LA FUERZA (ODIOSA) DE LA COSTUMBRE

A veces la anécdota permite acceder a la categoría. El eco desaforado que ha provocado en los medios el último capricho del “famoso” de turno (por lo común, un personajillo de reality) es un buen ejemplo. Como se trata de un matador de toros (el no va más en la escala del famoseo, donde, por supuesto, no tiene cabida un científico, un maestro, un investigador), su impacto mediático rivaliza con el de los tsunamis o terremotos. Me refiero, claro, a la fotografía del lance torero ante una vaquilla, mientras sujeta con cariño a su hija, un bebé de meses.

Lo que me interesa no es el carácter reprobable del hecho en sí y de su divulgación por el padre de marras. Cualquiera que entienda que los niños tienen derechos y no son ni un objeto, ni propiedad de sus padres, lo entiende. La cuestión que trasciende la anécdota es otra. Me refiero al recurso a la costumbre o tradición como argumento justificatorio: el torero quería cumplir con una tradición familiar, explicó ante las críticas. En otros términos, <Así ha sido y así será siempre>, como asegura un personaje de novela de Waltari, invocado por Juan Cruz en su comentario sobre el suceso.

No hace falta haber leído a Aristóteles para saber de los beneficios que derivan de esa <segunda naturaleza que son los hábitos, las tradiciones, los usos y costumbres arraigados. Por más que un notable jurista dejara escrito que el arraigo de la costumbre puede deberse simplemente al olvido o la distancia en el tiempo que borra la memoria de  las coacciones e imposiciones que lograron asentar su práctica y confirieron así la pátina de “natural” a lo que era simplemente impuesto por la fuerza.

Lo más interesante es que, como argumentó muy bien Montaigne en su ensayo “De la costumbre y de la dificultad de cambiar los usos recibidos”, sólo desde un etnocentrismo cerrado podemos sostener que nuestra tradición, por nuestra, es verdadera y buena y las demás, precisamente por diferentes, son lo contrario. Alli donde la costumbre no ha sido instaurada como derecho o prohibida como ilícita, lo que debe contar es la libertad –siempre que no dañe un bien jurídico superior. Esa es una condición sine qua non para conseguir la convivencia y el mínimo de cohesión en sociedades pluriculturales como las nuestras. Imponer a otros la reproducción de nuestros usos y tradiciones y, lo que es peor, condicionar sus derechos (su reconocimiento como igual sujeto de Derecho) a la repetición de tales prácticas es un atentado de primer orden a la libertad y al pluralismo: sin ello, es imposible la democracia en Sociedades multiculturales. Por eso son también inadmisibles las apelaciones a la sagrada unidad de la patria (catalana o española, digamos), que esconden siempre ese mal argumento.

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