DEMOCRACIA Y CULTURA DE PARTIDO (CTxT, 8.10.16)

La brutal escenificación de los antagonismos y las confrontaciones personales, tácticas e ideológicas en el seno del PSOE, al hilo del Comité federal celebrado el sábado primero de octubre, tiene diferentes planos interpretativos. Se ha impuesto como clave de análisis el enfrentamiento de dos sectores del partido ante un hipotético segundo intento de investidura de Rajoy (abstención o voto en contra), junto a la pugna en los términos clásicos de la lucha por el poder, hacerse con la secretaría general, desbancando a Sánchez.  Pero más allá de eso y pese a lo que sostienen quienes consiguieron derrotarle en la votación, opino que hay otra discusión de mayor calado e interés, porque remite a uno de los más relevantes debates ideológicos de la democracia en el siglo XXI: el modo de entender no sólo la gramática, sino también la práctica de la democracia, lo que supone, por ejemplo, entender cuál ha de ser el papel de la ciudadanía a la hora de decidir prioridades de la acción pública, más allá del voto cada x años y cómo organizarlo. Y por supuesto, cómo ofrecer respuestas desde lo que todavía llamamos izquierda y no sólo de la socialdemocracia.

Pero comencemos por lo que se representó en el proscenio. Si algo se sabía y se había puesto de manifiesto a lo largo de estos dos años es la falta de entendimiento, de química, o, pura y simplemente, la incompatibilidad personal entre “compañeros de partido”, entre Pedro Sánchez, y los presidentes autonómicos, con lugar destacado para la “Baronesa”, a los que podíamos añadir los nombres de algunos ex que juegan a guardianes de las esencias del partido. Comenzando, claro,  por ese alto empleado de Slim que saca a paseo de vez en cuando y siempre que se lo piden su condición de super-ex, olvidando la de jarrón chino. El que no se hayan podido establecer vínculos no digo de complicidad, sino al menos de leal colaboración entre unos y otro, puede echarse en no poca medida sobre la espaldas del ex Secretario General, Sánchez. Este ha evidenciado una considerable incapacidad para actuar conforme a lo que llamamos cultura de partido, que en el PSOE exige que el secretario general sepa mantener los lazos o al menos los puentes con esa galería de personalidades. Pero tampoco se puede decir mucho del esfuerzo de esos ilustres compañeros, ya desde el minuto uno de su elección en primarias, una condición que no conviene olvidar y que no se ha respetado en su derrocamiento.

Constatadas esas obviedades, debemos pasar a lo más sustantivo. Tras ese primer plano, el juego es de otro carácter y a mi juicio tiene como lectura insoslayable el choque entre la cultura de partido y la necesidad de entender que democracia hoy significa otra cosa. Que el juego político requiere hoy avanzar en una exigencia democrática que permita no sólo la regeneración interna, sino ponerse en condiciones de dar respuesta a una ciudadanía que, cada vez más claramente, abandona su posición de consumidor pasivo, tan bien ilustrada en esa parábola que es Wall-E. Esto es, una diferente concepción ideológica, diferente incluso sobre el modelo mismo del juego político. Y ello pese a las protestas de los Puig, Fernández Vara, García Page y Susana Díaz o incluso del Presidente de la Comisión Gestora, Javier Fernández.

Creo que tales diferencias se evidencian si nos planteamos algunas preguntas: ¿acaso no es precisamente esa cultura de partido la que separa crecientemente a la clase política de los militantes y –no digamos– de los votantes? ¿no son los viejos partidos estructuras refractarias a los intentos de abrir el ejercicio de la política al control (por ejemplo, de su financiación) y a la voluntad de los ciudadanos? ¿no es la imposición de la cultura de partido la que hace perder de vista en el PSOE que la tarea prioritaria es, por decirlo a la Ranciére, democratizar la política? Buena parte de esos interrogantes estaban detrás del éxito inicial de Podemos. Pero en cuanto el movimiento se transformó en partido, aparecieron en su interior los mismos vicios que criticaban, comenzando por la imposición férrea de las decisiones del líder ante la primera discrepancia relevante surgida en las propias filas, lo que ha acabado por abrir una brecha en su interior. Por no hablar de esas amenazas de represalias en el apoyo a los gobiernos de comunicades autónomas (Castilla La Mancha, Extremadura y luego Aragón y C.Valenciana), tomando a los ciudadanos como rehenes de su táctica partidaria. Aunque es cierto que la aparición de la lógica pluralidad de tendencias en un partido que parecía encaminarse a una organización conformada según el viejo modelo vertical, es una buena noticia y además se ha hecho en no poca medida a la luz pública.

El PSOE dirigido por Sánchez ha batallado con esa sombra durante dos años. Pero lo ha hecho cada vez más encapsulado en torno a la propia dirección, faltos del pragmatismo. Se  mostraron como devotos fieles de la ética de la convicción (al menos su retórica tiene ese signo), atentos al protagonismo de la militancia y de la calle, pero incapaces de la ruptura real que les diera coherencia con esa otra cultura democrática que asoma desde el 15M. Por eso su batalla se planteó mal: no puso el esfuerzo en recuperar la tensión democrática que resulta de abrirse con transparencia a militantes y simpatizantes (las primarias, como una ley exigente de financiación de los partidos son sólo un paso, necesario pero no decisivo en el impulso de democratización), sino que dispuso su estrategia en torno al objetivo de evitar el sorpasso y no en mostrar la capacidad de renovación democrática del PSOE, tanto o más que Podemos.

Por su parte, quienes han practicado el acoso y derribo de Sánchez rebosan, sí, cultura de partido y de sus pretendidos signos de identidad. El arquetipo es la Presidenta de la Junta de Andalucía, aparatchikpor excelencia y cuya visión política parece reducirse al bien del partido, como partido socialistaandaluz. El Presidente de la gestora también ha dejado claro que el PSOE es un viejo partido con tradición propia y centenaria y no se debe consentir el contagio podemita. Sin embargo, no acaban de tomar conciencia del cambio de cultura política, de la manera de entender la democracia, del ethosmismo de la política, centrados como parecen estar en una interpretación excesivamente literal de lo que Weber llamara ética de la responsabilidad, con su característica apelación al pragmatismo.

El problema de esa cultura de partido, como se sabe desde hace mucho tiempo, es lo que Roberto Michels llamó la ley de bronce de tales organizaciones, esto es, la suplantación de los intereses genuinos para los que nace el partido, por los de la élite o, para decirlo más pragmáticamente, el aparato que, ante todo, trata de perpetuarse. La incapacidad de esa cultura del PSOE (de una parte, para ser justos, por más que parece mostrarse como mayoritaria) para tomar conciencia de que ha habido un cambio de percepción ciudadana respecto al propio juego de la democracia, que va más allá del debate sobre la cultura de transición o el bipartidismo, me parece patente. Eso, unido a la manifiesta obstinación o incompetencia de Rodríguez Zapatero para diagnosticar y responder a la crisis, junto a su sumisión a la ortodoxia liberal dictada por Wall Street, en lugar de dimitir) explica en buena medida su proceso de pérdida de adhesión ciudadana, aunque algunas –muchas– de las tomas de posición del PSOE de Sánchez, sobre las prioridades en la respuesta a la gestión de la crisis, eran más razonables que las practicadas por el PP y más viables que las recetas predicadas por Podemos.

La retórica de unos y otros, con todo, trató de reequilibrar esos rasgos en la medida en que pudieran detraerles la adhesión de los militantes y de los ciudadanos. Unos y otros, sin duda, han intentado presentarse como fieles a la historia centenaria del partido de Iglesias: ahí Sánchez ha tenido que hacer más esfuerzo en la medida en que su déficit era de cultura de partido. Unos y otros han apelado al bien común, al interés general o como mínimo a la prioridad de la voluntad de los militantes: y ahí el esfuerzo ha tenido que ser mayor entre los primeros, conscientes de que la militancia apoyaba mayoritariamente ese discurso del no, que Sánchez ha conseguido finalmente erigir en el discurso vertebrador de quien milita –incluso de quien vota– en el PSOE.

Lo peor es que el desgarro, ese abismo que se ha abierto en el interior del PSOE y que la costurera andaluza dice querer zurcir, no sólo es muy difícil de suturar, sino que muy probablemente se coserá en vano. Porque lo verosímil es que asistamos a una llamada al cierre de filas, otra vez la cultura de partido, a esa unidad que siempre tiene el precio de ahogar la pluralidad. Por esa vía, la hipótesis más aceptable es que aún no hayan tocado fondo y que ni siquiera el previsible  derrumbamiento electoral en el caso de terceras elecciones sea ese final del agujero para el partido. Porque yerran el rumbo si no advierten que el desafío que afrontan es otro: abrirse a una verdadera regeneración democrática y convertirse así en una poderosa fuerza redemocratizadora de la política.

Esperar esa reconversión desde el PP de Rajoy, y menos aún si vuelve a gobernar, es wishfull thinking. Si me apuran, en las actuales condiciones, no parece obtenible ni siquiera el nivel mínimo de subsistencia del pathos democrático, sepultado por la red de corrupción que ahoga al partido, la trama venenosa de la financiación irregular, si no delictiva (los tribunales dirán) y su resistencia a abandonar el modelo caudillista  de gobierno interno. Las expectativas de debacle del PSOE en una posible convocatoria electoral en diciembre acaban por redondear el escenario en el que se ha encontrado inopinadamente Rajoy. Con el PSOE no ya arrodillado, sino por tierra, Rajoy se sentará a ver pasar el funeral, si es que no consigue la rendición incondicional antes del 30 de octubre.

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