Acerca de Javier de Lucas

catedrático de Filosofía del Derecho y Filosofía Política Instituto de derechos humanos Universitat de Valencia javierdelucas1@gmail.com

“Refugiados y medios de comunicación: parole, parole”

(ponencia en el encuentro Refugiados y Medios de Comunicación, 4 abril 2017, Fundación UCL-M) Puede verse la mesa , con Jesús Núñez, en https://m.youtube.com/watch?v=XuEnfJaK4y8#

 

Hay muchas cosas que nos separan a los juristas y a los profesionales de los medios de comunicación. Pero hay una que nos une: nuestro material de trabajo es la palabra, el lenguaje, los signos lingüísticos. Vale, ya sé que Vds han evolucionado mucho más que nosotros, que parecemos anclados en la Galaxia Guttemberg, aunque permítanme que es diga que eso es engañoso: ni todos, ni sólo la imprenta…Y hay otra diferencia, aunque ésta también se desdibuja: los juristas –sobre todo algunos- tienen una temible capacidad, la que describiera Humpty Dumpty a Alicia en Alicia detrás del espejo, imponer el sentido en el que utilizamos las palabras, decir que unas palabras son delito y no uso de la libertad de expresión por ejemplo…aunque esa capacidad de imposición que en nuestro caso viene dada por el supuesto monopolio de la coacción, no está tan alejada del halo de verdad que todavía para muchos ciudadanos acompaña a las palabras que pronuncia el locutor de su telediario, la conductora de su programa de radio o su periódico de cabecera (aún oímos “pero si lo ha dicho la radio, o la tele o…”)

Y por eso he titulado esta intervención con un tópico que es el título el de una maravillosa canción, Parole, parole, compuesta en 1972 por Gianni Ferrio, Leo Chiosso y Giancarlo del Re, es decir, que sólo la recordarán los más viejos del lugar, que se impuso sobre todo en una versión cantada por Mina y Alberto Lupo (aunque hay otra popular de Dalida y nada menos que Alain Delon), en el álbum cinquemillaquarantatre, en el que Mina cantaba también Fiume Azzurro (Sobreviviré, en la versión que hizo popular Mónica Naranjo) y es un precedente lejano y mucho más digno de los descacharrantes pimpinella…

Lo que quiero decir es que entre juristas y medios de comunicación hemos contribuido a construir un océano de palabras e imágenes en las que naufragan centenares de miles de personas y, de paso, en el que ha naufragado la Unión Europea. Sí, hay profesionales de ambos gremios que han tratado y tratan de rescatar las palabras, el relato, la realidad. Pero son los menos.

Quiero hacer algo tan sencillo como recordarles algunos ejemplos que nos muestran, sí, las perversiones del lenguaje que hemos acuñado y que son la leña con la que se ha atizado lo que, con permiso de Jesús Núñez y sin que signifique que me haya contagiado de la euforia belicista que embarga a la pérfida Albión, me atrevo a calificar como <clima de guerra contra inmigrantes y refugiados> por parte de no pocos Gobiernos de la UE, a los que ha acabado por ceder la propia UE.

Parece que fue Esquilo quien dejó escrito hace unos años aquello tan repetido de que la primera víctima de cualquier guerra es la verdad, algo que saben mejor que yo Jesús y algunos ilustres periodistas que intervienen en este coloquio.

Por ejemplo, la verdad de que se han impuesto tres radicales inversiones del concepto de refugiados:

La primera es que hablamos de lo que no llegan a ser, porque se lo impedimos: en el mejor de los casos no son refugiados sino que son asylum seekers, porque buena parte de nuestro empeño, buena parte del arsenal jurídico y comunicativo, está orientado a que no lleguen a serlo nunca, es decir, a privarles de la protección de derechos que es el núcleo de la cuestión: si existe un derecho, quién es su titular y quiénes son los titulares del deber correspondiente, esto es, de su reconocimiento y garantía. Luego les pongo algunos ejemplos de la destrucción, del vaciamiento del derecho de asilo.

La segunda es que quienes son víctimas a proteger se han convertido en amenazas frente a las que, contra las que hay que protegerse. Sí, la estigmatización de los refugiados como sospechosos, que acumulan otros estigmas previos (por ejemplo, etnoculturales, como la islamofobia), esto es, la suma de ignorancia y prejuicio que, desde Allport, sabemos que está en la base de la construcción del fobotipo, no es obra de Trump y de sus insidiosos intentos por ahora contenidos gracias a la resistencia de la sociedad civil norteamericana y la fortaleza de su sistema de división de poderes. La UE, los Gobiernos de la UE, con la ayuda de una determinada interpretación de las herramientas jurídicas del derecho de asilo (por ejemplo, la atrabiliaria Sentencia del pasado 4 de marzo de la Corte de Luxemburgo a favor de Bélgica en el asunto de visados humanitarios, por no hablar, evidentemente del malhadado Convenio entre la UE y Turquía, del uso de la noción de país seguro y de otros mecanismos del sistema de Dublín, etc) es decir, con lo que algunos juristas venimos denunciando desde hace años como xenofobia institucional, y con el inestimable concurso de los medios de comunicación, han conseguido lo intolerable: destruir la presunción de inocencia y el favor libertatis a favor de los demandantes de asilo.

La tercera, el vaciamiento del contenido jurídico del derecho de asilo desde la Declaración del 48 y, sobre todo, del marco convencional de Ginebra y N.York del que son Estados parte y por tanto sujetos obligados todos los Estados de la UE: señal de ese vaciamiento es la adopción de un mecanismo de deportación disfrazado de devolución a país seguro mediante el Convenio con Turquía, un país que, LEGALMENTE, no acepta como refugiados al 99% de los que reenviamos como tales. O el novedoso principio procedimental one in, one out, contenido en ese Convenio y que sería inaceptable para cualquier derecho fundamental, la vida o la libertad de expresión, por ejemplo. el escándalo de la transformación de los campos de acogida conforme a ese sistema convencional, en campos de concentración, como los actuales hotspot. Señal de ese vaciamiento es la mercantilización adoptada por el noble y democrático Parlamento de Dinamarca, o el clandestino pago en Ceuta y Melilla a los gendarmes marroquíes, o el negocio de los visados. Señal de ese vaciamiento es lo que está sucediendo en Ceuta y Melilla con una aplicación selectiva y discriminatoria de quienes son admitidos a la presentación de demanda de asilo, donde brillan por su ausencia los subsaharianos: de nuevo, nada que envidiar a Trump.

Pero quizá lo más grave es la “naturalización” de un discurso de defensa y seguridad (patente en el Consejo Europeo de Bratislava y en el de Malta), por encima del discurso de policía y orden público y por encima del discurso de derechos, del espacio de libertad, justicia y seguridad. Se comenzó por la típica y falaz contraposición de derechos, ya utilizada en la justificación de políticas migratorias, “o ellos o nosotros”, pero ya estamos abiertamente en un discurso de guerra, con el recurso a la presencia de la OTAN en las operaciones en el Egeo y en el canal central del Mediterráneo y con la pretendida justificación del recurso a Libia en la operación de externalización de las expulsiones de los desechados (Bauman, industria del desecho humano) en los hotspots, acelerada con la vuelta de tuerca del Plan de Retorno anunciado el 4 de marzo, que incrementa los riesgos de la denostada directiva de retorno del 2008, que contribuyó a reforzar el papel de los CIE, con el aliciente de incentivar hoy lo que ya intentó la presidencia española de la UE, con el Gobierno Aznar, el 22 de julio de 2002, en el Consejo Europeo de Sevilla, externalizar esos campos y así, desentendernos, lavarnos las manos, respecto a la suerte de los derechos humanos de esos desechos

Identidad, ciudadanía y derechos: del estereotipo al fobotipo

(Ponencia en el coloquio internacional “Stereotypes et processus d’estereotypisation dans la formation et la consolidation des identités nationales aux XIX-XXI siècles”, Univ Paris Sorbonne III, 16 marzo 2017)

 

Sobre la dialéctica asimétrica del estereotipo

No pocas de las intervenciones en nuestro coloquio se centrarán en el examen del papel de los tópicos y estereotipos en el proceso de construcción de la identidad nacional española y de las identidades de diferentes naciones en España. Y subrayan que hay una relación dialéctica, de asimetría (porque hay una relación de poder), que se expresa a través de las diversas manifestaciones de la mirada del otro y sobre el otro. Eso sucede en muchos campos: de la música a la danza, de la literatura al cine, como veremos en diferentes ponencias. Se ejemplifica en particular en la mirada del viajero y sobre el viajero, fuente inagotable de estereotipos sobre España y sobre los extranjeros que nos visitan (Barrows, Mallarmé, Blanco White, etc), conforme a lo que a mi juicio simboliza por antonomasia el libro de Jonathan Swift Los viajes de Gulliver.

Sin duda, no podemos ignorar el carácter dialéctico del proceso de esterotipación que, en definitiva, es uno más de los escenarios de la construcción del otro desde nuestra mirada: así sucede no sólo con los estereotipos nacionales (que siempre lo son por referencia a los no nacionales) sino también -y muy significativamente hoy en particular- con respecto a la construcción de la identidad de los otros extremos, esos respecto a los que Todorov y, a mi juicio, Agamben y Bauman han llegado a llamar <parias>, <desechos humanos>, esto es, los refugiados e inmigrantes.

Así ha sucedido y sucede a mi juicio con la construcción de la categoría de ciudadanía y sobre todo, con la evolución del proceso de su atribución, o, mejor, su negación, esto es, la progresiva y radical dificultad para acceder a ella. El rechazo, en suma, de eso que, recordemos, los juristas siguen llamando “naturalización”, un sustantivo extraordinariamente significativo. Ese es un ejemplo de estereotipo que incluye, como casi siempre, su fobotipo: lo nuestro, lo nacional, es natural. El otro, es una anomalía. Y, como siempre, es así porque nosotros, desde la asimetría de la posición de poder, así lo imponemos.

En ese proceso de construcción de esos otros como alguien radicalmente ajeno a la ciudadanía, suele destacarse el papel de los media (incluidas hoy las redes) y de la educación, pero yo quisiera poner el énfasis sobre los instrumentos jurídicos de ese proceso, sobre la contribución que se hace desde las diferentes instancias jurídicas al proceso de estereotipación que hay detrás de la ciudadanía. Pues bien, creo que es a través de los mensajes jurídicos de diferente naturaleza como se ha construido el discurso que equipara diferencia cultural y desigualdad y, por consiguiente, niega el acceso a derechos fundamentales y sobre todo a derechos políticos y a la ciudadanía a esos otros, extremando así las viejas tesis de Hungtinton y Sartori, sobre colectivos inasimilables, incompatibles con la democracia, incluso cognitivamente, como desarrollara durante el nazismo la doctrina alemana del Derecho penal del enemigo que hoy ha sido recuperada.

Pero antes de volver a recordar el papel particular que juega el estereotipo en el discurso jurídico, quizá convenga alguna reflexión sobre el concepto mismo de estereotipo y su lugar en el discurso jurídico.

¿Cómo entender el estereotipo y el recurso a la acción de estereotipar en los discursos relativos a la formación de la identidad nacional?

Los organizadores de este coloquio internacional nos han recordado que “Les chercheurs ayant travaillé sur les stéréotypes s’accordent à dire qu’il s’agit d’une notion difficile à appréhender, aux contours flous et avec des fonctions diverses. Cliché, poncif, idée reçue, lieu commun, opinion, image, représentation, croyance, doxa, autant de termes qui lui sont associés, voire utilisés indistinctement pour y faire référence”. Permítanme recordarles lo elemental, esto es, cómo definen las Academias el estereotipo, y el proceso de estereotipar. En el caso español, estereotipar es “Fijar mediante su repetición frecuente un gesto, una frase, una fórmula artística, etc”. Por su parte, estereotipo, es definido como “Imagen o idea aceptada comúnmente por un grupo o sociedad con carácter inmutable”, y estereotipia, en su  4ª acepción, es “Repetición de un gesto, acción o palabra, característica de algunos trastornos mentales”.

Si acudimos al francés, por ejemplo, al petit Robert, <stereotyper> como verbo consiste en “Répéter ses gestes, ses expressions sous une forme invariable, de façon quasi automatique”, y las dos definiciones de <stereotype> que encontramos son: a) “Expression ou opinion toute faite, sans aucune originalité, cliché”; b) “Caractérisation symbolique et schématique d’un groupe qui s’appuie sur des attentes et des jugements de routine”. Y si queremos definir <stereotypie>, podemos elegir entre a) “Branche de la clicherie qui permet la multiplication de formes de textes et de clichés typographiques par moulage à partir d’une matrice”, y b) “Répétition d’une attitude, d’un geste, d’un acte ou d’une parole, sans but inteligible”.

De ahí, a mi juicio,  el acierto de la referencia que las organizadoras han hecho al conocido pasaje de Barthes en su Roland Barthes par Roland Barthes, « La vérité est dans la consistance, dit Poe (Eurêka). Donc, celui qui ne supporte pas la consistance se ferme à une éthique de la vérité ; il lâche le mot, la proposition, l’idée, dès qu’ils prennent et passent à l’état de solide, de stéréotype (stéréos veut dire solide) ». De donde la interrogante que nos plantean las profesoras Galeote y Ostolaza en su presentación del coloquio: “Le stéréotype est-il alors une solidification de la pensée, dans le sens d’immobilisation?”

La respuesta, a mi juicio, es afirmativa. La dimensión de fijación, mecanicidad, la insistencia en la solidez obtenida por la repetición, que tanto acercan el estereotipo al tópico (una clave para entender cómo maneja el Derecho el estereotipo) parece, sin duda, una clave[1]. Y parecería que su función social, la razón del recurso a los estereotipos es la que, de nuevo, nos ofrece Barthes: “N’est-il finalement qu’un élément de confort identitaire pour les membres du groupe ou de la communauté qui l’utilisent”. Sólo una sombra cabe oponer a esta caracterización: ¿en sociedades plurales, interrelacionadas e interdependientes y de ritmo sumamente acelerado, todavía juega su función el estereotipo? No es propio más bien de sociedades premodernas?

 

 

Sobre el recurso a los estereotipos en el ámbito del Derecho

Pues bien, déjenme que sugiera que si hay un instrumento social, una herramienta con vocación de solidez, de duración, incluso de inmovilidad, ese es o, al menos, ese pretende ser el Derecho. Esa vocación se encuentra tanto en su formulación naturalista (la que subyace al brocardo ibi societas ibi ius), como en la propia de las diferentes manifestaciones dl iusnaturalismo: desde luego, la del iusnaturalismo racionalista que postula la necesidad del Derecho como postulado inseparable del necesario pacto social, incluso, como se atreve a decir Grotius, etsi Deus non daretur.

Es verdad que el positivismo hace pensable que eso que llamamos Derecho, pueda no ser una realidad indefectible ya que, si talis societas tale ius, en una sociedad distinta, una sociedad en la que los recursos no sean escasos (la hipótesis de Hume antes que Sain Simon proponga la parábola del industrial), o una sociedad en la que no existiera la desigualdad instituida por la propiedad (Rousseau, de nuevo antes que Marx y Engels) el Derecho no tendría razón de ser. Pero el positivismo asentará la tesis de que el Derecho es útil, como ritmo de la vida social.

Pues bien, lo que aún más me interesa recordar es esa obviedad de que lo que nosotros consideramos <Derechos modernos> y que, no olvidemos, son Ordenamientos jurídicos nacionales, arrancan de un proceso jurídicopolítico marcado por la ideología que hace posible la aparición de los Estados modernos como Estados nacionales. Un proceso que, como se ha explicado hasta la saciedad, en el XVIII y comienzos del XIX pasa por el modelo de positivismo legalista propio del molde revolucionario francés, conforme al que se acuñarán la mayor parte de los sistemas jurídicos continentales. Es así como el nacionalismo de matriz romántico cede a una óptica constructivista del nacionalismo. Así, por decirlo en palabras del politólogo español Ramón Maíz, “el nacionalismo no resulta ya considerado como la manifestación o exteriorización de una nación objetivamente dada, sino que, al contrario, es la nación misma como sujeto político, como soberana[2], la que constituye el producto, siempre dinámico e inacabado, de un proceso complejo de construcción política y social que tiene lugar, bajo el impulso del nacionalismo en competencia con otras fuerzas e ideologías, en determinados contextos culturales, económicos y políticos” (Máiz, 2008, p. 146).

Y ahora llego al propósito ya anunciado de mi intervención. Tratar de ejemplificar cómo el estereotipo, en cierto modo, es un producto obligado del Derecho, incluso su arquetipo. Es así precisamente por la principal función social atribuida al Derecho, que no es otra que la de proporcionar  seguridad, crear referencias sólidas, que duren, aunque eso suponga pagar el precio de que los molinos del Derecho no giren a la misma velocidad que los de la vida social y el Derecho se convierta así –o, mejor, pueda ser percibido por las vanguardias- no sólo en un instrumento inevitablemente conservador, sino reaccionario.

Ello es así, porque como advirtiera Durkheim, el Derecho es un instrumento para fijar el ritmo de la vida social. Bajo coacción, los mensajes/mandatos normativos consiguen una regularidad de conductas que permiten construir el estereotipo. Conforme al conocido diagrama de Ross, la validez del Derecho es una categoría metafísica, pues lo que cuenta, en realidad, son dos factores: la sanción y el hábito de obediencia, que producen a su vez la generalización de la conducta obligatoria que se considera válida en la medida en que la generalización del hábito, su automatismo,  hace tácita o, mejor, esconde la verdadera razón de obedecer. El momento de generalización, irrenunciable en el Derecho por su dimensión normativa, se encuentra hoy, sin embargo, sometido a crisis precisamente por el avance de las manifestaciones de la pluralidad social que hace mucho más difícil la generalización de la conducta de obediencia a la norma.

No podemos olvidar, por ejemplo, que -en relación con las políticas migratorias y de asilo- una parte de los instrumentos jurídicos, los propios del Derecho de migración y extranjería[3] -pero evidencian la contribución desde el Derecho, contribución que considero capital,  para fijar como sólidas (como estereotipos), gracias al aparato sancionador que les acompaña, categorías que son completamente discutibles.

 

 

Los estereotipos en la construcción jurídica del titular de derechos y de ciudadanía

Les propongo que consideren un estereotipo como el de <inmigrante ilegal>, pero incluso la condición de los diferentes status de extranjería, o la noción misma de inmigrante o la de refugiado. Y creo que es aquí cuando se advierte la fuerza dialéctica del fobotipo como complemento del estereotipo…

En efecto, tomemos como objeto de investigación de la construcción de estereotipos el que nos ofrecen los derechos de extranjería, migración y asilo en los últimos 40 años en los Estados de la UE, e incluso por la propia UE, en los que hoy se ha subdividido a la antigua categoría común, cuya definición no es más que esta, negativa: la condición del que no es ciudadano, porque no es nacional…pero han quedado así acuñadas para la opinión pública: inmigrantes “ilegales”, por “irregulares”, y no digamos nada de la transformación de la noción de refugiados que hoy ya no responde al concepto canónico del artículo 13 de la Declaración de derechos humanos ni a su desarrollo en el artículo 1 de  la Convención de Ginebra del 51. Son conceptos zombie, en el sentido en que sostiene Beck.

Es por esa razón por la que no encuentro otro más claro que el examen de las legislaciones de extranjería/inmigración, que han modificado sus viejas normas sobre nacionalización (habitualmente presentes en la Constitución o en el Código Civil) para desarrollar mecanismos reglamentarios en los que se concreta las condiciones y procedimiento del acceso (de la obstaculización del) acceso a la ciudadanía

Qué es lo que puede tener tanta fuerza como para vencer el prejuicio de nuestra mirada sobre el otro, extranjero qua no nacional, para admitirlo como ciudadano? Pareciera, si tuviéramos que atenernos a la propuesta que hoy se lleva a cabo en España, que los tests <cognitivos> de la legalidad y del sistema de vida sustituyen al elemento emocional, tan querido en la política impulsada por Sarkozy, primero como ministro del Interior y luego como Presidente de la República (la exigencia de “amar a Francia”). Pero en realidad no es así: no bata con conocer los estereotipos nacionales que nos ofrece la legislación. Primero, porque esos test de conocimiento no miden capacidad de integración: salvo que se sea un platónico irredento, no podemos sostener que conocer el bien asegure actuar virtuosamente. Si así fuera, deberían exigirse a los propios ciudadanos. Segundo y más importante, porque nos acercamos en este momento en la Unión Europea a lo que se ha dado en llamar <democracias emocionales>. El pendant social que vivimos los europeos se orienta a sostener que la transmisión de identidades ficticias, épicas en su confrontación con el otro (los estereotipos y sus correspondientes fobotipos) cuya posesión hace posible que ese otro forme parte del nosotros, solo es posible a través de un proceso de catarsis, de auténtica conversión, de depuración o purificación, como se pidió por ejemplo en algunos de los Estados del antiguo bloque soviético, en diferente grado (no es lo mismo el caso de la ex República Democrática Alemana que el de Hungría  ni, sobre todo, el de Polonia). Y no, definitivamente ese es un camino poco conciliable con el respeto a los derechos humanos y al pluralismo sin los que la democracia y el Estado de derecho quedan vacíos.

 

 


[1] Y es así como entiendo los objetivos del proyecto que está realizando el CRIMIC, el marco en el que se nos invita a debatir: “Il s’agit d’analyser les processus de construction et d’élaboration des stéréotypes, mais également les processus de réappropriation de ceux-ci (réception, incorporation et/ou instrumentalisation). Cette approche va nous permettre d’analyser l’articulation entre les identités nationales au sein de l’Europe, entre ces dernières et les identités régionales mais aussi, d’une manière plus recentrée, entre des groupes à une échelle plus réduite. De même, nous interrogerons la notion de fracture au sein de ces identités nationales. Le caractère global que nous souhaitons donner à nos recherches a pour objectif de mieux appréhender la question des stéréotypes dans son ensemble et depuis ses diverses manifestations puisqu’il s’agira, in fine, de participer à la théorisation de ce concept multiforme, ainsi qu’à l’étude de ses implications sur la construction des identités nationales.

[2] Soberana en la clásica noción de soberanía de Bodin (poder originario, absoluto, ilimitado, irrestricto), hoy, por cierto, completamente insostenible, lo que constituye una paradoja del proyecto político de buena parte de lo que se da en denominar <nacionalismos emergentes> o <periféricos>…

[3] En realidad, estos contagian a otros sectores básicos del Derecho, el civil, el administrativo y el penal y a su vez presuponen, por cierto, una concepción etnocultural, nacional, que subyace al Derecho constitucional, sobre todo en su primera fase (no tanto en lo que llamamos Estados constitucionales o constitucionalismo como ideología jurídica del postpositivismo), por más que los liberales lo nieguen desde su concepción de universalismo abstracto, que ha sido denunciado desde concepciones postpositivistas.

SEXAGENARIOS DECADENTES (CARTELERA TURIA 2739)

 

Entre las muchas conmemoraciones de esta semana, he elegido ésta que se cumple hoy viernes, la del 60 aniversario de los Tratados de Roma. Sí, los europeos estamos en lo que antes se llamaba “tercera edad” y, antes aún, “vejez”, esa palabra que a tantos molesta. Ya se sabe que ahora, en cambio, los sesenta son otra cosa y no es infrecuente que los sexagenarios afronten esa barrera con la ilusión de un nuevo y, en muchos sentidos, apasionante proyecto vital.

Sucede sin embargo que, hablando de la Unión Europea, más que de Europa, este cumpleaños no nos deja en buen lugar. No sé si es necesario llegar a la provocación de Emmanuel Todd, que describe al europeo medio como un anciano prostático, acomodado en su sillón frente a la TV (mucho más <pasivo>, pues, que lo que sugeriría la utilización de otras <pantallas>), consumidor de programas que alternan recetas de <susto o muerte> y, por tanto, atrincherado en su decadencia, que cada vez parece más incierta. En cualquier caso, lo que indiscutiblemente cualquier europeo atento a los medios puede detectar es el avance aparentemente irrefrenable de los mensajes más conservadores, si no reaccionarios, en este continente que cada vez parece, más que viejo, atascado en el discurso de que cualquier tiempo pasado fue mejor.

Sí. Frente a la capacidad de reinventarse que la vieja Europa mostró al lanzar el proyecto europeo en los Tratados de Roma, apenas terminada la segunda guerra mundial que la había asolado, hoy no encontramos Gobiernos ni estadistas con las dotes de imaginación creativa que nos hagan creer en un relanzamiento de lo que, visto desde hoy, fue sin duda un hito histórico. No hablo sólo del Brexit, del crecimiento de movimientos xenófobos y racistas, de los ataques a principios básicos del Estado de Derecho y de la democracia por parte de algunos de los socios incorporados en la última ampliación (Polonia, Hungría, Eslovaquia…). Es que esos síntomas acechan también en los Estados fundadores, por no hablar del nuestro, claro. Y el test más claro es la deriva autoritaria y de xenofobia institucional que caracteriza cada vez más las iniciativas y actuaciones del Consejo, de la Comisión Europea y de los Estados miembros, a propósito de las políticas migratorias y de asilo. Que nuestras autoridades propongan que Libia, Libia!!, sea la pieza clave de la externalización de las expulsiones de inmigrantes irregulares y demandantes de asilo es sólo un botón de esa vergüenza.

Eppur si muove… La sociedad civil reacciona. Lean este manifiesto lanzado por el movimiento europeo (http://www.movimentoeuropeo.eu/images/CAMBIEMOS_EL_RUMBO_DE_EUROPA_DEF.ES.pdf ) y súmense, si quieren a un futuro que sea algo más que vegetar penosamente.

ERRE QUE ERRE. LA UE CAPITULA DE NUEVO ANTE EL NACIONALISMO XENOFOBO

(alrevesyalderecho, Infolibre, 6 marzo 2017)

Erre que erre, la UE capitula ante el nacionalismo xenófobo

Posted on 6 marzo, 2017

Javier de Lucas

¿Cómo interpretar jurídica y políticamente la “nueva” toma de posición de la Comisión Europea acerca de los inmigrantes irregulares, explicada en el conjunto de recomendaciones hechas públicas el 3 de marzo de 2017?

A mi juicio, es una muestra del empecinamiento en el error, en la miopía con la que los gobiernos europeos y la propia UE siguen abordando las manifestaciones de la movilidad humana que son las migraciones y, en particular, las migraciones forzadas, y que lastra los instrumentos jurídicos de nuestra política migratoria. Insisto en hablar de gobernantes europeos, pues lo que la Comisión Europea recomienda se basa, como veremos, en acuerdos del Consejo Europeo y ahí quien decide son nuestros Gobiernos. No nos equivoquemos: a la hora de las responsabilidades, la mayor proporción cae de la parte de los gobiernos de los Estados miembros y no de eso que llamamos tan vagamente Europa (ignorando, por ejemplo, la defensa de los valores europeos que hacen una parte importante de las fuerzas parlamentarias en el Europarlamento). Pero esta vez, al error se suma una peligrosa claudicación de graves consecuencias políticas.

Comencemos por resumir cómo se gesta esta vuelta de tuerca: el Consejo Europeo de 2 de febrero de 2017 (hablamos, pues, de los Gobiernos europeos), celebrado en Malta, adoptó una Declaración en la que, con los consabidos eufemismos, se constataba que la denominada “política migratoria de retorno” es un fracaso: dicho en plata, que en la UE no conseguimos expulsar a todos los inmigrantes de los que nos deberíamos librar. Así que decide poner en marcha un enésimo Plan europeo de retorno. Enésimo, porque se trata de un objetivo reiterado y, de hecho, remite a planes anteriores y en particular al establecido en la Comunicación de la Comisión Europea de 9 de septiembre del año 2015 –COM (2015) 453 final-, con el título Plan de Acción en materia de retorno.

Insistiré en el término retorno, para que, como se ha puesto de moda decir, no nos engañen con las palabras. Lo que la UE y los gobiernos de los Estados miembros entienden por retorno hay que entenderlo como cualquier modo de deshacernos de los excedentes migratorios, es decir, las personas, los inmigrantes, que sobran, que no deberían estar aquí. E incluye, sí, el regreso voluntario o repatriación, pero también y sobre todo, las expulsiones fuera de territorio europeo, como y donde sea, con la ayuda necesaria de los Estados de tránsito (de ida y de vuelta) a los que se habrá de recurrir mediante palo y zanahoria, claro, es decir, incrementando la política de acuerdos bilaterales y multilaterales con esos países de tránsito (obviamente, también con los de origen) para que se conviertan en policías de tráfico de los flujos migratorios, retorciendo la política de cooperación y ayuda al desarrollo.

Por cierto, debe ser que, para Bruselas, el hecho de que en esos países se violen regularmente los derechos humanos en las cárceles (Marruecos, Mauritania, Egipto), o ni siquiera estén vigentes los derechos humanos porque no se han suscrito aún los Pactos de la ONU del 66 (como en Libia) es peccata minuta. Ya se lo parece en materia de política de asilo, cuando tratan de utilizar Libia (Libia, un archiejemplo de Estado fallido, inexistente) en pieza clave del sistema de devolución de los rechazados en su demanda de refugio. A la Comisión parece bastarle con añadir una cláusula de estilo, que explica que la UE y sus Gobiernos hacen todo esto “con el máximo respeto a los derechos humanos”. Lo que hagan esos países terceros no es responsabilidad de la UE. Nada nuevo, of course. A eso siempre se le ha llamado externalización, y es una modalidad sofisticada del complejo de Caín: ¿acaso soy yo el responsable de lo que hagan esta gente, que ni siquiera son mis primos (no digamos, mi hermano), sino unos salvajes de por ahí abajo?

Y si es necesario, se vuelve a la idea lanzada por Aznar en el Consejo Europeo celebrado en Sevilla en junio de 2002: externalizar esos campos de internamiento/retención y también lo que hoy llamamos hotspots, los campos donde hacemos el lento triage, donde decidimos quién entra, porque es refugiado fetén, sujeto de protección internacional subsidiaria, o inmigrante legal (no se apuren: de estos, ninguno, claro: todos los inmigrantes que están en los hotspots son, por definición, “ilegales”, que es como se empeñan en seguir llamándolos). En Sevilla en 2002, este proyecto no salió a flote por la oposición de otros Gobiernos (Suecia y Francia). Pero ahora, la idea está acariciando las meninges de nuestros expertos en Bruselas y, sobre todo, en buena parte de lo que llamamos cancillerías europeas: así, todo este trabajo sucio, primera fase de ese proceso que Bauman llamara “industria del desecho humano”, en la que estamos embarcados, se haría limpiamente, fuera de nuestras fronteras: no existiría ante nuestros ojos.

Estas ideas son, insisto, un error. Aún más, son una canallada de enormes consecuencias. Y encima, están destinadas al fracaso.

El error es consecuencia de la recurrente y miope obsesión que entiende las migraciones como un herramienta al servicio de las coyunturas de los mercados nacionales (ante incluso que los de la propia UE). En esta concepción, que es la dominante en los mercados, en las cancillerías y en buena parte de los medios de comunicación (por tanto, reconozcámoslo, en la opinión pública), los migrantes son mano de obra barata, vulnerables, caducables y fácilmente reemplazables –herramientas low cost– para equilibrar el propio mercado de trabajo, cuya presencia se justifica si y sólo mientras aseguren la maximalización del beneficio y se garantice que en caso contrario, es decir, cuando dejen de servir a ese objetivo, podremos desprendernos de ellos: retornarlos. Por eso no puede haber política migratoria común, salvo la policial (eufemísticamente denominada “lucha contra la inmigración ilegal”, contra sus mafias, etc), para asegurar que en cada momento, no entren más que la suma de los estrictamente necesarios a esos efectos y que salgan de inmediato todos los excedentes. Eso explica que la mayor parte de la política migratoria debe quedar en manos de cada país.

La canallada es fácil de explicar. Resulta que lo que se les ocurre hoy a los amigos de Bruselas, casi 10 años después, es exhortar a los gobiernos a que desarrollen los aspectos más discutibles de la lamentable Directiva de retorno de 2008, a la que ahora se califica como un excelente instrumento de política migratoria, sólo que no funciona todo lo bien que debiera, porque los Gobiernos europeos no han sido lo suficientemente aplicados en la tarea. Es lo que han denunciado un conjunto de ONG europeas en un comunicado extremadamente crítico con esta recomendación.

De hacer caso a las recomendaciones de la Comisión, lo que hay que pedir a los Gobiernos europeos es que se empleen a fondo en lo peor, esto es, que se reduzcan aún más las garantías de derechos contempladas en la Directiva y que se desarrollen al máximo las medidas de restricción del reconocimiento y garantía de derechos, aún los elementales, como los que forman parte del núcleo del derecho a una proceso justo.

Así, por ejemplo, que los internamientos en los denostados CIE (o CRA, el nombre varía según el país), puedan durar más tiempo (en la Directiva se establece que puede llegar a ¡18 meses!), no como decidieron los Gobiernos que optaron por versiones reducidas del plazo y a los que la Comisión pone como mal ejemplo. Esto va para España, por ejemplo, pues el Gobierno ZP, que asumió la vergonzosa directiva, dejó en 60 días el plazo de internamiento (imaginemos cómo puede entender esa recomendación el Gobierno Rajoy). Hablemos otra vez claro, donde dicen internamiento o retención, hay que decir detención, es decir privación de libertad, es decir una pena que, las más de las veces, se impone sin una sentencia que dictamine que se ha cometido un delito.

El retorno a la Directiva, pues, atribuye todavía más centralidad a los CIE que la que les concedía en 2008 esa norma, una institución cuya existencia es objeto de una crítica por parte de juristas, expertos, ONGs, que ya no cabe ignorar. Los CIE no sirven para su supuesto fin, asegurar el máximo y rápido proceso de expulsiones (recordemos, “retorno”) de los excedentes. Pero es que, además, su estatuto jurídico (su “naturaleza jurídica”, que siguen diciendo algunos), su lógica de funcionamiento, se ha mostrado incompatible con exigencias básicas de reconocimiento y garantía de derechos, salvo que se produzcan reformas que, en realidad, suponen su abolición y sustitución por alternativas que, por otra parte, son bien conocidas. No voy a insistir en ello aquí.

Asimismo, las recomendaciones europeas de marras promueven el endurecimiento de las condiciones de entrada y la reducción del período de tramitación de los procesos de expulsión, insistiendo en el acortamiento del plazo de recursos. Todo ello, en el caso de los menores no acompañados, es aún más grave. Recordemos que son niños antes que inmigrantes o incluso demandantes de asilo y deben estar protegidos por la Convención de los derechos del niño y, en nuestro país, por la Ley Orgánica de Protección Jurídica del Menor, antes que sometidos al conjunto de iniciativas jurídicas represivas que abundan en nuestra política migratoria, comenzando por la tal Directiva de 2008. Retornarlos a países que no son aquellos en que reside sus familias ni tampoco siquiera a sus países de origen, con la vaga justificación de que basta que existan “estructuras de acogida suficientes”, a juicio del funcionario que dictamina sobre el retorno (ni siquiera un juez), que es lo que establece la Directiva, es una de las mayores ignominias jurídicas que ha hecho posible en su historia la UE.

Digámoslo claro: lo que hay detrás de estas recomendaciones tiene un significado político, a mi juicio, nefasto. Supone la claudicación de las instituciones europeas ante la ola de reacción xenófoba, racista, contraria a la lógica de la prioridad de las libertades, dispuesta a sacrificar principios básicos del Estado de Derecho y aun del lema que Europa dice suyo, unidos en la diversidad. El mensaje renuncia a lo mejor de la identidad europea con la penosísima coartada de enviar un “mensaje de firmeza” que actúe contra la amenaza de que esa ola se convierta en un mainstream en nuestras sociedades. Pero esta reacción, además de carente de fundamento por ignorancia de la realidad de las características de las actuales migraciones, además de ilegítima por inconsecuente con nuestros principios y valores, será ineficaz. Va a fomentar el efecto contrario. No se erigirá como una barrera contra la amenaza xenófoba y racista, sino que la animará. Este mensaje incentivará aún más a los retrógrados defensores de esas sociedades cerradas, en Holanda, en Francia, en el Reino Unido, en Austria, en Alemania, en Polonia y en Hungría y también, sí, en España. Animará a los defensores de un modelo de sociedad ajeno al imperio de los derechos y confundirá a la población, que preferirá el original en lugar del sucedáneo.

Los gobernantes europeos, erre que erre, parecen empeñados, una vez más en nuestra historia, en abrir la caja de Pandora. Pero nos queda la ciudadanía activa y solidaria. La resistencia. La denuncia, también en los medios de comunicación y en las redes. Las propuestas alternativas. Y por eso también, la libertad de expresión y prensa sigue siendo el baluarte de la democracia y de los derechos.

Ilustraciones: 1. San Wolfgang y el diablo, Michael Pacher, siglo XV. 2. La pesadilla, Fuseli_Cauchemar, 1782.

LA CIUDAD, PRESA DEL CAPITLISMO DEPREDADOR. A PROPOSITO DE UN LIBRO DE FERNANDO FLORES

(Columna en el nº 2770 de Cartelera Turia, 03.03.2017)

 

Dos cosas me impresionaron cuando ví por primera vez Le mani sulla cittá. Ante todo, la presencia arrasadora de Rod Steiger. Fue la misma que me provocó Burt Lancaster en el film de Visconti de 1974 que aquí titularon Confidencias (Gruppo di familia in un interno). Además, la maquinaria seudolegal del negocio de la especulación del suelo, que me parecía un rasgo de modernidad comparado con el tipo de criminalidad característica de nuestro país en aquellos años 60, y que reflejaba El Caso.

El tiempo no deja de hacer justicia al diagnóstico que nos ofrecía en 1963 ese maestro del neorrealismo, el napolitano Franco Rossi. Y creo que es lo que ha sabido captar de forma impecable el amigo Fernando Flores, en el espléndido libro que acaba de publicar sobre el film de Rossi en la colección Cine y Derecho y que tiene como subtítulo el que he tomado prestado (sin su permiso, para eso estamos los amigos) en esta columna. Claro que, como explica él mismo, podría haberse subtitulado “retrato de la sociedad Dorian Gray”, un retrato de los vínculos entre urbanismo, corrupción, especulación y demagogia, un análisis de uno de los complejos mecanismos fraudulentos que permiten al capital, de la mano de políticos que no merecen ese nombre, multiplicarse e incrementar –como hoy, exponencialmente- la desigualdad: cada vez más ricos los pocos ricos, cada vez más pobres los muchos pobres.

Fernando Flores ha conseguido una magnífica exposición de una historia vieja: el dinero como depredador y la democracia –la ciudad, como explica, de la mano de Rossi- como su víctima, gracias a la manipulación de todos los instrumentos  de control del poder, comenzando por la perversión de la igualdad ante la ley, incluida esa violencia legal que tantas veces hace del Derecho lo contrario de lo que debiera ser: un instrumento de dominación, discriminación y explotación. Quizá Rossi no había leído Ferguson (Ensayo sobre la historia de la sociedad civil, 1767), que anticipó la inevitable colisión entre capitalismo y democracia. Tampoco a Bauman, que nos dejó un implacable diagnóstico de la fase actual del capitalismo (“industria del desecho humano”). Pero lo dibujó con precisión de relojero. Y aquí en Valencia, lo hemos aprendido en carne propia.

LA POLITICA DEL MIEDO, LA IGNORANCIA Y EL DESPRECIO (Reporters, febrero 2017)

http://losreporteros.info/la-politica-del-miedo/

 

Hay quien sostiene que, tras su inesperado e increíble triunfo, Trump hará olvidar con pragmatismo las continuas sobreactuaciones, insultos, despropósitos y exhibiciones de ignorancia durante la campaña. Estas serían atrezzo destinado a subrayar su carácter de alguien corriente, ajeno al estilo de los políticos de Washington, al stablishment contra el que quería aparecer como paladín. Pero los que hemos seguido durante estos meses sus declaraciones y sus intervenciones en los debates no podemos olvidar sus repugnantes tomas de posición sobre el medio ambiente, las armas, los inmigrantes y refugiados, sus despropósitos sobre la lucha contra el terrorismo, sus inaceptables declaraciones sobre las mujeres…Qué ha pasado? Se trata, como nos explican, del triunfo del antisistema frente a la poco empática Clinton, identificada con la vieja política? Es el triunfo del tópico del país de las oportunidades?

A mí me convence más el argumento de que, entre los muchos y complejos factores que han llevado a la presidencia de los Estados Unidos a alguien que tantos pensábamos inverosímil, hay uno en el que no se insiste lo suficiente y que no es privativo de ese país, ni siquiera de la crisis occidental de la democracia. Estamos creando a toda velocidad una máquina colectiva de humillación que, unida al cultivo del mensaje del miedo al otro, hace aparecer no sólo sociedades desiguales, sino excluyentes, xenófobas, cerradas a la diversidad.

En rigor, no es nada nuevo. Dostoievski describió muy bien el argumento en Humillados y ofendidos y Gorki en su relato Los exhombres.  Victor Hugo nos dejó Los Miserables. Nuestro Buñuel ilustró en varias de sus películas (Viridiana, Los olvidados) el mecanismo de reacción destructiva que así se crea y más recientemente, encontramos esa mirada en una película menor, pero fielmente agarrada a la misma idea, La Haine, de M.Kassowitz. Desde diferentes perspectivas, filósofos como Nietzsche y Scheller nos hicieron ver la capacidad del resentimiento, del odio, como motor moral y social característico de la moral burguesa; el mismo motor que la escolástica denominaba “odio retenido”. Pero es Honneth, tras las huellas de Charles Taylor y su revisión de la teoría del reconocimiento, quien nos ha presentado un muy convincente análisis de lo que denomina “La sociedad del menosprecio”. Es esa que construye una relación con los otros, cuya base no es sólo la desigualdad o la exclusión -temas clásicos y contrastados por la experiencia histórica-, porque hoy se añade algo más: una capacidad de negar reconocimiento al otro, que se muestra particularmente eficaz a la hora de expulsar a quienes a duras penas habían conseguido ser incluidos o estaban a las puertas de serlo, aunque fuera como mal menor, como manera de desactivar la peligrosidad de las clases peligrosas, de los que viven en los márgenes. En coincidencia con Sassen, Honneth muestra el proceso individual, social (económico y cultural) y político que lleva, desde la indiferencia ante la suerte de esos otros, acorde con el legado de Caín, al desprecio y aún al odio, por la vía de la ignorancia y del miedo.

Ahora bien, la semilla de la humillación no sale gratis. Las sociedades en las que ese proceso prolifera, se ven abocadas al engaño y al miedo y así, en tantos casos, asistimos a la involución de Estados que fueron del bienestar porque tuvieron una cierta capacidad inclusiva (aunque basada en no poca medida en esas malas razones de domesticar a las clases peligrosas), pero que hoy retroceden en nombre del agresor externo –no digamos si lo tenemos dentro: inmigrantes, refugiados-  hacia Estados policial penales. El margen de la disidencia aceptada  -seamos exactos, “tolerada”, en el genuino, paternalista e inaceptable sentido de la tolerancia como sucedáneo de los derechos en serio- se estrecha, casi al mismo tiempo en que, como destaca Honneth, se verifica el test de los derechos sociales: éstos vuelven a su lugar liberal, se tornan en mercancías, expectativas, aspiraciones que, sí, pueden recibir alguna satisfacción, y no para todos, en época de “vacas gordas”. Pero no, en ningún caso, derechos en sentido fuerte, que obliguen a los poderes públicos. Cuando llegan las “vacas flacas” y siempre llegan para los más vulnerables, a lo más que se aspira es a la limosna, a la beneficiencia.

Todo eso es el alma descarnada de lo que llaman “capitalismo compasivo” (otros hablan desvergonzadamente de la <ética de los negocios>, sobre todo para hacer negocios con la ética, algo siempre bien pagado) que tiene el premio del prestigio de la coartada <ética> y que de una u otra forma comporta que el perdedor, el que no triunfa, es culpable. Lo que desnuda la trampa argumentativa del supuesto capitalismo compasivo y lo revela como pura fachada es su propia lógica de beneficio insaciable, como ilustra Ken Loach en su I’m Daniel Blake: una amenaza que nos acecha a todos, porque ser trabajador, en esta sociedad del riesgo que produce la mayor <industria  de desechos humanos> (Bauman), no es ya salvoconducto frente a la pobreza o incluso la miseria. Aún peor cuando el punto de partida no es el de sociedades democráticas, sino el de dictaduras que tratan de engrasar la situación mediante el paternalismo y la corrupción. El hartazgo ante la humillación generalizada, como ha explicado Naïr mostrando cómo el suicidio del humillado Mohamed Bouazizi detonó la revolución tunecina (y que hoy podría revivir en Marruecos por la muerte del pescador Mohucine Fikri hace unos días) lleva a la ruptura, a la revuelta de quien no tiene ya nada que perder (por cierto, un argumento con el que Trump descaradamente pedía el voto de negros y latinos). Lleva a la búsqueda de caudillos o movimientos que capitalizan esa indignación al tiempo que hacen de ella una fe, una creencia que incluso puede encarnarse en una comunidad que no sólo es de fieles, sino de hermanos, de agraviados.

Amplias capas sociales se han visto afectadas en su estilo de vida –su confort en el mejor de los casos- por la ruptura de elementos básicos del vínculo social como consecuencia de la imposición de ese mercado global sin ley que nos ha impuesto el liberismo dominante. Y no sólo en los EEUU. Lo sabemos bien. La conciencia de ese desclasamiento, de la pérdida de status es fácil y demagógicamente (ahora se emplea más el calificativo <populista>) en dos sentidos coincidentes: la necesidad de revancha contra el chivo expiatorio y la adhesión al líder que se presenta como el paladín del combate al <sistema> que ha producido nuestra humillación, nuestro empobrecimiento. Añádase el rencor contra quien, siendo visiblemente otro, se convirtió en el Presidente y ¡Comandante en jefe! del país, un afroamericano educado –como su esposa- en la elite de las Universidades de la Ivy League, que no acepta el papel de Tío Tom y promete integrar a los inmigrantes, critica la posesión de armas y se distancia de la supremacía blanca, en un país en el que los afroamericanos tienen que seguir reclamando Blacks Lives Matter. El resentimiento por la conciencia de humillación se acrecienta con el rechazo a una veterana personalidad del stablishment de Washington, carente de campechanía, que diríamos aquí, y que comete el error de menospreciar no sólo a Trump, sino a quienes le dan apoyo porque ven en él un paladín de la lucha contra ese stablishment que les humilla.

No sé si, como ha apuntado alguien con agudeza, para eso que llamamos <sistema>, Trump es en realidad una oportunidad de mantener el statu quo, porque se asemeja al protagonista de la novela de Jerzy Kocinsky, Being there (Desde el jardín), cuya versión cinematográfica, con un soberbio Peter Sellers, se llamó aquí Bienvenido Mr Chance: una marioneta manipulable y que crea la ilusión de que el hombre corriente –la mujer sería, según parece, pedir demasiado- puede triunfar aún enfrentándose al sistema, de donde el apoyo más o menos subterráneo a Trump, aun en detrimento de su representante “natural”, Clinton. Lo que sí sé es que la igualdad de los derechos, empezando por los de las mujeres, el reconocimiento a los inmigrantes y refugiados como sujetos que deben ser reconocidos como justiciables, las prestaciones sociales por parte de los poderes públicos a los más vulnerables (ancianos, enfermos, parados), por no hablar del cierre de Guantánamo, el imperio de la ley y del Derecho en el orden internacional, el sometimiento a reglas no bélicas de los conflictos, la respuesta ajustada a Derecho ante el terrorismo internacional, no son las prioridades del programa de Trump. Y no me gustaría que, frente a eso, se imponga el ralo pragmatismo que parece encarnar en algunos gobiernos europeos y aun en la propia UE. No sé si Trump, como dice agudamente Ramón Lobo, será a la postre fiel a la condición de <político> (de la que ha abominado como clave de su estrategia electoral) e incumplirá sus promesas o si se empeñará en una suerte de berrea frente a Putin y, sobre todo, frente a los perdedores. Vigilar a su administración debiera ser la prioridad. El veterano periódico The Nation lo ha resumido bien: es la hora del duelo, la resistencia, la organización.

TARAJAL (Cartelera Turia, 2767, 10.02.2017)

Esta es una semana en la que, más allá de las terroríficas medidas diarias tuiteadas por Trump, el balance de los premios propios del cine español, en particular los Goya, ocupa lógicamente la mayor parte del espacio en las carteleras. A mí me habría gustado que hubiera podido ser seleccionado para los Goya y premiado, el documental <Tarajal. Desmuntant l’impunitat a la frontera Sur>, producido por Metromuster y el Observatori DESC y del que son autores Xavier Artigas y Xapo Ortega. Pero fue estrenado en TV3 en enero de este mismo año, lo que imposibilitaba que se tuviera en cuenta para esta edición de los premios.

El documental, como es sabido, desmonta, sin alharacas ni excesos, la versión oficial sobre la muerte de 15 personas muertes en la playa del Tarajal el 6 de febrero de 2014, hace ahora tres años. Un caso de manual que muestra la violencia en las fronteras. Peor: la violencia en que se han convertido nuestras fronteras, blindadas cuasimilitarmente por un Instituto armado. El mando del destacamento que actuó ese día, no dudó en utilizar la máxima capacidad de disuasión frente a 15 personas que desesperadamente trataban de no ahogarse, en lugar de socorrerlos (la primera obligación) y luego, sí, conducirlos para ser internados. Se acumularon las mentiras, pese a la evidencia de videos que mostraban el lanzamiento de las pelotas de goma para impedir que 15 personas alcanzaran la playa y no murieran. Versiones falsas, enunciadas con tanta arrogancia como falta de argumentos, por el embustero e incompetente Sr Fernández Mesa, exdirector general de la Guardia Civil (antes implicado en la chapuza de la gestión del Prestige). El mismo que ahora ha sido encumbrado al correspondiente sillón en el Consejo de Administración de la red eléctrica de la que el Estado –nosotros- es importante accionista. Vamos, que le pagaremos los 170.000 euros que va a levantar al año. Ni me molesto en glosar su incompetencia para el puesto.

Se intentó hacer justicia. Pero el 15 de octubre de 2014, la titular del Juzgado de Primera Instancia e Instrucción núm. 6 de Ceuta, acordó mediante Auto de sobreimiento, el archivo del procedimiento, lo que produjo a partes iguales indignación y decepción. Sin embargo, la resistencia y el buen hacer de tres ONGs y de sus abogados consiguió que hace apenas un mes, la Audiencia Provincial de Cádiz ordenara la reapertura de la instrucción penal, por considerarla insuficiente, recordando la necesidad de una especial diligencia en la investigación criminal cuando los implicados son las Fuerzas y Cuerpos de Seguridad y, el hecho de que los 15 muertos (y sus familias) eran, son, personas particularmente vulnerables vulnerables.

Este video, como la foto que le ganó el Pulitzer a nuestro Javier Bauluz, es la prueba de que, antes que mirar a Trump y señalarle la paja en su muro y sus decisiones ejecutivas, en su ignorancia del principio elemental de división de poderes y sus insultos y disparatadas atribuciones de responsabilidad a la justicia, debemos mirar la viga en el nuestro. Y seguir luchando por los derechos de los más vulnerables, ante los tribunales, en el Parlamento y en la calle.

Los solitarios solidarios: la solidaridad sin fronteras, tomada en serio

La solidaridad y los derechos, en serio

Posted on 9 febrero, 2017

Javier de Lucas

Desde el 17 de enero de este año, hasta el 2 de abril, se puede visitar en el Centro Conde Duque, en Madrid, la exposición “Bethune, la huella solidaria. El legado del Dr Bethune y la ayuda de los voluntarios canadienses a la segunda República”, organizada por la Embajada de Canadá, la Fundación Canadá, la Asociación de Amigos de las Brigadas internacionales y el Centro Andaluz de la Fotografía (Junta de Andalucía).  Jesús Majada, el mejor conocedor de la peripecia española de Bethune, es el comisario de la exposición.

No se trata de la primera que se haya realizado en nuestro país en torno a la figura del legendario Bethune, un héroe nacional en China (donde murió, después de haber contribuido a crear un servicio médico de alcance, desde las filas de los revolucionarios de Mao), pero menos presente en su propio país y, desde luego, poco conocido en España. Si lo traigo a colación es porque ahora coinciden dos aniversarios particularmente interesantes y porque la figura de Bethune sigue pareciéndome ejemplar en el contexto de la lucha por los derechos, el viejo lema que Jhering recupera de Heráclito y que inspiró buena parte de la obra de Arendt.

Decía que concurren dos aniversarios: por antigüedad, hay que hablar primero de los 150 años de la aparición de la confederación del Canadá (fue en 1867 cuando se confederaron las 4 primeras provincias, Ontario, Quebec, New Brunswick, Nova Scotia). Es un país amigo con el que, más que nunca, conviene estrechar lazos y reconocer su papel de valiente liderazgo moral en la defensa de los derechos de los más vulnerables (como los refugiados), en la afirmación de la necesidad de una democracia plural e inclusiva. No ignoro que Canadá tiene problemas y que sus políticas pueden y deben ser objeto de críticas en algunos temas relevantes, porque la democracia y los derechos humanos exigen un control continuo y es lógico pedir más a quienes demuestran la voluntad política de hacer más. Pero en la era de Trump, el Gobierno Trudeau es un importante foco de esperanza. Me permito destacar el trabajo constante de la Fundación Canadá para acercar en particular la colaboración en el ámbito académico, artístico y científico (entre otros), una obra que debe ser reconocida. Esperamos que la administración Trudeau recupere el vigor de los programas que promocionaban los intercambios en esos campos y que sepamos responder. Este año es una buena oportunidad.

La segunda conmemoración, ochenta años (que se cumplieron el día 6 de febrero) de lo que en Málaga se conoce como “la Desbandá. Es el primer crimen de guerra contemporáneode carácter masivo y cometido contra la población civil, del que tenemos testimonio. El ejército sublevado (en particular, la marina y la aviación franquista) sometió a feroces ataques a un importante número de mujeres, niños y hombres –se llega a hablar de 150.000- que trataban de alcanzar refugio en Almería huyendo de Málaga y de poblaciones cercanas, ante la inminencia de la entrada de las tropas de Franco en la ciudad. Se trata sin duda de un importante precedente (más grave aún que el bombardeo de Gernika) de lo que se desarrolló de inmediato en la segunda guerra mundial y cuya extensión, hoy, desgraciadamente conocemos hasta tal punto que la hemos incorporado a nuestra rutina informativa: baste pensar en la destrucción sistemática de Alepo y en los crímenes cometidos contra su población civil, sin necesidad de remontarse a lo sucedido en los Balcanes. La población civil, insisto, como objetivo directo de los más crueles ataques, como pieza clave de la estrategia bélica.

Bethune era un médico canadiense con una profunda exigencia de solidaridad, acrecentada por su experiencia con sectores sociales desfavorecidos de la población de Montréal, durante la Gran Depresión. Ese mismo espíritu de solidaridad y sus convicciones claramente izquierdistas (era militante comunista) le llevaron a acudir a España como un voluntario más (aunque no formalmente encuadrado en las Brigadas Internacionales, sino en la Unidad Médica de Canadá en Madrid y en el Batallón Mackenzie-Papineau) en ayuda de la IIª República. Creó un servicio móvil de transfusión de sangre –que desarrollo luego durante su posterior experiencia en China y que está en el origen de las famosas Mobile Army Surgical Hospital (M.A.S.H.)-, con el que recorrió diversos frentes y ciudades. Se encontraba en Valencia cuando tuvo noticia de la situación en Málaga y se desplazó hasta Almería para tratar de ayudar. Hizo varias veces el recorrido desde Almería a la caravana de los huidos, llevándose consigo a todos los que podía acoger. El mismo y su colaborador, Hazen Sisé, tomaron abundante testimonio gráfico (depositado hoy en el Centro Andaluz de la Fotografía) y describió con detalle la masacre en su pequeño ensayo El crimen del camino Málaga-Almería, que caracterizó como “esta marcha forzada, la más grande, la más horrible evacuación de una ciudad que hayan visto nuestros tiempos”. Conviene leer también su magnífico Las heridas, del que hay una estupenda edición en castellano (Pepitas de Calabaza).

Bethune, como Henri Dunant, el fundador de la Cruz Roja, fue adelantado del espíritu que ha permitido desarrollar contemporáneamente el Derecho internacional humanitario, al servicio de la primacía de los derechos humanos aun en contextos de conflictos bélicos. Un ejemplo de esa increíble tenacidad propia de algunos solitarios solidarios, esos sujetos que no predican moralina pero que arriesgan su vida a fondo por los demás y saben crear instrumentos y redes de solidaridad. Toman en serio el deber de solidaridad en su sentido fuerte, no como mera recomendación heroica. Y lo trasladan más allá de las fronteras, porque saben que el sujeto de la solidaridad es la humanidad: todos los seres humanos que viven amenazados… Bethune, como Camus, es uno de esos solitarios solidarios y merecería un hueco en el elenco de lo que el recién desaparecido Todorov ha llamado en su penúltimo libro, los insumisos, aquellos que saben decir <no> cuando la inmensa mayoría se pliega al <sí> y, además, como decía Germaine Taillon, hacen de su no, un sí.

Imágenes: 1. Ilustración conmemorativa. 2. Refugiados republicanos huyendo de Málaga. Fuente- culturaandalucia.com 3. Norman Bethune.