Intervención como Presidente en la constitución de la Comisión de Ciencia, Investigación y Universidades del Senado de España en la XIII legislatura (31 de julio de 2019)

Señorías,

Permítanme que, ante todo, exprese unas palabras de agradecimiento.

En primer lugar, mi propio agradecimiento al Grupo parlamentario socialista del Senado, por la confianza que supone el proponerme para el alto honor de presidir la Comisión de Ciencia, Investigación y Universidades de esta Cámara en su XIII legislatura.

Por razones de edad, soy de los que tuve la suerte de una formación en latín y por eso les recordaré la imperecedera sentencia de Marco Terencio Verrón onus est honos qui sustinet rempublicam (De lingua latina, V): lo que sostiene la república es entender que no hay cargo sin carga, esto es, que no hay honor sin responsabilidad y cuanto mayor el primero, más importante la segunda (algunos lo atribuyen a Ovidio, quien dejó escrito en Heroidas, 9, 31 Non honor est, sed onus).

Añadiré, si me lo permiten mis compañeros con los que comparto la Mesa de esta Comisión, el agradecimiento de los miembros de la Mesa a todos Vds, señoras senadoras, señores senadores miembros de la misma, que han prestado su asentimiento a nuestra elección.

 

Toda tarea parlamentaria se basa en la libre argumentación de los miembros de la Cámara, lo más plural, razonada y respetuosa posible. Pero, si cabe, tal exigencia es mayor precisamente en esta Comisión de Innovación, Ciencia y Universidades: no hay ciencia sin el libre debate que resulta del intento de justificación racional de las propias tesis, sometida a las críticas de los demás en una comunidad por definición abierta a todas las posiciones, la más abierta posible, la de la ciencia. Es verdad que nuestra actividad en la Comisión no consiste en buscar la verdad científica, pero sí ese acuerdo razonable entre las diferentes posiciones y argumentos. Y, como no puede ser de otra manera, según nos enseñan la teoría y la técnica legislativas, ese acuerdo razonable será finalmente un acuerdo de mayoría. Un acuerdo, insisto en recordar, no una imposición, en la medida en que se base en el respeto a la libre discusión y a la obtención del mayor consenso razonable posible. Como presidente, con la ayuda de los miembros de la Mesa, del letrado de la Comisión, de la importante contribución de los diferentes Portavoces y, en definitiva, de todas sus señorías, trataré de garantizar siempre las condiciones que garanticen ese objetivo del mayor consenso razonable posible.

No siempre será fácil. Esta misma mañana, seguro que alguno de Vds ha experimentado como yo la sensación de vértigo al leer la noticia que ha ocupado todos los titulares. Me refiero a los logros del experimento de dos equipos del Centro Salk y de la UCAM, dirigidos por el prestigioso investigador español J.C Izpisúa, que han inyectado en embriones de mono células madre humanas con vistas a la generación de órganos para transplantes. Han utilizado, por cierto, la técnica del CRISPR, una herramienta de edición genética que debe mucho a las investigaciones de nuestro colega de la Universidad de Alicante, el profesor J.F. Martínez Mojica. Dos ejemplos de españoles que figuran en las candidaturas del Nobel.  Pero el experimento se ha realizado en China porque, como saben Vds, aquí y ahora  en España no son legales. Somos nosotros como legisladores y muy en concreto los miembros de esta Comisión, los que deberemos afrontar ese y otros desafíos de regulación que nos plantean la Ciencia y la Innovación.

Permítanme en todo caso que, como muy veterano profesor de Universidad, muestre mi emoción por ser miembro de esta Comisión que tiene como tercer cometido las Universidades. Han pasado más de cinco siglos desde que Enrique VIII Tudor dejara escrita una de las mejores alabanzas que conozco a estas instituciones: “no juzgo ninguna tierra en Inglaterra que esté mejor otorgada que la que se da a nuestras universidades, porque gracias a ellas nuestro reino estará bien gobernado cuando nosotros estemos muertos y podridos”. Sigo convencido, no sin orgullo, lo confieso, de que no hay gasto en Universidades, sino inversión. La mejor inversión en nuestro futuro es la formación y la investigación que en gran medida siguen realizando sobre todo las Universidades. Eso no quiere decir que carezcan de problemas. Muy al contrario, hay un consenso básico sobre la necesidad de una reforma que quizá debiera dar lugar a una nueva ley orgánica de universidades. Será, probablemente otro desafío a afrontar.

Acabo. Si tenemos un Gobierno antes del 23 de septiembre, como deseamos, creo, la mayoría de nosotros, como desean y aun nos exigen los ciudadanos, y se abre así la perspectiva de una legislatura duradera, no nos faltará trabajo. Sé que cuento con todos Vds, señorías, para llevarlo a cabo bajo la divisa ciceroniana del otium cum dignitate que nuestro ilustre predecesor en las tareas senatoriales, como bien saben, no entendía como sinónimo de una cómoda jubilación, sino como la tarea de obtener una convivencia con dignidad para todos.

Muchas gracias.

 

 

 

 

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