«De nuevo, la xenofobia: ¿algo más que un fantasma que recorre Europa?», Noticias Obreras, abril 2019

La construcción del otro: el extranjero

Vivimos en sociedades plurales, que no gestionan bien la diversidad, en términos de inclusión, igualdad y reconocimiento de quienes son diferentes. Lo puso, por ejemplo, de manifiesto, Jesús Vidal, el actor de “Campeones”, al recibir el Goya como actor revelación, cuando habló de “visibilidad”. La cuestión sigue siendo el trato al “otro”.

Eso me lleva a plantear en qué sentido el otro, el extranjero, es objeto de nuestro rechazo, de nuestro temor, de nuestro miedo. Extranjero, ¿qué quiere decir?

El cantante francogriego (y de origen egipcio) Georges Moustaki cantaba Le métèque (del griego metoikos, el que cambia de casa, aplicado a los ciudadanos no atenienses con derechos restringidos), por su pinta de “extranjero, judío errante y pastor griego”. Los ingleses distinguen entre strangers, extraño, desconocido, con sentido no muy amable, y foreigners, el que viene de fuera. San Agustín, por su parte, ya decía “yo soy dos y estoy en cada uno de los dos plenamente”.

El otro está dentro de nosotros, por eso, cada uno de nosotros es a la vez otro. Pensar que el otro es solo alguien que viene de fuera es una reducción que tiene serias consecuencias. Así el otro es objeto de un juicio que oscila, tantas veces, entre el rechazo, el miedo y la persecución, precisamente por temor a lo desconocido, por prejuicio e ignorancia hacia lo que no sabemos qué es. En el fondo, esta es la raíz de la xenofobia.

La xenofobia no debe analizarse solo como reacción ante las migraciones. Es verdad que ese es el objeto político en el que se fija el discurso xenófobo, que está avanzando en Europa y que, si no conseguimos contrarrestarlo, puede producir una hecatombe política en el plano europeo y un desastre en el panorama político español. Se utilizan las migraciones como mascarón de proa, pero no se puede entender la xenofobia como si fuera solo un asunto que tiene que ver con las migraciones.

En el fondo, la xenofobia apunta directamente contra el núcleo, el mínimo común denominador, sin el cual no podemos convivir, ni tener, no ya sociedades democráticas de calidad, sino sencillamente, sociedades decentes.

El filósofo Charles Péguy decía que una sociedad decente es aquella en la que nadie tiene que sentirse excluido, ni marcharse al exilio físicamente o al exilio interior, que evita el exilio, en la que cada uno de nosotros, que somos un “otro”, somos reconocidos desde esa condición diferente como igual(1). Ese ideal moral mínimo, el de una ciudad sin exilio, es una obligación moral que nos corresponde a todos. Construir una sociedad en que nadie deba vivir privado del reconocimiento de la condición de sujeto de derecho, que es la del ser político, el que, como ciudadano, goza de la protección del derecho que dispensan los Estados.

La xenofobia, insisto, es justo el mensaje contrario al de la igual libertad para todos, es decir, el mensaje de la universalidad de los derechos humanos. La tesis de la universalidad se comprueba mediante el test de los derechos de los otros. Uno no se toma en serio los derechos humanos si no se toma en serio los derechos de los otros, de cualquier tipo de otros, comenzando por quienes son la mayor parte de los otros, que son las otras, las mujeres, personas a las que no hemos reconocido su igual identidad durante siglos, encerradas en una división social basada aparentemente en la diferencia de género y categorizada por uno de nuestros padres de la tradición cultural, Aristóteles.

Al lado de esa mayoría, que son las otras, hay muchos otros a los que no se les reconoce iguales en derechos que a nosotros: los extranjeros; en particular, los inmigrantes; los otros por la diversidad lingüística, religiosa, nacional, funcional, sexual; los otros que son los niños; y los otros que son los ancianos.

Mientras no nos tomemos en serio esa igual condición de todos los otros, no podemos construir una sociedad decente. Esa es la razón por la que la xenofobia es tan grave y por lo que no es solo un problema de cómo tratamos a los inmigrantes, como arquetipo del extranjero, de la vieja noción de extranjero. El fenómeno va mucho más allá, va más al fondo de la raíz, va a los principios de construcción de una sociedad decente. No se puede banalizar este asunto.

Permítanme que narre una experiencia personal, que tiene que ver con cómo tomé conciencia de los problemas de la construcción jurídica de la alteridad. Siendo estudiante, había recibido una beca del DAAD para realizar un período de estudio en Alemania. En la aduana, un funcionario alemán me dijo que mi pasaporte era falso. Intenté explicarles que no podía ser falso, con la conciencia de que me lo habían hecho bien (lo hicieron en la comisaría de policía en la que mi padre era Comisario Jefe). Él insistió y me señaló la fecha de nacimiento del pasaporte, que era la fecha de expedición. Intenté razonar con él y hacerle ver que era un error material. Ese error, de hecho, era la prueba de que no había ningún intento de engañar, porque estaba claro que yo no tenía el mes y medio de vida que indicaba la fecha. Fui sometido a un procedimiento de examen que pensaba que no se producía en países civilizados. Cuando estaba casi en cueros, uno de los policías encontró en mi maleta el documento del Ministerio de Asuntos Exteriores en el que se certificaba que yo era uno de sus becados. En ese momento, cambió todo. Si me había pasado eso a mí, una persona privilegiada al que su padre le había ayudado a hacer el pasaporte e iba a Alemania con una beca, qué le pasaría a quien no tenía nada de eso. Por eso, creo, llevo tantos años ocupándome de este asunto. Confieso que podría haber decidido a hacerlo por razones más serias, filosóficas, políticas, pero todo empezó así. Esa fue la razón por la que decidí dedicarme al tratamiento jurídico negativo que la discriminación o subordiscriminación suponen.

 

 

 

 

Los relatos de la diversidad: ejemplos de la literatura

A menudo la historia es utilizada por algunos para afirmar que la actitud de miedo y rechazo a la presencia del otro es una tendencia innata. Es verdad que ha sido una constante que el otro que quiere tener presencia como es, que no quiere desaparecer, y que quiere ser aceptado como es, ha sido calificado como enemigo, inasimilable, como bárbaro, que no sabe hablar en como nosotros, que es lo que nos propone el origen griego del término, que es tomado así por Aristóteles para hacernos ver que esos seres humanos que no saben hablar (balbucean: de ahí la expresión “bárbaros”) no lo son , no son seres humanos como nosotros. Por eso, si están entre nosotros están destinados a ser objeto de dominación, nuestros esclavos. Quien no puede compartir nuestra lengua, no puede compartir el universo de valores en el que se basa la convivencia. El lenguaje, nuestro lenguaje en realidad, muestra la barrera entre quién es civilizado y quién no. Todo aquel que no pertenece a mi comunidad, que se ve en el rasgo primero de la lengua, es el bárbaro.

Hay dos mitos que se han utilizado para explicar las respuestas dadas al otro. En el mito de la torre de Babel, edificación que en la Biblia se sitúa en la llanura de la región de Senaar (se piensa que en realidad se inspira en Sharkalisharri, rey de Akkad, y sucesor de Sargón I) Yhavé castiga el intento del rey Nemrod de construir una torre que llegara al cielo haciendo hablar a cada uno de los que la estaban levantado un idioma diferente para que no se pudieran entender: les castiga con la confusión de lenguas. Más allá de la lectura teológica, para la que no estoy preparado, que se refiere a la soberbia humana de creerse Dios, está la interpretación de que la diversidad de lenguas es un castigo, una patología social, y, por tanto, ninguna sociedad puede pervivir y progresar sin homogeneidad. La diversidad aparece así como patología.

Esa homogeneidad siempre tiene que ser impuesta, porque la realidad es diversa. La diversidad significaría atomizar las sociedades. La diferencia cultural, el aparecer identificable como un otro visible es un mal que tiene que evitarse, bien haciendo que los diferentes desaparezcan o no sean visibles. Es lo que llevaba a esconder a las personas con discapacidad, que no podían jugar en el mismo juego que los demás, como recordaba Jesús Vidal, y no digamos ya las persona que quieren organizar su ida de una manera diferente en las relaciones sociales, de poder o sexuales.

El otro mito es la leyenda griega de Procusto, mezcla de bandolero y tabernero que acepta y acoge a otros. Este personaje, somete a quienes se alojan en su casa a lo que llamamos el lecho de Procusto. Si son más pequeños, los descoyunta hasta que alcanzan el tamaño adecuado; y si son más grandes, los mutila para que encajen. Se trata de que tengan la imagen normal, que sean como él, sean homogéneos.

La relación con el otro a lo largo de la historia, en nuestra tradición, se enfrenta a dos únicos destinos: o es un enemigo, y por tanto hay que acabar con él, o se somete a nosotros, asimilándose a nosotros forzadamente, en el fondo, convirtiéndose en esclavo.

En la literatura clásica se pueden encontrar ejemplos de este tipo de respuestas. Les recordaré algunas, extraídas de las obras de Shakespeare, Defoe, Swift y Orwell, aunque podríamos hablar también de Montaigne o de Montesquieu.

En el Otello de Shakespeare, el general de Venecia, el moro, convertido en el paradigma de los celos, puede arrojar otra lectura, la que propuso Luis García Montero en su adaptación para el teatro: La del otro al que valoramos por estar a nuestro servicio. Otello es un general que defiende a la serenísima república de Venecia, pero que ha trasgredido una línea que no debe cruzar, se ha creído realmente un igual a nosotros y se ha casado con una veneciana. Pero él siempre será un “otro” al que aceptamos si se somete a nuestro servicio pero al que no le permitiremos ser igual a nosotros porque a nuestros ojos no lo es realmente.

En El Mercader de Venecia aparece el célebre monólogo de Shylock (“¿Si nos pincháis, no sangramos? ¿No nos reímos si nos hacéis cosquillas?“) cuando quiere cobrarse la deuda y reclama ser igual que los venecianos. Él es judío, usurero, viejo, libidinoso, pero es igual que los venecianos. ¿Habría podido cobrarse la deuda si en lugar de ser él hubiera sido un veneciano? ¿Habría podido ejercer el derecho a hacer suyo el derecho, decir soy sujeto de ese derecho igual que vosotros? Portia se encarga de que no se apropie del derecho de los venecianos para beneficiarse de él. Es un “otro”, al que el derecho no le ampara como a nosotros. Nosotros te permitimos estar aquí, participar del juego de los contratos, la financiación que no das, pero sigues siendo un “otro”.

También hay otras novelas que pasan por ser dos de las mejores obras de filosofía política básicas para entender el cambio hacia la filosofía contractualista y donde también se pueden ver puntos diferentes en la gestión de la diversidad, la conceptualización y el reconocimiento del otro, en respuesta a la xenofobia.

Una es el Robinson Crusoe de Daniel Defoe. El protagonista crea a Viernes como sujeto que, por definición, solo puede ser esclavo, aparece de repente y además es negro. Las posibilidades que tiene es que expulsarle de la isla, matarle o convertirle en su esclavo.

La otra es Los viajes de Gulliver, de Jonathan Swift, un viaje por todas las formas de alteridad, la más estúpida, la de los que son iguales que nosotros, pero en pequeñito, los liliputienses: hasta la más radical, los que no son humanos, el último viaje es al país de los caballos, los houyhnhnms, en los que descubre las cualidades que adornan al ser humano (la piedad, el sentido de la justicia, de la paz, el reconocimiento de otro) frente a las características de los que tienen apariencia de humanos, verdadera plaga para la naturaleza, a los que este artista del inglés, llama yahoos. Son viajes por la alteridad, por la dificultad de reconocer al otro, por el prejuicio de pensar que el otro en cuanto diferente no puede ser tratado como igual y su destino es someterse, ser expulsado o aniquilado.

En Rebelión en la granja, de George Orwell, se puede ver también cómo crecen las raíces de la xenofobia. El cerdo Napoleón, el jefe de los animales que se rebelan, se da cuenta que está perdido al haber empezado la revolución con el lema “todos los animales son iguales”, de modo que los otros animales dejan de respetar a los cerdos como los jefes, como la clase alta. El cerdo cambia las leyes y cambia el lema; ahora dirá: “Todos los animales son iguales pero algunos son más iguales que otros”. Es decir, los que son otros ya no son igualmente iguales.

Frente al recorrido de la noción del otro como extranjero hay también otros relatos en el mundo griego clásico y en el mundo bíblico que ofrecen una respuesta más humana.

En el Antiguo Testamento encontramos el Libro de Rut, la mujer que va en compañía de su madre política, su suegra, a la que no quiere abandonar y llega al campo de Booz en busca de comida. Este enternecido por el gesto de compasión de Rut, les permite quedarse con las gavillas que dejan sus trabajadores y llegará a casarse con ella, pudiendo engendrar así al bisabuelo del rey David. Es una historia de hospitalidad ante la extranjera, de reconocimiento del otro, que es distinto, desconocido, que ante el temor y desconcierto, genera, en vez de miedo y agresividad, acogida y ayuda.

Ulises está perdido pero no es un perdido, es viajero que navega por el Mediterráneo, sujeto a una maldición que tiene que ver con el ejercicio de su astucia para conquistar Troya. Este mar es el caldo amniótico de la idea de viaje y hospitalidad. Kavafis, en Viaje a Ítaca, nos explicó este personaje como uno de esos viajeros que nos hacen ver que uno se hace a sí mismo, en el nostos griego, el viaje de retorno al hogar, más que a la patria. Ulises va a tardar en volver, es un viajero errante que, en ese viaje, incluso alguien tan sabio como Ulises, crece y conoce, porque entra en contacto con otros y no en el modo habitual que es la guerra, eso es la Illiada. Le pasa de todo, es muy realista, se encuentran buenos y menos buenos, hechiceras y bárbaros, que no practican ninguno de los principios básicos que hace posible los viajes civilizados que es la hospitalidad.

En el canto primero, Ulises es definido como hombre artero, que anduvo errante mucho tiempo y vio las ciudades de los hombres y conoció su forma de pensar. Encuentros, viajes, que le hacen crecer en el conocimiento y en la inteligencia emocional. En la mayor parte de esos lugares, como dice un grande de la diversidad del otro, Edward Said, recibe la hospitalidad que sigue unas reglas precisas: se debe ofrecer baño y vestido limpio, sentarle a la mesa, mejor medio para indicar su integración provisional en la comunidad y hacerle partícipe del banquete, honrándole con una porción selecta, un regalo, y darle los medios para volver a su casa.

El xenón en esta tradición griega no es solo el extranjero es también el huésped. Ese doble sentido es que el que hace que en el canto undécimo, después de la aventura de Polifemo, Ulisis exclame: “¡Ay de mí, será esta una tierra de gentes hospitalarias y temerosas de los dioses o un país de salvajes y violentos!” Esa es la disyuntiva del viajero, el náufrago, el otro, en ese Mediterráneo de contacto y conflicto de culturas que nos describen los clásicos.

 

 

Nuestra barbarie hacia el extranjero: el ejemplo del Mediterráneo

Ese Mediterráneo en el cual hoy, esos otros, los náufragos, experimentan reacciones de barbarie. Es verdad que si hay un mascarón de proa de la xenofobia hoy es nuestra incapacidad para ver el valor de la vida del otro, para tomarnos en serio que este es el primer deber jurídico, además de un deber específico del sistema de derecho internacional marítimo. No un deber moral de ser buenos, como son la gente del Open Arms o Sea Watch… Porque no puede haber derecho, no hay derecho posible, sin el respeto a esa promesa básica que es “respetaré tu vida y si está en peligro te acogeré, te salvaré”.

Hemos convertido el Mediterráneo en un espacio de barbarie que, porque son otros, miramos con indiferencia la muerte cotidiana. Ese es el primer síntoma, y grave, sin centrarnos solo en las políticas de inmigración por más que tampoco podemos dejar de hablar de ella, de que el cáncer de la xenofobia tiene patente de corso entre nosotros, desobedeciendo el mandato divino para los que tienen la suerte de la fe, sea la que sea, de ver en el otro a uno mismo, el mandato maravilloso del Evangelio de pasar del amor a uno mismo al amor a los otros, en el caso del cristianismo, por ser hijos del mismo padre, y en otras tradiciones culturales no cristianas, porque no puede haber convivencia decente, no puede haber derecho sin el respeto al bien jurídico básico que es la vida de los otros, que vale tanto como la mía, y que es la prueba de que me tomo en serio el mandato del respeto a la vida.

Por eso la xenofobia es tan peligrosa y más peligroso aún, no la posición de quienes hacen bandera de eso con el argumento egoísta de que hay que salvarse a sí mismo, sino de quienes no hacen nada, pudiendo hacerlo, para evitarlo. Nos metemos con el mensaje de Trump, “América primero”, “yo primero”, pero nosotros hacemos lo mismo y así es posible que en países que se suponían estaban en la cumbre de la democracia y los derechos humanos, se salten el derecho internacional.

Pensábamos que los daneses eran superhombres en la escala civilizatoria. El Parlamento de Dinamarca, por mayoría absoluta, con un gobierno liberal de derechas apoyada por un partido de extrema derecha (como pasa en Austria y en Finlandia, como pasaba hasta hace unas semanas en Bélgica, y de lo que se han librado en Suecia hace poco) ha vaciado de contenido el derecho de asilo. Quien sea reconocido como refugiado tiene que pagarse las prestaciones, mediante un copago en el que también se admiten joyas, salvo que se pueda alegar que tienen extraordinario valor familiar. El estatus de refugiado trata de garantizar esas prestaciones a los que no tienen nada, porque nosotros tenemos la posibilidad de darles acogida y refugio, que es no solo evitar que tengan que volver al país del que huyen, sino también que puedan reconstruir un hogar entre nosotros mientras lo necesiten.

El refugio es una manifestación jurídica del principio de hospitalidad. En una sociedad decente un inmigrante que viva entre nosotros de forma estable tiene que tener los mismos derechos que nosotros, porque lo otro es esclavitud.

Si el otro vive, trabaja, cumple las mismas leyes igual que nosotros, debe tener los mismos derechos. ¿Quiere eso decir que hay que darle al día siguiente la ciudadanía a todo aquel que cruce la frontera? Evidentemente, no. Hace falta que acredite la voluntad de vivir entre nosotros, de convivir con nosotros, de crear esa sociedad como la creamos nosotros. Pero desde el punto de vista del tratamiento de los derechos, el principio contrario a la xenofobia es igual reconocimiento de todos los otros. Esto nos exige una respuesta muy sencilla, aunque sea costosa de tomar en serio, que es la igualdad de trato, la igual libertad para los otros. Su reconocimiento y garantía debe ser una prioridad en la lucha por los derechos.

 

Notas

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