Jueces, poder, Derecho, desde el cine (entrevista con Paul Córdova)

Paúl Córdova Vinueza (en adelante, PCV): Durante el mes de julio de 2015, en el Ayuntamiento de Jaca, dentro de la programación de los cursos de verano de la Universidad de Zaragoza, usted impartió la conferencia Cine y política: más allá de Juego de Tronos,[1] donde, entre otros enunciados, manifestó que “la serie Juego de Tronos no es para aprender política”; sin embargo, considero que es una serie que pone de manifiesto que la política es sus distintas dimensiones es una relación conflictiva de poderes y el Derecho no es capaz de contener esos poderes. Nos enfrentamos constantemente a juegos de poder en las relaciones públicas e interpersonales. ¿Cuáles son sus perspectivas sobre las constataciones actuales más vigentes que nunca acerca de cómo el poder rebasa y supera al Derecho para definir la política realmente existente en los Estados y cuál es una definición suya de política al considerar la escena de la película Tiempos Modernos[2] cuando los obreros salen de la fábrica?

 

Francisco Javier de Lucas Martin[3] (en adelante, FJDLM): Llevo muchos años trabajando en el proyecto Cine y Derecho, con colegas de otras Universidades y con profesionales del Derecho de diferentes países. Soy un firme defensor de la tesis de que se puede y debe aprender del lenguaje cinematográfico, en su sentido amplio (desde luego, de series de TV también) para entender y criticar problemas jurídicos. Pero en el caso concreto que usted me cita, pensaba y pienso que la dosis de ficción y efectismo orientados al consumo de masas (violencia y sexo, básicamente) presente en las novelas y en la serie de G.Martin, Game of Thrones, hace muy difícil entenderlas como un instrumento apto para analizar y entender la política que nos interesa, lo que se dirime en nuestras sociedades, incluso si redujéramos la política a la lucha por el poder, un reduccionismo a mi entender injustificado. En mi opinión, son mucho más útiles, entre las series de televisión recientes, The Wire, Breaking Bad, The West Wing o House of Cards (tanto la versión original británica, como el remake norteamericano), o, entre las películas que salen del estrecho marco de los trials movies, un variadísimo elenco que si podemos identificar en su origen con el del cine mismo (pienso en La salida de los obreros de la fábrica, de los Lumière) y que incluye –para poner un ejemplo que usted aduce- esa maravilla que es la película de Chaplin, Tiempos Modernos, cuya contextualización es perfectamente trasladable como instrumento de análisis para entender qué conflictos, qué juegos de poder –sí, qué mecanismos caracterizan la organización y la gestión de la vida pública en nuestras sociedades. Por mucho que haya de sátira en la secuencia del trapo rojo que Chaplin sujeta y los obreros interpretan como bandera de insurrección, el lenguaje cinematográfico, la habilidad interpretativa, el montaje de la secuencia no enseñan mucho más que esas disputas de alcoba y sangre de la serie de Martin.

 

 

PCV: La verdad que persigue el Derecho es frágil, inconsistente y quebrantable. Los jueces son operadores jurídicos brutalmente humanos que están asediados por fenómenos de distanciamientos y disputas con una verdad inestable, que respiran honestidad y horror y que viven marcados por la grandeza y miseria de sus decisiones, ¿es posible pensar que, con los cambios del Derecho en el siglo XXI, el lenguaje de los jueces pueda insertar a este en sus contextos sociales para comprender mejor su sentido y función? A propósito, si en las Facultades de Derecho se enseñan leyes seguimos muy lejos de enseñar las funciones que aquel puede y debe desempeñar y así los jueces seguirán renunciando a la opción de interpretar Derecho pensando en cuál es su objetivo.

 

FJDLM: Concuerdo con usted en que el modelo dominante aún en muchas Facultades de Derecho que –en el marco de la tradición del Civil Law- siguen el patrón del formalismo legalista como representación del Derecho, de acuerdo con una Teoría del Derecho aún sometida a la ficción de la dogmática y a los dogmas de plenitud, coherencia y autosuficiencia del ordenamiento jurídico como sistema normativo, no habilita adecuadamente para la formación de los juristas, tampoco de los jueces. Ese modelo determinista propio del mecanismo de subsunción, que pretende atar al juez a las decisiones del legislador y con el que se trata de identificar el tipo de razonamiento (y de “verdad jurídica”) que deben perseguir los jueces, está hoy en gran parte descalificado desde el plano conceptual y metodológico, desde otra concepción de la verdad jurídica (que no puede entenderse en el sentido de reproducción exacta de la realidad por el pensamiento), de la ley y del papel de los jueces en una sociedad crecientemente plural. Otra cosa es que podamos entender que la ficción de una verdad jurídica precisa, a cuyo descubrimiento debería dedicarse el juez de forma infatigable, no tiene sólo unos presupuestos conceptuales y metodológicos ligados a ese modelo de positivismo formal legalista, sino que debe entenderse sobre todo en el marco del proyecto revolucionario, cuyo emblema jurídico sería el Code Napoléon y que lucha por evitar que los jueces que vienen del ancien régime, no metan bastones en las ruedas de esa revolución social y político y, así, desde una visión ideológica que les marca, hagan inútil la herramienta jurídica.

En todo caso, resulta difícilmente discutible hoy que los operadores jurídicos no deben ser formados según la guía de memorizar/almacenar el contenido del ordenamiento jurídico, sino sobre todo como artesanos capaces de interpretar el sentido que ha de atribuirse a las herramientas jurídicas (que, evidentemente, no son sólo las leyes) para cumplir con la función que se espera del Derecho. Finalidad ésta que queda lejos de ser unívoca, porque ya no hablamos de reproducir la voluntad del legislador, sino más bien de ser capaces de argumentar la justificación jurídica más razonable a adoptar.

Por lo demás, en la paráfrasis de Nietzsche que me parece atisbar en su tesis sobre la condición de los jueces, debo decirle que los jueces son demasiado humanos, sí, pero ni más ni menos que todos los demás. Aunque tiene usted razón al señalarlo, porque hace más difícil la tarea que se espera de ellos, precisamente por el hecho de que no están situados en el mismo rol que los demás operadores jurídicos. Sus decisiones son vinculantes y respaldadas por el sistema de fuerza y ello exige un plus de responsabilidad. Siempre que tengamos en cuenta que no se trata sólo de responsabilidad en el sentido técnico-jurídico, sino también en el social y político. Los jueces no son “boca muda de la ley”. Ningún juez está libre de su ideología, pero lo que es exigible es que argumente que los fundamentos de su decisión no sean arbitrariamente ideológicos, sino ajustados a Derecho; un Derecho que, quizá sea aún necesario recordarlo, no es un sistema lógico exento de supuestos previos (ideológicos, culturales, económicos, étc), sino el resultado de la tensión por el poder, tensión que se resuelve de forma más transparente y controlable, más razonable si es conforme a procedimientos democráticos, y no en la oscuridad impenetrable de un gabinete supuestamente aislado.

 

 

PCV: Una de las escenas utilizadas en la referida conferencia fue aquella de El padrino III,[4] concerniente al diálogo entre Vincenzo Corleone y Don Lucchesi -considerado “el máximo responsable del juego político”-, donde abordan los vínculos entre la política, las finanzas y las armas. ¿Es posible pensar que los jueces son los agentes que pueden revertir los contextos para que la política no continúe siendo el instrumento de la violencia y herramienta dirimente de las finanzas o los jueces son tan vulnerables y quebradizos ante los efectos de las finanzas que no pueden detener las condiciones en que funciona la política y el Derecho?

 

FJDL: Es una escena magnífica que revela una concepción de la política vinculada a la tradición de Calicles o Trasímaco y luego a la de Hobbes. Ya hemos concordado en que los jueces no son Hércules ni tampoco Aristóteles, añadiría yo. François Ost ha hecho algunos análisis muy útiles a ese respecto, tomando en cuenta las tesis de Dworkin. Los jueces no pueden –ni deben- suplir el marco limitatorio de su decisión que constituye el Derecho, cuando éste es el resultado de una legitimidad democrática. No pueden ni deben sustituir al legislador democrático; al constituyente, desde luego. Pero tampoco al legislador ordinario. Sí pueden invocar cuestiones de constitucionalidad y así llamar a la revisión de leyes por parte de quien tenga atribuida esa competencia de decisión (en el modelo kelseniano, meramente negativa, no alternativa del legislador). Competencia que no puede no ser política, algo que aún parecen no entender quienes tratan de hacer desaparecer los tribunales constitucionales como órganos políticamente contaminados por definición. Sí: la tarea de las cortes constitucionales no es, no puede ser, meramente técnico-jurídica. Por definición, tienen una dimensión política irrenunciable, la misma que tiene el Derecho como herramienta social.

 

 

PCV: En su artículo publicado en la revista Derecho a morir dignamente, usted manifiesta que “el derecho a la vida no es un derecho sagrado ni absoluto. En una sociedad plural la vida no ha de interpretarse desde concepciones religiosas”. Las posibilidades de elección sobre la vida de cada persona, las condiciones de dignidad en que esta pueda realizarse o suspenderse son ámbitos que pertenecen a la decisión y a la libertad de cada individuo, todo lo cual hace pensar en los conflictos de derechos que pueden presentarse en una situación de regulación jurídica-penal de la eutanasia, donde podíamos coincidir en que el derecho a la libertad es el más valioso. ¿Pueden estas argumentaciones –en un desarrollo más amplio y analítico- ser suficientes para que los jueces puedan adoptar decisiones hacia la despenalización o constitucionalización de la eutanasia? Esta pregunta lleva a sugerir otra a partir del siguiente razonamiento: la supremacía y el poder de los jueces es tan contundente que son capaces hasta de decidir acerca de los aspectos más íntimos de nuestras vidas, ¿cuáles son los límites de los jueces sobre decisiones que conciernen a la autonomía, libertad y decisiones personales?

 

FJDLM: Dejemos clara mi posición: me parece suficientemente argumentado como para no tenerlo que discutir a estas alturas, que el principio sobre el que gira el Estado liberal de Derecho y que no es desmentido por el Estado social, es el de libertad. Libertad como autonomía, capacidad de decisión. Libertad que, sin embargo, no debe considerarse como irrestricta, la libertad propia del individualismo atomista, pues tiene el límite claro en lo que Mill, desarrollando la tesis kantiana sobre la ungesellige Geselligkeit, deja argumentado en su capital ensayo On Liberty: como vivimos con otros, como ese ser-con, nos caracteriza y es lo que nos hace algo más que individuos, personas, el límite es el daño en un bien jurídico de tercero, lo que nos obliga a identificar el bien jurídico de rango superior en el caso de conflictos de bienes. Autonomía, claro, no para esclavizar, discriminar, maltratar a un tercero. Autonomía en un contexto de conjugación de autonomías (la expresión kantiana: un marco general de libertad). Si se prefiere, utilizaré la expresión de Balibar: egaliberté.

Dicho esto, la decisión, sin duda compleja, no puede ni debe quedar al puro arbitrio de los jueces. Aconsejo al respecto la lectura del espléndido relato de McEwan La ley del menor. Menos aún cuando el bien jurídico en juego es la máxima expresión de la capacidad de ser libre, por usar la referencia a Camus, es decir, el derecho a elegir la propia muerte. El derecho al suicidio, sí, del que ya hablara Hume. Por extensión, a la eutanasia. El paso previo es que los ordenamientos jurídicos reconozcan ese derecho como tal, en la medida en que, conforme a la tesis de Mill, no hay un daño a un bien jurídico ajeno y no se justifica, por tanto, la intervención paternalista, según las tesis que acepto (extremadamente reducida) de los casos de justificación de este modo de interferencia en el corazón de la libertad personal. Por supuesto, con todas las garantías jurídicas para asegurar que se trata de una decisión libre, lo que quiere decir, plenamente consciente.

 

 

PCV: En su artículo Violencia, fronteras, Derecho, usted sugiere la interrogante si ¿es el Derecho violencia institucional? y se pregunta si el vínculo entre Derecho, poder y miedo recurre al miedo como recurso de vínculo político instintivo. Los jueces también pueden estar sumidos en el miedo al poder y esta situación les priva de actuar libremente para juzgarlo oportunamente, y los jueces pueden terminar convertidos en víctimas que ejercen el monopolio legítimo de la violencia por temor al control y al poder que impone la violencia institucional para someter a los operadores de justicia. Los jueces controlados y sometidos son victimarios que también ejercen la mayor de las violencias: dejar impune al poder, ¿cuáles son sus consideraciones al respecto?

 

FJDLM: Ese artículo que cita, constata una evidencia que me parece difícil de negar: el hecho de que la concepción de fronteras como barreras limitadoras de la igualdad en derechos universales carece de justificación. Los derechos humanos que llamamos fundamentales no pueden depender del albur de un trazado geográfico-político. Aquí no vale el dicho de Pascal sobre la verdad y los Pirineos, Aún más cuando sabemos, como nos han mostrado científicas sociales de la talla de S. Sassen, W.Brown o E Balibar, que las murallas que se continúan edificando son una ficción para mantener una concepción bodiniana de la soberanía, cuando esa soberanía estatal-nacional, hoy es, absolutamente declinante, insostenible.

Pero hay otro argumento. Cada vez resulta más evidente que las fronteras se constituyen como espacio en el que juegan otras reglas de Derecho, otro Derecho distinto del común. Para decirlo con la bien conocida expresión propia de la dogmática penal del nazismo y reactualizada por el penalista Jacobs, las fronteras actúan como herramienta de un derecho penal del enemigo, identificado hoy no sólo con los narcotraficantes o con los terroristas, sino con los inmigrantes que llaman ilegales y muy recientemente, en el colmo del absurdo, con los refugiados. Las fronteras justifican la violencia porque han recuperado un sentido que creíamos caduco tras el fin de la guerra fría: el de muros defensivos, barreras necesarias para la seguridad y defensa frente a esos enemigos que acechan para invadirnos. En esas condiciones vale todo, porque de hecho se está justificando una concepción bélica contra inmigrantes y refugiados, a los que se acomuna con terroristas y narcotraficantes: enemigos del Estado. La UE desgraciadamente ha aceptado esa lógica en materia de sus políticas de inmigración y asilo. Y así vemos no ya a Frontex o Europol (cuerpos policiales) ejerciendo el control de fronteras, sino a la NATO en el Egeo y a las fuerzas navales de los Estados de la UE en el Mediterráneo Central o invadiendo ya, de nuevo, Libia. Ante semejante cuerpo normativo, los jueces poco pueden hacer para realizar su labor prioritaria: garantizar los derechos fundamentales de todos.

 

PCV: En su artículo Políticas públicas, inmigración y asilo, es posible apreciar que las políticas públicas y las decisiones judiciales y administrativas no son suficientes para responder a las problemáticas de inmigración, refugio y asilo porque las carencias de la sociedad siempre están por delante de las regulaciones jurídicas. ¿Tienen los jueces la última palabra cuando sentimos que las paradojas y tensiones sociales no son necesariamente parte integrante del núcleo del Derecho ni de las decisiones de los jueces?

FJDLM: Como ya se habrá comprobado, no soy muy partidario del activismo judicial, ni por razones doctrinales ni por la experiencia jurídica y política que he vivido (como profesor de Derecho, en las tareas como magistrado, y también, por ejemplo, como Presidente de la Comisión Española de Ayuda al Refugiado, CEAR). La legitimidad democrática de los jueces, en sistemas como el español, es muy limitada y ha de contar siempre como fundamento y límite último con la conformidad constitucional. Sólo que el test de esa conformidad no queda en las manos de cada juez: únicamente el planteamiento de la misma, no su resolución. Las características de nuestras sociedades, globalizadas, interdependientes, plurales, hacen imposible que el legislador provea siempre e inequívocamente como para hacer verosímil ese sueño de la one right answer. No existe el juez Hércules que pueda suplir esas deficiencias con criterios propios y, al mismo tiempo, generalizables, ajenos al marco constitucional. Puede y debe, en su caso, manifestar que en ese marco no hay solución jurídicamente razonable, es decir, justa. Pero la tarea de proveer a esa solución excede de su capacidad y de su legitimidad.

 

 

 

[1] Serie de televisión estadounidense basada en las novelas Canción de hielo y fuego de George R. R. Martín.

[2] Largometraje de 1936, escrito y dirigido por Charles Chaplin, quien también es su actor principal.

[3] Catedrático de filosofía del derecho y filosofía política en el Instituto de Derechos Humanos de la Universidad de Valencia, (España). Fue Director del Colegio de España en París (2005-2012) en la Ciudad internacional universitaria (CiuP).

[4] Película de 1990, cuyo guión fue escrito por Mario Puzo y Francis Ford Coppola y dirigida por Coppola.

 

Presentación del libro de Nicolás Castellano, Me llamo Adou, Fundación César Manrique, Lanzarote, 11 5 17

 

Nicolás Castellano es, lo saben todos Vds, un periodista al que muchos admiramos profundamente por la calidad de su trabajo profesional, por su independencia y rigor de criterio, por su tenacidad para seguir informando sobre cuestiones importantes pero que ya no están de moda, cuando casi todos desisten de hacerlo porque la mayoría de los responsables de los media, los <jefes>, te sueltan eso tan terrible de <eso ya no es noticia>. Añadiré además que yo admiro y quiero al ser humano que es Nicolás. Porque nunca te falla como amigo, porque sigue con un grado de compromiso que envidio, porque es serio, pero lo contrario de aburrido…

Después de esta declaración pública de amistad, que tampoco hay que exagerar, vamos a lo que importa, el libro de Nicolás. Un libro imprescindible que cuenta con un deslumbrante y enjundioso prólogo de Luis García Montero, que voy a glosar en buena medida en mi presentación.

Me llamo Adou, la historia del niño Adou Ouguste Nery Ouattara es, a mi juicio, un magnífico testimonio contra la barbarie que domina la sociedad global que hemos construido (y no sólo <en la que vivimos>, como se suele decir). Una barbarie que destruye los lazos más elementales de humanidad, el reconocimiento del otro como ser humano. Pero también, un libro que ofrece razones para la esperanza, para que superemos eso que denuncia Luis García Montero en ese maravilloso prólogo: “la piedad fugaz que caracteriza nuestra vida líquida”, uno de los síntomas más claros de la enfermedad moral y política que se ha convertido en epidemia y que, como decía, debilita hasta anonadarlo el vínculo social y político entre los seres humanos en este mundo global. Y no me den explicaciones simplistas como esa de la aporofobia, un rasgo indiscutible, pero que no es en absoluto  la clave de la comprensión del complejo fenómeno en que consiste la demolición, insisto, del vínculo social y político.

Nicolás ha sido testigo, ha contado, ha denunciado con tenacidad, otros hechos de barbarie: la tragedia de las muertes en la playa de El Tarajal, el abordaje de una patera por una lancha de la Guardia Civil, o el abandono en el que dejamos a las víctimas de terremotos y desastres naturales después del primer espasmo de lo que yo he denominado el avestruz compasivo (los telemaratones, los sms a cuentas bancarias solidarias, que nos permiten en un lapso relámpago de tiempo seguir enterrando la cabeza, ajenos al horror que sucede alrededor y que afecta a los otros) por sólo mencionar algunas de ellas.

En alguna de las entrevistas con motivo del libro, Nicolás ha dicho que es precisamente esta foto del 7 de mayo de 2015, tomada por el escáner del puesto fronterizo de El Tarajal, en Ceuta, la que a su juicio ejemplifica, es el símbolo, del fracaso de Europa. Y no puedo estar más de acuerdo. Por muchas razones.

La primera es la carga simbólica de la maleta misma. De nuevo con nuestro amigo Luis, “si la vida y la historia del ser humano son un viaje, enfrentarse a lo que llevamos en nuestras maletas se carga de significado”. Mucha tinta ha corrido a cuenta, por ejemplo, de las maletas de Port Bou, las maletas de Benjamin, que inspiran como saben el nombre de una revista cultural. Esta maleta que contenía a Adou, ese monstruo, esa ballena que se traga al nuevo Jonás que es Adou, como escribe el admirado prologuista, explica la imposibilidad del viaje, del ejercicio de un derecho básico. Y la desesperación del padre de Adou, Alí Ouattara, un profesor de filosofía y de idiomas en Abidjan (Costa de Marfil) que, como tantos otros seres humanos, es consciente de que él y su familia deben abandonar ese infierno en el que viven, de la manera que sea. También como tantos centenares de miles de seres humanos, empleará años para conseguirlo él mismo, su mujer Lucy y su hija Mariam, la segunda de sus tres niños. Pero no para el mayor, Michel, ni para el benjamín, Adou. El mismo Alí recurrió, como tantos otros, a eso que demonizamos, los “traficantes de sueños que comercian con los seres humanos”, por seguir citando a nuestro poeta amigo: las mafias que son la única esperanza para ese derecho negado, pues nuestras políticas consisten ante todo en eso, en cerrar las vías del viaje legal, en negar ese derecho. Y consiguió que llegaran a España su mujer Lucie y su hija, Mariam. Pero la Ley española (este nuestro Derecho europeo y nacional de extranjería, inmigración y asilo) no le permitió la reunificación familiar de sus dos hijos, Michel y Adou, de 8 años de edad. Hay umbrales económicos, sellos, disposiciones administrativas, requisitos burocráticos que debía cumplir y que no consiguió reunir: al final, 56 euros, como cuenta Nicolás en el capítulo 9. Alí Outtara vuelve a recurrir a los criminales traficantes de sueños que, por 5000 euros, le prometen que traerán a Adou, -su Nery, como él le llama- convirtiéndolo así, paradójicamente, en traficante de seres humanos, traficante de su propio hijo. Déjenme que les diga: qué barbaridad! Es decir, como explicaría Forrest Gump, qué cosa de bárbaros…

La segunda, hablando en términos jurídicos y políticos -que son los propios de mi trabajo, de lo que puedo hablar porque, después de 40 años, algo sé o se me ha quedado-, por la barbarie que practicamos en relación con lo que se cuenta entre lo más valioso que hemos aportado al mundo desde Europa, desde Occidente: las nociones de derechos humanos y de ciudadanía como herramientas de emancipación. Hemos pervertido la noción de sujeto universal de derechos (esto es, la igualdad de todos los seres humanos desde el punto de vista del Derecho, de los derechos fundamentales) que es lo que significan la Declaración universal del 48 y los Pactos del 66, ratificados por todos los Estados de la comunidad internacional y, como explicara Bertold Brecht antes de que lo teorizara magníficamente Hannah Arendt, hemos reservado esa condición a quien tenga un pasaporte, a quien sea ciudadano de un Estado que cuenta. Hemos hecho real la modificación del lema revolucionario de la rebelión en la granja, esa triquiñuela del cerdo Napoleón y hemos convertido a la mayoría de seres humanos en menos iguales que nosotros, los seres humanos de verdad. Otra vez, qué barbaridad!

Aún más, en una inadmisible vuelta de tuerca, nos cebamos con los más vulnerables, los menores no acompañados inmigrantes, lo que -a mi juicio- constituye el más grave disparate jurídico en la historia del Derecho europeo, porque son los sujetos más vulnerables entre los vulnerables: como Adou. Es una idiotez, como pone Nicolás en boca de Adou: página 25 (leer…) Pero sobre todo, si pensamos en la entidad del riesgo, en las muertes de niños, de nuevo hay que decir: qué barbaridad!

Y, sin embargo, esta es una historia, insisto, de esperanza. La que nos produce Alí, capaz de vivir varias vidas en el intento de hacer de la suya y la de su familia una vida mejor. Porque ese es el carácter de tantos miles de inmigrantes: esforzarse tres veces más que nosotros, en historias de amor, de sufrimiento y de lucha, para obtener aquello que a nosotros no es dado como algo natural, los derechos. Ellos demuestran cómo hay que luchar por los derechos y en ese sentido nos civilizan…

Déjenme que añada algo más sobre bárbaros y civilizados, al calor de la actualidad inmediata. Salvo Jorge Verstringe y alguno más, estamos todos muy contentos porque este pasado domingo hemos frenado a la barbarie. Muy ufano, el Presidente Juncker ha sacado pecho porque hemos reducido a insignificantes las cifras de llegadas a Grecia a través del Egeo. La cosa marcha…A no ser porque, como asegura Nicolás, esa foto de la maleta en la que viajó Adou desmiente el mensaje triunfalista y saca al aire nuestras vergüenzas.

Como lo ha hecho también un audio recuperado y publicado por L’Espresso y que conocí gracias a Nicolás. Me refiero gracias al trabajo del periodista Fabrizio Gatti (http://video.espresso.repubblica.it/inchieste/cosi-l-italia-ha-lasciato-annegare-60-bambini-in-esclusiva-le-telefonate-del-naufragio/10267/10368), en el que se reproducen las conversaciones que tuvieron lugar antes de un trágico naufragio, el 13 de octubre de 2013 y que, a mi juicio, revelan un auténtico acto de barbarie.

Las autoridades de Malta recibieron una llamada de socorro desde el móvil de un médico sirio (el Dr Mohammed Jammo) que viajaba -480 personas en total- en un pesquero (por llamarlo algo) a punto de naufragar, a una distancia de 61 millas naúticas de Lampedusa y 118 de Malta. Durante cinco horas, la Libra, un barco de la Armada italiana que se encontraba a apenas una hora y media del pesquero, esperó que las autoridades maltesas e italianas dieran la orden de acudir en su ayuda. El audio recoge la angustia de las llamadas de quienes avisaban que estaban a punto de morir, y la desesperante burocracia europea, que se perdió en competencias, requisitos formales y respondía a las llamadas de socorro con el consabido “no es esta ventanilla; llame Vd a la otra”. Sólo que aquí no era cuestión de sellos, sino de vidas. La Valetta y Roma se arrojaron la pelota: cada uno decía que no le tocaba a su país, sino al otro, hasta que el barco naufragó. Murieron 268 personas y entre ellos, 60 niños. Quizá la mala conciencia de las autoridades italianas (ocultada hasta ahora), estuvo en el origen de la operación mare Nostrum mantenida durante todo el año siguiente 2014, por el gobierno italiano.

En mi opinión, los hechos ahora conocidos constituyen un manifiesto delito de omisión de socorro, además de una violación directa del Derecho internacional del mar, de principios consuetudinarios de ius cogens y de las normas del Convenio de Montego Bay, que exigirían depurar responsabilidades penales. ¿Habrá una investigación de las responsabilidades por esas muertes? Apuesto que no. Ningún Gobierno europeo las pedirá. Tampoco la Comisión Europea, ni el Consejo. Nuestros gobernantes cuentan con la saturación de la opinión pública, que parece haber pasado página de <eso de los refugiados>. Dan por amortizado el impacto de la muerte de mujeres, niños, ancianos, que arriesgan conscientemente sus vidas para salir del infierno que es su casa: no sólo Siria: Mali, Eritrea, la República Centroafricana, Sudán del Sur, Yemen…). Los que naufragaron ese día, los que naufragan ahora en el canal central del mediterráneo, desde las costas de Libia hacia las islas italianas, saben que las bandas criminales que les ponen en esos barcos de muerte son su única esperanza frente al cierre legal de rutas. Un cierre, por cierto, del que se muestra tan ufano se muestra el Presidente Juncker y otros políticos europeístas (“los flujos de refugiados hacia Europa han bajado en un 98%, desde 10.000 diarios a 47 en el día de hoy, gracias al acuerdo UE-Turquía”). Sí, son los mismos que se han mostrado tan aliviados por “el triunfo de Europa (Macron) frente a la barbarie”. ¿Barbarie, dicen? Acudiré a la sabiduría de la madre de Forrest Gump para recordar algo muy sencillo: bárbaros son los que hacen barbaridades, actos de barbarie.

A uno le gustaría que fuera verdad aquello de que No habrá piedad para los malvados. Pero lo que cuenta la película de Urbizu, como sucede también con la de Sorogoyen, Que Dios nos perdone, es un final feliz, comparado con estas historias reales.

A uno, la verdad, lo que le gustaría es poder decirles a todos los que tienen que desplazarse en el mundo, eso tan natural que escribe Nicolás en la dedicatoria de su libro…buen viaje!

Los bárbaros (Cartelera Turia, 2780, 12 mayo 2017)

No es habitual que se espere del lector algo más que leer. Esta vez, les pido un esfuerzo, el de escuchar este audio recuperado por L’Espresso, gracias al trabajo del periodista Fabrizio Gatti (http://video.espresso.repubblica.it/inchieste/cosi-l-italia-ha-lasciato-annegare-60-bambini-in-esclusiva-le-telefonate-del-naufragio/10267/10368), en el que se reproducen las conversaciones que tuvieron lugar antes de un trágico naufragio, el 13 de octubre de 2013 y que, a mi juicio, revelan un auténtico acto de barbarie.

Las autoridades de Malta recibieron una llamada de socorro desde el móvil de un médico sirio (el Dr Mohammed Jammo) que viajaba -480 personas en total- en un pesquero (por llamarlo algo) a punto de naufragar, a una distancia de 61 millas naúticas de Lampedusa y 118 de Malta. Durante cinco horas, la Libra, un barco de la Armada italiana que se encontraba a apenas una hora y media del pesquero, esperó que las autoridades maltesas e italianas dieran la orden de acudir en su ayuda. El audio recoge la angustia de las llamadas de quienes avisaban que estaban a punto de morir, y la desesperante burocracia europea, que se perdió en competencias, requisitos formales y respondía a las llamadas de socorro con el consabido “no es esta ventanilla; llame Vd a la otra”. Sólo que aquí no era cuestión de sellos, sino de vidas. La Valetta y Roma se arrojaron la pelota: cada uno decía que no le tocaba a su país, sino al otro, hasta que el barco naufragó. Murieron 268 personas y entre ellos, 60 niños. Quizá la mala conciencia de las autoridades italianas (ocultada hasta ahora), estuvo en el origen de la operación mare Nostrum mantenida durante todo el año siguiente 2014, por el gobierno italiano.

En mi opinión, los hechos ahora conocidos constituyen un manifiesto delito de omisión de socorro, además de una violación directa del Derecho internacional del mar, de principios consuetudinarios de ius cogens y de las normas del Convenio de Montego Bay, que exigirían depurar responsabilidades penales. ¿Habrá una investigación de las responsabilidades por esas muertes? Apuesto que no. Ningún Gobierno europeo las pedirá. Tampoco la Comisión Europea, ni el Consejo. Nuestros gobernantes cuentan con la saturación de la opinión pública, que parece haber pasado página de <eso de los refugiados>. Dan por amortizado el impacto de la muerte de mujeres, niños, ancianos, que arriesgan conscientemente sus vidas para salir del infierno que es su casa: no sólo Siria: Mali, Eritrea, la República Centroafricana, Sudán del Sur, Yemen…). Los que naufragaron ese día, los que naufragan ahora en el canal central del mediterráneo, desde las costas de Libia hacia las islas italianas, saben que las bandas criminales que les ponen en esos barcos de muerte son su única esperanza frente al cierre legal de rutas. Un cierre, por cierto, del que se muestra tan ufano se muestra el Presidente Juncker y otros políticos europeístas (“los flujos de refugiados hacia Europa han bajado en un 98%, desde 10.000 diarios a 47 en el día de hoy, gracias al acuerdo UE-Turquía”). Sí, son los mismos que se han mostrado tan aliviados por “el triunfo de Europa (Macron) frente a la barbarie”. ¿Barbarie, dicen? Acudiré a la sabiduría de la madre de Forrest Gump para recordar algo muy sencillo: bárbaros son los que hacen barbaridades, actos de barbarie.

A uno le gustaría que fuera verdad aquello de que No habrá piedad para los malvados. Pero lo que cuenta la película de Urbizu, como sucede también con la de Sorogoyen, Que Dios nos perdone, es un final feliz, comparado con estas historias reales.

GATO POR LIEBRE: MACRON (Cartelera Turia 2778)

Este lunes, si uno tropezaba con alguien que llevaba puesta la sonrisa de oreja a oreja sólo cabía una duda: o era un culé levitando por Messi o un liberal soi-dissant europeísta repasando las virtudes de Macron…Según nos cuentan, en Bruselas y allá donde more un buen europeo, todo son albricias y pan de sicomoro. Yo, perdonen Vds, prefiero sumarme a la prudencia que recomendaba Laurent Joffrin en su editorial de Liberation, con el título “vender la piel del oso…”

Primero porque, pese al verosímil <cerco republicano> contra Marine (Le Pen), ya veremos cuál es la distancia final si ésta consigue imponer como campo de discusión el enfrentamiento entre pueblo y élites parisinas, entre los buenos y viejos valores franceses y los intereses de la <mediacracia> y la oligarquía financiera a los que tan próximo está Macron, como denunciaba Melenchon. No es difícil prever que no se repetirá el abismo que separó a Chirac del Le Pen padre.

Segundo, incluso en el escenario victorioso que apresuradamente han dado por bueno Macron y los suyos, ya nada puede impedir un hecho. Y este sí, lo podemos dar por adquirido: como escribe Corinne Deloy en su policy paper de la Fondation Schuman, nada parece ya impedir que el FN se convierta cuando menos en el primer partido de oposición en Francia y esa es una enorme victoria. En efecto, aunque funcione el <cerco republicano> de la 2ª vuelta, sería un milagro sin precedentes que En Marche! (el movimiento con las iniciales de Macron, que no parece tan modesto, la verdad) alcanzara una representación relevante en la Asamblea.

Por tanto, y esta es una tercera razón para poner el freno a la euforia, parece no menos inevitable un escenario de cohabitación de Macron con el nuevo/viejo líder de la derecha republicana. Es impensable que los socialistas puedan aspirar a algo, atomizados entre los que, con Valls, ya no aspiran a otra cosa que a senescales de Macron y los resistentes a la Hamon que parecen cada vez más cerca de Asterix y los suyos (eso sí, sin poción). La izquierda insumisa podría asumir el carácter de tercera fuerza, tras la derecha y el FN, pero tiene difícil mantener la coalición que consiguió unificar Melenchon. Aunque nada es ya seguro, esa verosímil cohabitación hará que la política de Macron circule más por las vías de la vieja política por las que transita la derecha francesa, aunque se vista de ese europeísmo.

Aunque, a todo esto, ¿alguien se cree este cuento del sastrecillo filósofo, melómano y antisistema? Antisistema, un bancario liberal? Vds se imaginan a Madame Lagarde y sus colegas, temblando ante la irrupción de Macron? Va a ser gato por liebre…

 

QUE NO TE CONFUNDAN CON EL PRETEXTO DE LA CIENCIA

(Cartelera Turia, 07.04.17)

Si el lector se arma de un poco de paciencia, quiero invitarle a lo que, con esa mezcla de rigor y pedantería tan propia de los profesores universitarios, calificaría como una <reflexión epistemológica>. Y, para variar, trufada de crítica a la moralina. El que avisa no es traidor, sino buen avisador, como gusta de repetir mi colega Jorge Correa.

Empecemos por distinguir. Quede claro el respeto a la libertad de expresión. Pero lo que tiene, es que hay gente que la usa para sostener que la Astrología es un saber científico, tanto como lo puedan ser la física experimental o la bioquímica, o que las mujeres no deben tener los mismos derechos que los hombres, e incluso para proclamar que tales asertos no son una opinión, o la expresión de una creencia, sino pura ciencia. Para hacer esto último hay que tener una gran seguridad, rayana en el dogma, y pocos escrúpulos. O quizá es que una cosa lleva consigo la otra. Quiero decir que, con la seguridad que proporciona creer que uno se halla en posesión de la verdad (revelada), no hay problema en arremeter con lo que sea y, encima, hacerlo en nombre de esa verdad y aun revestirla del adjetivo -casi siempre pleonástico- de <científica> porque –y aquí se riza el rizo-, para quien tiene la seguridad de la fe, la verdad científica no puede contradecir la verdad revelada.

La Universidad Católica San Vicente Mártir de Valencia, ha enriquecido recientemente su fondo de publicaciones con algunas que son el resultado de <investigaciones> llevadas a cabo por su Observatorio de Bioética. Entre las últimas que ha puesto a disposición del público en su web, se encuentran dos, dedicadas respectivamente a la crítica de la ideología de género y al examen de la ley de transexualidad promovida desde el Consell de la GVA. Por supuesto, vaya por delante que esta Universidad, que pertenece al Obispado de Valencia, y su Observatorio –todos y cada uno de sus miembros- son muy dueños de publicar lo que estimen oportuno. Tanto como lo es cualquiera para criticarlos y sacar a la luz sus falacias, si es que así lo estima justificado.

Pues bien, quien suscribe considera obligado denunciar la falacia argumentativa propia de la concepción epistemológica (es un decir) según la cual lo suyo –lo del Observatorio, digo- es ciencia, mientras que la ley de la GVA es pura ideología perversa, <científicamente falsa>, que debe erradicarse de las escuelas por sus perniciosos efectos, que pueden llevar (según una supuesta argumentación “científica” que confieso no haber hallado) al incremento de los suicidios. Por no hablar del análisis seudocientífico que permite la <descalificación científica> de la ideología de género: me parece que se trata de los mismos seudoargumentos propios de la apologética campaña de la Asociación <Hazte oir> y de su autobús. Cada quien es libre de sostener una determinada pretensión ideológica, sobre la base de intereses, creencias, fines y valores sobre cuya oportunidad, conveniencia y justificación es posible -lo reconozco, por descontado- argumentar, dar razones. Pero de ahí a decir que todo esto se hace en nombre de la ciencia y para probar que la ideología opuesta es anticientífica, falsa, hay un abismo. Sin dogmatismos ni idolatrías cientistas, cabe pedir que no pongan sus manos sobre la ciencia. Y que no traten de confundirnos.

“Refugiados y medios de comunicación: parole, parole”

(ponencia en el encuentro Refugiados y Medios de Comunicación, 4 abril 2017, Fundación UCL-M) Puede verse la mesa , con Jesús Núñez, en https://m.youtube.com/watch?v=XuEnfJaK4y8#

 

Hay muchas cosas que nos separan a los juristas y a los profesionales de los medios de comunicación. Pero hay una que nos une: nuestro material de trabajo es la palabra, el lenguaje, los signos lingüísticos. Vale, ya sé que Vds han evolucionado mucho más que nosotros, que parecemos anclados en la Galaxia Guttemberg, aunque permítanme que es diga que eso es engañoso: ni todos, ni sólo la imprenta…Y hay otra diferencia, aunque ésta también se desdibuja: los juristas –sobre todo algunos- tienen una temible capacidad, la que describiera Humpty Dumpty a Alicia en Alicia detrás del espejo, imponer el sentido en el que utilizamos las palabras, decir que unas palabras son delito y no uso de la libertad de expresión por ejemplo…aunque esa capacidad de imposición que en nuestro caso viene dada por el supuesto monopolio de la coacción, no está tan alejada del halo de verdad que todavía para muchos ciudadanos acompaña a las palabras que pronuncia el locutor de su telediario, la conductora de su programa de radio o su periódico de cabecera (aún oímos “pero si lo ha dicho la radio, o la tele o…”)

Y por eso he titulado esta intervención con un tópico que es el título el de una maravillosa canción, Parole, parole, compuesta en 1972 por Gianni Ferrio, Leo Chiosso y Giancarlo del Re, es decir, que sólo la recordarán los más viejos del lugar, que se impuso sobre todo en una versión cantada por Mina y Alberto Lupo (aunque hay otra popular de Dalida y nada menos que Alain Delon), en el álbum cinquemillaquarantatre, en el que Mina cantaba también Fiume Azzurro (Sobreviviré, en la versión que hizo popular Mónica Naranjo) y es un precedente lejano y mucho más digno de los descacharrantes pimpinella…

Lo que quiero decir es que entre juristas y medios de comunicación hemos contribuido a construir un océano de palabras e imágenes en las que naufragan centenares de miles de personas y, de paso, en el que ha naufragado la Unión Europea. Sí, hay profesionales de ambos gremios que han tratado y tratan de rescatar las palabras, el relato, la realidad. Pero son los menos.

Quiero hacer algo tan sencillo como recordarles algunos ejemplos que nos muestran, sí, las perversiones del lenguaje que hemos acuñado y que son la leña con la que se ha atizado lo que, con permiso de Jesús Núñez y sin que signifique que me haya contagiado de la euforia belicista que embarga a la pérfida Albión, me atrevo a calificar como <clima de guerra contra inmigrantes y refugiados> por parte de no pocos Gobiernos de la UE, a los que ha acabado por ceder la propia UE.

Parece que fue Esquilo quien dejó escrito hace unos años aquello tan repetido de que la primera víctima de cualquier guerra es la verdad, algo que saben mejor que yo Jesús y algunos ilustres periodistas que intervienen en este coloquio.

Por ejemplo, la verdad de que se han impuesto tres radicales inversiones del concepto de refugiados:

La primera es que hablamos de lo que no llegan a ser, porque se lo impedimos: en el mejor de los casos no son refugiados sino que son asylum seekers, porque buena parte de nuestro empeño, buena parte del arsenal jurídico y comunicativo, está orientado a que no lleguen a serlo nunca, es decir, a privarles de la protección de derechos que es el núcleo de la cuestión: si existe un derecho, quién es su titular y quiénes son los titulares del deber correspondiente, esto es, de su reconocimiento y garantía. Luego les pongo algunos ejemplos de la destrucción, del vaciamiento del derecho de asilo.

La segunda es que quienes son víctimas a proteger se han convertido en amenazas frente a las que, contra las que hay que protegerse. Sí, la estigmatización de los refugiados como sospechosos, que acumulan otros estigmas previos (por ejemplo, etnoculturales, como la islamofobia), esto es, la suma de ignorancia y prejuicio que, desde Allport, sabemos que está en la base de la construcción del fobotipo, no es obra de Trump y de sus insidiosos intentos por ahora contenidos gracias a la resistencia de la sociedad civil norteamericana y la fortaleza de su sistema de división de poderes. La UE, los Gobiernos de la UE, con la ayuda de una determinada interpretación de las herramientas jurídicas del derecho de asilo (por ejemplo, la atrabiliaria Sentencia del pasado 4 de marzo de la Corte de Luxemburgo a favor de Bélgica en el asunto de visados humanitarios, por no hablar, evidentemente del malhadado Convenio entre la UE y Turquía, del uso de la noción de país seguro y de otros mecanismos del sistema de Dublín, etc) es decir, con lo que algunos juristas venimos denunciando desde hace años como xenofobia institucional, y con el inestimable concurso de los medios de comunicación, han conseguido lo intolerable: destruir la presunción de inocencia y el favor libertatis a favor de los demandantes de asilo.

La tercera, el vaciamiento del contenido jurídico del derecho de asilo desde la Declaración del 48 y, sobre todo, del marco convencional de Ginebra y N.York del que son Estados parte y por tanto sujetos obligados todos los Estados de la UE: señal de ese vaciamiento es la adopción de un mecanismo de deportación disfrazado de devolución a país seguro mediante el Convenio con Turquía, un país que, LEGALMENTE, no acepta como refugiados al 99% de los que reenviamos como tales. O el novedoso principio procedimental one in, one out, contenido en ese Convenio y que sería inaceptable para cualquier derecho fundamental, la vida o la libertad de expresión, por ejemplo. el escándalo de la transformación de los campos de acogida conforme a ese sistema convencional, en campos de concentración, como los actuales hotspot. Señal de ese vaciamiento es la mercantilización adoptada por el noble y democrático Parlamento de Dinamarca, o el clandestino pago en Ceuta y Melilla a los gendarmes marroquíes, o el negocio de los visados. Señal de ese vaciamiento es lo que está sucediendo en Ceuta y Melilla con una aplicación selectiva y discriminatoria de quienes son admitidos a la presentación de demanda de asilo, donde brillan por su ausencia los subsaharianos: de nuevo, nada que envidiar a Trump.

Pero quizá lo más grave es la “naturalización” de un discurso de defensa y seguridad (patente en el Consejo Europeo de Bratislava y en el de Malta), por encima del discurso de policía y orden público y por encima del discurso de derechos, del espacio de libertad, justicia y seguridad. Se comenzó por la típica y falaz contraposición de derechos, ya utilizada en la justificación de políticas migratorias, “o ellos o nosotros”, pero ya estamos abiertamente en un discurso de guerra, con el recurso a la presencia de la OTAN en las operaciones en el Egeo y en el canal central del Mediterráneo y con la pretendida justificación del recurso a Libia en la operación de externalización de las expulsiones de los desechados (Bauman, industria del desecho humano) en los hotspots, acelerada con la vuelta de tuerca del Plan de Retorno anunciado el 4 de marzo, que incrementa los riesgos de la denostada directiva de retorno del 2008, que contribuyó a reforzar el papel de los CIE, con el aliciente de incentivar hoy lo que ya intentó la presidencia española de la UE, con el Gobierno Aznar, el 22 de julio de 2002, en el Consejo Europeo de Sevilla, externalizar esos campos y así, desentendernos, lavarnos las manos, respecto a la suerte de los derechos humanos de esos desechos

Identidad, ciudadanía y derechos: del estereotipo al fobotipo

(Ponencia en el coloquio internacional “Stereotypes et processus d’estereotypisation dans la formation et la consolidation des identités nationales aux XIX-XXI siècles”, Univ Paris Sorbonne III, 16 marzo 2017)

 

Sobre la dialéctica asimétrica del estereotipo

No pocas de las intervenciones en nuestro coloquio se centrarán en el examen del papel de los tópicos y estereotipos en el proceso de construcción de la identidad nacional española y de las identidades de diferentes naciones en España. Y subrayan que hay una relación dialéctica, de asimetría (porque hay una relación de poder), que se expresa a través de las diversas manifestaciones de la mirada del otro y sobre el otro. Eso sucede en muchos campos: de la música a la danza, de la literatura al cine, como veremos en diferentes ponencias. Se ejemplifica en particular en la mirada del viajero y sobre el viajero, fuente inagotable de estereotipos sobre España y sobre los extranjeros que nos visitan (Barrows, Mallarmé, Blanco White, etc), conforme a lo que a mi juicio simboliza por antonomasia el libro de Jonathan Swift Los viajes de Gulliver.

Sin duda, no podemos ignorar el carácter dialéctico del proceso de esterotipación que, en definitiva, es uno más de los escenarios de la construcción del otro desde nuestra mirada: así sucede no sólo con los estereotipos nacionales (que siempre lo son por referencia a los no nacionales) sino también -y muy significativamente hoy en particular- con respecto a la construcción de la identidad de los otros extremos, esos respecto a los que Todorov y, a mi juicio, Agamben y Bauman han llegado a llamar <parias>, <desechos humanos>, esto es, los refugiados e inmigrantes.

Así ha sucedido y sucede a mi juicio con la construcción de la categoría de ciudadanía y sobre todo, con la evolución del proceso de su atribución, o, mejor, su negación, esto es, la progresiva y radical dificultad para acceder a ella. El rechazo, en suma, de eso que, recordemos, los juristas siguen llamando “naturalización”, un sustantivo extraordinariamente significativo. Ese es un ejemplo de estereotipo que incluye, como casi siempre, su fobotipo: lo nuestro, lo nacional, es natural. El otro, es una anomalía. Y, como siempre, es así porque nosotros, desde la asimetría de la posición de poder, así lo imponemos.

En ese proceso de construcción de esos otros como alguien radicalmente ajeno a la ciudadanía, suele destacarse el papel de los media (incluidas hoy las redes) y de la educación, pero yo quisiera poner el énfasis sobre los instrumentos jurídicos de ese proceso, sobre la contribución que se hace desde las diferentes instancias jurídicas al proceso de estereotipación que hay detrás de la ciudadanía. Pues bien, creo que es a través de los mensajes jurídicos de diferente naturaleza como se ha construido el discurso que equipara diferencia cultural y desigualdad y, por consiguiente, niega el acceso a derechos fundamentales y sobre todo a derechos políticos y a la ciudadanía a esos otros, extremando así las viejas tesis de Hungtinton y Sartori, sobre colectivos inasimilables, incompatibles con la democracia, incluso cognitivamente, como desarrollara durante el nazismo la doctrina alemana del Derecho penal del enemigo que hoy ha sido recuperada.

Pero antes de volver a recordar el papel particular que juega el estereotipo en el discurso jurídico, quizá convenga alguna reflexión sobre el concepto mismo de estereotipo y su lugar en el discurso jurídico.

¿Cómo entender el estereotipo y el recurso a la acción de estereotipar en los discursos relativos a la formación de la identidad nacional?

Los organizadores de este coloquio internacional nos han recordado que “Les chercheurs ayant travaillé sur les stéréotypes s’accordent à dire qu’il s’agit d’une notion difficile à appréhender, aux contours flous et avec des fonctions diverses. Cliché, poncif, idée reçue, lieu commun, opinion, image, représentation, croyance, doxa, autant de termes qui lui sont associés, voire utilisés indistinctement pour y faire référence”. Permítanme recordarles lo elemental, esto es, cómo definen las Academias el estereotipo, y el proceso de estereotipar. En el caso español, estereotipar es “Fijar mediante su repetición frecuente un gesto, una frase, una fórmula artística, etc”. Por su parte, estereotipo, es definido como “Imagen o idea aceptada comúnmente por un grupo o sociedad con carácter inmutable”, y estereotipia, en su  4ª acepción, es “Repetición de un gesto, acción o palabra, característica de algunos trastornos mentales”.

Si acudimos al francés, por ejemplo, al petit Robert, <stereotyper> como verbo consiste en “Répéter ses gestes, ses expressions sous une forme invariable, de façon quasi automatique”, y las dos definiciones de <stereotype> que encontramos son: a) “Expression ou opinion toute faite, sans aucune originalité, cliché”; b) “Caractérisation symbolique et schématique d’un groupe qui s’appuie sur des attentes et des jugements de routine”. Y si queremos definir <stereotypie>, podemos elegir entre a) “Branche de la clicherie qui permet la multiplication de formes de textes et de clichés typographiques par moulage à partir d’une matrice”, y b) “Répétition d’une attitude, d’un geste, d’un acte ou d’une parole, sans but inteligible”.

De ahí, a mi juicio,  el acierto de la referencia que las organizadoras han hecho al conocido pasaje de Barthes en su Roland Barthes par Roland Barthes, « La vérité est dans la consistance, dit Poe (Eurêka). Donc, celui qui ne supporte pas la consistance se ferme à une éthique de la vérité ; il lâche le mot, la proposition, l’idée, dès qu’ils prennent et passent à l’état de solide, de stéréotype (stéréos veut dire solide) ». De donde la interrogante que nos plantean las profesoras Galeote y Ostolaza en su presentación del coloquio: “Le stéréotype est-il alors une solidification de la pensée, dans le sens d’immobilisation?”

La respuesta, a mi juicio, es afirmativa. La dimensión de fijación, mecanicidad, la insistencia en la solidez obtenida por la repetición, que tanto acercan el estereotipo al tópico (una clave para entender cómo maneja el Derecho el estereotipo) parece, sin duda, una clave[1]. Y parecería que su función social, la razón del recurso a los estereotipos es la que, de nuevo, nos ofrece Barthes: “N’est-il finalement qu’un élément de confort identitaire pour les membres du groupe ou de la communauté qui l’utilisent”. Sólo una sombra cabe oponer a esta caracterización: ¿en sociedades plurales, interrelacionadas e interdependientes y de ritmo sumamente acelerado, todavía juega su función el estereotipo? No es propio más bien de sociedades premodernas?

 

 

Sobre el recurso a los estereotipos en el ámbito del Derecho

Pues bien, déjenme que sugiera que si hay un instrumento social, una herramienta con vocación de solidez, de duración, incluso de inmovilidad, ese es o, al menos, ese pretende ser el Derecho. Esa vocación se encuentra tanto en su formulación naturalista (la que subyace al brocardo ibi societas ibi ius), como en la propia de las diferentes manifestaciones dl iusnaturalismo: desde luego, la del iusnaturalismo racionalista que postula la necesidad del Derecho como postulado inseparable del necesario pacto social, incluso, como se atreve a decir Grotius, etsi Deus non daretur.

Es verdad que el positivismo hace pensable que eso que llamamos Derecho, pueda no ser una realidad indefectible ya que, si talis societas tale ius, en una sociedad distinta, una sociedad en la que los recursos no sean escasos (la hipótesis de Hume antes que Sain Simon proponga la parábola del industrial), o una sociedad en la que no existiera la desigualdad instituida por la propiedad (Rousseau, de nuevo antes que Marx y Engels) el Derecho no tendría razón de ser. Pero el positivismo asentará la tesis de que el Derecho es útil, como ritmo de la vida social.

Pues bien, lo que aún más me interesa recordar es esa obviedad de que lo que nosotros consideramos <Derechos modernos> y que, no olvidemos, son Ordenamientos jurídicos nacionales, arrancan de un proceso jurídicopolítico marcado por la ideología que hace posible la aparición de los Estados modernos como Estados nacionales. Un proceso que, como se ha explicado hasta la saciedad, en el XVIII y comienzos del XIX pasa por el modelo de positivismo legalista propio del molde revolucionario francés, conforme al que se acuñarán la mayor parte de los sistemas jurídicos continentales. Es así como el nacionalismo de matriz romántico cede a una óptica constructivista del nacionalismo. Así, por decirlo en palabras del politólogo español Ramón Maíz, “el nacionalismo no resulta ya considerado como la manifestación o exteriorización de una nación objetivamente dada, sino que, al contrario, es la nación misma como sujeto político, como soberana[2], la que constituye el producto, siempre dinámico e inacabado, de un proceso complejo de construcción política y social que tiene lugar, bajo el impulso del nacionalismo en competencia con otras fuerzas e ideologías, en determinados contextos culturales, económicos y políticos” (Máiz, 2008, p. 146).

Y ahora llego al propósito ya anunciado de mi intervención. Tratar de ejemplificar cómo el estereotipo, en cierto modo, es un producto obligado del Derecho, incluso su arquetipo. Es así precisamente por la principal función social atribuida al Derecho, que no es otra que la de proporcionar  seguridad, crear referencias sólidas, que duren, aunque eso suponga pagar el precio de que los molinos del Derecho no giren a la misma velocidad que los de la vida social y el Derecho se convierta así –o, mejor, pueda ser percibido por las vanguardias- no sólo en un instrumento inevitablemente conservador, sino reaccionario.

Ello es así, porque como advirtiera Durkheim, el Derecho es un instrumento para fijar el ritmo de la vida social. Bajo coacción, los mensajes/mandatos normativos consiguen una regularidad de conductas que permiten construir el estereotipo. Conforme al conocido diagrama de Ross, la validez del Derecho es una categoría metafísica, pues lo que cuenta, en realidad, son dos factores: la sanción y el hábito de obediencia, que producen a su vez la generalización de la conducta obligatoria que se considera válida en la medida en que la generalización del hábito, su automatismo,  hace tácita o, mejor, esconde la verdadera razón de obedecer. El momento de generalización, irrenunciable en el Derecho por su dimensión normativa, se encuentra hoy, sin embargo, sometido a crisis precisamente por el avance de las manifestaciones de la pluralidad social que hace mucho más difícil la generalización de la conducta de obediencia a la norma.

No podemos olvidar, por ejemplo, que -en relación con las políticas migratorias y de asilo- una parte de los instrumentos jurídicos, los propios del Derecho de migración y extranjería[3] -pero evidencian la contribución desde el Derecho, contribución que considero capital,  para fijar como sólidas (como estereotipos), gracias al aparato sancionador que les acompaña, categorías que son completamente discutibles.

 

 

Los estereotipos en la construcción jurídica del titular de derechos y de ciudadanía

Les propongo que consideren un estereotipo como el de <inmigrante ilegal>, pero incluso la condición de los diferentes status de extranjería, o la noción misma de inmigrante o la de refugiado. Y creo que es aquí cuando se advierte la fuerza dialéctica del fobotipo como complemento del estereotipo…

En efecto, tomemos como objeto de investigación de la construcción de estereotipos el que nos ofrecen los derechos de extranjería, migración y asilo en los últimos 40 años en los Estados de la UE, e incluso por la propia UE, en los que hoy se ha subdividido a la antigua categoría común, cuya definición no es más que esta, negativa: la condición del que no es ciudadano, porque no es nacional…pero han quedado así acuñadas para la opinión pública: inmigrantes “ilegales”, por “irregulares”, y no digamos nada de la transformación de la noción de refugiados que hoy ya no responde al concepto canónico del artículo 13 de la Declaración de derechos humanos ni a su desarrollo en el artículo 1 de  la Convención de Ginebra del 51. Son conceptos zombie, en el sentido en que sostiene Beck.

Es por esa razón por la que no encuentro otro más claro que el examen de las legislaciones de extranjería/inmigración, que han modificado sus viejas normas sobre nacionalización (habitualmente presentes en la Constitución o en el Código Civil) para desarrollar mecanismos reglamentarios en los que se concreta las condiciones y procedimiento del acceso (de la obstaculización del) acceso a la ciudadanía

Qué es lo que puede tener tanta fuerza como para vencer el prejuicio de nuestra mirada sobre el otro, extranjero qua no nacional, para admitirlo como ciudadano? Pareciera, si tuviéramos que atenernos a la propuesta que hoy se lleva a cabo en España, que los tests <cognitivos> de la legalidad y del sistema de vida sustituyen al elemento emocional, tan querido en la política impulsada por Sarkozy, primero como ministro del Interior y luego como Presidente de la República (la exigencia de “amar a Francia”). Pero en realidad no es así: no bata con conocer los estereotipos nacionales que nos ofrece la legislación. Primero, porque esos test de conocimiento no miden capacidad de integración: salvo que se sea un platónico irredento, no podemos sostener que conocer el bien asegure actuar virtuosamente. Si así fuera, deberían exigirse a los propios ciudadanos. Segundo y más importante, porque nos acercamos en este momento en la Unión Europea a lo que se ha dado en llamar <democracias emocionales>. El pendant social que vivimos los europeos se orienta a sostener que la transmisión de identidades ficticias, épicas en su confrontación con el otro (los estereotipos y sus correspondientes fobotipos) cuya posesión hace posible que ese otro forme parte del nosotros, solo es posible a través de un proceso de catarsis, de auténtica conversión, de depuración o purificación, como se pidió por ejemplo en algunos de los Estados del antiguo bloque soviético, en diferente grado (no es lo mismo el caso de la ex República Democrática Alemana que el de Hungría  ni, sobre todo, el de Polonia). Y no, definitivamente ese es un camino poco conciliable con el respeto a los derechos humanos y al pluralismo sin los que la democracia y el Estado de derecho quedan vacíos.

 

 


[1] Y es así como entiendo los objetivos del proyecto que está realizando el CRIMIC, el marco en el que se nos invita a debatir: “Il s’agit d’analyser les processus de construction et d’élaboration des stéréotypes, mais également les processus de réappropriation de ceux-ci (réception, incorporation et/ou instrumentalisation). Cette approche va nous permettre d’analyser l’articulation entre les identités nationales au sein de l’Europe, entre ces dernières et les identités régionales mais aussi, d’une manière plus recentrée, entre des groupes à une échelle plus réduite. De même, nous interrogerons la notion de fracture au sein de ces identités nationales. Le caractère global que nous souhaitons donner à nos recherches a pour objectif de mieux appréhender la question des stéréotypes dans son ensemble et depuis ses diverses manifestations puisqu’il s’agira, in fine, de participer à la théorisation de ce concept multiforme, ainsi qu’à l’étude de ses implications sur la construction des identités nationales.

[2] Soberana en la clásica noción de soberanía de Bodin (poder originario, absoluto, ilimitado, irrestricto), hoy, por cierto, completamente insostenible, lo que constituye una paradoja del proyecto político de buena parte de lo que se da en denominar <nacionalismos emergentes> o <periféricos>…

[3] En realidad, estos contagian a otros sectores básicos del Derecho, el civil, el administrativo y el penal y a su vez presuponen, por cierto, una concepción etnocultural, nacional, que subyace al Derecho constitucional, sobre todo en su primera fase (no tanto en lo que llamamos Estados constitucionales o constitucionalismo como ideología jurídica del postpositivismo), por más que los liberales lo nieguen desde su concepción de universalismo abstracto, que ha sido denunciado desde concepciones postpositivistas.

SEXAGENARIOS DECADENTES (CARTELERA TURIA 2739)

 

Entre las muchas conmemoraciones de esta semana, he elegido ésta que se cumple hoy viernes, la del 60 aniversario de los Tratados de Roma. Sí, los europeos estamos en lo que antes se llamaba “tercera edad” y, antes aún, “vejez”, esa palabra que a tantos molesta. Ya se sabe que ahora, en cambio, los sesenta son otra cosa y no es infrecuente que los sexagenarios afronten esa barrera con la ilusión de un nuevo y, en muchos sentidos, apasionante proyecto vital.

Sucede sin embargo que, hablando de la Unión Europea, más que de Europa, este cumpleaños no nos deja en buen lugar. No sé si es necesario llegar a la provocación de Emmanuel Todd, que describe al europeo medio como un anciano prostático, acomodado en su sillón frente a la TV (mucho más <pasivo>, pues, que lo que sugeriría la utilización de otras <pantallas>), consumidor de programas que alternan recetas de <susto o muerte> y, por tanto, atrincherado en su decadencia, que cada vez parece más incierta. En cualquier caso, lo que indiscutiblemente cualquier europeo atento a los medios puede detectar es el avance aparentemente irrefrenable de los mensajes más conservadores, si no reaccionarios, en este continente que cada vez parece, más que viejo, atascado en el discurso de que cualquier tiempo pasado fue mejor.

Sí. Frente a la capacidad de reinventarse que la vieja Europa mostró al lanzar el proyecto europeo en los Tratados de Roma, apenas terminada la segunda guerra mundial que la había asolado, hoy no encontramos Gobiernos ni estadistas con las dotes de imaginación creativa que nos hagan creer en un relanzamiento de lo que, visto desde hoy, fue sin duda un hito histórico. No hablo sólo del Brexit, del crecimiento de movimientos xenófobos y racistas, de los ataques a principios básicos del Estado de Derecho y de la democracia por parte de algunos de los socios incorporados en la última ampliación (Polonia, Hungría, Eslovaquia…). Es que esos síntomas acechan también en los Estados fundadores, por no hablar del nuestro, claro. Y el test más claro es la deriva autoritaria y de xenofobia institucional que caracteriza cada vez más las iniciativas y actuaciones del Consejo, de la Comisión Europea y de los Estados miembros, a propósito de las políticas migratorias y de asilo. Que nuestras autoridades propongan que Libia, Libia!!, sea la pieza clave de la externalización de las expulsiones de inmigrantes irregulares y demandantes de asilo es sólo un botón de esa vergüenza.

Eppur si muove… La sociedad civil reacciona. Lean este manifiesto lanzado por el movimiento europeo (http://www.movimentoeuropeo.eu/images/CAMBIEMOS_EL_RUMBO_DE_EUROPA_DEF.ES.pdf ) y súmense, si quieren a un futuro que sea algo más que vegetar penosamente.

ERRE QUE ERRE. LA UE CAPITULA DE NUEVO ANTE EL NACIONALISMO XENOFOBO

(alrevesyalderecho, Infolibre, 6 marzo 2017)

Erre que erre, la UE capitula ante el nacionalismo xenófobo

Posted on 6 marzo, 2017

Javier de Lucas

¿Cómo interpretar jurídica y políticamente la “nueva” toma de posición de la Comisión Europea acerca de los inmigrantes irregulares, explicada en el conjunto de recomendaciones hechas públicas el 3 de marzo de 2017?

A mi juicio, es una muestra del empecinamiento en el error, en la miopía con la que los gobiernos europeos y la propia UE siguen abordando las manifestaciones de la movilidad humana que son las migraciones y, en particular, las migraciones forzadas, y que lastra los instrumentos jurídicos de nuestra política migratoria. Insisto en hablar de gobernantes europeos, pues lo que la Comisión Europea recomienda se basa, como veremos, en acuerdos del Consejo Europeo y ahí quien decide son nuestros Gobiernos. No nos equivoquemos: a la hora de las responsabilidades, la mayor proporción cae de la parte de los gobiernos de los Estados miembros y no de eso que llamamos tan vagamente Europa (ignorando, por ejemplo, la defensa de los valores europeos que hacen una parte importante de las fuerzas parlamentarias en el Europarlamento). Pero esta vez, al error se suma una peligrosa claudicación de graves consecuencias políticas.

Comencemos por resumir cómo se gesta esta vuelta de tuerca: el Consejo Europeo de 2 de febrero de 2017 (hablamos, pues, de los Gobiernos europeos), celebrado en Malta, adoptó una Declaración en la que, con los consabidos eufemismos, se constataba que la denominada “política migratoria de retorno” es un fracaso: dicho en plata, que en la UE no conseguimos expulsar a todos los inmigrantes de los que nos deberíamos librar. Así que decide poner en marcha un enésimo Plan europeo de retorno. Enésimo, porque se trata de un objetivo reiterado y, de hecho, remite a planes anteriores y en particular al establecido en la Comunicación de la Comisión Europea de 9 de septiembre del año 2015 –COM (2015) 453 final-, con el título Plan de Acción en materia de retorno.

Insistiré en el término retorno, para que, como se ha puesto de moda decir, no nos engañen con las palabras. Lo que la UE y los gobiernos de los Estados miembros entienden por retorno hay que entenderlo como cualquier modo de deshacernos de los excedentes migratorios, es decir, las personas, los inmigrantes, que sobran, que no deberían estar aquí. E incluye, sí, el regreso voluntario o repatriación, pero también y sobre todo, las expulsiones fuera de territorio europeo, como y donde sea, con la ayuda necesaria de los Estados de tránsito (de ida y de vuelta) a los que se habrá de recurrir mediante palo y zanahoria, claro, es decir, incrementando la política de acuerdos bilaterales y multilaterales con esos países de tránsito (obviamente, también con los de origen) para que se conviertan en policías de tráfico de los flujos migratorios, retorciendo la política de cooperación y ayuda al desarrollo.

Por cierto, debe ser que, para Bruselas, el hecho de que en esos países se violen regularmente los derechos humanos en las cárceles (Marruecos, Mauritania, Egipto), o ni siquiera estén vigentes los derechos humanos porque no se han suscrito aún los Pactos de la ONU del 66 (como en Libia) es peccata minuta. Ya se lo parece en materia de política de asilo, cuando tratan de utilizar Libia (Libia, un archiejemplo de Estado fallido, inexistente) en pieza clave del sistema de devolución de los rechazados en su demanda de refugio. A la Comisión parece bastarle con añadir una cláusula de estilo, que explica que la UE y sus Gobiernos hacen todo esto “con el máximo respeto a los derechos humanos”. Lo que hagan esos países terceros no es responsabilidad de la UE. Nada nuevo, of course. A eso siempre se le ha llamado externalización, y es una modalidad sofisticada del complejo de Caín: ¿acaso soy yo el responsable de lo que hagan esta gente, que ni siquiera son mis primos (no digamos, mi hermano), sino unos salvajes de por ahí abajo?

Y si es necesario, se vuelve a la idea lanzada por Aznar en el Consejo Europeo celebrado en Sevilla en junio de 2002: externalizar esos campos de internamiento/retención y también lo que hoy llamamos hotspots, los campos donde hacemos el lento triage, donde decidimos quién entra, porque es refugiado fetén, sujeto de protección internacional subsidiaria, o inmigrante legal (no se apuren: de estos, ninguno, claro: todos los inmigrantes que están en los hotspots son, por definición, “ilegales”, que es como se empeñan en seguir llamándolos). En Sevilla en 2002, este proyecto no salió a flote por la oposición de otros Gobiernos (Suecia y Francia). Pero ahora, la idea está acariciando las meninges de nuestros expertos en Bruselas y, sobre todo, en buena parte de lo que llamamos cancillerías europeas: así, todo este trabajo sucio, primera fase de ese proceso que Bauman llamara “industria del desecho humano”, en la que estamos embarcados, se haría limpiamente, fuera de nuestras fronteras: no existiría ante nuestros ojos.

Estas ideas son, insisto, un error. Aún más, son una canallada de enormes consecuencias. Y encima, están destinadas al fracaso.

El error es consecuencia de la recurrente y miope obsesión que entiende las migraciones como un herramienta al servicio de las coyunturas de los mercados nacionales (ante incluso que los de la propia UE). En esta concepción, que es la dominante en los mercados, en las cancillerías y en buena parte de los medios de comunicación (por tanto, reconozcámoslo, en la opinión pública), los migrantes son mano de obra barata, vulnerables, caducables y fácilmente reemplazables –herramientas low cost– para equilibrar el propio mercado de trabajo, cuya presencia se justifica si y sólo mientras aseguren la maximalización del beneficio y se garantice que en caso contrario, es decir, cuando dejen de servir a ese objetivo, podremos desprendernos de ellos: retornarlos. Por eso no puede haber política migratoria común, salvo la policial (eufemísticamente denominada “lucha contra la inmigración ilegal”, contra sus mafias, etc), para asegurar que en cada momento, no entren más que la suma de los estrictamente necesarios a esos efectos y que salgan de inmediato todos los excedentes. Eso explica que la mayor parte de la política migratoria debe quedar en manos de cada país.

La canallada es fácil de explicar. Resulta que lo que se les ocurre hoy a los amigos de Bruselas, casi 10 años después, es exhortar a los gobiernos a que desarrollen los aspectos más discutibles de la lamentable Directiva de retorno de 2008, a la que ahora se califica como un excelente instrumento de política migratoria, sólo que no funciona todo lo bien que debiera, porque los Gobiernos europeos no han sido lo suficientemente aplicados en la tarea. Es lo que han denunciado un conjunto de ONG europeas en un comunicado extremadamente crítico con esta recomendación.

De hacer caso a las recomendaciones de la Comisión, lo que hay que pedir a los Gobiernos europeos es que se empleen a fondo en lo peor, esto es, que se reduzcan aún más las garantías de derechos contempladas en la Directiva y que se desarrollen al máximo las medidas de restricción del reconocimiento y garantía de derechos, aún los elementales, como los que forman parte del núcleo del derecho a una proceso justo.

Así, por ejemplo, que los internamientos en los denostados CIE (o CRA, el nombre varía según el país), puedan durar más tiempo (en la Directiva se establece que puede llegar a ¡18 meses!), no como decidieron los Gobiernos que optaron por versiones reducidas del plazo y a los que la Comisión pone como mal ejemplo. Esto va para España, por ejemplo, pues el Gobierno ZP, que asumió la vergonzosa directiva, dejó en 60 días el plazo de internamiento (imaginemos cómo puede entender esa recomendación el Gobierno Rajoy). Hablemos otra vez claro, donde dicen internamiento o retención, hay que decir detención, es decir privación de libertad, es decir una pena que, las más de las veces, se impone sin una sentencia que dictamine que se ha cometido un delito.

El retorno a la Directiva, pues, atribuye todavía más centralidad a los CIE que la que les concedía en 2008 esa norma, una institución cuya existencia es objeto de una crítica por parte de juristas, expertos, ONGs, que ya no cabe ignorar. Los CIE no sirven para su supuesto fin, asegurar el máximo y rápido proceso de expulsiones (recordemos, “retorno”) de los excedentes. Pero es que, además, su estatuto jurídico (su “naturaleza jurídica”, que siguen diciendo algunos), su lógica de funcionamiento, se ha mostrado incompatible con exigencias básicas de reconocimiento y garantía de derechos, salvo que se produzcan reformas que, en realidad, suponen su abolición y sustitución por alternativas que, por otra parte, son bien conocidas. No voy a insistir en ello aquí.

Asimismo, las recomendaciones europeas de marras promueven el endurecimiento de las condiciones de entrada y la reducción del período de tramitación de los procesos de expulsión, insistiendo en el acortamiento del plazo de recursos. Todo ello, en el caso de los menores no acompañados, es aún más grave. Recordemos que son niños antes que inmigrantes o incluso demandantes de asilo y deben estar protegidos por la Convención de los derechos del niño y, en nuestro país, por la Ley Orgánica de Protección Jurídica del Menor, antes que sometidos al conjunto de iniciativas jurídicas represivas que abundan en nuestra política migratoria, comenzando por la tal Directiva de 2008. Retornarlos a países que no son aquellos en que reside sus familias ni tampoco siquiera a sus países de origen, con la vaga justificación de que basta que existan “estructuras de acogida suficientes”, a juicio del funcionario que dictamina sobre el retorno (ni siquiera un juez), que es lo que establece la Directiva, es una de las mayores ignominias jurídicas que ha hecho posible en su historia la UE.

Digámoslo claro: lo que hay detrás de estas recomendaciones tiene un significado político, a mi juicio, nefasto. Supone la claudicación de las instituciones europeas ante la ola de reacción xenófoba, racista, contraria a la lógica de la prioridad de las libertades, dispuesta a sacrificar principios básicos del Estado de Derecho y aun del lema que Europa dice suyo, unidos en la diversidad. El mensaje renuncia a lo mejor de la identidad europea con la penosísima coartada de enviar un “mensaje de firmeza” que actúe contra la amenaza de que esa ola se convierta en un mainstream en nuestras sociedades. Pero esta reacción, además de carente de fundamento por ignorancia de la realidad de las características de las actuales migraciones, además de ilegítima por inconsecuente con nuestros principios y valores, será ineficaz. Va a fomentar el efecto contrario. No se erigirá como una barrera contra la amenaza xenófoba y racista, sino que la animará. Este mensaje incentivará aún más a los retrógrados defensores de esas sociedades cerradas, en Holanda, en Francia, en el Reino Unido, en Austria, en Alemania, en Polonia y en Hungría y también, sí, en España. Animará a los defensores de un modelo de sociedad ajeno al imperio de los derechos y confundirá a la población, que preferirá el original en lugar del sucedáneo.

Los gobernantes europeos, erre que erre, parecen empeñados, una vez más en nuestra historia, en abrir la caja de Pandora. Pero nos queda la ciudadanía activa y solidaria. La resistencia. La denuncia, también en los medios de comunicación y en las redes. Las propuestas alternativas. Y por eso también, la libertad de expresión y prensa sigue siendo el baluarte de la democracia y de los derechos.

Ilustraciones: 1. San Wolfgang y el diablo, Michael Pacher, siglo XV. 2. La pesadilla, Fuseli_Cauchemar, 1782.

LA CIUDAD, PRESA DEL CAPITLISMO DEPREDADOR. A PROPOSITO DE UN LIBRO DE FERNANDO FLORES

(Columna en el nº 2770 de Cartelera Turia, 03.03.2017)

 

Dos cosas me impresionaron cuando ví por primera vez Le mani sulla cittá. Ante todo, la presencia arrasadora de Rod Steiger. Fue la misma que me provocó Burt Lancaster en el film de Visconti de 1974 que aquí titularon Confidencias (Gruppo di familia in un interno). Además, la maquinaria seudolegal del negocio de la especulación del suelo, que me parecía un rasgo de modernidad comparado con el tipo de criminalidad característica de nuestro país en aquellos años 60, y que reflejaba El Caso.

El tiempo no deja de hacer justicia al diagnóstico que nos ofrecía en 1963 ese maestro del neorrealismo, el napolitano Franco Rossi. Y creo que es lo que ha sabido captar de forma impecable el amigo Fernando Flores, en el espléndido libro que acaba de publicar sobre el film de Rossi en la colección Cine y Derecho y que tiene como subtítulo el que he tomado prestado (sin su permiso, para eso estamos los amigos) en esta columna. Claro que, como explica él mismo, podría haberse subtitulado “retrato de la sociedad Dorian Gray”, un retrato de los vínculos entre urbanismo, corrupción, especulación y demagogia, un análisis de uno de los complejos mecanismos fraudulentos que permiten al capital, de la mano de políticos que no merecen ese nombre, multiplicarse e incrementar –como hoy, exponencialmente- la desigualdad: cada vez más ricos los pocos ricos, cada vez más pobres los muchos pobres.

Fernando Flores ha conseguido una magnífica exposición de una historia vieja: el dinero como depredador y la democracia –la ciudad, como explica, de la mano de Rossi- como su víctima, gracias a la manipulación de todos los instrumentos  de control del poder, comenzando por la perversión de la igualdad ante la ley, incluida esa violencia legal que tantas veces hace del Derecho lo contrario de lo que debiera ser: un instrumento de dominación, discriminación y explotación. Quizá Rossi no había leído Ferguson (Ensayo sobre la historia de la sociedad civil, 1767), que anticipó la inevitable colisión entre capitalismo y democracia. Tampoco a Bauman, que nos dejó un implacable diagnóstico de la fase actual del capitalismo (“industria del desecho humano”). Pero lo dibujó con precisión de relojero. Y aquí en Valencia, lo hemos aprendido en carne propia.