DE DECLIVES Y BRÚJULAS, Versión ampliada del artículo publicado en Infolibre, 19de septiembre de 2021

La precipitada retirada de las tropas de EEUU de Afganistán, ordenada por el presidente Biden (aunque la decisión se remonta a Obama), ha producido un sinfín de comentarios e interpretaciones -sobre todo en medios de los EEUU- sobre el fin del <siglo americano> (cfr. por ej. el ensayo de Joseph Nye, https://www.researchgate.net/publication/317308696_Joseph_S_Nye_Jr_Is_the_American_Century_Over/link/593baad2458515e398dd73bc/download), o sobre el no menos discutido <declive del imperio americano> (véase, por ejemplo, el ensayo de Rebecca Gordon en The Nation, “The US Empire is crambling before our Eyes”, https://www.thenation.com/article/society/american-empire-decline/), expresión que debe algo de su éxito a la trilogía cinematográfica del canadiense Denys Arcand (cfr. https://www.imdb.com/name/nm0000780/) que algunos hemos aprovechado para volver a ver en estos días de vacaciones.

No hace falta haber leído a Ibn Jaldún -quien escribió sobre ello con mayor amplitud que Gibbon- para saber que todo imperio está destinado a caer, antes o después: desde el que construyó Roma, al de los aztecas o los incas, el de Kublai Khan, el <imperio del centro>, pasando por el de Felipe II, el británico, o el chino de Xi Jinping, que ahora nos parece imparable. Por supuesto, también el austrohúngaro (mítica referencia para Berlanga) glosado magníficamente en los avatares de los von Trotta, protagonistas de La marcha Radetzky de Joseph Roth, que nos ofrece un ejemplo de cómo el declive puede incluir rasgos de opereta, tal y como supo plasmar de forma desternillante Jaroslav Hasek en sus historias sobre el buen soldado Svejk.

En todo caso, parece obligado recordar que las tesis sobre el declive del imperio americano -no digamos, sobre su entierro-, como ya escribía Nye, son a su vez probablemente apresuradas y recuerdan la reacción de Mark Twain al leer su necrológica en un periódico, cuya fiabilidad quedó así retratada. Nye hace notar que ya se empezó a hablar de ese declive cuando la Unión Soviética puso en órbita el primer sputnik, en 1957 nada menos. Es el mismo diagnóstico que ofrece un veterano analista de las relaciones internacionales, John Lee Anderson, en un reciente ensayo publicado el 1 de septiembre de este año en The New Yorker, con el título “Is the U.S. Withdrawal from Afghanistan the End of the American Empire?” (https://www.newyorker.com/news/daily-comment/is-the-us-withdrawal-from-afghanistan-th). Claro que, ahora, la tesis del declive parece más fundada, debido a la derrota en Afganistán y al recurso a la socorrida cita que califica a ese país como <tumba de los imperios> que le han invadido, el británico (todos evocamos la maravillosa película de Huston, basada en un relato de Kipling, El hombre que pudo reinar), el soviético y, ahora, el norteamericano.

Lo cierto es que, si de declive norteamericano hablamos, las causas estarían más en el interior de la sociedad y de la democracia norteamericanas que en el fracaso evidente de su estrategia de guerra contra el terrorismo. Basta leer las interesantes reflexiones del embajador Chas Friedman en su conferencia “The End of the American Empire” (https://mepc.org/speeches/end-american-empire),  o el severo análisis de el análisis de A. Cordesman, “Learning from the War: Who lost Afghanistan? versus learning Why we lost?”, escrito para el Center for Strategic International Studies (CSIS) (https://www.csis.org/analysis/learning-right-lessons-afghan-war). Eso no quiere decir que no estemos asistiendo al aparentemente imparable ascenso del viejo imperio del centro, impulsado por Xi JinPing, con su combinación de dictadura del partido y capitalismo de mercado y que resulta particularmente preocupante precisamente porque propone abiertamente un nuevo orden en las relaciones internacionales, radicalmente alternativo al basado en el Estado de Derecho, la democracia liberal y un mercado más o menos regulado, que es el que sostienen las potencias occidentales y que, en lo que más nos interesa, subyace a toda la arquitectura institucional que Europa a contribuido a crear y consolidar. Y toda esa reflexxión me lleva a alguna consideración sobre la difundida tesis de otro declive, el de Europa.

Me parece difícilmente discutible que el zeitgeist dominante en Europa, hoy, es el de la nostalgia (ya Kundera definió así la identidad europea, nostalgia de lo que fue Europa), la de aquella Europa tan cosmopolita como -no lo olvidemos, elitista- de los círculos de afortunados que viajaban de café en café y de teatro en teatro, tal y como nos lo describen algunos de sus mejores intelectuales, como Zweig o Steiner. Pero, a mi juicio, se trata de un espejismo peligroso. La imagen de un balneario donde dormitan plácidamente ricos y despreocupados jubilados europeos, más o menos bien avenidos, atendidos por el tropel de servicios que proporcionan los europeos del sur y la inmigración extracomunitaria reclamada a esos efectos, mientras China y Rusia se hacen fuertes en sus posiciones y Biden trata de negociar con Xi JinPing la hegemonía económica, es una metáfora tan sugerente como inexacta. En todo caso, si bien es cierto que parece declinante el papel de la UE en las relaciones internacionales, pese a su indiscutible peso como potencia científica, comercial y de cooperación, todavía hoy, no es verdad que todo esté visto para sentencia.

No diré que falten argumentos a quienes tratan de insuflar optimismo sobre la capacidad de resiliencia de la UE, a la vista de la respuesta ofrecida frente a la pandemia y frente a la crisis económica y social, a diferencia de lo sucedido en 2008. Lo ha argumentado con claridad y de forma reciente el presidente de la Fondation Schuman, Jean Dominique Giuliani (cfr. https://www.jd-giuliani.eu/fr/article/cat-2/813_L-Europe-reussira-t-elle-sa-revolution.html). Creo que tiene razón Giuliani cuando subraya, por ejemplo, que si el conjunto de los europeos (señalemos las excepciones: el Reino Unido de Blair, la España de Aznar, la presión de Durao Barroso) hubieran sido consultados y escuchados -al menos tanto como lo ha sido Israel- sobre la estrategia norteamericana en Irak, Siria (en otro sentido, Iran), no habríamos asistido a la sucesión de fracasos en las que han concluido esas aventuras guerreras y que han reforzado la tesis del declive norteamericano. Y también cuando advierte de que la vía europea debería encaminarse ante todo a encontrar una <brújula> que nos oriente en la difícil tarea de construir el camino propio de la UE que puede sacarnos del declive. Una vía aún más complicada en estos tiempos de fuerte tormenta en los que vivimos y que requieren a su juicio que Europa se aleje de muchos de sus dogmas (políticas económicas y presupuestarias, limitaciones diplomáticas y militares, un excesivo formalismo legalista y una prudencia política “aptas para tiempos de calma”, pero no para los que vivimos hoy.

A mi entender, Giuliani coincide en ello con las propuestas del Alto Representante Borrell, que ha subrayado la necesidad de ese camino propio, sin realismos simplistas ni maniqueísmos propios de la guerra fría, pero también sin abdicar de los principios y valores del modelo europeo. Se trata de afirmar el papel europeo, frente a los desafíos de China (que ya es nuestro segundo socio comercial) y Rusia, pero también, sin falsas equidistancias, pero teniendo claro que, como ha señalado Enrico Letta, la opción europea no puede consistir en elegir entre ser una colonia norteamericana o china.

La clave sobre la que, a mi juicio, reposa tal brújula, como ya escribió el mismo Borrell (cfr. https://www.politicaexterior.com/articulo/la-doctrina-sinatra/), es tan clara como complicada de poner en práctica en nuestro contexto global: se llama autonomía. Por ejemplo, autonomía científica, esto es, científico-tecnológica, en investigación y desarrollo en ámbitos como la biotecnología y el desarrollo de las nuevas TIC, pero sin perder la excelencia en el ámbito de la creación cultural humanista que siempre tuvo en Europa un foco potentísimo. También, autonomía energética, lo que necesariamente pasa por el desarrollo e innovación de las energías sostenibles y la reducción de la dependencia de combustibles fósiles, fuentes energéticas fuertemente contaminantes que (salvo en el caso de Noruega, que no pertenece a la UE y en menor medida del Reino Unido) nos hacen enormemente tributarios a los europeos de los recursos de Rusia, Argelia y Libia. Por supuesto, autonomía en seguridad y defensa, que ya no reposa sólo en una política militar o en un ejército europeo propio en competencia con la OTAN, sino en disponer de los propios recursos económicos y de personal frente a las amenazas más urgentes para la seguridad humana, como, por ejemplo, las pandemias que fácilmente se convierten en <sindemias>, como acabamos de comprobar con la Covid-19 y frente a las cuales los medios europeos son aún débiles, como hemos visto con el Centro Europeo para la prevención y el Control de las Enfermedades (ECDC: https://www.ecdc.europa.eu/en) o la agencia europea del medicamento (EMA: https://www.ema.europa.eu/en). Avancemos en esas medidas de autonomía.

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