacional: el ACNUR no debería existir, porque lo deseable sería que no hubiera personas obligadas a desplazarse de sus hogares para encontrar un lugar donde poder vivir sin peligro, dignamente. Pero la experiencia nos muestra que se han multiplicado las causas y los escenarios de esas huidas forzadas. Hoy, el ACNUR tiene más trabajo que nunca, como puede desprenderse de un vistazo a sus informes anuales (aquí se puede descargar el de 2020). Si no se hubiera creado en 1950, hoy sería aún más imprescindible hacerlo.

Quizá el mayor desafío que habrá de afrontar el ACNUR en el horizonte próximo será el que provoca esa categoría imprecisa de desplazados forzosos que algunos llaman inmigrantes climáticos y otros, refugiados medioambientales o climáticos (ver por ejemplo el informe de CEAR, “Huir del clima”, que puede descargarse aquí). No huyen de persecuciones en sentido estricto, pero se ven forzados a abandonar sus hogares para salvar sus vidas, para encontrar refugio lejos de su solar natalencontrar refugio, incluso de su país. No entran, pues, en la definición estricta de refugiados (sería mejor decir, personas que buscan la protección que otorga el asilo y en su caso, la protección subsidiaria). Pero son, y serán, muchos millones de personas las necesitadas de una respuesta, de una protección que les niegan o son incapaces de ofrecerles sus propios Estados. Ni debemos, ni podemos desentendernos de esa necesidad de protección y es urgente encontrar las herramientas jurídicas para hacerlo.

Sobre todo, mal que pese a la perspectiva eurocéntrica o, mejor dicho, a la visión prepotente del primer mundo, este no va a ser solo un problema de esos otros que han tenido la desgracia de nacer en la parte desafortunada del mundoesos otros (que no es pequeña, claro). Pese a la miopía de buena parte de los gobernantes reunidos en la COP26, esa amenaza no atañe solo a los que tenemos el privilegio de habitar en el primer mundo. Baste pensar, por ejemplo, en el escenario del Mediterráneo y con ello, del sur de Europa, auténtica zona cero de la degradación ambiental. Esos desplazados forzosos por razón de la crisis climática seremos pronto también nosotros. Si no por conciencia de la común pertenencia a la humanidad y a la de compartir la vida en el planeta, al menos por egoísmo racional. Hay que actuar ahora.

No le va a faltar trabajo al ACNUR y, por eso, concluyamos con la paradoja: larga vida al Alto Comisionado para los Refugiados.

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