DE ESPALDAS A EUROPA

La casi clandestinidad en la que se commemoró este lunes 9 el “Día de Europa” es un indicio más de la evidencia. El proyecto europeo no funciona e incluso podría decirse que pasa por su peor momento. Eso no quiere decir que no haya conocido dificultades, casi desde su comienzo. Pero el cúmulo de crisis que le afectan hoy, parece herirlo de muerte.

Lo sabemos desde lo que muchos toman como la crisis madre de todas las crisis, la económico-financiera, que emparenta con el muy discutible proceso de aplicación y desarrollo del euro como moneda única (que no común) y los diktat de austeridad de quienes ahora se desdicen con asombroso cinismo de tantas amenazas apocalípticas con las que en su día nos regalaron los oídos,  si no se aplicaban al pie de la letra los mandatos de la troika (como siempre, García Margallo emulando penosamente a Groucho Marx).

Pero hay que sumar la más que evidente crisis institucional de un artefacto a 28 que hace saltar todas las costuras, la amenaza de salida del Reino Unido (aunque es discutible que alguna vez haya entrado) y la mal llamada “crisis de refugiados”, un síntoma de que la condición básica de la que hablara Schuman cuando se funda el proyecto europeo, la solidaridad entre los socios, se esfuma a toda prisa ante la última acometida del virus de la renacionalización, su máximo enemigo.

Sumemos la constatación de que la necesaria ampliación al Este se hizo precipitadamente y mal. Y, en la raíz, el creciente déficit democrático. No porque ahora sea mayor, sino porque ahora es mucho más perceptible por parte de quienes eufemísticamente nos llamamos ciudadanos europeos, cuando es evidente que difícilmente puede haber tal si no hay un pueblo europeo. Y este a su vez sólo es posible si hay una comunidad de Derecho y una mínima identificación activa con lo que quiera que sea esa delicuescente identidad europea.

Y, sin embargo, no parece deseable prescindir de Europa. Sin más y mejor proyecto europeo –es decir, un proyecto político y no simplemente la muy necesaria y nada despreciable comunidad de intereses, la mayoría de los Estados europeos estamos llamados a la más ridícula de las irrelevancias. Lo que es peor, a la más patética impotencia para gestionar los desafíos reales, de la energía a los movimientos de población o el desarrollo sostenible. Eso sin mencionar el verdadero desafío político europeo, la exigencia de una democracia plural e inclusiva radicalmente amenazada, a mi juicio, por las pulsiones nacionalistas que siempre se acaban gestionando en beneficio de los mismos, es decir, no con la liberación de los pueblos, sino con la dominación de los caudillos a los que mueven los hilos los verdaderos amos del cotarro, que, para desgracia de los románticos (los nacionalistas de buena fe, que los hay y muchos), no están por la grandeza de la patria, sino por el beneficio de las transnacionales.

La cuestión es, ¿se discutirá de algo de esto en la inminente campaña electoral? Nos lo propondrán, con iniciativas concretas y traducidas en cifras, los programas de los partidos y coaliciones? Por ejemplo ¿nos hablarán de lo que nos queda de disponibilidad presupuestaria ante las exigencias de Bruselas? Alguna cena tengo en juego y creo que no la perderé si apuesto a que no.

 

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