SOBRE SOLIDARIDAD, INMIGRACION Y ASILO

SOBRE SOLIDARIDAD, INMIGRACIÓN Y DERECHO

ALGUNOS EQUIVOCOS, ERRORES Y PROPUESTAS

Javier de Lucas

 

 

Las apelaciones a la solidaridad, a propósito de la situación que viven inmigrantes y refugiados en la UE en estos años de crisis, son comúnmente alabadas y contrapuestas al lema de “sálvese quien pueda”, que pareciera presidir la gestión de la misma en clave de pánico ante el incremento y extensión de los afectados por las condiciones de vulnerabilidad y  precariedad. Sin embargo, creo que no siempre se trata de propuestas acertadas. En lo que sigue, pretendo presentar tres ideas sencillas –casi evidentes- que considero condiciones inexcusables para poder hablar de solidaridad en el ámbito de las políticas de inmigración y del asilo. Luego sí formularé algunas propuestas más concretas a modo de test de coherencia.

De esas tres ideas, las dos primeras se refieren a dos principios de clarificación conceptual, que considero previos a cualquier proyecto de solidaridad vinculado a las políticas de gestión de la inmigración  (y añadiré, del asilo, donde la cooperación es particularmente necesaria, en este caso, entre las sociedades y los Estados de la UE). La tercera es una característica sine qua, non, es decir, que sin esa prioridad, ninguna iniciativa de política de cooperación /solidaridad, en el ámbito de inmigración y asilo, me parece legítima y añadiré que tampoco creo que sea eficaz. Vayamos por orden:

 

(1). La primera, es la necesidad de precisar la noción misma de solidaridad, para distinguirla de la igualdad (la fraternidad es obviamente algo diferente), pero también para tomarla en serio y no banalizarla como sinónimo de la benevolencia, del altruismo en sentido vago.  Además, la necesidad de formularla en el contexto en el que vivimos, que es tanto el de globalización, de interdependencia, como el de crisis.

Como ya he propuesto en otras ocasiones, arranco de una tradición que se remonta a la tardición jurídica romana (obligationes in solidum) y con mayor precisión, a la noción de assabiyah propuesta por el gran Ibn Khaldoun, para llegar a la tesis de Durkheim que ve en ella el cemento social. Desde esas bases, entiendo la solidaridad como <conciencia conjunta de derechos y deberes>,  que se muestra particularmente en momentos de riesgo o amenaza, cuyo carácter común resulta evidente. Sin embargo, ante la dualidad que encierra el concepto, pues, como advierte entre otros Rorty, la fuerza de los vínculos de solidaridad son inversamente fuertes en relación con la proximidad de los nuestros que delimitan los sucesivos círculos: los de la familia, la vecindad, la clase, los marcadores primarios, hasta la humanidad. Hoy, en el mencionado contexto de globalización, el sentido de la solidaridad no puede no tener una formulación tendencialmente universal, abierta. Y el debate sobre gestión de migración y asilo es un buen test para conforntar esa tesis.

Lo explicó muy bien Marx, apoderándose de un dictum que se encuentra en la primera de las sátiras de Horacio y que probablemente recordarán: De te fabula narratur. En efecto, hay que aprender esa lección que Marx ofrece a los alemanes en el prólogo al primer volumen de El Capital (1ª edición, 1867)…esta historia, la de la inmigración, la del asilo, no va de ellos. Es nuestra.

Por eso me parece un acierto la campaña que ha lanzado ACNUR España: el asilo es de todos. Y, del mismo modo, hay que decir alto y claro que las políticas de inmigración no son asuntos sectoriales, que afectan a otros que nos son ajenos, extraños. No: la inmigración en sí es un hecho social global, con una dimensión que interpela los fundamentos del vínculo social y político: nos interpela a nosotros. Las respuestas que damos a los desafíos del fenómeno migratorio nos afectan a nosotros mismos.

Lo que quiero decir es que la solidaridad contextualizada a nuestra época, la solidaridad de la que debemos hablar hoy, no puede no aparecer sino en su formulación como solidaridad abierta, inclusiva, que no se cierra en el ámbito del nosotros y, sobre todo, lo que sería peor, que no utiliza la referencia excluyente a los otros desde la exacerbación de la diferencia. Una apertura que es el legado de lo mejor que Europa ha sabido ofrecer al mundo, aunque Europa también haya ofrecido lo peor.

Me refiero al hecho de que Europa supo ver la necesidad de una solidaridad que descarta y supera el argumento más burdo, la lógica política centrípeta propia del discurso del miedo y del interés, del beneficio, como claves de respuesta ante lo que por ser desconocido es entendido como un riesgo y por eso se cierra en sí misma y sólo concibe el mundo en los términos schmittianos del par amigo/enemigo. La lógica que excluye al otro de nuestro círculo de solidaridad por no ser <de los nuestros>. En el mejor de los casos porque no es ajeno. En el peor, porque resulta una amenaza a lo nuestro, una competencia, un peligro.  Europa lo superó como lo muestra la noción de Derecho internacional entendida como ius humanitatis, al modo en que lo proponen en el XVI nuestros Vitoria y Suárez frente a Grotius.

Esta otra noción de solidaridad, a mi juicio, debe descartar y superar también el argumento cínico (que es muy útil desde el punto de vista retórico) que consiste en alegar que no podemos cargar con toda la miseria del mundo, que nuestra solidaridad sólo puede y debe llegar a los de aquí, a los nuestros inmediatos, porque hay que ordenarla en función de los medios disponibles. Yo creo que hoy no está claro que no puede ser así, porque si la solidaridad no se abre, acaba siendo un vínculo del tipo de lo que expresa muy bien el título de la película de Scorsese Goodfellas,  <uno de los nuestros>, en el sentido mafioso del término, un vínculo que excluye a los otros y sólo los entiende como esclavos o como enemigos. Si el vínculo de solidaridad se reduce y se cierra, las organizaciones sociales en los que se concreta  (sindicatos, partidos, asociaciones) pierden su razón de ser y se convierten en mecanismos de ayuda mutua, right or wrong, porque es uno de los nuestros, no porque lo exija el reconocimiento de la apertura al otro.

Creo que las claves de construcción de esa solidaridad abierta, que no dudo en calificar como muy difícil, muy compleja (sobre todo si no se reduce a la limosna del domund o a su sucedáneo de los telemaratones), radican en la coherencia con tres principios, los de dignitashumanitas y pietas que, de nuevo, son una suerte de herencia genética que los europeos hemos ofrecido al mundo, un hilo rojo de lo mejor que Europa ha concebido, pactado, institucionalizado, también a través de la historia de lucha de movimientos sociales, desde los que agrupan a los trabajadores a los que están detrás de la última gran revolución del siglo XX, el feminismo.

Sí, hablo de principios que dan sentido y exigen una actuación solidaria y de cooperación, tal como nos lo propone esa línea intelectual que comienza en el estoicismo y se expresa en la fórmula de Séneca, homo homini sacra res, o en la menos sofisticada  de Terencio cuando en el 167 AC escribe en su comedia Heautontimoroumenos : Homo sum, humani nihil a me alienum puto. Aunque nuestro español D. Miguel de Unamuno supo reformularla y concretarla cuando en el comienzo de su ensayo Del sentimiento trágico de la vida  escribió: “Homo sum; nihil humani a me alienum puto dijo el cómico latino. Y yo diría más bien, nullum hominem a me alienum puto; soy hombre, a ningún otro hombre estimo extraño. Porque el adjetivo humanus  me es tan sospechoso como su sustantivo abstracto humanitas, la humanidad. Ni lo humano ni la humanidad, ni el adjetivo simple ni el sustantivado, sino el sustantivo concreto: el hombre, el otro, los otros seres humanos.” Hablo de la tradición del humanismo que representan Pico della Mirandola, Montaigne y John Donne, de la Ilustración (de Ferguson y Swift a Kant y Marx, sí, Marx), del mejor liberalismo (el de J.SMill y Tocqueville) del feminismo de Olympie de Gouges y Mary Wollstoncraft, de la tradición de rebeldía de Kafka, Camus y Orwell… ¿qué nos dirían ellos sobre nuestra conformidad, nuestra pasividad, nuestro miedo al  otro convertido en el passe-partout político en esta caduca Europa? ¿de nuestra pasividad e indiferencia ante la suerte que corren decenas de miles de inmigrantes y refugiados, ante nuestros ojos que ven sin mirar?

 

 

 

 

(2) La segunda, se refiere al papel de dos instrumentos en los que no solemos pensar, porque los damos por obvios, cuando hablamos de cooperación y solidaridad. Son, por cierto, dos viejas herramientas que vieron la luz en Europa y forman parte de esos universales que Europa supo brindar al mundo. Por ello formarían a su vez parte de la identidad europea desde el punto de vista genético, aunque al convertirse en elementos de toda sociedad decente, de toda civilización, han pasado al ADN universal, a la noción de humanidad. Me refiero a las ideas de Democracia y Derecho y con ello, al Estado de Derecho y a los derechos humanos.

Sí, cuando tratamos de institucionalizar la solidaridad y la cooperación, cundo tratamos de contraponer el instinto de competencia y dominio, de codicia y violencia hacia los otros, la Democracia y Derecho son dos herramientas, a la par que dos condiciones de garantía que evitan que una y otra, solidaridad y cooperación, se queden en ideales abstractos o preceptos morales sin fuerza de obligar. Para decirlo corto y claro, que evitan que sean solo un alivio del buenismo, de la buena conciencia, meras expresiones de altruismo que dependen de nuestra benevolencia y no se pueden exigir, no se pueden trasladar a deberes positivos, garantizables mediante coacción.

Es cierto que el problema es que, en un mundo como el nuestro, globalizado, interdependiente, una y otra han de dar un paso más, han de romper el círculo de inmediatez del que ya hablase Ibn Kaldhoun y que ha recuperado Rorty, pasar de la solidaridad con los nuestros a la solidaridad con los otros, es decir, dar el salto de la universalidad.

Y en ese salto, la clave, a mi juicio, es el Derecho. Una poderosa creación cultural, un instrumento de civilización que nos permite vencer la desconfianza mutua, no porque nos sumergimos en una buena fe ingenua, sino porque el Derecho es el garante de esa confianza. El instrumento que me permite abrirme al otro y que el otro confíe en que va a ser tratado, acogido con la regla elemental de la equiparación, por encima de las barreras de la solidaridad cerrada. Y el asilo, por cierto, es la primera manifestación de esa garantía de apertura, el Urrecht, la condición que permite que el otro desamparado tenga el derecho a ser considerado sujeto, a tener derechos.

Y si lo pensamos bien, ese salto del que hablo, hacia la solidaridad abierta, es posible sobre todo gracias a la universalización del derecho, de los derechos, que suponen la declaración universal de derechos y el sistema de derechos humanos que cristaliza en el derecho internacional de derechos humanos, con instrumentos jurídicos universales, de ámbito general, regional y estatal.

Ahora bien, para dar ese salto necesitamos quizá recorrer el mismo camino que hizo posible la garantía de la democracia a través del Derecho, esto es, el Estado de Derecho, y construir las piezas de un Estado de Derecho global, universal, como el que quizá entreviera Kant al dibujar la idea de un Derecho cosmopolita garantizado a través de una Federación de Estados, aunque sin darle ese nombre ni esa concreción.

Estamos lejos de ese Derecho cosmopolita, de ese Estado de Derecho transnacional, de esa democracia global

Y mientras tanto, qué debemos hacer?

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

(3) Aquí es cuando les propongo sacar las consecuencias de una tercera idea. Sí, la solidaridad y la cooperación encuentran en la democracia y en el imperio del Derecho, a través del Estado de Derecho, su garantía. Por tanto, si queremos hablar de solidaridad y cooperación, por ejemplo a través de las políticas migratorias y de asilo, debemos intentar comenzar por una y otro.

La tercera idea es muy sencilla, pues: no puede haber políticas migratorias y  de asilo que garanticen eficaz y establemente la solidaridad y la cooperación si no están guiadas por las dos condiciones previas  las que me he referido, lo que exige -antes de diseñar instrumentos de cooperación y solidaridad, planes Africa o lo que Vds quieran- trabajar por el reconocimiento y garantía de los derechos de los inmigrantes y asilados

Y aquí, señores míos, es donde pinchamos en hueso. Porque nuestras políticas migratorias y de asilo, las de la UE y las de España, no se guían coherentemente por esa exigencia.

No les enunciaré todos y cada uno de los argumentos que demuestran contundentemente esta tesis, por lo que se  refiere al Gobierno que padecemos en España, pero también en cuanto a los anteriores. Diría que a cualquier Gobierno, aunque haya que matizar y señalar grados, porque hay que reconocer que algunos de esos Gobiernos regionales y municipales se han esforzado por esa coherencia en lo que se refiere a las políticas migratorias (en las de asilo apenas tienen competencia).

Pero no podemos dejar pasar los argumentos de crítica. Y el más urgente, corregir el efecto más  pernicioso de estas políticas de asilo e inmigración. Se trata de  la herida que causan en el núcleo de las verdaderas señas de identidad por las que deberían velar la UE y sus Estados miembros, para preservarlas y desarrollarlas. Porque estas políticas hieren de muerte al Estado de Derecho, el proyecto de orden jurídico y político cuya legitimidad radica en la sumisión del poder al Derecho (no sólo a la ley) y en el control del poder por los tribunales de justicia. Uno y otro imperativo alcanzan pleno sentido a su vez en el Estado Constitucional de Derecho, gracias a la incorporación de la prioridad del reconocimiento y garantía efectiva de los derechos humanos al núcleo de la legalidad y legitimidad  que es la Constitución. La pregunta es ¿quieren tomar en serio esas exigencias la UE, sus Estados miembros, sus actores políticos y sociales, en definitiva, sus ciudadanos?

A la luz de estas políticas migratorias y de asilo, a la luz de medidas de las que pondremos algunos ejemplos, habría que responder que no. Lamentablemente, parece que tengan razón quienes sostienen, como la jurista francesa Danièle Lochak, que en lo que se refiere a nuestra respuesta a los inmigrantes y refugiados que vienen a Europa pensando en un lugar de seguridad y libertad, nuestros Gobiernos se mueven en la disyuntiva entre el respeto por el Estado de Derecho o la opción por un estado de excepción permanente. Y pareciera que han optado por el segundo término. Han decidido construir no ya limbos, sino un auténtico infierno jurídico; no sólo terrenos de no-Derecho, sino ámbitos en los que rige un orden jurídico propio del antiguo régimen, un infra-Derecho.

Conste que no hablamos de prácticas detestables, de conductas aisladas que deben ser localizadas y castigadas. Eso debería darse por descontado. Tampoco hablamos, con ser grave, de que se hayan multiplicado ese tipo de comportamientos ilícitos. No. Se trata de considerar a los inmigrantes y refugiados como infrasujetos. Digámoslo claro, súbditos, si no esclavos. En todo caso, seres prescindibles, sustituibles, de acurdo con la ideología fundamentalista de mercado, de capitalismo de casino, en la que  parecen creer dogmáticamente quienes guían nuestros destinos. Nada nuevo: se encuentra en el Ensayo sobre la sociedad civil de Ferguson (1767), en las páginas de Dickens, en las de Marx y Engels, en el poema de Eugene Pottier -el autor de la letra de la Internacional– en el que éste describe y avisa, avant la lettre, sobre la globalización económica.

Esa lógica de desregulación y degradación de los derechos cuyo reconocimiento había costado siglos de luchas sociales y millares de vidas,  está vaciando de contenido principios jurídicos sin los que no puede haber cultura ni sociedad decentes. Hablamos del derecho a la unidad familiar, del derecho a la asistencia sanitaria más elemental, del derecho a la educación, del derecho a la tutela judicial efectiva, del la obligación de socorro ante peligro de muerte, del derecho elemental a acoger al otro que huye del peligro…No son abstracciones. Son leyes, decretos, directivas, planes de acción que la UE y sus Estados miembros ponen en marcha: directivas como la de retorno, de julio de 2008; iniciativas como las de externalización de la policía de fronteras, en países que no ofrecen garantía mínimas de derechos humanos. Violaciones groseras del derecho de asilo por omisión de las obligaciones jurídicas elementales propias del Convenio de Ginebra de 1951 y del Protocolo de N York de 1966 (ratificados por todos los Estados de la UE) sobre la obligación de asistencia a quien demanda asilo, comenzando por la obligación de non refoulement. Decretos como el RD 16/2012 aprobado por el Gobierno Rajoy, que priva de asistencia sanitaria a esos desechables que son los inmigrantes irregulares. Proyectos de ley y reglamentos como- también en España- el Reglamento del PP sobre ese tipo de instituciones que son ejemplo de limbos jurídicos, los CIE y cuya abolición es la primera exigencia de coherencia si se quiere hablar de políticas de cooperación y solidaridad con inmigrantes. Medidas jurídicas que muchas veces se pretenden realizar desde la clandestinidad, como en el caso de la enmienda que el mismo Gobierno Rajoy pretende introducir en el proyecto de Ley de Seguridad ciudadana para modificar la ley de extranjería y legalizar las inaceptables devoluciones en caliente  que parlamentarios de diferentes grupos (notablemente Amaiur), jueces, abogados y profesores  de Derecho han denunciado hasta la saciedad. O como la reciente operación policial europea Mos Maiorum, que habría pasado desapercibida de no ser por el esfuerzo militante de ONGs como StateWatch y del coraje de algunos profesionales de los medios de comunicación que sobreviven en medio de las dificultades que causa molestar al poder político y económico que no admite la pluralidad ni la crítica.

A veces el ataque se torna tan burdo y despiadado que algunas instancias europeas reaccionan. Ha sido el caso tras la tragedia de 15 muertos –homicidios jurídicamente hablando más que probablemente- en la playa del Tarajal. Es el caso de las críticas que ha dirigido por escrito la antigua comisaria de Interior, la señora Malmström, al ministro de Interior español, Sr Fernández, ante los videos de la ONG PRODEIN en los que se constatan palizas y malos tratos a inmigrantes en la valla de Melilla (en realidad, en territorio español). Nada menos que la Comisión, se ve obligada a reprender al Gobierno español porque no cumple con las exigencias de su propia Ley de extranjería sobre procedimientos individualizados de expulsión de irregulares, ni con su deber elemental de preguntar a quienes llegan a nuestras fronteras (desde Mali, por ejemplo) para saber si son refugiados, lo que ha valido también la denuncia del Comisario de derechos humanos del Consejo de Europa, Nils Muiznieks.

No. (1) Frente a esas políticas de acuerdos bilaterales que supeditan la cooperación en materia de inmigración al mantenimiento de cuotas de policía para no dejar pasar o para admitir expulsiones, hay que insistir en convenios que se basen en el avance en índices de DH, de democracia y derechos. (2) Frente a la política defensiva que trata de blindar nuestros mares y realiza operaciones masivas de detención que criminalizan a inmigrantes y refugiados, como la reciente Mos Maiorum, , hay que insistir en el cumplimiento de normas básica de derecho internacional del mar y de derecho internacional de refugiados. (3) Frente a la militarización de las fronteras que niega el asilo y defiende los campos de golf al lado de la miseria, de la desigualdad, hay que ofrecer oportunidades de asilo y de circulación libre y ordenada (no son antitéticos) de trabajadores. (4) Frente a la explotación colonial de ayudas al desarrollo supeditadas a los intereses unilaterales y sectoriales de nuestra parte, hay que asociar en el codesarrollo a las sociedades civiles, a sus agentes sociales, descentralizadamente…(5) frente a la consideración de los menas como inmigrantes, a los que, por irregulares hay que expulsar de la forma más rápida y económica posible, hay que reivindicar el interés del menor y la necesidad, la prioridad de defender sus derechos.

Se equivocan quienes piensan que ese arsenal de medidas contrarias al Estado de Derecho son inaceptables sólo porque perjudican injustificadamente a inmigrantes y refugiados. Ese desmantelamiento concienzudo del que hemos ofrecido algunas pinceladas es mucho más grave: socava la credibilidad misma de la UE ante el mundo. Y ante todos nosotros, los ciudadanos europeos, que ni podemos ni debemos callar. De te fabula narratur.

 

 

 

 

 

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