ARGUMENTOS PARA UN VOTO. Ante las elecciones a Rector de la Universitat de València (artículo firmado con Joan del Alcázar), Levante-EMV, 9 febrero 2018

Siempre se subraya la importancia de las elecciones a Rector/a en la Universitat de València: se trata de la más grande y antigua de nuestras Universidades, vinculada desde su fundación (es un timbre de orgullo para muchos de nosotros) a la ciudad de Valencia, a sus jurats y con un impacto social, económico, cultural y político indiscutible en la sociedad valenciana. Pero, probablemente, éstas de 2018 se encuentran entre las más decisivas. Porque parece claro que sitúan a la comunidad universitaria ante una opción de cambio o de continuidad con una línea que ha consumido ya más de doce años de gobierno. Y para decidir, debemos estudiar los programas, pero también los candidatos y los equipos. Porque los programas son buena parte del argumento del voto. Pero no el único: estamos eligiendo a un equipo de dirección y a su cabeza de fila, y por eso sus perfiles son también relevantes, siempre desde el respeto –e incluso el agradecimiento- a todas las personas que han asumido el riesgo y la carga de presentar la candidatura.

Las elecciones ofrecen, ante todo, una buena ocasión para que realicemos lo que los estudiosos denominan un análisis DAFO (SWOT, por sus siglas en inglés) que pone en claro sus características internas (Debilidades, fortalezas) y su situación externa (Amenazas, Oportunidades), en una matriz cuadrada. Creemos que eso es lo primero que debe exigirse a los programas de las candidaturas: ¿cómo evalúan las fortalezas y debilidades de nuestra Universitat, aquí y ahora? ¿Cuál es el análisis de situación acerca de las oportunidades y los riesgos?

Es importante que el balance que ofrecen los programas respecto a la parte estructural sea realista y fiable y no caiga en la descalificación de cuanto se ha hecho, sin más, pero tampoco en la autocomplacencia, exagerando la potencialidad de la institución y relativizando los riesgos. Sabemos que hemos atravesado tiempos muy duros, si es que los hemos dejado atrás, pero este análisis crítico exige también, a nuestro juicio, que se enuncien con precisión y claridad, con rigor, cuáles son los problemas que afrontamos hoy y también, las responsabilidades –hablamos obviamente de responsabilidades políticas, de política universitaria-. ¿Cómo acudir a estas elecciones obviando un problema fundamental que acaba de estallar ante nuestras narices, la precarización de una parte muy importante del profesorado –sobre todo, pero no sólo, los asociados- y el más que preocupante envejecimiento de la plantilla de la Universitat? ¿Cómo hemos llegado a esa situación? ¿qué propuestas concretas se ofrecen para salir? Sabemos que el margen de maniobra es estrecho, pero nadie ha dicho que dirigir la Universitat de València sea fácil.

Debemos examinar asimismo en qué medida el proyecto que propone cada programa es coherente con los principios estatutarios de la Universitat, si exige reformas de éstos para adecuar mejor esa coherencia y aprender de las malas y de las buenas prácticas acumuladas. Por ejemplo, en aspectos como la promoción efectiva de la presencia y participación de estudiantes, pero obviamente también del Personal de Administración y Servicios y de los profesores e investigadores. Y no sólo en el gobierno, sino en la vida de la Universitat. O en lo que se refiere a la ineludible internacionalización de nuestra Institución en todos los ámbitos: investigación, docencia, transferencia de conocimientos, inserción en redes globales. Desde luego, en la lucha contra el exceso de burocratización y multiplicación de trámites, muchas veces superfluos. También, acerca de la mejor comunicación entre la Universitat y la sociedad valenciana, a la que nos debemos, sin que ello signifique rebajar un ápice nuestra función crítica. Sobre todo, en lo que -a nuestro juicio- es una perversión de la relación de la Universidad Pública con la sociedad civil: siendo muy importante, el tejido empresarial no es toda la sociedad civil. La función de la Universidad no puede quedar supeditada a la formación de profesionales (no digamos, subalternos y precarios) determinados por los intereses más o menos coyunturales de los agentes del mercado. No, si queremos seguir defendiendo una Universidad Pública de gran calidad. Nos vale la advertencia del filósofo Byong-Chul Han: pareciera que para muchos el modelo a seguir sea que la Universidad tenga más clientes y sólo cree trabajadores. Que olvide que, ante todo, debe “formar espiritualmente”, por citar sus palabras. Por eso es tan importante la condición constitucional de autonomía de las universidades: para que no sean sumisa correa de transmisión del poder político, ni de ningún otro poder.

Pues bien, a la vista de todos esos elementos, los firmantes de este artículo, que sólo nos representamos a nosotros mismos, nos pronunciamos a favor de la candidatura de Vicent Martínez. En primer lugar, porque el análisis y propuestas que ofrece su programa se adecúa mejor, a distancia, del que encontramos en los de las otras dos candidaturas, conforme a los elementos de juicio que hemos consignado. Añadamos que el candidato ofrece una trayectoria muy sólida como profesor e investigador, una suficiente experiencia en la gestión y una voluntad muy clara de involucrarse y de contribuir lealmente a la búsqueda de soluciones, en particular a lo largo de estos cuatro últimos años, desde lo que podemos llamar convencionalmente, oposición constructiva. Algo que marca una profunda diferencia con la candidata García Benau, prácticamente desaparecida de escena durante ese tiempo.

Además, esta candidatura presenta un atractivo y sólido equipo, paritario, equilibrado en las áreas de conocimiento, que combina experiencia profesional y de gestión con juventud y en el que se percibe la suficiente dosis de ilusión por abrir puertas y ventanas de una Universidad que debe volver a brillar con la fuerza de años atrás. Es necesario salir de los caminos trillados, de la resignación ante lo supuestamente inevitable, y se ha de conseguir movilizar tanto potencial como tiene esta Institución que siempre ha destacado, siempre, por su eficacia social, tanto entre la sociedad valenciana como más allá de nuestras fronteras. 

Estamos convencidos de que es tiempo de cambio en la dirección de la Universitat de València. Por supuesto, no negamos cuanto de bueno han realizado los equipos del profesor Esteban Morcillo en estos ocho años, pero no desconocemos la responsabilidad de estos en problemas serios que hoy heredamos y eso nos parece un obstáculo a la hora de la credibilidad de su capacidad para el cambio necesario. Porque la inequívoca línea de continuidad de la candidatura de la profesora Mestre obliga, a nuestro juicio, a evaluar su gestión y no sólo a apuntar su experiencia. Y la gestión de la propia candidata y de algunos de los vicerrectores que nos propone, ofrece numerosos elementos de crítica, por la falta de solución en programas graves relativos a la precarización y falta de estabilidad del profesorado, por la mala organización de cuestiones como los estudios de máster y doctorado, por su distanciamiento y aun incomunicación en la relación con la comunidad universitaria. Pudiera pensarse que en la configuración de su grupo han pesado más los equilibrios internos del equipo saliente que la acumulación de fuerzas para la época que se inaugura a partir de la elección del nuevo equipo de gobierno. Un período que va a seguir siendo muy difícil, con viejos y nuevos problemas que, entendemos, sería deseable afrontar con un equipo nuevo, ilusionado y sin inercias del pasado reciente.

Nos hace falta un cambio seguro, pero cargado de ilusión y confianza. Por eso votaremos por la candidatura que encabeza Vicent Martínez.

 

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