REFUGIADOS: SINTOMA Y PROBLEMA

 

Refugiados: nuestro problema

¿Crisis de refugiados? ¿Emergencia humanitaria? ¿Cuestionamiento de las fronteras? ¿desbordamiento de la UE y de sus Estados miembros ante una marea incontenible de seres humanos? Todos esos interrogantes y algunos más vienen planteándose a la opinión pública europea, conmovida, conmocionada y finalmente movilizada. Una ciudadanía que, sin exagerar, se ha encontrado en estado de shock ante las imágenes en la televisión, las noticias en radio, las primeras páginas de los periódicos. Y, sobre todo, ante el décalage entre esa realidad y el espectáculo de nuestros gobernantes nacionales y europeos, incapaces, al parecer, de tomar decisiones que ahora nos parecen tan necesarias como evidentes.

La conmoción, es cierto, ha tardado en llegar. Porque podría recordarse, sin duda, que llevamos años asistiendo en directo -hasta que se convierte en rutina- al espectáculo de la guerra, la persecución, el hambre, la enfermedad, la muerte de millones de personas en Afganistán, Siria, Eritrea, Libia o Mali. Y ninguno de nosotros (menos aún, quienes nos gobiernan) podemos llamarnos a andana aduciendo sorpresa ante la primera, evidente y previsible consecuencia de todo esto: la necesidad de huir. Huir para encontrar un sitio más seguro, mejor, un refugio. Una acogida que, por cierto, les proporcionan los países vecinos, incluso con riesgo de verdadero desbordamiento. Ahí están, y no los repetiré, las estadísticas de ACNUR, que nos explican que los Estados que acogen el mayor número de refugiados se llaman –por ejemplo en el caso sirio- Líbano, Jordania, Iraq o Turquía; es decir, no, ni de lejos, los de la Unión Europea. Y lo mismo sucede con los que huyen de Afganistán, Eritrea, República Centroafricana o Nigeria: sólo una mínima proporción consigue llegar a Europa. La inmensa, al abrumadora carga de esa acogida, la protagonizan países limítrofes, cuyos PIB están lejísimos del nuestro.

Pero podría y debería recordársenos, también, que en buena medida nada de eso nos es ajeno. Y no hablo de un vago sentimiento de piedad o de humanidad con nuestros prójimos tan lejanos. Los refugiados son nuestro problema, aunque, como trataré de hacer ver, al mismo tiempo son el síntoma de nuestro problema.

Los refugiados son nuestro problema, porque ante todo, tenemos un contrato con ellos, del que no podemos ni debemos desentendernos: todos los Estados de la UE hemos firmado la Convención de Ginebra de 1951 y el Protocolo de N York de 1966 (por no hablar de las Convenciones y Pactos que reconocen lo allí aprobado: desde el Convenio Europeo de derechos humanos hasta la Carta de derechos de la UE y las Constituciones de los Estados de la propia UE). Son instrumentos jurídicos vigentes, que dejan claro cuáles son los derechos de los refugiados y los deberes que adquieren los Estados que firman esos instrumentos para garantizar tales derechos. No podemos desdecirnos de ese contrato, decir que no va con nosotros.

Los refugiados son nuestro problema, en segundo lugar, porque, en no poca medida, los gobernantes que hemos votado son responsables por acción y/o por omisión de esas catástrofes humanitarias, que obligan a los refugiados a huir. Permítanme un inciso sobre el lenguaje que utilizamos. Una vez más, el juego perverso de términos y conceptos. Nos gusta llamarlos así, “catástrofes”, “emergencias”, “desastres”, cuando no directamente “tsunamis”, porque parecen apuntalar la idea -tan falsa como reconfortante- de que se trata de fenómenos tan imprevisibles como ajenos a nuestra responsabilidad. Como si fueran consecuencias aciagas de factores naturales, del azar, o, en todo caso, de la brutalidad, del salvajismo de esos pueblos que están tan lejos de nuestra civilización y nuestras maneras, que gustan de exterminarse periódicamente, de perseguirse por sus diferencias étnicas, lingüísticas o religiosas. Pero no. Los refugiados no son un problema lejano y ajeno que ahora ha conseguido acercarse a nuestras costas. Debemos recordar que en el origen de estas huidas masivas se encuentran también nuestros intereses y negocios: por ejemplo, los de explotación de recursos minerales y energéticos en Libia o Mali; los de venta de armamento a Siria, Iraq o Afganistán. Los de tecnología de desecho y contaminante del que el archiejemplo es Nigeria.

Y no sólo son nuestro problema por nuestra responsabilidad en las causas que desatan la necesidad de huir.  Se trata también de nuestra indiferencia, de nuestra responsabilidad por omisión ante la persistencia de esos factores desencadenantes de la huida. Y recordaré el ejemplo de Siria: ¿acaso carecemos de responsabilidad por nuestra indiferencia ante cuatro años de genocidio y guerra civil que han devenido en multienfrentamiento sanguinario en Siria? ¿Desconocemos quién arma al DAESH, a las milicias franquicias de Al Qaeda, al régimen de Al Assad? ¿hemos adoptado sanciones y bloqueos a quienes se enriquecen con esas ventas? No, porque o bien son aliados nuestros (Arabia Saudí el primero), o enemigos/rivales a los que no queremos negociar ni presionar, como Rusia, China o Irán, o bien, directamente, somos nosotros mismos, nuestras propias empresas e industrias de armamento y tecnología.

Los refugiados son, finalmente, el síntoma de nuestro problema. Porque lo que ha aflorado a propósito de esta que llamamos <crisis de refugiados> es la verdadera crisis europea, en el sentido profundo que requeriría otro Husserl para glosarla. La crisis que amenaza con hacer naufragar al proyecto europeo. Porque la crisis de los refugiados se ha convertido en la prueba de fuego de los principios y del proyecto mismo para el que nació la UE: ha desnudado nuestros problemas de fondo como europeos, como ciudadanos de la UE y ha desvelado, otra vez que el rey está desnudo, que tras la tramoya de reuniones, burocracia, cargos, funcionarios, privilegios y todo eso que llamamos Bruselas, no hay nada que valga la pena si perdemos su sentido, su razón de ser.

Síntoma de nuestros problemas. Citaré el que me parece más grave y, al tiempo, aquel que suscita a mi juicio motivos de esperanza, la razón por la que suelo invocar en estos días de pesimismo la sentencia de Hölderlin que asegura que donde crece el peligro, ahí aparece nuestra salvación. Me refiero a la distancia abismal entre los gobernantes europeos y una ciudadanía que recupera el sentido común, el orden de prioridades, y se pone manos a la obra, para tratar de encontrar soluciones que garanticen nuestro primer deber. Una ciudadanía que ha tomado  conciencia de que, antes que los juegos burocráticos y competenciales en los que se enredan nuestros gobernantes y que les permiten por ejemplo utilizar su lengua de trapo para decir  que “convocarán una reunión urgente para quince días después” (sic, sin pestañear), que antes de parapetarse en la <sagrada intangibilidad de nuestras fronteras y nuestra soberanía>, hay deberes primarios. Porque aquí se trata, ante todo, de tomar en serio los derechos que la UE dice defender y promocionar como signo de identidad. De evitar la muerte, el riesgo que corre la vida e integridad física de decenas de miles de personas que, literalmente, se juegan su vida y la de sus hijos ante nuestros ojos.  Se trata de evitar la vergüenza, la indignidad que suponen las imágenes de seres humanos que huyen del peligro y se ven hacinados, bloqueados en fronteras y angustiados, mientras se agolpan desesperados en estaciones o campamentos y, en no pocos casos, son acosados y mal tratados por la policía, como hemos visto sobre todo en Hungría. Aunque la embajadora de Hungría en España ha puesto el dedo en la llaga al hablar de la “política ejemplar de fronteras” que España desarrolla en Ceuta y Melilla y de la que son estandarte esas concertinas que, además, exportamos ahora por doquier. O al señalar el doble rasero de quienes, como Francia o Inglaterra, critican los campamentos para refugiados en Hungría mientras mantienen la vergüenza de Calais. Son imágenes que, para cualquier europeo (para cualquiera que sepa algo de historia) evocan precisamente aquello que queremos desterrar para siempre. Aquello para lo que nacieron primero las Naciones Unidas y luego la propia Unión Europea. El primado del Derecho, del Estado de Derecho, es decir, del reconocimiento y garantía de los derechos humanos, como condición sine qua non de la paz y la prosperidad de las

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