ALIVIO PARA LA IMPOTENCIA

Aunque pueda parecerlo, esto no es un mensaje comercial de laboratorios farmacéuticos. La impotencia es, será, el motivo de muchos de los votos que se producirán este domingo, el voto reactivo, decidido por el sentimiento de indignación o frustración que embarga hoy a muchos ciudadanos tras la legislatura de mayoría absoluta del PP. Y aún más, después de la prórroga de medio año que consiguió el Gobierno Rajoy, ante la incapacidad/ausencia de voluntad por parte de nuestros representantes para gestionar los resultados del 20 de diciembre.

Una parte importante de esos votantes –hasta 3 millones, según el sondeo de demoscopia del pasado viernes- van decidir si frenan la caída del PSOE, o si la profundizan, pasando su voto a C’s, UP, o incluso al PP. De ese resultado dependerá el color del Gobierno de inevitable coalición que habrá de constituirse. Y no es en absoluto descartable que no sea el de la confluencia de las dos fuerzas de izquierda (UP y PSOE) que, sumadas, parecerían tener a su alcance esa opción.

Muchos ciudadanos sumarían así impotencia sobre impotencia, porque -también según todos los sondeos- esa sería la coalición de Gobierno que preferirían la mayoría de los votantes y la que obtendría mayor respaldo parlamentario. Una coalición que se vería frustrada por los antagonismos entre los líderes de UP y PSOE y las diferencias en sus programas que, la verdad, son menores que las convergencias. Sobre todo, menos importantes que el objetivo básico: tener un Gobierno alternativo al que hemos sufrido en los últimos 4 años y medio.

Comprendo, claro, las razones de la mutua desconfianza entre los dos partidos. Es evidente, por mencionar sólo un dato, que el PSOE no puede aceptar el horizonte de posibles referenda de autodeterminación en Catalunya, Galicia, el País Vasco: para quienes siguen pensando en España como Estado, aunque sea federal, son promesas que carga el diablo. Pero la fuerza del ala neoliberal dentro del PSOE y su sumisión (la de ZP, por cierto) al realismo austericida queda en la memoria de quienes anhelan un cambio de verdad hacia una democracia en la que cuenten como prioridades las necesidades de los más débiles.

Y ahí viene el alivio. El voto puede desempeñar esa función. Como afirmación de mi prioridad y no sólo como expresión de mi impotencia. Es decir para no apoyar a quienes quizá hablen e incluso se lamenten de las situaciones de los parados, los pensionistas, los jóvenes forzados a emigrar, las mujeres que mueren asesinadas todas las semanas, los dependientes que no consiguen sobrevivir dignamente, por no hablar del ninguneo de la cultura y del maltrato a los creadores. Pero que no incluyen ni una línea en los presupuestos para poner remedio a todos esos problemas. Un voto que tampoco irá en apoyo de quienes, por ejemplo, no se comprometan como prioridad con las 5 medidas elementales de política de refugiados propuestas por CEAR en su informe de 2016. Hay que darles donde les duele: que no tengan ni un escaño con nuestros votos

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