Las otras Malinallis. Discurso de recepción del Premio Malinalli 2016. Villahermosa, Tabasco, 7 de noviembre de 2016

Alocución de Javier de Lucas en la recepción del premio Malinalli 2016.

 

 

En estos días, en mi país, España, conmemoramos el 80 aniversario de un célebre discurso en la Universidad de Salamanca pronunciado por su Rector, Don Miguel de Unamuno, en el que se enfrentó valientemente ante la insania violenta de algunos de los cabecillas de la rebelión contra la República allí presentes y que resumió en el argumento “venceréis, pero no convenceréis”. Nosotros los que estamos aquí, tampoco tenemos como objetivo vencer, sino convencer, persuadir mediante la razón.

Pues bien, cuentan precisamente de Unamuno que, al recibir un premio de manos del rey Alfonso XIII, le dijo: “Gracias, Majestad: este es un premio muy merecido”. Acabada la ceremonia, el rey preguntó a Unamuno: “D. Miguel, ¿cómo es que me ha dicho Vd que este premio que le otorgamos es muy merecido?”. Y éste responde: “Es que es verdad, Majestad. Me lo merezco y mucho”. “Pero, Don Miguel –arguye el rey- toda la gente que lo ha recibido me da las gracias diciendo que es un premio inmerecido”. A lo que el filósofo contestó: “es que eso también es verdad, Majestad. No se lo merecían”.

 

No: yo no voy a decir lo de Unamuno. El hecho de que el resto de los galardonados se merezcan y de largo este premio no me lleva a responder como Unamuno, sino a agradecerlo como un regalo que no merezco, pero del que me siento muy contento y orgulloso. Orgulloso, desde luego por la ilustre compañía de quienes lo reciben muy merecidamente esta tarde. Orgulloso también por ingresar en la cohorte de premiados a los que admiro profundamente y déjenme mencionar sólo un nombre, el de mi admirado colega y amigo Jose Ramón Cossio.

La doctora Anglés ha explicado en su intervención la ambigüedad de esta creación cultural que es el Derecho, capaz de servir como instrumento para la emancipación de los seres humanos, pero también de aherrojar y violentar a una buen aparte de ellos. Estoy muy de acuerdo. Modestamente, como profesor de Filosofía del Derecho que intenta explicar qué es lo que nos presentan como tal y por qué, trato de hacer mía la afirmación de un gran filósofo del Derecho del siglo XIX, Rudolf von Jhering, para quien el Derecho no es otra cosa que “lucha por el Derecho, por los derechos”. Los derechos no se regalan, no caen del cielo. Si es así, no son derechos, sino limosnas o privilegios. Los derechos se ganan luchando con los demás por su reconocimiento y garantía. Lo escribió Heráclito en uno de sus fragmentos: “Un pueblo debe luchar por sus leyes como por sus muros”. Porque la garantía básica de una vida digna es un Derecho al servicio de los derechos humanos. Y si no, el Derecho será un instrumento de dominación, de violencia, discriminación y explotación de los otros, aquellos que no tienen el poder de crearlo y aplicarlo.

 

El Derecho, como la vida, es bifronte. Ya nos lo recordaba San Agustín, antes que Freud: “yo soy dos, y estoy en cada uno de los dos”. La vida, nuestras vidas, están hechas de esa paradoja: somos capaces de amor, de amistad, de solidaridad para con los otros. Pero también capaces de hacer daño, de hacerles mal. Por eso, en la relación con el otro intento aplicar lo que he llamado el “método Villoro”, por la obra del padre de otro de los galardonados con el Premio Malinalli, Luis Villoro, gran filósofo mexicano. Su hijo Juan, en un elogio fúnebre, le llamó “Villoro el cartaginés”, por el espíritu de resistencia, o, en términos nietzscheanos, su espíritu intempestivo, que le llevaba a la lucha del lado de los más débiles, ese que, según Camus es siempre el lado justo. Pues bien, el método Villoro, según he propuesto en algún trabajo consiste en sabernos pastores de los otros (como los Ents del relato de Tolkien respecto a los árboles, una forma más carnal y arraigada de la condición de <pastor del ser> ue sería la condición humana en el decir de Heidegger). Somos testigos del otro, de todos los otros, y por eso no podemos, no debemos vivir según el espíritu de Caín, que rechaza ser “guardián de su hermano”. Y, sin embargo, tantas veces actuamos como Caín, con la indiferencia que difícilmente encubre el menos precio y aún el odio hacia los otros….

 

Esa ambigüedad, esa potencialidad contradictoria, está presente también en la personalidad de Malinalli Tenépatl, que da nombre a nuestro Galardón. Un personaje controvertido, objeto de descalificaciones muy graves, pero también entendido (como lo hizo por ejemplo Octavio Paz) como la madre de una nueva nación, el gran México, nación mestiza. Sí, Malinalli es bifronte, como lo explica maravillosamente la escultura del artista Sebastián que es la presea que se nos ofrece a los galardonados. Una madre que da vida a un nuevo mundo, al tiempo que es víctima y coimplicada en el sufrimiento causado por los victimarios en este complejo proceso de alumbramiento. Su condición de mujer excepcional, protagonista real de trascendencia histórica indiscutible, es glosada también desde una perspectiva feminista: la madre que engendra un mundo nuevo y al tiempo es la víctima de los agresores.

 

Pensaba en todo eso evocando la tragedia que es la mayor mancha de los europeos, en este período histórico. Una tragedia por la que más pronto que tarde recibiremos un juicio terrible de la historia. Nuestro maltrato a tantos centenares de miles de seres humanos que arriesgan su vida y perecen en aguas del Mediterráneo, porque mis gobernantes, los gobernantes de toda la UE, no parecen entender del deber de respetar y cuidar del bien sagrado que es la vida, la primera tarea del Derecho y de la política y no sólo ante los refugiados, sino también ante los inmigrantes, ante todo ser humano en peligro. Esa es la misión básica del Derecho, la que hará de él un  instrumento noble si la garantiza y una herramienta ilegítima, abominable si la viola.

Sé que esto sucede en todo el mundo. En México también: también aquí se vive el peligro para miles de niños, inmigrantes y refugiados menores de edad no acompañados  que desaparecen. Para las mujeres, víctimas particularmente vulnerables en esa precaria situación, Pero déjenme que denuncie lo que conozco: unas políticas europeas de inmigración y asilo que  no respetan derechos humanos fundamentales.

Al recibir este premio, pienso en la tragedia que viven en el Mediterráneo tantas nuevas Malinallis, que arriesgan sus vidas por sus hijos, y que son muchas veces víctimas de continuas violaciones y malos tratos que son al tiempo arma de guerra y/o el precio de su aventura desesperadamente esperanzada. Madres de un mundo, el nuestro, que debería saberse reconocer como mestizo. Los europeos, todos nosotros, debemos saber aceptar esa savia nueva, en lugar de empeñarnos en sepultar a quienes son, sobre todo, portadoras de vida. Portadoras del futuro de todos nosotros. A esas mujeres inmigrantes, refugiadas, dedico este Premio.

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