LIERATURA Y CINE EN EL DIA INTERNACIONAL DE LOS REFUGIADOS

Hay muchas maneras de commemorar este 20 de junio, día internacional de los refugiados, porque celebrar, lo que se dice celebrar, no es que haya muchos motivos para hacerlo.

Muchos participarán (si no lo han hecho ayer, en las marchas convocadas para el domingo), en manifestaciones y actos de denuncia, para exigir otras políticas que reconozcan y garanticen eficazmente los derechos de esos nadie, los refugiados, que necesitan del asilo para poder reclamar derechos elementales. Otros meditarán su voto para el próximo domingo y ojalá que decidan negárselo a los partidos que ni siquiera llevan en su programa (y no digamos en las medidas económicas) las iniciativas básicas propuestas por CEAR en su reciente Informe 2016. Pero también existe la posibilidad de aprovechar para leer algunas novelas, visitar una exposición o rescatar algún documental o alguna película que, muchas veces, nos enseñan sobre los refugiados mucho más que densos tratados o manuales.

Muchos de nosotros tenemos en casa, sin saberlo, el primer relato sobre refugiados, el que nos cuenta el Libro del Génesis, 3, 23-24: Y Yahveh Dios echó, pues, fuera al hombre, y puso al oriente del huerto de Edén querubines, y una espada encendida que se revolvía por todos lados, para guardar el camino del árbol de la vida”. Según el relato bíblico, los primeros refugiados fueron nuestros progenitores, de modo que la historia de la humanidad comienza con un acto de expulsión y con dos seres humanos a la busca de un refugio fuera de su hogar natal. Pero, si no queremos remontarnos tanto, sugiero la lectura de dos novelas relativamente recientes.

La primera, de Laurent Gaudé, traducida al castellano con el título El Dorado (Salamandra, 2007) nos acerca a la historia de un comandante de guardacostas italiano, Piraci, que desde el puerto de Catania, trata de controlar la llegada de inmigrantes irregulares y refugiados a la puertas de Europa. Después de vivir una experiencia traumática, pues conoce a la madre de un niño al que rescataron ahogado, decide emprender el viaje al revés, es decir, unirse a los inmigrantes y refugiados que tratan de alcanzar ese El Dorado que es para ellos Europa. Ahí la historia se cruza con la de uno de esos millones de inmigrantes, Suleiman, que trata de alcanzar las costas del norte de Africa para encontrar su paraíso europeo.

La segunda, una nouvelle de la multipremiada escritora Maylis de Kerangal, A cet Stade de la nuit, recién publicada (Gallimard, Verticales, 2015) y que he tenido la suerte de poder leer gracias al buen consejo de una impagable amiga. En este cuento se narra en primera persona cómo la protagonista se entera por un boletín de radio, a media noche, del primero de los dos naufragios ante la isla de Lampedusa, que tuvo un coste de 350 personas, a las que todo el mundo se refería como “inmigrantes” aunque pronto advertimos la presencia entre ellos de refugiados. Este cuento tiene el aliciente para los cinéfilos (no digamos para los cinemaníacos, como quien suscribe) de un genial hallazgo de Kerangal, que pone en relación el topónimo Lampedusa con la obra de Giuseppe Tomasi di Lampedusa, el autor de El Gatopardo. La imaginación de Maylis de Keranga, le lleva a establecer un vínculo entre el naufragio y la maravillosa secuencia del baile en el palazzo Ponteleone, tal como la filmó Visconti en su extraordinaria versión cinematográfica. El baile, verdadero canto del cisne del mundo de Fabrizio, como sugiere con agudeza la misma de Kerangal, es la puesta en escena del fin de un mundo, de una sociedad, de una época que agoniza en su decadencia y que va a ser sustituido por otro, el de la nueva burguesía, que encarnan Don Calogero y su bella hija Angelica. Aunque entre los del viejo mundo hay quienes, como el sobrino del príncipe, Tancredi, tratan de negociar: “Se vogliamo che tutto rimanga come è, bisogna che tutto cambi”. La Europa envejecida, que camina hacia su decadencia, hacia su irrelevancia en la política global, por su empeño en encerrarse en su privilegiado jardín convertido en fortaleza inútilmente amurallada (como ha explicado Wendy Brown), puede bailar esa danza final, ajena a que su oportunidad de rejuvenecimiento depende en buena medida de una política migratoria y de asilo justa, atractiva y eficaz. Pero no, aquí domina la visión instrumental y cortoplacista, porque gobernantes (y medios de comunicación) ceden a la fácil tentación del mensaje simplista de la inmigración y el asilo como amenaza para nuestro privilegiado nivel de vida, para nuestro modo de ser, que les sirve para acarrear el voto del miedo. Por eso, la política europea (y española) de asilo e inmigración es lampedusiana: cambiar algo para que todo siga igual y, sobre todo, que el cambio no nos afecte. Por eso, como el avestruz, creemos que es mejor no tener esa realidad ante nuestros ojos y hacer que se encarguen otros, los no europeos: los propios países africanos, o Turquía, como en el ignominioso acuerdo entre la UE y Turquía por el que, a cambio de 6000 millones de euros y la exención de visados a los ciudadanos turcos, arrojamos a todos los “excedentes” en manos del cada vez menos fiable Erdogan

Y sí, también el cine. Dos ejemplos entre una larga lista (consulten por ejemplo el sitio web de ACCEM, https://refugiadosenelcine.wordpress.com/ ).

El primero, la estupenda y multipremiada  Illégal (2010), del belga Olivier Masset-Depasse, en la que se nos muestra la historia del paso por un CIE (CREA en su versión belga y francesa)  de Tania, una joven inmigrante irregular que es detenida y encarcelada durante un control de documentos, mientras que su hijo logra escapar. En esa historia se advierte cuán fina puede ser la línea roja que aparentemente separa a inmigrantes de refugiados y sobre todo, hasta qué punto es nuestra respuesta la que habría que calificar de ilegal.  La lucha de Tania, una mujer de 39 años de origen ruso, para no ser expulsada de Bélgica, país donde vive y está integrada desde hace muchos años. Durante un control de documentos, es detenida y encarcelada en un centro de detención mientras que su hijo logra escaparse

El segundo, Fuocoammare (2015), la versión ofrecida por el director italiano Gianfranco Rossi, acerca de la tragedia que viven quienes quieren alcanzar Lampedusa, una película que obtuvo el Oso de Oro en la Berlinale de 2016. Rossi se instaló durante año y medio en la isla para seguir las historias de quienes tratan de alcanzar las puertas de Europa a través del canal de Sicilia, la ruta central del Mediterráneo que recorren miles de personas desde las costas más occidentales de Libia. Rossi recogió el premio acompañado por el doctor Pietro Bartlo, del equipo sanitario que trata de ayudar a todas esas personas, y quiso dedicar el galardón a las gentes de Lampedusa, que gritaron vergogna, vergogna! a las autoridades europeas que llegaron a la isla para derramar sus lágimas de cocodrilo tras el primer gran naufragio de 2013. Gentes abnegadas, generosas, como las de las islas griegas de Lesbos o Kos, que hacen lo que ni las autoridades de la UE ni los Gobiernos de nuestros Estados rehúsan hacer.

 

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