LA TRISTEZA COMO REFUGIO

Tomo prestada una fórmula que escuché a Luis García Montero en su maravillosa lección inaugural del master de derechos humanos, democracia y justicia internacional del IDH UV, el pasado jueves,  26 de octubre, en La Nau. En estos días, para muchos de nosotros, no ha quedado más refugio que la tristeza.

El viernes, 27 de octubre, fue un día de alegría y optimismo sobre su futuro para dos millones y medio de catalanes, quizá tres, que creen (la mayoría, pienso, de buena fe) que su sueño se ha hecho real. Probablemente, seguro, hay también españoles no catalanes que comparten es alegría: no sé calcular cuantos.
Al mismo tiempo estoy seguro de que, para otros tantos millones de catalanes, es un día de enorme tristeza y pesimismo sobre su futuro, y no sé qué país puede edificarse a partir de esa realidad de profunda división.
Desde luego, es un día de tristeza enorme, de sensación de fracaso para muchos millones de españoles, para la mayoría (creo), entre los que me cuento.
No veo otra salida que aplicar lo que dispone la Constitución, que, a mi juicio, ha sido fraudulentamente burlada por el Govern y el Parlament (y no ahora: grosera y explícitamente desde el 6 y 7 de septiembre de 2017). Por más que me duele saber que quienes son ya los responsables de aplicar la disposición constitucional, el artículo 155, es decir, el Gobierno Rajoy, no son en absoluto ( mi juicio) leales a la Constitución, sino a lo que ellos escogen de la Constitución.
Qué tristeza, qué pesimismo siento y seguro que sentimos muchos, sobre un futuro inmediato que no parece que vaya a recomponer nada, porque aunque se consigan imponer las medidas del artículo 155, eso no va a cerrar las heridas, no arreglará nuestro problema. Pero no se puede permitir tal ruptura de la legalidad, del Estado de Derecho, de la democracia. Sobre todo, no se puede dejar abandonados a los millones de ciudadanos que esperan que el Estado defienda sus derechos. Ojalá no nos veamos abocados a una situación de enfrentamiento en las calles

La desolación que a muchos no ensombrece hoy, no debe hacernos ceder a las tentaciones extremas. No se trata de revanchas o venganzas, de castigos ejemplares. pero tampoco, de alentar la irresponsabilidad de quienes nos han situado aquí, vulnerando legalidad, Constitución, democracia. Hay que responder desde el Estado de Derecho, desde la Constitución (y eso, hoy, inevitablemente, es el artículo 155), y el máximo de vigilancia en la garantía de los derechos de todos los ciudadanos. Eso significa evitar como sea enfrentamientos civiles. Y exigir que los que alientan a esa estrategia dejen claro que rechazan la consecuencia difícilmente reparable de que se produzcan víctimas. Desde el refugio de la tristeza…

La forma en que finalmente se ha anunciado la aplicación del 155, esto es, una intervención de mínimos, y muy limitada en el tiempo (poco más de 50 días), abocada a unas elecciones con garantías, pese a las circunstancias excepcionales del contexto, abre una puerta a la esperanza. Sea porque Rajoy ha actuado bajo la influencia del PSOE, sea por la supuesta mediación de Urkullu, sea porque ha habido un pacto oculto con sectores decisivos del procesismo (Mas, una parte de ERC, una parte de PdCat), que los ciudadanos se expresen a través de elecciones libres y con garantías, es una decisión difícilmente criticable, aunque desmonte la épica del independentismo, que pudo convocarlas y no supo/no quiso.

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