El poble valenciá y un señor de Murcia

 

Es evidente la legitimidad de la licencia que se utiliza en el discurso político cuando se apela a la voluntad del pueblo como sujeto soberano. El problema, a mi juicio, comienza cuando se da el salto de la licencia a la hipóstasis, es decir, cuando se incurre en lo que desde el punto de vista de la lógica se conoce como falacia de hipostatización, que es el tipo de engaño argumentativo que consiste en tratar un concepto abstracto como si fuese una cosa concreta. Y lo digo con el mismo escepticismo que creo que hay que oponer a quienes incurren en el extremo de la falacia opuesta, la que consiste en el atomismo individualista, propio de cierto liberalismo, que cree que sólo existen individuos como mónadas, no personas que son constituidas precisamente por la socialidad.

En mi opinión esto es lo que sucede, por ejemplo, cuando se pasa de reconocer que la soberanía consiste en el ejercicio de la voluntad libre y soberana de los ciudadanos constituidos como demos, esto es, constituidos en pueblo soberano (algo que, como ha explicado muy bien Luigi Ferrajoli, exige el presupuesto de la Constitución), a imaginar que el pueblo existe más allá de esa voluntad, incluso antes, es decir, con independencia de ella, como una realidad natural, al igual que si se tratase (así lo proponía Möser) como una planta de la historia. Es entonces cuando algunos proponen otro salto –este, muchas veces mortal-, el de identificar los rasgos identificatorios de esa realidad previa, a través de marcadores primarios (lengua, religión, elementos etno-culturales) como determinantes, como condición sine qua non del vínculo político. Una vez que se enuncia ese proceso de autoconstrucción en términos de descubrimiento (si no de revelación: todo pueblo es, en ese sentido, pueblo elegido) hemos dado el salto a la falacia de hipostatización.

El riesgo más peligroso de ese proceso de hipostasis del pueblo es la aparición de la idea de autenticidad que lleva consigo la de depuración. Nada nuevo. Es la vieja idea de pureza de sangre, a través de la que se busca la homogeneidad como clave de la fuerza, de la autoafirmación. Algo que subyace a la interpretación sociopolítica del mito de Babel. Se produce así el delirio de identificar como pueblo sólo a una parte de los ciudadanos, aquellos que tienen o adoptan esos rasgos y ese delirio suele ir acompañado de la pesadilla de la exclusión, que exige que quien no se identifique con los rasgos, deseos o pretensiones de esa parte de los ciudadanos elevados a la condición de verdadera expresión del pueblo, no sea reconocido como pueblo o, al menos,  no en condiciones de igualdad. El maketo, el charnego, el inmigrante, aquel que con su presencia nos recuerda que la realidad es plural, que el ideal de pureza es una falacia cuando no un delirio, no puede sr considerado como igual, salvo que se convierta. Un proceso, este de conversión, que suele llevar consigo la radicalización.

No hace falta ser un estudioso del pensamiento político (a fortiori, no hace falta ser un <politólogo>) para recordar la paradoja de Rousseau y la distinción entre volonté générale y volonté de tous. Son disquisiciones que han dado pie a interpretaciones a la Talmon, que llega a hablar del proyecto de Rousseau en términos de democracia totalitaria. Una paradoja que permite denunciar, como lo hiciera Tocqueville, el riesgo de la “tiranía de la mayoría” y que se hace aún más grave cuando esa tiranía no consiste sólo en el abuso del número (con menos del 50% de los votos, según los sistemas electorales, una minoría fuerte puede convertirse en mayoría institucional y aplicar su <rodillo>), sino, como recordaba antes, en la falacia de  hipostatización o, si se prefiere, en aquella forma de sinécdoque que es el universalismo de sustitución. Una parte, obviamente, la que logra la hegemonía, se autoerige  en el todo, monopoliza identidad y voluntad e impone al resto la obligación de aculturarse, de someterse a un proceso obligatorio de asimilación,  como condición de reconocimiento. Castilla, incluso por encima de Aragón, se impone como España, en detrimento de una realidad plural previa.

Ese riesgo ha existido siempre, también en democracia. Porque también en democracia es posible que quien obtiene la victoria electoral y una suficiente mayoría parlamentaria, crea que tiene derecho no sólo al Gobierno, sino además a monopolizar todas las instituciones del Estado. Y con ser malo, no es el peor de los riesgos posibles. El mayor peligro es que esa mayoría electoral crea que tiene también derecho a colonizar y monopolizar la sociedad civil.

Viene todo esto a cuento de cierta pretensión que reiteradamente aparece en estos días, la de quienes pretenden monopolizar (a mi juicio, sería más exacto hablar de usurpar) la noción de poble (catalá, pero también  valenciá), so pretexto de que sólo ellos tienen conciencia de sí como tal poble. Esto es, quod erat demostrandum, que los demás, los que no tienen esa conciencia y por tanto carecen de esa voluntad política, lo no catalanistas, los no valencianistas (los no españolistas, claro, también), no son catalanes, valencianos, españoles. Estos, es decir, los ciudadanos que votan a partidos “de Madrid”, no estarían en condiciones de representar la “voluntad del poble valenciá”, las reivindicaciones del “poble valenciá”, porque tal objetivo sólo estaría al alcance de quienes agrupan en partidos que utilizan la mención al mismo poble valenciá. Sólo los que se autoidentifican como miembros del poble valenciá pueden llevar a cabo la legítima defensa de los intereses de los ciudadanos valencianos.

A quienes así se presentan les quiero formular una pregunta genuina: me gustaría saber si están dispuestos a ser coherentes o si,  llegado el caso, van a evitar el salto mortal al que casi indefectiblemente les aboca la coherencia en cuestión. Una coherencia que, a mi juicio, resulta incompatible con el reconocimiento de la pluralidad inclusiva e igualitaria. Una coherencia a la que le resulta imposible admitir el reconocimiento como igual ciudadano de aquellos que no quieren verse identificados como pueblo, como nación cultural.

En mi opinión, la coherencia con ese presupuesto lleva a una de estas dos fatales consecuencias. Una, la que acaba por negar la condición de miembros del pueblo (valenciá) a los ciudadanos que no nos reconocemos, que no queremos ser reconocidos como tales, que no nos identificamos como miembros de ese poble (nacionalista). La otra posible consecuencia está teñida del paternalismo: los auténticos miembros del poble valenciá, condescendientemente, nos reeducarán –nos normalizarán, como ya se ha hecho en otras ocasiones en la historia- y nos impondrán a la fuerza esa condición.

Es verdad que existe una tercera opción. No me refiero a echarse en brazos de esa herejía opuesta en que consiste la falacia del atomismo individualista, propio de cierto liberalismo, que desconoce el ser social. Hablo de lo que algunos denominan nacionalismo inclusivo, una fórmula que, en mi opinión, sobrepasa la falacia, para incurrir en el oxímoron. Porque la pluralidad propia del nacionalismo inclusivo significa, a mi juicio,  el suicidio del propio nacionalismo.

La respuesta es, sencillamente, NO. No cabe admitir la supeditación de mis derechos como ciudadano a mi identificación como miembro de ese pueblo valenciano. Yo soy ciudadano valenciano, vote lo que vote y me identifique con la ideología que quiera. Nadie tiene derecho a considerarse más ni mejor sujeto político que yo, a pretender que por envolverse en tal o cual bandera, cantar ese o aquel himno, emocionarse con una procesión, una fecha o una leyenda, defiende mejor mis intereses. La defensa real de mis necesidades, de mis intereses, de mis aspiraciones, no consiste en apropiarse como todo programa del adjetivo patronímico. Necesito que me digan en concreto por qué medios, iniciativas y programa los van a hacer posible, sin que me baste con la repetición del ensalmo mágico som valencians, como no me basta aquel otro de soy español, español, español.

Lo diré de otra manera: aquel a quien yo elijo con mi voto para ser diputado en el Congreso es, como mínimo, tan legítimo representante de los intereses de los valencianos (porque es mi representante, libremente elegido por mí, ciudadano valenciano) como el que ha sido votado por los que llevan la senyera tatuada en su piel y tienen conciencia (o la creencia, diría yo, con todo respeto a las personas y la mayor discrepancia de esas creencias) de ser poble valenciá. No admito que estos últimos sean pueblo soberano  y yo no.  Porque a estas alturas del siglo, para ser sujeto político, afortunadamente, no hay que exhibir ninguna creencia ni tragar con ningún auto sacramental. Basta con ser ciudadano. Diré más, debería bastar con expresar la voluntad manifiesta de querer serlo.

Por eso, para mí, debe reconocerse esa condición de ciudadano a quien habiendo nacido en Tombuctú, Bamako, Alepo, Quito, Oujda, Ürüqui, Asmara o Murcia, quiere vivir y trabajar aquí. Aunque, como me pasa a mí, no le guste ni la moixeranga, ni la mascletá, ni la procesión cívica de la senyera, ni ese rey al que algunos insisten en llamar <el nostre señor, en Jaume I el conqueridor>. Yo prefiero la memoria del murciano  Ibn Arabi o incluso la del valenciano Al Rusafi. Sobre gustos, ya se sabe, todo es posible: incluso que a Ninette le guste un señor de Murcia y viceversa, y decidan –mientras libremente les dure esa voluntad- vivir juntos.

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