Laudatio en el entrega de la medalla de La Universitat de Valencia a Carmen Alborch (23.10.2017)

Magnífico y Excmo. Sr Rector de la Universitat de València

Distinguidas autoridades

Profesora Carmen Alborch, querida Carmen

Compañeros del Claustro de la Universitat de València

Señoras, Señores

 

(La medalla de la Universitat, conforme a lo dispuesto en el apartado 3 del artículo 11 de nuestros Estatuts y en el correspondiente Reglamento, es una distinción honorífica que se otorga a personas físicas, corporaciones y entidades, por razón de sus méritos o de los relevantes servicios prestados a nuestra Universidad.)

(La iniciativa de otorgar esta medalla a Carmen Alborch partió de la Unidad de Igualdad de la Universidad, a cuya directora, Amparo Mañes, quiero agradecerlo expresamente, secundada por varios Departamentos, Institutos y Facultades. A propuesta del Vicerrectorado de Cultura e Igualdad, que hizo suya el Rector, el Consejo de Gobierno adoptó el acuerdo 161/2017 en su sesión de 7 de julio de este mismo año).

La propuesta de concesión de la medalla, tal y como fue aprobada por el Consejo de Gobierno, destaca “que tota la seua trajectòria és extraordinària, tant en l’àmbit de la igualtat com de la cultura”. Carmen Alborch enriquece así una lista de brillantes profesores universitarios entre los que se encuentra su maestro, Manuel Broseta (1992), la profesora Pérez Vera (1992), una de las primeras rectoras de Universidad, o las profesoras Ana Lluch (2014) y Celia Amorós (2017). También los exrectores, profesores Lapiedra, Ruiz y Tomás. Pero también a muy destacadas personalidades del mundo de la cultura, del arte, como Matilde Salvador (2001), el querido Raimon (2009) o Maria del Mar Bonet (2013).

Se me ha regalado el honor de pronunciar la laudatio de la profesora Alborch. Sí, lo considero un regalo que me hace una gran amiga y una deferencia que agradezco y agradeceré siempre al Sr Rector.

Hablo de regalo y deferencia, porque soy consciente de que hay muchas y muchos colegas que podrían hacerlo, sin duda, con más derecho que yo, porque conocen a la profesora Alborch mejor, o han compartido con ella proyectos e iniciativas por más tiempo y con más intensidad: les pido disculpas a todas, a todos, si no estoy a la altura de lo que les gustaría y de lo que merece nuestra querida Carmen.

Pero los regalos no se discuten. Se agradecen. Y les aseguro que en lo que toca a admiración, respeto y afecto por Carmen, quien les habla no se queda atrás. He contado además con la ayuda de un gran amigo y compañero de ambos, Jesús Olavarría. Si consigo acertar en mi exposición, será en buena medida gracias a él.

De sobra tengo el convencimiento de que todos quienes acompañan aquí, esta mañana, a la Profesora Alborch, tienen muy claros los méritos que avalan esta distinción. Me permitiré por eso el atrevimiento que, créanme, no es resultado de la pereza, de evitar el tradicional enunciado de cargos, obras, proyectos y distinciones, nacionales e internacionales. Como también saben Vds son muchos Qué digo? Muchísimos. Pueden encontrarlos en las notas curriculares y escritos biográficos sobre Carmen, al alcance de cualquiera que consulte a ese oráculo contemporáneo que es el Sr Google, comenzando por la siempre peligrosa –les prevengo- Wikipedia.

No. La verdad es que no estoy ni estamos aquí para una Laudatio que consista en enumerar datos que les aburran a Carmen, al Rector y a todos Vds. Estamos, estoy aquí, sobre todo, para compartir con Carmen y con Vds. algunas de las razones de esta celebración.

Creo que la primera de esas razones puede expresarse así. El nombre de Carmen Alborch, en la Universitat de València y más allá de ella, está vinculado a una capacidad fuera de lo común para abrir caminos e incluso crearlos donde no los había. Para saber contagiar a otros el entusiasmo para llevar a cabo esa tarea, que muchas veces comporta riesgo y aun incomprensión. Y creo que eso se debe a una característica muy particular.

No conozco a nadie que encarne mejor que Carmen lo que se llama joie de vivre. Nadie que tenga tanta capacidad de contagiarla a su alrededor, de expandirla. Eso, lejos de una visión simplista habitual, no se identifica con la frivolidad, con la superficialidad. Todo lo contrario: la joie de vivre sólo es poderosa, contagiosa, sólo es, permítanme el juego de palabras, algo muy serio, cuando nace de una inteligencia y determinación muy especiales, guiadas por una enorme curiosidad intelectual y por una muy firme voluntad de ayudar a crear las condiciones que hagan posible para los otros esa pasión por la vida.

A mi juicio, Carmen ha sabido encarnarla, en primer lugar, en su vida universitaria. Quienes han sido alumnos suyos son testigos de su afán de usar la docencia como instrumento para despertar interés intelectual y vital por lo que constituye su campo de trabajo, el Derecho Mercantil y abrir, sí, caminos. Por ejemplo, desarrollar un método docente que aprendió de su maestro y que era innovador en la época. Unas clases dialogadas que se alejaban de la trillada y tantas veces degradada lección magistral, ya se tratase de la letra de cambio o del voto de los accionistas.

La elección del Derecho Mercantil como especialidad para su trabajo universitario no fue casual. Como ha explicado en algunas ocasiones, además de la figura de su maestro, Manuel Broseta, influyó su interés por conocer desde dentro el corazón mismo de la dimensión jurídica del mercado, algo que excede a la visión tradicional del Derecho Mercantil como una parte específica, técnica, del Derecho privado, relativa a la actividad comercial, y se acerca más a su presentación como un Derecho característico del proceso liberal económico de globalización, vinculado al derecho o libertad de empresa.

Pocos han sabido expresarlo como el gran mercantilista italiano Francesco Galgano, a quien Carmen conoció durante una estancia de investigación en Italia en 1982 (Italia es també el seu país, encara que no li diuen Anna Lisa, sino Carmen), gracias a una beca de la Fundación March, para un estudio sobre las “Sociedades financieras en Italia”. Carmen (con M.Broseta) tradujo un libro imprescindible de Galgano para entender esa perspectiva, Las instituciones de la economía capitalista : Sociedad anónima, Estado y clases sociales. Creo que eso es una muestra significativa de su temprana perspicacia como investigadora, porque ese libro no es sólo un extraordinaria obra técnico-jurídica, sino que está escrito para entender el corazón de esa bestia salvaje, por expresarlo en términos de Adam Ferguson y sobre todo de Hegel, que puede ser, que es el mercado, institución dominante de nuestra sociedad civil, que algunos pretenden identificar con ella en términos de monopolio, de exclusividad. Las Universidades, permítanme recordarlo, como la asociaciones de vecinos o las ONGs, son también agentes de esa sociedad civil, con los mismos, si no mejores títulos.

Pues bien, creo que la trayectoria de investigación de Carmen, desde su tesis doctoral significativamente dedicada al Derecho de voto en la Sociedad Anónima. Supuestos especiales (1973) ha tenido que ver sobre todo con aspectos relevantes de la relación entre democracia, derechos y mercado o, como ella misma ha escrito en su memoria para el nombramiento como profesora honoraria de nuestra Universitat, con los derechos vinculados a la ciudadanía, la igualdad entre mujeres y hombres y la protección de los consumidores.

Y aquí la referencia a otra de las razones que pesan en este reconocimiento, la medalla de la Universitat: la lucha de Carmen por la igualdad entre mujeres y hombres, que comienza en la Universitat. Cito sus palabras: “el tema de la igualdad ha sido y es para mí una prioridad. Cuando era estudiante en esta Universidad ya me sentí involucrada en la lucha por las libertades y a favor de la igualdad, estrechamente vinculada con la consecución de la democracia. Fui tomando conciencia de las discriminaciones que sufríamos las mujeres y adquirí un compromiso vital, político e intelectual”.

Sí, desde su época como PNN, en compañía de ese grupo de jóvenes profesores que se reunían en la legendaria mesa de Económicas, y luego como la primera mujer profesora adjunta de Derecho Mercantil en Valencia (1977), la primera mujer directora de su Departamento (1984) y en particular la primera mujer Decana de la Facultad de Derecho (1985), aventura que tuvimos el privilegio de compartir algunos de los que estamos aquí esta mañana (he visto a Carmelo Lozano), Carmen entendió su trabajo como docente e investigadora en clave de lucha por la igualdad. Y la Universidad, sus compañeros, le devolvieron mucho. Vuelvo a su palabras en la mencionada memoria: en ese trabajo en su Departamento, escribe, “aprendí el valor y el ilimitado placer del conocimiento y el aliciente de participar en un proyecto colectivo. Aquí aprendí también el valor del diálogo y de la vocación pública”.

 

 

Pero es evidente que este reconocimiento que se le entrega hoy se debe también a la excepcional contribución de Carmen Alborch en el ámbito de la cultura, del espacio público, del ejercicio de la política.

Primero, desde su ciudad, pues apenas un año después de nacer en Castelló del Rugat, su familia se trasladó a Valencia, que es mucho más que su ciudad, como se pude apreciar en su estupendo La ciudad y la vida (2009). Su relación con Valencia, en efecto, es uno de los rasgos que marcan más a fondo su personalidad, su vida, y que la convierten en una cosmopolita arraigada. La alcaldesa que muchos soñamos para Valencia en 2007 y que no pudo ser. Pero no abandonó su compromiso político con los ciudadanos de València por el hecho de no haber sido elegida alcaldesa: entre 2007 y 2011 realizó una actividad de oposición seria, cortés siempre, pero firme, reflejada en su Anatomía de un mandato, balance de su gestión durante esos años.

Desde su ciudad, Valencia, decía, y luego en España y en el mundo, porque Carmen es una rara avis, alejada tanto de los frecuentes cosmopaletos, acomplejados por haber salido alguna vez de su pueblo a Nueva York, como de aquellos otros que hacen de su propio ombligo el límite del mundo que merece la pena conocer.

En ese camino sus aportaciones han marcado y para bien la vida de los demás, magníficamente acompañada, como siempre en sus proyectos, una característica que habla de esas cualidades que he mencionado: ya haya sido la Galería Temple (Tomás, Salomé, Salvador), la Asociación de mujeres universitarias o la Asamblea de Mujeres (Trini Simó, Olga Quiñones, Consuelo Catalá, Asunción Ventura, Isabel Morant, Maite Larrauri…), la creación del IVAM (Tomas Llorens, Vicent Todoli), la red de museos como Ministra de Cultura en el Gobierno de Felipe González, sucesora del añorado Jordi Solé Tura (José Guirao). Tras dejar el Ministerio, siguieron años de intensa actividad pública como diputada (1996-2008) y posteriormente en el Senado (2008-2016).

En su incansable actividad publica en el ámbito de la política cultural, valenciana, española, europea, global, la lucha por la igualdad de las mujeres y por la mejora de los derechos de los ciudadanos en el ámbito de la cultura ha sido una guía constante, en compañía de una generación de mujeres que se empeñó en la vida política (alguna de ellas están aquí, como Amparo Rubiales, Rosa Conde, Arantxa Mendizábal, Juana Serna…), ya fuese en la IV Conferencia Mundial de la mujer en Pekin (1995) y sus seguimientos en Nueva York (2005 y 2015), en foros en Kenia, Mozambique, Trieste, Valencia, Cádiz o Madrid , en su trabajo en la Ley de Propiedad intelectual, la ley de fundaciones y mecenazgo, en el fomento del cine español, en el impulso a la Directiva de televisión sin fronteras, y tantos otros. Pero se me ha ido la cabeza y he incurrido en el tópico de los datos, los cargos, las distinciones que quería ahorrarles.

Menos mal que, para suerte de todos Vds., tengo que terminar. No quiero hacerlo sin referirme a lo que Carmen Alborch nos ha regalado como ensayista, en particular a través de esa trilogía de enorme impacto popular, que ha extendido el número de sus admiradores a cientos de miles de lectores: Solas. Gozos y Sombras de una manera de vivir (1999), Malas. Rivalidad y complejidad entre mujeres (2002) y Libres. Ciudadanas del mundo (2004), a los que hay que añadir el más reciente, Los placeres de la edad (2014).

En esta tarea, Carmen se nos revela como la mujer orgullosamente sola, que es y que, dice ella misma, “se siente, en cambio, venturosa y cálidamente acompañada y ni por asomo se considera una persona solitaria”. Una mujer que como escribió en Malas, un libro dedicado a “las mujeres de mi vida”, sabe que las mujeres “podemos ser malas, pero podemos ser peores”, aunque si bien “no somos amigas por naturaleza, tampoco las peores enemigas”. Una mujer que vive a fondo la aventura que culmina en el anhelo de la libertad, de la igual libertad que es todavía un anhelo insatisfecho de buena parte de las mujeres del mundo, un anhelo por el que Carmen, como siempre, vive con pasión y sabe que todo puede reviscolar.

En 2015, tuve el placer de compartir la presentación en esta misma sala de su último libro, Los placeres de la edad, en el que Carmen sabe explicar la vida como una montaña rusa, no como una cuesta abajo. Y cómo, “cuando vas llegando a la cima de la montaña, con una edad, (que) te permite ver el paisaje con más plenitud y ser más libre”. En esa ocasión, como dijo en otra muy diferente un digamos, notable pensador, estábamos todos tan a gustito, que hice algo que no había hecho nunca: tuve la osadía de cantarle en público el estribillo de una canción de La vida de Brian, que creo que casa bien con el espíritu de Carmen, Always look at the bright Side of Life…Vaya! Me había prometido no volver a cantar, pero es que no hay quien se resista a esta melodía y la llevo en la cabeza desde primera hoa de la mañana. En fin, como diría otra notable pensadora, del rango del anterior, yo es que por Carmen, can-to!

No lo volveré a hacer, no teman y menos en ocasión tan solemne como esta. Pero sí quiero recordarle a Carmen el de una canción que le gusta, Heroes, de David Bowie: We can be heroes, just for one dayand again (añado). Gracias, Carmen, por enseñárnoslo.

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