“Natalico, colócanos a tós!” Historias electorales de caciques de la Restauración

Hay una tendencia creciente entre tertulianos, opinadores, pero también entre cierta clase política “moderna” y sus gurus (expertos en comunicación y politólogos de toda laya) que consiste en repetir como una evidencia que no debemos cometer el error de confundir las cuestiones políticas con los instrumentos jurídicos. El mensaje es contundente: “Menos Derecho (menos remisión a leyes, Constitución y tribunales) y más Política”.

Creo que, sin desconocer cuanto puede haber de razonable en el tópico (por eso es un tópico), subyace a menudo en este mensaje una deficiente comprensión de la relación entre Derecho y Política, que lleva en no pocas ocasiones a discursos que son callejones sin salida, cuando no a propuestas tan simplistas como demagógicas. En particular, cuando la consecuencia es que naufraguen democracia y Estado de Derecho al tirar la ganga o el agua sucia.

Por supuesto, es muy lucido y repostmoderno hacer creer a los ciudadanos que lo decisivo en política es la autonomía de la voluntad de cada uno, que para eso somos libres y podemos decidir lo que nos parezca mejor a cada quien. Faltaría más. No digamos en campaña electoral. Si, además, esa campaña, como es nuestro caso, coincide con el cocacolero mito de PapaNoel (que es más moderno que los viejunos Magos), está servida la estrategia de darle gusto al cuerpo, se llame uno, o no, Macarena. ¡Y dos huevos duros!, que proponían los Marx. A pedir y prometer, que es gratis. Es la lógica que, so capa de democracia directa,  convierte la política en ejercicio del clientelismo, como en aquella anécdota atribuida a un cacique de la restauración, Natalio Rivas: el vecino que increpa al cacique en pleno mitin: “Natalico, colócanos a tós!”. Nuevos y viejos gabinetes de comunicación confían en esa evidencia universal: la impunidad del incumplimiento de las programas electorales, como demuestran, aquí y ahora, los casos de Mas y Rajoy. También los nuevos, insisto, esos que nos dicen que menos leyes y más afinidad con la voluntad de la calle.

Pero ni siquiera Rousseau consiguió cuadrar ese círculo vicioso del “obedecerse a sí mismo obedeciendo a los demás”. La solución menos mala entre las posibles sigue siendo, creo, como reconociera Platón, sustituir el <gobierno de los hombres> –que siempre acaba en arbitrariedad y corrupción, aunque esos hombres y mujeres sean los más sabios y los más guapos- por el <gobierno de las leyes>, siempre y cuando se trate de leyes acordadas por la mayoría. Seré viejuno, incluso jurásico, y volveré a Cicerón: “somos siervos de la ley para poder ser libres”. No de cualquier ley, claro. Ni ciegos a la necesidad  de reformarlas todo lo a fondo que nos pongamos de acuerdo en hacerlo. Pero tampoco al margen de la ley, como y cuando le convenga a la mayoría de turno (que nunca es mayoría real). Y eso no excluye, ni mucho menos, la desobediencia civil. Sólo que, para ser <civil>, ha de asumir las reglas de juego. De lo contrario, no se diferenciará del evasor de guante blanco y su ingeniería financiera en paraísos fiscales, con la que quiere hurtarse al deber jurídico de solidaridad.

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