Espectador en un mitin. en Valencia (25 enero 2015)

Por invitación de algunos amigos a los que respeto y valoro, he asistido hoy domingo 25 de enero  al mitin de <Podemos> en la Fonteta.
Por lo que he visto allí y dejando aparte lo que parece imposible de evitar en los mitines (todos los que he visto, de todos los partidos; incluida la aparición a mi juicio rechazable, de una niña en el escenario), no me parece honrado dejar de reconocer que cuentan con un muy importante respaldo ciudadano; no es posible sostener que las miles de personas que llenaban el Pabellón fueran ciudadanos menores de edad, engañados por una ilusión, presas fáciles de inteligentes prestidigitadores dialécticos. En <Podemos> hay ciudadanía, muchos ciudadanos con ansia de recuperar su papel de tales. Y es su fuerza: consiguen dar esperanza a quienes estaban hartos de no contar, de no ser nadie en el juego político que se supone que pertenece a los ciudadanos.
Pero siguen preocupándome argumentos en los que he insistido hasta hora, sobre todo lo que considero dos simplificaciones.
La primera, muy eficaz pero, a mi juicio, errada: el mensaje de la transversalidad, esto es, la descalificación del sentido de la contraposición entre izquierda y derecha, sustituido por la dialéctica pueblo/casta, democracia/oligarquía. Querer mejor educación pública y gratuita, mejores servicios públicos y gratuitos, mejor atención sanitaria, pública y universal, por ejemplo, como lo han reivindicado Errejón e Iglesias en el mitin, es, a mi juicio, reivindicar lo que quiere y por lo que ha luchado durante tanto tiempo una izquierda decente y coherente, que ha existido y sigue existiendo.
Por eso, me separa de Podemos lo que a mi juicio es una segunda simplificación: su pretensión de exclusividad del aliento democrático, de la “nueva” política, esto es, la ausencia de reconocimiento de que esos objetivos no son patrimonio exclusivo de Podemos. Que la historia de la democracia n empieza con ellos. Que en el proceso de lucha por la democracia, incluida la transición, ha habido y hay fuerzas políticas y ciudadanos decentes, inteligentes y convencidos de la necesidad de mejorar la sociedad y luchar decididamente por ello.
Por eso, tras asistir al mitin, se refuerza mi convicción de que debe ser posible que, tras la legítima contienda electoral, en la que Podemos, como el PP y el PSOE, van a luchar por ser la opción de gobierno, y otros partidos de izquierda y derecha, por ser fuerzas con capacidad de influir en el gobierno, se llegue a acuerdos de gobierno entre la izquierda. Soy de los que piensan que la inmensa mayoría de ciudadanos de izquierda (por ejemplo, los que, en el país valenciano, votaremos a partidos como PSOE, IU, Compromis y desde luego a Podemos) queremos eso, responsabilidad y control del poder, el fin de la impunidad y de los privilegios, un ensanchamiento de los derechos desde el reconocimiento de la diversidad, políticas que acerquen a todos (y en primer lugar a los más vulnerables) a un igual disfrute de derechos y recursos, que acaben con el pillaje patrimonial de lo público, un esfuerzo (que signifique prioridad en el presupuesto) en invertir en educación, investigación, cultura, tanto como en vivienda y salud, en la creación de un modelo productivo que haga posible que el trabajo estable deje de ser un privilegio. Acuerdos que nos devuelvan a los ciudadanos la soberanía posible (no hay ya soberanía estatal autista) para que tengamos el derecho a decidir sobre todo lo que nos afecta e importa. Acuerdos que comiencen por una igualdad inclusiva y plural, que ataje el brutal crecimiento de la desigualdad, resultado de las políticas del PP. En ese objetivo, Podemos no es el único actor, aunque es realmente importante y tiene a su favor el viento de la renovación. Pero sería un error monumental descalificar o ignorar a quienes han remado y reman con enorme esfuerzo, por llegar al puerto al que tantos de nosotros aspiramos.

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¿TOLERANCIA? NO, IGUALDAD!

¡Igualdad, no tolerancia!

Posted on 16 enero, 2015

Javier De Lucas

Los abominables crímenes terroristas cometidos en Paris han provocado una reacción ciudadana contundente y han permitido escenificar –como casi siempre- una supuesta unidad de las fuerzas políticas, incluso más allá del marco europeo. Tiempo habrá para valorar cuánto haya de representación escénica y cuanto de voluntad real a la hora de formular medidas que puedan ser aceptadas por la mayoría de los ciudadanos y, además, que respeten las exigencias básicas de la legitimidad democrática. Recordemos que no hay seguridad si no es ante todo seguridad en los derechos. Una seguridad que recorta la libertad no es tal: es la victoria precisamente de aquellos a quienes se trata de combatir, porque significaría reconocer que nuestra prioridad no es garantizar los derechos y libertades.

Pero quisiera dedicar estas líneas para llamar la atención sobre lo que considero un error fatalesa apelación a la tolerancia que, como mantra o monserga habitual, como tópico del catecismo de lo políticamente correcto, se reitera y predica enfáticamente en muchas de esas manifestaciones y declaraciones. Quiero tratar de volver a proponer a los lectores una tesis que me parece capital para la cultura de los derechos: la necesidad de dejar de hablar de tolerancia para tomar en serio la igualdad o, como proponeBalibar, la egalibertad.

Es muy sencillo: hoy, en Estados que tienen Constituciones que reconocen y garantizan la igualdad en los derechos, en una Unión Europea presidida por la misma idea y que tiene como lema “unidos en la diversidad”, la solución no es, no puede ni debe ser la tolerancia, entendida como valor que presida el espacio público. Basta de esa retórica vacía. A mi juicio, a quienes predican la tolerancia en 2015 y en los Estados de la Unión Europea, hay que responderles recordando a Goethe: tolerar no es otra cosa que ofender. Es unresabio paternalista, condescendiente, incompatible con el reconocimiento de la igualdad en derechos y libertades. Lo diré una vez más: ahí donde están reconocidos los derechos, la tolerancia debe desaparecer.

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No se tolera lo que es un derecho. Se tolera un mal menor, precisamente en aras de evitar otro mayor, peor. Insisto, hablo de tolerancia en el espacio público: no de la necesidad de la tolerancia de las manías de cada uno en una pareja, entre amigos o compañeros. No, me refiero a un principio sobre el que se construir la convivencia, la conjugación de libertades y derechos. Si yo considero que las relaciones homosexuales libremente consentidas no son un derecho como las heterosexuales del mismo orden, sino algo que debo tolerar, ofendo a todos los homosexuales. Si afirmo que hay que ser tolerante con las prácticas religiosas de judíos o musulmanes o evangelistas, o con los católicos o con quienes escriben en defensa del ateísmo, estoy ofendiendo a todos ellos. No: ahí donde hay libertad reconocida como derecho (la libertad de opción sexual, la libertad de conciencia, la de expresión, la libertad religiosa), no cabe tolerancia.Lo que debe reconocerse es igualdad en el ejercicio de cualquiera de las expresiones de esa libertad, de ese derecho. En el contexto de nuestras Constituciones, hablar de tolerar es reconocer que no queremos tratar en condiciones de igualdad a los tolerados.

Es importante entender que la tolerancia es un concepto histórico que, como tal, ha desempeñado una función muy positivapermitir que conductas que no son aceptadas por la mayoría, pero respecto a las cuales hay argumentos para evitar castigarlas como delito, puedan llegar a ser reconocidas como derechos. Pero una vez que se ha alcanzado la “estación término de los derechos” para esas conductas, el tren de la tolerancia no debe regresar a su punto de partida. Nos ha costado siglos que conductas inicialmente toleradas (la libertad de conciencia o la libertad de opción sexual, o de identidad sexual) sean reconocidas como derechos. Afirmar ahora, por ejemplo, que hay que ser tolerante con “los homosexuales” o con “los inmigrantes”, además de una generalización sin sentido, supone retroceder siglos.

Bien está reclamar como mal menor la tolerancia en aquellos países en los que, por ejemplo, aún hoy se castiga las conductas homosexuales como un crimen incluso gravísimo, se reclame tolerancia. Pero el objetivo final no es, no debe ser ese: la tolerancia es un tránsito hacia el verdadero status. El objetivo no es que me toleren, sino que pueda disfrutar en condiciones de igualdad de lo que es un derecho, respecto al cual ni los poderes públicos ni los privados pueden interferir, salvo que haya un daño a tercero en un bien jurídico (en un derecho) de jerarquía mayor. Algo que deberá determinarse caso por caso y que debe ser decidido por los tribunales de justicia, con todas las garantías, como debe ser cuando hablamos de derechos.

Y si insisto en la necesidad de dejar de hablar de una vez por todas de tolerancia es porque la diferencia, y una diferencia importantísima, es ésta: frente a quien tolera, el tolerado no puede exigir que le toleren, sólo puede apelar a la magnanimidad o buena voluntad del tolerante, de quien tiene en su mano dejarle existir. El tolerado está a su merced. En cambio, si tenemos un derecho, podemos y debemos exigir que nadie interfiera en él, porque su existencia es independiente de la voluntad del otro de respetarlo, sea ese otro un representante del poder o un particular.

Basta ya de reclamar que sean buenos con nosotros, que nos aguanten, que nos toleren.Basta ya de pedir limosnas o privilegios. Frente a esos paternalistas que aún creen que tienen potestad sobre nosotros y nuestras libertades, basta de moralinas, basta de implorar generosidad, de pedir condescendencia. Exijamos que respeten nuestros derechos en condiciones de igualdad. Y que caiga el peso de la ley sobre quien no esté dispuesto a respetarlos, a reconocerlos, a garantizarlos.

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La república francesa como patria común y una cita de Jefferson

Los abominables atentados en Paris que han sacudido a Francia y al mundo en la semana de reyes de 2015 han suscitado un sin fin de análisis y comentarios. Tiempo habrá para discutirlos con calma pues lo cierto es que plantean no pocas dificultades sobre el fracaso de las políticas de integración, así como las de austeridad, las consecuencias nefastas de la iniciativa de Bush (a la que se sumó Aznar) de lanzar la guerra en el Golfo, la inanidad de Europa ante las guerras que devastaron Libia o Siria, el apoyo al golpe de Estado en Egipto, la complicidad con el régimen wahabista de Arabia Saudí, etc, etc

También suscita dudas la reacción de la opinión pública  (por ejemplo, el doble rasero que supone el silencio ante los criminales actos terroristas de Boko Haram en los mismos días en Nigeria, que costaron la vida a más de 200 personas, con utilización de niños como bombas humanas) y sobre el escándalo que supone el desfile en Paris de medio centenar de altos dignatarios (separados de los millones de ciudadanos que se manifestaban en la impresionantes marchas del domingo 11), entre los que había no pocos que son verdaderos campeones de la lucha contra la libertad de expresión.

En medio del shock, uno de los pocos elementos positivos parece la capacidad de reacción ciudadana mostrada una vez más por los franceses y que inevitablemente obliga a reconocer la emoción suscitada por esos millones de ciudadanos que tomaban la palabra y se manifestaban en defensa de la libertad de expresión y la democracia. En esas marchas  se ha reivindicado el lema  atribuido a Jefferson: “todo hombre tiene dos patrias: la suya y Francia” que, según se asegura, habría pronunciado tras la batalla de Yorktown, en homenaje a la ayuda francesa a la revolución americana. Es cierto que Jefferson es conocido como el más francés de todos los presidentes americanos y que quedó profundamente marcado por su estancia como Embajador en Paris, donde cultivó entre otras, la amistad con Condorcet y su mujer. Sin embargo, no hay testimonio fidedigno de que esa frase fuera suya, más allá de la paráfrasis de un testimonio que se encuentra en su autobiografía, donde escribió: “So ask the travelled inhabitant of any nation, In what country on earth would you rather live?—Certainly in my own, where are all my friends, my relations, and the earliest & sweetest affections and recollections of my life. Which would be your second choice? France”.

Hasta donde podemos saber, la afirmación literal se encuentra en una obra del dramaturgo Henri de Bornier, La Fille de Roland (Drame en quatre acts en vers)(1875), en la que Carlomagno afirma: “Tout homme a deux pays, le sien et puis la France.”

 

Un debate sobre Soumission, la última novela de M Houellebecq

El debate sobre la desazonadora “Soumission”, la útima novela de M Houellebecq, no deja de crecer. Frente a críticas abiertamente hostiles (tanto desde el punto de vista literario como ideológico, p.ej., la de M Weitzman, quien habla de “La toxicité de Houellebecq)”, Emmanuel Carrère hace un análisis más complejo, en el que insiste en la capacidad única de Houellebecq, al que llega a comparar con Huxley y Orwell…todo ello, en la sección  Le Monde des Livres, hoy 6 de enero de 2015.

Creo que no se trata sólo del típico debate propio de corillos literarios. Me parece que acierta Carrère al sostener que tema de <soumission> (<Islam> significa “sumisión a Allah”)  sobrepasa el debate de actualidad acerca del declive del bipartidismo francés, de la propia sociedad francesa, que llevaría en 2022 a una contienda presidencial entre Marine Le Pen (FN) y  Mohammed ben Abbes (Fraternité Musulmane) saldada con la victoria del segundo.

Creo que tiene razón cuando propone que el asunto es el del futuro de Europa y aun de la “decadente” civilización europea basada en el judeocristianismo, la herencia grecolatina, el humanismo y la Ilustración, junto a un cierto modelo de capitalismo. Desde al menos la mitad del siglo XX hemos podido comprobar cómo, a lomos del individualismo exacerbado y del consumismo, ese  modelo nos lleva a un callejón sin salida.

La conclusión de Carrère, que compara el final de 1984 (“Wilson amaba al Gran hermano”), con la última frase de François, el protagonista de Soumission, francés de souche convertido al Islam para poder volver a ejercer como profesor en una Sorbonne dominada ahora por la shariah (“Je n’aurais rien à regretter”) me parece tan polémica como interesante. El precio de ese auténtico cambio de paradigma s nada menos que la libertad. Para Carrère, vivimos un desafío que se puede comparar al que afrontó la civilización grecorromana con la irrupción de la otra religión oriental, el cristianismo, convertida finalmente en oficial por Constantino.

Parece que merecer la pena volver a leer al autor de L’extension du domaine de la lutte, Les Particules élémentaires y La possibilité d’une île.