REFUGIADOS Y MERCANCIAS. BRUSELAS Y EL BAZAR TURCO

El preacuerdo alcanzado ayer entre la UE y Turquía con el que se pretende “resolver” la mal llamada crisis de refugiados parece confirmar la vía australiana en la que se ha embarcado la UE tras el marasmo de la Nueva Agenda migratoria presentada por la Comisión en mayo de 2015 y que ha acabado diluyéndose ante la oposición de la mayoría de los Gobiernos europeos (no sólo el grupo de Visegrad, sino España, Francia, Dinamarca, Holanda, Reino Unido…) que han puesto todos los obstáculos posibles al programa de asilo de mínimos pero común y obligatorio, que pretendía la Comisión y que ofrecía amparo a escasamente 160000 refugiados que de momento se habían quedado en menos de 400. Ya el Presidente Tusk había optado por el modelo australiano hace pocos días, en un comunicado tan tosco como claro, autoritario y amenazador contra inmigrantes y refugiados: “no lo intentéis; no lo conseguiréis”. Es la reformulación de la UE del “lasciate ogni speranza voi ch’entrate” de Dante.

 

El preacuerdo debe pasar por una nueva cumbre y también por  el EuroParlamento, donde se esgrimirán –esperemos- las críticas sobre el déficit legal que afecta a un acuerdo que pone en solfa los derechos de los inmigrantes (también de los irregulares) reconocidos en la Convención de la ONU de 1990 (eso sí, nunca ratificada por ningún país europeo) y el complejo de derechos del estatuto del refugiado conforme a la Convención de la ONU de derechos de lso refugiados adoptada en Ginebra en 1951 (y esta sí,  ratificada por todos los Estados Europeos) y por el artículo 18 de la Carta Europea de derechos fundamentales que reconoce expresamente ese derecho, asi como por el artículo 19.1 de la misma Carta, que prohíbe las expulsiones colectivas. De ahí nace el sistema común europeo de asilo, que se vería en riesgo de fraude jurídico a la vista de lo que sabemos del preacuerdo con Turquía.

Pero no Como cabía sospechar, una vez más la UE opta os su manido recurso, la externalización. Como antes se recurrió (y se recurre: basta recordar la cumbre de La Valetta) a Marruecos, Mauritania, Nigeria e incluso a la Libia de Gadaffi, ahora se negocia con Turquía. Por eso, en la cumbre de ayer no se trataba de adoptar reglas sobre los derechos de los refugiados. Era un regateo de bazar sobre cuánto hay que pagar a Erdogan (sin referencia apenas exigencias a su vez en términos de respeto por Turquia a los derechos de aquellos con los que se negocia) por dejar que nos sacudamos ese peso muerto que nos ahoga supuestamente y que pone en peligro nuestras ventajas, el tan cacareado espacio Schengen. Los derechos no importan; importa asegurar nuestras fronteras.

Ya hemos mercantilizado ese derecho sometiéndolo a copago: Suiza, Baviera y Baden-Wurtenberg primero y Dinamarca después impusieron contraprestaciones económicas a los refugiados, como se analiizó po cierto en en varios artículos publicados en CTxT. Pero esa mercantilización de lso derechos da un paso más. Refugiados por mercado. Así de simple. “Dos entran, uno sale” (Two men enter, one man leaves) era la regla en Bartertown, la ciudad de los negocios gobernada por Aunty Entity (Tina Turner inolvidable en Mad Max beyond the Thunderdome) en la que todo está en venta, porque la vida es sólo una mercancía más. La UE, que se llama así porque quería ser algo más que un mercado común, se convierte de hoz y coz en sólo un mercado, pero uno en el que nos reunimos, como en un bazar, con Erdogan, que parece así la encarnación del peor fobotipo del gran turco. Como en el bazar, regateamos con él un precio por nuestra mercancía: vidas de refugiados a cambio de 6000 millones de euros y ventajas económicas (y políticas) para Turquía. Sí, como Merkel no es Aunty Entity, ha conseguido que el mensaje sea  un poco más misericordioso: “One in, One out”.

Y déjenme que les recuerde otro detalle que repugna jurídica y políticamente. A todo esto, en el Consejo extraordinario de Bruslas celbrado el 7 de marzo y en el que se adoptaron estos acuerdos, tras negociar entre sí los dirigentes europeos y a  su vez con Erdogan, participaba un presidente del Gobierno en funciones, un Rajoy que en ningún momento ha discutido en su Congreso de los Diputados ni en Comisión parlamentaria, ni en conversaciones con los líderes de los grupos parlamentarios o de los partidos la posición a adoptar, al menos que se sepa. ¿Hablamos de legitimidad democrática? ¿Hablamos de la desconexión con la ciudadanía –ya lo hemos visto con sus representantes- ante decisiones que pueden arrojar sobre los europeos una carga de vergüenza e infamia?

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