“Obediencia estrictamente valenciana”: ¿qué significa eso?

Confieso que, cuando oigo expresiones como “obediencia estrictamente valenciana”, tengo que hacer esfuerzos para descartar que se trate de un anuncio de servicios sexuales con incentivos o, en el otro extremo, la descripción de un nuevo grupo fundamentalista religioso. Lo de <obediencia estricta> puede sugerir, en efecto, la relación con una dominatrix  (o con un dominador, claro), pero también parece evocar aquella exigencia de San Ignacio, la de obedecer perinde ac cadaver.

No es eso, no es eso, me dirán: estamos hablando de lemas políticos. Pero esa precisión no necesariamente mejora la cosa. Convendrán conmigo que tiene su aquel que, en plena efervescencia de las propuestas sobre la necesaria revisión del discurso político, haya quienes reivindiquen la <obediencia estricta>. Claro que seguramente son los piensan que el asunto queda salvado por la novedad que supone que esa obediencia estricta tenga el calificativo de valenciana. O sea, que se trata de la <novedad> de que haya un grupo político en el Congreso que proclame su ideario en los términos gentilicios de este país o comunidad o región (da igual, naranjito o maulet, pero que sea valenciano!). Y esa novedad, como agua del Jordán, tendría la virtud salvífica/milagrosa de transformar la detestable, férrea y mecánica sumisión -característica exigencia de todos los viejos partidos políticos que se resisten a maquillajes como el de las listas abiertas-, en un noble, valeroso y aun épico acto de defensa de la terra. Sí, ese es el mirífico efecto de sustituir a diputados–florero, mera longa manus que aprieta el botón impuesto dese Ferraz o Génova, y diputados-florero que pulsan el botón impuesto desde el carrer Sant Jacint

Aún me responderá algún lector –si queda a estas alturas-  que lo del patronímico no es humo de pajas. Que para eso están los programas que demuestran si el contrato que se propone a los votantes de esta tierra es genuinamente valenciano o no. Perdonen que le diga al supuesto interlocutor que elucidar esa cuestión entra casi en la categoría de las disputas teológicas o del voluntarismo más ingenuo. Voluntarismo como el que exhiben quienes dan por sentado que Lizondo no era genuinamente valenciano y que no lo son Bonig, Puig o Montiel. Que sólo lo son Morera y Pere Mayor. Y Oltra o Blanco, según. Según les parezca, claro, a los verdaderos depositarios de esas esencias, es decir, ellos mismos. Claro que ese relato teológico o, si lo prefieren, versión del cuento de los reyes magos, es sólo comparable a la ingenuidad que exhiben quienes parecen creer en otros cuentos, estos de hadas, como los que pretenden  que las decisiones que se toman en la calle Sant Jacint, a diferencia de las de la calle Albacete, son nuestras,  independientes, propias, ajenas por completo a lo que dictan los mercados  de Frankfurt, Londres, Nueva York o Dubai.

¿Obediencia? Los diputados deben estar vinculados al contrato que nace del voto de sus electores, de las necesidades, intereses, expectativas que éstos tienen. Y quizá de nuevo ese lector recalcitrante argüirá que eso es el programa del partido, tal y como se expone en la campaña electoral. A lo que yo responderé que lea una vez más a Roberto Michels y acuda a las hemerotecas para comprobar que esos programas sucumben una y otra vez a los intereses de mantenerse en el poder que guían a los aparatos de los partidos, es decir, a quienes distribuyen escaños y poltronas al establecer el orden de las listas electorales. Así que me da igual el manto con el que se cubran. Por mí, como si quieren llevar en procesión la espuela de Don Jaume, la manta del palleter, la dolçaina de la primera Moixeranga, el brazo incorrupto de Blasco Ibáñez, o las orejas y rabo del primer bou embolat.

 

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