“Vayas donde vayas, vallas”, Prólogo al libro “Fronteras”, libros.com, 2019

Es legítimo suponer que una parte importante de los lectores que acuden al encuentro de este libro, buscan reflexiones que le ayuden a analizar, a entender y -por qué no- a actuar, frente a un asunto tan capital como contradictorio y controvertido, la realidad de las fronteras, hoy. Una realidad que no es sólo un elemento de la concepción clásica de la geopolítica, sino también y sobre todo -quizá hoy como nunca- una de las claves de desarrollo de ese instinto presente en cada uno de nosotros, la incomprensión, el miedo y finalmente el odio al otro. En otras palabras, una manifestación de esa enfermedad moral que es la xenofobia, que rebrota con fuerza entre los europeos. Sí: en buena medida, el propósito de los cuatro autores de este libro es ese combate cívico, moral y político contra el mal de la xenofobia, que encarna en una concepción ideológica que se sirve de las fronteras.

Fronteras. El nuestro, se suponía, era el escenario de desterritorialización, propio de la fase avanzada del proceso de globalización en que vivimos y que habría acabado con los restos del orden interestatal heredero del modelo westfaliano. Digo interestatal, para subrayar lo que nos han enseñado maestros del Derecho y las relaciones internacionales como Antonio Remiro: todavía a finales del siglo XX, era impropio utilizar el adjetivo internacional en sentido estricto. El Derecho al que intentaron dar cuerpo los teólogos y juristas españoles del XVI (Vitoria, Suárez, Las Casas) era y sigue siendo hoy sobre todo un Derecho entre Estados, protagonizado por ellos o, a lo sumo, por potencias de ambición imperial. La dimensión de internacionalidad en sentido estricto, la proporcionan otro tipo de agentes, no estatales, pero tampoco públicos: las empresas y corporaciones transnacionales y, en menor medida, las Organizaciones No Gubernamentales que aspiran a una proyección, si no internacional, al menos regional. Lo cierto es que la noción de frontera está preñada de ambigüedad incluso si, como es el caso, parece traducir una barrera natural. Porque la noción dominante hoy de frontera es una reducción que no hace justicia al papel histórico.

Pero, ¿qué es hoy una frontera? Creo que la notable politóloga y feminista nor- teamericana Wendy Brown ha explicado muy bien en su imprescindible Walled States, walling Sovereignity (del que hay traducción castellana, Estados amurallados, soberanía declinante, Herder, Barcelona, 2015) las contradicciones que nos depara el proceso de globalización que, como decía, identificábamos ingenuamente con la progresiva desterritorialización del mundo. Pensábamos que la lógica de ese proceso llevaría antes o después a la caída (a la abolición) de las fronteras, al menos entendidas como instrumento de afirmación de soberanía territorial respecto a quien se la disputa (es decir, otros estados o bien «hordas» invasoras). Una desaparición de las fronteras entendidas como limite geográfico fortificado frente al enemigo exterior, ese que criticara Buzzatti en su novela El desierto de los tártaros, como también lo hicieron Kavafis –en su poema Esperando a los bár- baros– y Coetzee –en su novela homónima Waiting for the Barbarians–. Pero la realidad inmediata nos demuestra que no sólo no desaparecen (aun cuando sea con una función simbólica que, en todo caso, mantiene la carga represiva, violenta), sino que se incrementan. Nos faltaba por ver el refuerzo de muros y vallas al que asistimos aceleradamente desde 2015 en buena parte de la UE, que parece redescubrir el mito de la Europa fortaleza, desde Polonia y Hungría a Austria, Dinamarca, Suecia, Finlandia, Países bajos, Francia y España. La UE no es la única en mantener esa noción de frontera que más que policial deviene en militar. Baste pensar en lo que sucede entre México y EEUU, en la política que practica Australia o en la que sufren los rohingyas, ese grupo etno-religioso (musulmán) de aproximadamente un millón de personas, que habita en el Estado de Rajine (o Rakain), en Myanmar, perseguidos por el Gobierno de Aung San Su Kyi y rechazados por todos los estados del sureste asiático. Ese mundo sin fronteras que nos prometían el modelo hegemónico de mercado global y sus agentes y apologetas y al que aspiraban en su denominación una pléyade de organizaciones que tomaban la expresión como apellido (…Sin Fronteras), se ha revelado, en gran medida, una ilusión. Peor, una cruel contradicción. No vivimos en un mundo ancho y de todos. Más bien, como escribiera el peruano Ciro Alegría, para la mayoría de la población, el mundo sigue siendo ancho y ajeno. Para ellos valdría este lema: vayas donde vayas, vallas.

Pero adentrémonos un poco más en el uso del término <fronteras> y a su repercusión en lo que más importa, el reconocimiento y garantía de los derechos humanos.

Es necesario insistir en que la noción de frontera, históricamente, no es equivalente de forma exclusiva a la de muro defensivo, ni al confín de soberanía. Incluso en términos clásicos, la distinción entre los términos romanos de limes, confines o vallum es muy compleja. Resumiendo, casi al riesgo de la simplificación, diría que si bien ha quedado en nuestra concepción de frontera la idea de confín, de límite y barrera del Estado, esto es, de instrumento de delimitación de la soberanía territorial, al modo que ejemplifica el famoso <muro de Adriano>, no es menos cierto que en el origen mismo de este concepto, la frontera es sobre todo una zona de contacto, de tensión, pero de intercambio. Y es que, más allá de las delimitaciones artificiales que los estados convienen (o imponen), es decir, construyen, a efectos de gesto ostensible de soberanía (y por tanto de lógica militar o al menos de policía y defensa), hay pueblos, culturas, intereses y necesidades sociales y económicas que se relacionan a través de la frontera como zona o espacio de contacto. Insisto: frente a la noción de frontera como limes, esto es, una línea fortificada que sirve para separar civilización de barbarie, hemos de recuperar la dimensión de frontera como espacio de interacción económica y social que paulatinamente puede propiciar el intercambio, la negociación y el mestizaje: cultural, económica, social, política. Eso habría sido el Mediterráneo como frontera, escenario de conflictos, pero inevitablemente de conflictos que nos han constituido, que han construido lo que somos. Y, precisamente por eso, Mar común, Mar nuestro. Precisamente por esto el cierre, el bloqueo, el alzamiento de continuas y enormes dificultades que reducen hasta casi eliminar ese espacio de contacto —insisto, no arcádico— les o que a mi juicio constituye el error más grave de nuestras políticas de inmigración y asilo. Un error que, por lo demás, constituye una gravísima contradicción con todos los intentos de optimizar los beneficios que ambas partes (la UE, desde luego) podrían obtener de la existencia de un espacio común.

La realidad es que la fuerza de la noción de <frontera> va mucho más allá de su acepción como marcador espacial, territorial. Lo había advertido Foucault en su premonitoria conferencia de 1967 “De los espacios otros”, donde sostenía: “Nuestra vida está controlada aún por un cierto número de oposiciones que no se pueden modificar, contra las cuales la institución y la práctica aún no se han atrevido a rozar oposiciones que admitimos como dadas: por ejemplo, entre el espacio privado y el espacio público, entre el espacio de la familia y el espacio social, entre el espacio cultural y el espacio útil, entre el espacio del ocio y el espacio del trabajo, todas dominadas por una sorda sacralización”. Para Foucault, la primera frontera, la que delimita lo público y lo privado, se alimenta de esa otra frontera que es la construcción del sexo como género y que apreciamos en Aristóteles: la mujer ocupa el núcleo de lo privado, la procreación, la casa; sólo el hombre es dueño de lo público, lo que exige, obviamente, que sea el cazador y el guardián de la frontera.

Y en ese sentido es en el que Balibar hablaba de fronteras, en su clarividente libro de 1992 Las fronteras internas de la democracia y en dos ensayos de 1997,  “Qu’est-ce-qu’une frontiére” y  “Les frontiéres de l’Europe”: esas líneas divisorias son ante todo interiores y siguen una vez más la lógica terrible de la actio finium regundorum característica del derecho de propiedad erigido en paradigma del Derecho y de los derechos, esa acción en la que Rousseau veía el origen de toda desigualdad. Las fronteras no son sólo ni fundamentalmente líneas físicas que siguen accidentes geográficos, sino las barreras que marcan las diferencias de status, de clase, de derechos.

Pues bien, parece un hecho incontrovertible que en los últimos treinta años han aumentado las fronteras. en una y otra acepción: sobre todo, se ha multiplicado su utilización funcional al proceso de construcción social, de delimitación del otro como diferente y, por consiguiente (pese a que se trata de un non sequitur, de una inferencia lógica ilegítima) como desigual. Las nuevas fronteras, los muros y las vallas son instrumentos que sirven para el rechazo, el miedo y el odio al otro, que se han apoderado de nuestro universo simbólico, incentivados por el uso partidario de esa construcción social del otro como enemigo, propia de la concepción maniquea, schmittiana de la política. No es nuevo, insisto: es el viejo recurso de quienes no tienen propuestas políticas que ofrecer y, conscientes de la pérdida de adhesión social, recurren al viejo argumento del miedo al otro como mecanismo centrípeto, de adhesión social, que exige siempre un enemigo o, al menos, un chivo expiatorio para el que nadie mejor que el que es definido como ajeno a nosotros. Es en ese sentido en el que, según creo, se ha acrecentado en buen aparte de las democracias europeas la frontera interna de la desigualdad (jurídica y política) en línea con lo que denunciara Balibar, forzando así los límites admisibles del Estado de Derecho y de la democracia que difícilmente pueden soportar sin degradarse inaceptablemente el grado de exclusión que esto comporta.

Junto a ese proceso de repliegue, de reacción social, que alimenta la actual ola xenófoba, hay que destacar esa segunda acepción (nada novedosa) de las fronteras  en su peor concepción espacial, la que las entiende como barreras que separan, que exhiben de forma contundente (tendencialmente bélica, aunque sea en su acepción defensiva) el atributo por excelencia del Estado nacional, que es una concepción de soberanía ligada a un territorio y a una comunidad etnocultural las más de las veces definida como nación homogénea. Las fronteras son así entendidas como ámbitos del ejercicio de la policía administrativa, de orden y control de la circulación hacia o desde ese territorio soberano. Pero fácilmente se deslizan hacia esa otra noción de seguridad y defensa que es, inevitablemente, prevención frente a una amenaza, contra un enemigo. De donde el deslizamiento hacia el énfasis en esa función defensiva (insisto, bélica) como mensaje que pretende reafirmar una vieja noción de soberanía en un mundo en el que se desvanece. Se trata de una paradoja que ha explicado muy convincentemente la politóloga y ensayista feminista Wendy Brown. Es la lógica que despliega Trump cuando aduce un problema de emergencia nacional (el peligro inmigrante, identificado con la amenaza que significarían miles de <criminales> extranjeros que esperan pasar la frontera) para justificar la necesidad de financiar incluso de modo excepcional -de más que dudosa legalidad-su proyecto estrella, el muro. Pero no queda tan lejos de esa lógica que exige amurallar, vallar con elementos agresivos (las concertinas) las fronteras de Ceuta y Melilla.

En todo caso, conviene recordar que un examen objetivo de lo que está sucediendo en el contexto de la actual etapa del proceso de globalización impone el reconocimiento de la porosidad de las fronteras y el fracaso de todo intento de cerrar las fronteras como fortaleza, un intento que la UE trata de resucitar de tanto en tanto, desde una miope visión económica (centrada en la obtención del ejército de reserva, ni más ni menos) que daña exigencias elementales del Estado de Derecho respecto a los inmigrantes y aún peor, obligaciones internacionales de los estados miembros en materia de derechos de los refugiados. En efecto, aunque algunos puedan pensar que esa situación resulta de utilidad para el mantenimiento de un abundante contingente laboral o, en los términos acuñados por Karl Marx en El Capital, de un copioso ejército industrial de reserva, siempre disponible para cubrir las demandas de la economía (ya sea formal o sumergida), incurre en el error de reducir un fenómeno social global (en el sentido de Mauss) a su dimensión económico laboral y aun así de forma dudosamente eficaz, por su conjugación (si no supeditación) a la dimensión de orden público, exigencia/coartada de la política de miedo que trata de paliar la pérdida de agregación de las clases convertidas en precariado y produce un efecto de estratificación social que propicia una situación estructural de violación de los derechos humanos muy poco acorde con los presupuestos normativos mínimos del Estado de Derecho. 

En realidad, pese al mensaje continuado de la necesidad de control absoluto de las fronteras en términos de filtro que no deje pasar al no deseado, al que seguimos denominando «ilegal» (no tanto porque sea un delincuente peligroso sino porque se trata de un inmigrante «excedente»), es casi imposible ofrecer ejemplos de Estados cuyo territorio esté completamente sellado, incluso pese al continuo perfeccionamiento de los sistemas de vigilancia de las fronteras. La porosidad de las mismas es una señal más del fenómeno señalado por W. Brown, la progresiva erosión de la soberanía estatal, aún más escandalosamente visible en el caso de la UE, con una geometría variable de definición de su territorio y sus fronteras, que acaba impactando sobre la movilidad de sus propios ciudadanos, como estamos viendo ahora en los casos de Bélgica, Alemania o Reino Unido: el nexo político y jurídico entre soberanía y territorio se ha visto cuestionado por la multiplicación de poderes y ordenamientos supranacionales, el rápido crecimiento e intensificación de los vínculos transnacionales, así como el afianzamiento de los nuevos circuitos globales de producción e intercambio de capitales.

 

Vayamos a la cuestión. Hemos llegado a un punto en el que se hace verosímil plantear la pregunta: ¿son las fronteras un daño y, por tanto, violencia? Aún más, ¿son violencia estructural? Parece indiscutible reconocer que, hoy, para muchos millones de seres humanos, las fronteras son sobre todo la evidencia de un riesgo serio de muerte o de daños importantes en la integridad física, una restricción a la libertad de circulación que resulta difícil justificar en su alcance, por discriminatoria e inaceptable. ¿Debemos abolirlas porque son un daño? ¿son simplemente una más de las reglas que hacen posible la libertad?

A la vista de las estadísticas de muerte, de violación de derechos en los campos externalizados, como los de Libia y en esa perversión en que hemos convertido los campos de acogida de refugiados, transformados en campos de concentración donde no son excepcionales los suicidios de niños,  es imposible negar que el resultado del empeño de los gobiernos europeos es construir la frontera y en particular el Mediterráneo como frontera, desde la playa del Tarajal a las islas de Kos y Lesbos, como emblema de la necropolítica, según he propuesto en otros trabajos. Un apolítica para la que el bien jurídico elemental, el derecho a la vida, no cuenta. Las aguas del Mediterráneo nos arrojan cadáveres, que son solo la punta del iceberg respecto a los cadáveres que sepultan. Por cada Aylan, cuya foto conmueve a la opinión pública, son centenares los cuerpos de niños que yacen ocultos en el suelo

La legalidad que hace y define hoy las fronteras de los Estados europeos parece, en no pocos ámbitos, incompatible con principios básicos del Estado de Derecho y muy concretamente con el reconocimiento y garantía efectiva de los derechos fundamentales. Esta política de fronteras que insisto en recordar que se empeña en la anacrónica lógica territorial estatal, está sobre todo al servicio de una noción de mercado y de poder caducas: las fronteras violan la lógica universalista de la globalización jurídica y política, que sigue la vía del cosmopolitismo jurídico al menos en lo relativo al igual reconocimiento de los derechos humanos universales y de sus garantías. en el caso de la UE y como consecuencia del proceso de renacionalización de las políticas migratorias y de asilo, el régimen jurídico de las fronteras parece convertirlas en <instrumento de guerra contra inmigrantes y refugiados>, tal y como viene sosteniendo Migreurop: una guerra en la que el Derecho es instrumento básico, lo que supone la destrucción del Estado de Derecho y de aquello que da sentido al Derecho mismo, la lucha por los derechos. Insisto, ese modelo de política de las fronteras viola la lógica propia del Estado de Derecho, sus principios y valores, sus reglas: la primacía de los derechos, los bienes jurídicos e intereses prioritarios porque están al servicio de las necesidades básicas. Cuando todo el empeño de la política migratoria es conceptualizar la inmigración en tiempos de crisis como una amenaza de orden público y aun de seguridad, de defensa, se construye una lógica jurídica de estado de excepción permanente para algunos grupos sociales y se multiplican sus instrumentos, como los campos de internamiento, la utilización de fuerzas armadas o análogas y la criminalización de inmigrantes y aun de refugiados.

 

En las páginas que siguen, el lector encontrará cuatro ensayos escritos por periodistas y escritores especializados en el análisis de la movilidad humana forzada, puesto que no sólo los que huyen de la persecución, los que ansían la protección el asilo son desplazados forzados; también lo son la mayor parte de los que denominamos inmigrantes laborales o económicos, que huyen de un estado de necesidad. Javier Bauluz, Nicolás Castellano, Daniela Pastrana y Juan José Téllez, a lo largo de cuatro capítulos, nos traen a la vista ante todo lo más necesario, la historia de personas que, lejos de ser anónimas, meras cifras de una estadística implacable, tienen rostro, nombre, identidad. Son los protagonistas concretos de una condición estructural y trágica impuesta por el modelo de globalización de un negocio del que se lucran no sólo las mafias, sino las empresas transnacionales que se sirven de ese tráfico y explotación de seres humanos, y las que engrosan su cuenta de beneficios con el negocio de la seguridad, como ha analizado Claire Rodier.

Los relatos de este libro recorren las diferentes fronteras, desde las más próximas para los españoles y europeos, las del Mediterráneo, Ceuta y Melilla, hasta aquellas otras que llevan desde la América Central hasta el muro de Trump. Fronteras que acumulan no sólo violaciones de derechos, sino un insoportable número de pérdidas de vidas humanas. Son ensayos que analizan diferentes aspectos de las historias de inmigrantes y refugiados que protagonizan estos nuevos éxodos, el signo de nuestro siglo XXI. Son ensayos, también, de militantes por los derechos humanos, porque los cuatro autores de estas páginas tienen en común, a mi juicio, saber hacer de su trabajo un ejemplo de la lucha por los derechos. Un compromiso que no quita un ápice de rigor e interés en sus escritos.

Los verdaderos protagonistas del libro, como decía, son seres humanos, que merecen ser reconocidos pero que, desgraciadamente, en tantas ocasiones son sólo cadáveres anónimos. Cadáveres como el que fotografió Javier Bauluz, fotografía que le valió el premio Conde de Godó a quien luego sería el primer premio Pulittzer español. Antes, había cubierto las guerras de Centroamérica de finales de los años ochenta, los últimos años de Pinochet en el poder, la Primera Intifada palestina, la guerra de Bosnia, o la crisis de Ruanda. Afrontar esas realidades le espoleó al fundar en 2010 el proyecto <Periodismo Humano> y a documentar, como lo hace en este libro, uno de esos viajes desesperados, acompañando personalmente a quienes desde las islas griegas tratan de alcanzar territorio europeo a través de fronteras que se convierten en obstáculos terribles como las de Macedonia y Hungría. Bauluz narra su viaje acompañando a aquellos que buscan refugio para sus hijos y que protagonizan estas historias de amor y muerte desde Lesbos, pasando por Atenas, recorriendo a pie los viejos raíles del Orient Express, acampando precariamente en parques de Belgrado, hasta esa última (¿) etapa que comienza en Horgos, cerca de la frontera Serbia con la fortificada Hungría que niega brutalmente cualquier esperanza a estos errantes que perseveran en la esperanza contra toda esperanza y les obligará a intentarlo en Austria. Un viaje en el que, como en la paradoja cargada de brutal ironía que narra Swift en el último de los viajes protagonizado por su Gulliver, Bauluz encuentra la solidaridad, el humor, la humanidad, no entre esos países civilizados a los que aspiran a llegar, sino entre los propios desesperados.

Fronteras de muerte que, como explica Nicolás Castellano en las páginas de este libro en las que hace un análisis tan documentado como crítico de la mal llamada <crisis de refugiados>, encarnan los cadáveres que nos devuelven constantemente las aguas del Mediterráneo que se han cobrado la vida de más de 35597 personas desde 1988. Personas, niños, mujeres, adultos, como ese primer cadáver de un inmigrante, descubierto en las costas de Cádiz, hace ya treinta años, tal y como ilustra el documental El naufragio, de cuyo guión es autor. Castellano, que ha recibido numerosos premios en reconocimiento de su trabajo constante en torno a la inmigración desde hace más de 16 años, ha descrito con rigor y detalle y ha puesto rostro, nombre a los protagonistas de esos viajes, como ya lo hizo con el niño de la maleta, Adou, protagonista de su libro Me llamo Adou. Y nos invita a hacerlo arrancando con el testimonio de una exposición de la artista colombiana Doris Salcedo, Palimpsesto, un minucioso trabajo de investigación en equipo, instalación que se pudo ver y recorrer entre 2017 y 2018 en el Museo Reina Sofía de Madrid, para llorar los nombres de esos muertos anónimos con algunas de cuyas familias conversó Salcedo antes de presentar ese suelo que era también la lápida que no vemos, una lápida a la que llegaban las lágrimas que tantas veces no derramamos. En un mundo más amurallado que nunca, desde la Edad Media, nos enseña Castellano, el muro europeo simbolizado en el Mediterráneo causa diez veces más muertes que el muro de Trump. Un muro que atrapa a los que consiguen llegar, que son sólo una parte mínima de los que vagan errantes desde tantas crisis reales que quedan muy lejos de nosotros.

Violaciones de derechos, laberintos administrativos, limbos legales, han sido estudiados y denunciados de forma incansable, constante, por el periodista, escritor, poeta y activista cultural comprometido que es Juan José Téllez. Téllez formó parte desde su inicio del proyecto <Periodismo Humano>, ha sido director del diario Europa Sur y hoy trabaja como periodista independiente para varios medios. Forma parte del Foro Andaluz de la Inmigración en representación de las asociaciones de prensa de Andalucía y coordinó el grupo de trabajo sobre interculturalidad para la redacción del Plan Estratégico Cultural de la Consejería de Cultura de la Junta de Andalucía. En su capitulo encontrarán los lectores, entre otras cosas, un análisis contundente de esa variante de la xenofobia que es la islamofobia, del feroz instrumento del durísimo proceso de exclusión social que ha sido la denominada <ley de extranjería> (sin que descuide por ello el estudio de otros colectivos duramente golpeados por la eufemísticamente denominada <crisis>. Aprenderán los nombres y apellidos de tantos santos <laicos en un mundo de demonios> que prohíbe las bienaventuranzas. Santos laicos que son muchas veces los propios inmigrantes, los <refugiados sin refugio> y tantas personas, muchas veces anónimas, que en nombre del lo mejor del ser humano, la solidaridad, el reconocimiento de todo otro como igual, tratan de ayudarles para hacer menos incierta, menos letal, su odisea. Una tragedia que ha dado lugar a otro cementerio marino, que incluye muertes, en Ceuta y Melilla, en Cádiz y Motril, nichos y ataúdes blancos, anónimos. Que incluye prisiones para inocentes, para personas que no ha cometido delito, como los CIE.

Evidentemente, los desafíos de esta política de fronteras no se limitan al ámbito europeo. De ahí el interés de la contribución de la periodista y escritora mexicana Daniela Pastrana, especializada en el análisis de las violaciones de derechos humanos que afectan a los sectores de población más desfavorecidos. Pastrana es la directora ejecutiva de <Periodistas de a Pie>, desde 2010 y escribe para la agencia Inter Press Service (IPS).  En su capítulo, <la ruta del sueño americano>, relata ese viaje de proporciones no ya bíblicas sino casi míticas, que tantos miles de personas emprenden cada año para tratar de alcanzar territorio de los EEUU, desde diferentes países de América Central y que les obliga a transitar México.  Un viaje al que pone música o al menos ritmo el <trum trum> de La Bestia, el tren que tantos deben abordar. Una historia de familias rotas, de desaparecidos, entre dos fronteras, el norte (el <limbo de la espera>) y el Sur (un caminar entre rieles). Una odisea, desde luego, que es también en gran medida el tránsito por limbos legales, y en la que apreciamos, por tanto, rasgos comunes con esos otros viajes forzados descritos por los otros tres autores, comenzando por la condición de anonimato, esos <sin nadie> mucho más trágicos que el <nadie> de la treta de Ulises ante Polifemo. Una empresa desesperada, para la que no parecen suficientes los apelativos del <epicentro del horror>, ese <infierno> donde a, decir de Pastrana, gobierna el diablo.

 

Para que la historia no nos acabe juzgando con la dureza que ahora merecemos, para no quedar indiferentes, para reaccionar ante el espanto, es preciso mirarlo a los ojos, conocer su realidad, su verdadera dimensión. Y ese, creo, es un propósito que logran nuestros cuatro autores. Porque nadie que lea estas páginas saldrá de ellas igual.

 

 

Javier de Lucas

 

 

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