¿VOCES VALENCIANAS EN MADRID?

¿Qué voces valencianas en Madrid?

Javier de Lucas

 

Las líneas que siguen pretenden ofrecer argumentos para la discusión de una interesante editorial de La Veu del Pais Valenciá, “Necessitem una veu valenciana a Madrid” (http://www.laveupv.com/editorial/15304/), publicada el pasado viernes 24 de julio. Las escribo con el mayor de los respetos y también, desde luego, con agradecimiento y reconocimiento a las convicciones democráticas de sus editores, que han tenido la osadía de albergar en su casa como “opinador” a alguien tan remotamente distante de las filas de los nacionalismos como quien suscribe.

Quede constancia de que, a mi juicio, la editorial es un ejemplo de lo que debe ser un manifiesto político: significativo, claro, conciso. Obviamente, su análisis exige ponerla en relación con las tesis del manifiesto “Per una veu pròpia valenciana a les Corts Generals” (http://x1veupropia.blogspot.com.es/), lanzado desde dentro de Compromis por el Sr. David Navarro y otros militantes de la coalición y suscrito, cuando escribo, por algo más de 1600 personas. No creo que sea casual que ambos textos coincidan también con el goteo en el mismo diario de opiniones –he leído algunas muy interesantes y cargadas de argumentos, como la del Sr Lillo i Usechi o la del Sr Arnal- contrarias al pacto de Compromis con Podemos, sin que (hasta donde se me alcanza) aparezca hasta ahora ninguna voz a favor de la tesis propicia al acuerdo con Podemos, que digo yo que alguna habrá. No sé si se trata de una toma de posición del diario, en la estrategia en la que se debate Compromis. Parecería que sí. Pero no entraré en esa cuestión.

Lo que me interesa (espero que a alguien más) es la propuesta que me parece que subyace a la editorial y al Manifiesto, ejemplos a mi juicio del ideario que practica la sinécdoque como fe y que postula un proyecto que, pese a las inequívocas convicciones democráticas de quienes lo sostienen (quiero dejar claro que es esa mi opinión, sin asomo de duda), encierra, también a mi juicio, un importante riesgo para la garantía del pluralismo, que es una condición sine qua non de la democracia.

Trato de explicarme. A mi juicio, el pluralismo es bastante más que la <anáfora del propio Compromis> en que consistiría la “coralitat” de la que hace gala el Manifiesto, como explica elegantemente el propio D.Navarro (http://x1veupropia.blogspot.com.es/2015/07/aclariment-sobre-la-filosofia-del.html ), en su respuesta a la carta que les envió Enric Morera y que parece un alegato, una actio finium regundorum para distinguir a quienes son fieles a la esencia original de Compromis y quienes parecen no respetarla. Y si digo esto es porque esa <coralitat> que se pretende como signo de identidad, supone un pluralismo muy limitado: es apertura a quienes quieran sumarse a Compromis, pero manteniendo sus esencias, faltaría más. Es decir, exactamente lo mismo que sostienen los líderes de Podemos, incluida la tránsfuga Tania Sánchez. De modo que la coralidad no es de suyo garantía suficiente para que, de asentarse como mayoritario este proyecto, no se produzca un riesgo para la igual libertad de quienes son y quieren seguir siendo diferentes, es decir, de los ciudadanos realmente existentes.

Para que queden claros mis presupuestos (si es que alguien no los ha colegido ya), comenzaré por exponer mi crítica al punto de partida de esas tesis, esto es, la identificación -que considero esencialista- del pueblo valenciano, más allá de los valencianos, incluso de nosotros los valencianos. Y una vez argumentada la crítica de esa hipóstasis, postularé que no nos conviene una voz valenciana en Madrid, sino muchas y muy diferentes, porque a mi juicio, todas las que se voten desde aquí tienen igual derecho a presentarse como voces valencianas. Lo contrario no sólo es peor, sino pura contradicción, sólo resoluble mediante el parti pris de que sólo es valenciano lo que yo, que tengo la patente de lo valenciano, digo que es valenciano. Bien es verdad que quien firma es originario de Murcia, y sólo vivo en Valencia (con interrupciones) desde hace 41 años. Sirva eso para quienes pueden dejar de leer en este punto, porque pensarán que con ese bagaje no se podía esperar otra cosa. Les aseguro que he hecho de mi parte por conocer la lengua propia y las expresiones culturales de la tierra que me acogió allá por 1974.

Diré ante todo que soy de los que piensan que sólo desde desde la retórica que caracteriza al romanticismo, cabe responder afirmativamente a la pregunta acerca de si necesitamos una voz valenciana (valenciana de verdad) en las Cortes generales. Primero porque no hay tal: no hay una voz valenciana verdadera y única. Segundo, porque esa supuesta voz que se pretende verdaderamente valenciana, en realidad no tiene por qué ser mejor ni más valenciana que otras.

La premisa de lo anterior es evidente: no existe la valencianía como esencia, como referente inmanente. Desde el diálogo de Humpty-Dumpty con Alicia y, sobre todo, desde la obra de B.Anderson, todos sabemos que las identidades son constructos sociales, manifestaciones de esta o aquella voluntad social dominante, y que toda pretensión de encontrar rasgos esenciales es puro wishful thinking. Para muestra, baste el botón de   la malhadada ley 6/2015 de defensa de las señas de identidad valencianas (http://www.docv.gva.es/portal/ficha_disposicion_pc.jsp?sig=003045/2015&L=1 ), con su confusa definición -“además del idioma valenciano y los símbolos a los que se refiere la Ley 8/1984, de 4 de diciembre, por la que se regulan los símbolos de la Comunitat Valenciana y su utilización, todos aquellos otros símbolos y los bienes, documentos, costumbres, acontecimientos, fiestas, tradiciones e instituciones tradicionales que, por su especial vinculación con su historia, sus raíces y su idiosincrasia, merecen ser valoradas como especialmente representativas de su personalidad”-, su abigarrado catálogo  y sus sanciones.

Es, de otro lado, evidente que los valencianos empíricamente existentes no conforman el pueblo valenciano, con artículo determinado y singular, sino plural y más bien vago en su definición. Muchos lo son sin saberlo, por mero accidente geográfico. Otros, que hemos elegido convivir aquí como vecinos entre los valencianos de origen, no hemos pensado jamás que deberíamos abrazar tales o cuales rasgos identitarios, más allá, eso sí, de lo que es de todo punto razonable: una competencia lingüística básica  en valenciano y un conocimiento asimismo básico del acervo cultural propio. Pero debe quedar claro que ningún derecho básico puede ser condicionado a test alguno de conocimiento, ni, menos aún, de sintonía emocional con tal o cual rasgo etnocultural. Siento repetir lo que es un truísmo: nadie puede condicionar mi inscripción en el padrón de Valencia, mi tarjeta sanitaria, mi derecho a escolarización, al hecho de que no se me pongan los pelos de punta si escucho la moixaranga, o no arda de emoción escuchando la despertá, o no llore de felicidad (sino más bien lo contrario) ante el bou embolat, o els bous a la mar en Xábia, desde donde escribo.

Añadiré otra perogrullada, para escándalo de algunos: no hay una única manifestación política que derive necesariamente de la existencia de ese pueblo valenciano. Porque la expresión poble valenciá tiene diferentes acepciones. Por ejemplo, si hablamos de pueblo como demos, esto es, como sujeto político soberano, eso sólo es sostenible en términos de analogía respecto al único soberano democráticamente reconocido, esto es, el pueblo constituido como demos, el español. En todo caso, ese demos valenciano existe en virtud de la Constitución y de su Estatuto de Autonomía (que pueden reformarse o incluso derogarse para comenzar un proceso constituyente, claro). Sus representantes son todos los diputados en las Corts valencianas, en las que la representación es plural y ese valencianismo político verdadero, hoy por hoy, no es mayoritario. Y si hablamos del poble valenciá en el sentido de una nación cultural, habría que remitir a quienes de hecho se identifiquen así, esto es, a quienes tengan la conciencia cultural como nación valenciana y la voluntad política de ser pueblo valenciano, en el bien entendido de que no son por ello más valencianos que quienes no piensen así y también en el bien entendido de que ninguno de esos grupos constituye el poble valenciá auténtic con exclusión de los otros. Tan valencianos son –somos- unos como otros, porque no existe una nación (menos aún un pueblo) homogéneo, monolítico, esencial.

Tras esos presupuestos, sostendré un corolario en forma de adverbio: afortunadamente, como nación, al igual que como pueblo, somos plurales: no hay una identidad uniforme, monolítica, esencial. Es así porque vivimos en un mínimo de condiciones democráticas, que hacen posible que los miembros de la nación, los ciudadanos de ese pueblo, seamos diferentes, heterogéneos hasta la contradicción y el conflicto. Insisto: afortunadamente, porque casi siempre que se apela a <un pueblo>, una unidad, aparece a continuación un caudillo, duce, führer, conducator o gran timonel, al que sigue una vanguardia de los verdaderos creyentes/nacionales. Y siguiendo en esa pendiente, quien no se quiera reconocer en ese proyecto no sería un valenciano distinto, sino un no valenciano.

Por todo ello, mi respuesta a la pregunta inicial es tan sencilla como alejada de las tesis expuestas en laveupv: no creo que sea realista ni aun deseable hablar apodícticamente del pueblo valenciano como un sujeto político unitario, porque no encuentro los rasgos definitorias de esa unidad política: ¿cuáles serían los elementos que permiten sostener esa ficción del demos valenciano único? ¿de qué valencianos hablamos? Para evitar malentendidos, añadiré inmediatamente que, por supuesto, hay ciudadanos valencianos y formaciones políticas valencianas que, con toda legitimidad, invocan determinados intereses como específicos y comunes de todos los valencianos. Por descontado, es legítimo hacerlo, como lo es el tratar de convencer a la opinión pública de que existen y que son exactamente los que se proponen y no otros. Pero lo que no es legítimo es la sinécdoque de proyectar esos intereses como los verdaderamente valencianos, cuando la mayoría de los ciudadanos valencianos, una elección tras otra, no los han identificado como tales: es decir, que a la hora de definirlos, no hay, por supuesto, unanimidad. Ni aun siquiera mayoría. Insisto, es muy legítimo que una parte de los valencianos sostenga que debería haberlos y nos proponga respaldar ese proyecto político. Pero mientras no sea mayoritario, es completamente ilegítimo presentarlo como tal, adueñarse de la representación de todos los demás valencianos que no están de acuerdo con ese proyecto. al respecto. Los que así lo sostienen son una minoría de los valencianos empíricamente existentes (todo lo relevante que se quiera, pero minoría). Hay  valencianos que votan una u otra cosa. Que tienen un proyecto político u otro, o ninguno. Hay valencianos en Morella o en Xátiva, con intereses que no tienen que ver con los de Oriola. Porque la clave es ésta: los intereses, en democracia, no pueden ser innatos, impuestos, no elegidos. Y si se habla de común elección, de intereses, valores, proyectos que recaban un acuerdo mayoritario y libre, no parece que surjan en torno a marcadores primarios, etnoculturales.

No: no creo que necesitemos una voz valenciana en Madrid. Necesitamos todas las voces que elijan los ciudadanos valencianos. Esas son las voces valencianas. Ninguna menos valenciana que la otra, ni mejor; únicamente distintas en número y fuerza, porque así lo habrán querido los valencianos. Los que vivimos y votamos aquí.

 

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