No alentemos falsas esperanzas: no hay nada parecido a la pospandemia

Siento ejercer de agorero o aguafiestas. Me preocupa mucho la estrategia comunicativa de algunos responsables públicos y de no pocos medios de comunicación que presentan la entrada en las sucesivas fases mediante con un alarde e insistencia en el alivio y las oportunidades que por fin se abrirían a la población, alentando así lo que me parece una inconsciente carrera que da pie a algo peor. Me refiero a lo que me permito calificar de ensoñamiento nocivo, la idea de la «salida del túnel», de la recuperación de la normalidad (aunque ya casi nadie cree que sea posible una vida «normal», como la entendíamos antes). Un mensaje que considero absolutamente imprudente, por más que comprensible, y que parece coincidir con cierta voluntad de amnesia colectiva, si se me permite decirlo así. Me refiero a que, con seguridad, a la mayoría de nosotros nos gustaría pensar que todo esto ha sido una pesadilla y que despertaremos de este mal sueño. Pero no es así: conforme se abren esas fases es más necesaria, a mi juicio, una pedagogía de la prudencia y del realismo crítico, que no maquille la realidad a la que nos enfrentamos.


Lo diré brutalmente: de forma quizá no tan inconsciente, pareciera que desde medios de comunicación y desde algunos responsables públicos (muchas veces con argumentos no exentos de razón como la tesis de que, para salir de esto con el menor porcentaje de daño económico y social hay que reactivar el trabajo e incentivar el consumo) se aliente el espíritu de ese refrán tan español de «el muerto al hoyo y el vivo…». Venga: abramos ya todos los negocios, recuperemos los centenares de miles de puestos de trabajo, incentivemos la llegada del turismo sin molestas cuarentenas disuasorias, permitamos que cada uno decida desde su propia responsabilidad si quiere ir aquí o allá, si quiere llevan mascarilla o no, si quiere viajar a su segunda residencia para pasar mejor el verano, que ya está bien de tanto sacrificio y además es absolutamente necesario para el sector clave en nuestra economía, el turismo…Y se nos sermonea con la invocación del modelo escandinavo (o del <confinamiento inteligente> , el propio de los ejemplares países bajos, según nos aleccionó un simpático periodista de este país que, por cierto, practica una tan inteligente como insolidaria política fiscal que le ha convertido de facto un paraíso fiscal), que tanto apuesta por la libertad individual y la responsabilidad cívica, en lugar del paternalismo de aquí, que nos trata como a menores de edad.

Sin duda, no hay sociedad cívica sin la asunción de la responsabilidad individual. Siempre que eso no sirva para autoblindarse, desentendiéndose de los demás. Ya he explicado que, a mi juicio, esta pandemia nos puede ayudra a darle la vuelta a la metáfora de Pilato: lavarse las manos ya no simboliza un gesto indiferente, de quedarse al margen, de no tener nada que ver con los otros (a los que se mira como salvajes). Nos lavamos las manos, como usamos mascarillas, para protegernos a nosotros Y A LOS DEMÁS, PARA SER SOLIDARIOS, PORQUE LA SALUD ES COMÚN, ES DE TODOS.

Pero, sobre todo, es que no nos podemos permitir el autoengaño de la euforia, de <dejar atrás el mal sueño>, de haber alcanzado por fin <la luz al final del túnel>: no podemos dejar atrás sin más casi 30.000 muertos, con lo que significa para sus familias, por no hablar de las secuelas que pesan sobre buena parte de los recuperados del Covid19. Ni siquiera entro en lo que estamos ya afrontando, una crisis económica y social como no hemos vivido quienes nacimos después de nuestra guerra civil. Imaginemos lo que pueden significar los rebrotes y lo que puede llegar y probablemente llegará en otoño. Hay que preparase para estar en las mejores condiciones de afrontarlo
Prudencia, pues, frente a la euforia del paseo, las cervezas, las terrazas y las playas. Todos necesitamos descansar, aliviar el confinamiento. Y, por supuesto, necesitamos reactivar la economía, tratar de frenar la sangría de puestos de trabajo, atender a las necesidades de cuantos han quedado sin cobertura ante este desastre.
Necesitamos motivos para la esperanza, sí. Pero motivos consecuentes: y eso comporta aceptar que tenemos que aprender a perder una parte de nuestros hábitos de vida, conforme a la parábola que muestra Ricky Gervais en su «After Life», que nos recondaba el otro día Alfons García Giner en un espléndido artículo. Se trata de aprender tambié a autolimitarnos (lo que no quiere decir que tengamos que convertirnos en súbditos sumisos), a perder un poco para que ni nosotros ni los demás perdamos más. Porque lo que menos necesitamos es el engaño de las falsas esperanzas. La madurez de una sociedad consiste, desde luego, en exigir que nos traten como adultos y nos digan la verdad de lo que se sabe. Pero también en saber actuar en consecuencia. Y eso obliga a dejarse de autoengaños. Obliga a informarse para conocer y aceptar la realidad que nos toca vivir. Y a partir de ahí, trabajar -cada uno como sepa- para mejorarla. Para los demás. Porque así será mejor para cada uno de nosotros.

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