Presentación del libro de Nicolás Castellano, Me llamo Adou, Fundación César Manrique, Lanzarote, 11 5 17

 

Nicolás Castellano es, lo saben todos Vds, un periodista al que muchos admiramos profundamente por la calidad de su trabajo profesional, por su independencia y rigor de criterio, por su tenacidad para seguir informando sobre cuestiones importantes pero que ya no están de moda, cuando casi todos desisten de hacerlo porque la mayoría de los responsables de los media, los <jefes>, te sueltan eso tan terrible de <eso ya no es noticia>. Añadiré además que yo admiro y quiero al ser humano que es Nicolás. Porque nunca te falla como amigo, porque sigue con un grado de compromiso que envidio, porque es serio, pero lo contrario de aburrido…

Después de esta declaración pública de amistad, que tampoco hay que exagerar, vamos a lo que importa, el libro de Nicolás. Un libro imprescindible que cuenta con un deslumbrante y enjundioso prólogo de Luis García Montero, que voy a glosar en buena medida en mi presentación.

Me llamo Adou, la historia del niño Adou Ouguste Nery Ouattara es, a mi juicio, un magnífico testimonio contra la barbarie que domina la sociedad global que hemos construido (y no sólo <en la que vivimos>, como se suele decir). Una barbarie que destruye los lazos más elementales de humanidad, el reconocimiento del otro como ser humano. Pero también, un libro que ofrece razones para la esperanza, para que superemos eso que denuncia Luis García Montero en ese maravilloso prólogo: “la piedad fugaz que caracteriza nuestra vida líquida”, uno de los síntomas más claros de la enfermedad moral y política que se ha convertido en epidemia y que, como decía, debilita hasta anonadarlo el vínculo social y político entre los seres humanos en este mundo global. Y no me den explicaciones simplistas como esa de la aporofobia, un rasgo indiscutible, pero que no es en absoluto  la clave de la comprensión del complejo fenómeno en que consiste la demolición, insisto, del vínculo social y político.

Nicolás ha sido testigo, ha contado, ha denunciado con tenacidad, otros hechos de barbarie: la tragedia de las muertes en la playa de El Tarajal, el abordaje de una patera por una lancha de la Guardia Civil, o el abandono en el que dejamos a las víctimas de terremotos y desastres naturales después del primer espasmo de lo que yo he denominado el avestruz compasivo (los telemaratones, los sms a cuentas bancarias solidarias, que nos permiten en un lapso relámpago de tiempo seguir enterrando la cabeza, ajenos al horror que sucede alrededor y que afecta a los otros) por sólo mencionar algunas de ellas.

En alguna de las entrevistas con motivo del libro, Nicolás ha dicho que es precisamente esta foto del 7 de mayo de 2015, tomada por el escáner del puesto fronterizo de El Tarajal, en Ceuta, la que a su juicio ejemplifica, es el símbolo, del fracaso de Europa. Y no puedo estar más de acuerdo. Por muchas razones.

La primera es la carga simbólica de la maleta misma. De nuevo con nuestro amigo Luis, “si la vida y la historia del ser humano son un viaje, enfrentarse a lo que llevamos en nuestras maletas se carga de significado”. Mucha tinta ha corrido a cuenta, por ejemplo, de las maletas de Port Bou, las maletas de Benjamin, que inspiran como saben el nombre de una revista cultural. Esta maleta que contenía a Adou, ese monstruo, esa ballena que se traga al nuevo Jonás que es Adou, como escribe el admirado prologuista, explica la imposibilidad del viaje, del ejercicio de un derecho básico. Y la desesperación del padre de Adou, Alí Ouattara, un profesor de filosofía y de idiomas en Abidjan (Costa de Marfil) que, como tantos otros seres humanos, es consciente de que él y su familia deben abandonar ese infierno en el que viven, de la manera que sea. También como tantos centenares de miles de seres humanos, empleará años para conseguirlo él mismo, su mujer Lucy y su hija Mariam, la segunda de sus tres niños. Pero no para el mayor, Michel, ni para el benjamín, Adou. El mismo Alí recurrió, como tantos otros, a eso que demonizamos, los “traficantes de sueños que comercian con los seres humanos”, por seguir citando a nuestro poeta amigo: las mafias que son la única esperanza para ese derecho negado, pues nuestras políticas consisten ante todo en eso, en cerrar las vías del viaje legal, en negar ese derecho. Y consiguió que llegaran a España su mujer Lucie y su hija, Mariam. Pero la Ley española (este nuestro Derecho europeo y nacional de extranjería, inmigración y asilo) no le permitió la reunificación familiar de sus dos hijos, Michel y Adou, de 8 años de edad. Hay umbrales económicos, sellos, disposiciones administrativas, requisitos burocráticos que debía cumplir y que no consiguió reunir: al final, 56 euros, como cuenta Nicolás en el capítulo 9. Alí Outtara vuelve a recurrir a los criminales traficantes de sueños que, por 5000 euros, le prometen que traerán a Adou, -su Nery, como él le llama- convirtiéndolo así, paradójicamente, en traficante de seres humanos, traficante de su propio hijo. Déjenme que les diga: qué barbaridad! Es decir, como explicaría Forrest Gump, qué cosa de bárbaros…

La segunda, hablando en términos jurídicos y políticos -que son los propios de mi trabajo, de lo que puedo hablar porque, después de 40 años, algo sé o se me ha quedado-, por la barbarie que practicamos en relación con lo que se cuenta entre lo más valioso que hemos aportado al mundo desde Europa, desde Occidente: las nociones de derechos humanos y de ciudadanía como herramientas de emancipación. Hemos pervertido la noción de sujeto universal de derechos (esto es, la igualdad de todos los seres humanos desde el punto de vista del Derecho, de los derechos fundamentales) que es lo que significan la Declaración universal del 48 y los Pactos del 66, ratificados por todos los Estados de la comunidad internacional y, como explicara Bertold Brecht antes de que lo teorizara magníficamente Hannah Arendt, hemos reservado esa condición a quien tenga un pasaporte, a quien sea ciudadano de un Estado que cuenta. Hemos hecho real la modificación del lema revolucionario de la rebelión en la granja, esa triquiñuela del cerdo Napoleón y hemos convertido a la mayoría de seres humanos en menos iguales que nosotros, los seres humanos de verdad. Otra vez, qué barbaridad!

Aún más, en una inadmisible vuelta de tuerca, nos cebamos con los más vulnerables, los menores no acompañados inmigrantes, lo que -a mi juicio- constituye el más grave disparate jurídico en la historia del Derecho europeo, porque son los sujetos más vulnerables entre los vulnerables: como Adou. Es una idiotez, como pone Nicolás en boca de Adou: página 25 (leer…) Pero sobre todo, si pensamos en la entidad del riesgo, en las muertes de niños, de nuevo hay que decir: qué barbaridad!

Y, sin embargo, esta es una historia, insisto, de esperanza. La que nos produce Alí, capaz de vivir varias vidas en el intento de hacer de la suya y la de su familia una vida mejor. Porque ese es el carácter de tantos miles de inmigrantes: esforzarse tres veces más que nosotros, en historias de amor, de sufrimiento y de lucha, para obtener aquello que a nosotros no es dado como algo natural, los derechos. Ellos demuestran cómo hay que luchar por los derechos y en ese sentido nos civilizan…

Déjenme que añada algo más sobre bárbaros y civilizados, al calor de la actualidad inmediata. Salvo Jorge Verstringe y alguno más, estamos todos muy contentos porque este pasado domingo hemos frenado a la barbarie. Muy ufano, el Presidente Juncker ha sacado pecho porque hemos reducido a insignificantes las cifras de llegadas a Grecia a través del Egeo. La cosa marcha…A no ser porque, como asegura Nicolás, esa foto de la maleta en la que viajó Adou desmiente el mensaje triunfalista y saca al aire nuestras vergüenzas.

Como lo ha hecho también un audio recuperado y publicado por L’Espresso y que conocí gracias a Nicolás. Me refiero gracias al trabajo del periodista Fabrizio Gatti (http://video.espresso.repubblica.it/inchieste/cosi-l-italia-ha-lasciato-annegare-60-bambini-in-esclusiva-le-telefonate-del-naufragio/10267/10368), en el que se reproducen las conversaciones que tuvieron lugar antes de un trágico naufragio, el 13 de octubre de 2013 y que, a mi juicio, revelan un auténtico acto de barbarie.

Las autoridades de Malta recibieron una llamada de socorro desde el móvil de un médico sirio (el Dr Mohammed Jammo) que viajaba -480 personas en total- en un pesquero (por llamarlo algo) a punto de naufragar, a una distancia de 61 millas naúticas de Lampedusa y 118 de Malta. Durante cinco horas, la Libra, un barco de la Armada italiana que se encontraba a apenas una hora y media del pesquero, esperó que las autoridades maltesas e italianas dieran la orden de acudir en su ayuda. El audio recoge la angustia de las llamadas de quienes avisaban que estaban a punto de morir, y la desesperante burocracia europea, que se perdió en competencias, requisitos formales y respondía a las llamadas de socorro con el consabido “no es esta ventanilla; llame Vd a la otra”. Sólo que aquí no era cuestión de sellos, sino de vidas. La Valetta y Roma se arrojaron la pelota: cada uno decía que no le tocaba a su país, sino al otro, hasta que el barco naufragó. Murieron 268 personas y entre ellos, 60 niños. Quizá la mala conciencia de las autoridades italianas (ocultada hasta ahora), estuvo en el origen de la operación mare Nostrum mantenida durante todo el año siguiente 2014, por el gobierno italiano.

En mi opinión, los hechos ahora conocidos constituyen un manifiesto delito de omisión de socorro, además de una violación directa del Derecho internacional del mar, de principios consuetudinarios de ius cogens y de las normas del Convenio de Montego Bay, que exigirían depurar responsabilidades penales. ¿Habrá una investigación de las responsabilidades por esas muertes? Apuesto que no. Ningún Gobierno europeo las pedirá. Tampoco la Comisión Europea, ni el Consejo. Nuestros gobernantes cuentan con la saturación de la opinión pública, que parece haber pasado página de <eso de los refugiados>. Dan por amortizado el impacto de la muerte de mujeres, niños, ancianos, que arriesgan conscientemente sus vidas para salir del infierno que es su casa: no sólo Siria: Mali, Eritrea, la República Centroafricana, Sudán del Sur, Yemen…). Los que naufragaron ese día, los que naufragan ahora en el canal central del mediterráneo, desde las costas de Libia hacia las islas italianas, saben que las bandas criminales que les ponen en esos barcos de muerte son su única esperanza frente al cierre legal de rutas. Un cierre, por cierto, del que se muestra tan ufano se muestra el Presidente Juncker y otros políticos europeístas (“los flujos de refugiados hacia Europa han bajado en un 98%, desde 10.000 diarios a 47 en el día de hoy, gracias al acuerdo UE-Turquía”). Sí, son los mismos que se han mostrado tan aliviados por “el triunfo de Europa (Macron) frente a la barbarie”. ¿Barbarie, dicen? Acudiré a la sabiduría de la madre de Forrest Gump para recordar algo muy sencillo: bárbaros son los que hacen barbaridades, actos de barbarie.

A uno le gustaría que fuera verdad aquello de que No habrá piedad para los malvados. Pero lo que cuenta la película de Urbizu, como sucede también con la de Sorogoyen, Que Dios nos perdone, es un final feliz, comparado con estas historias reales.

A uno, la verdad, lo que le gustaría es poder decirles a todos los que tienen que desplazarse en el mundo, eso tan natural que escribe Nicolás en la dedicatoria de su libro…buen viaje!

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