VANIDADES Y HONORES UNIVERSITARIOS

DE HONORES UNIVERSITARIOS Y VANIDADES

 

Una de las consecuencias del modelo de aggionarmento impuesto a las Universidades bajo el genérico “Bolonia”, so pretexto de la consabida consigna de “acercarlas a la sociedad” y, obviamente, a la necesidad de que “respondan ante la sociedad”, ha sido -a mi juicio- la contaminación de dos lógicas que dominan hoy en esa sociedad civil y que me parecen sumamente criticables. En sí y en su importación en el mundo universitario.

La primera, la sumisión de todos los fines específicos de la institución universitaria (docencia, ciencia, investigación, sentido crítico, aportación al sentido crítico, difusión del conocimiento) a parámetros de mercado. Lo que no es rentable, y de forma inmediata, según el modelo de los programas televisivos sometidos a audiencias de share, debe desaparecer. Eso afecta sobre todo a la investigación básica y  a la docencia en ámbitos en los que no es posible la investigación aplicada. Las humanidades por ejemplo: lo acabamos de ver con la eliminación de la titulación de filología románica en la Universidad de Barcelona. Incluso las ciencias sociales,  cuyo estatuto de ciencia, desgraciadamente, se pone en duda por responsables académicos y de gestión de recursos, como parece suceder en mi propia Universidad. Olvidando por cierto que el estatuto epistemológico como ciencia de áreas del saber tan antiguas como altaneras (medicina es un ejemplo) es sumamente discutible. Lo estamos viendo  en la regulación de los masters y cursos de especialización en las Universidades públicas. Lo que no es rentable, eliminado. Y eso tiene una derivada de particular interés, porque incrementa la desigualdad social ya que perjudica sobre todo a quienes no tienen recursos económicos para pagarse escuelas privadas.

La segunda, es lo que desde Débord conocemos como <sociedad del espectáculo>. Ese ansia de medirlo todo en términos de celebrities por metro cuadrado, que aseguren la presencia en los medios, la visibilidad social.  Un pequeño ejemplo de esto último lo constituyó una práctica de nefasto recuerdo en la que algunas de las universidades españolas (en particular la Universidad Complutense de Madrid) se lanzaron a una loca carrera de nombrar doctores honoris causa a personajes y personajillos, e incluso a notorios delincuentes, confundiendo el culo con las témporas. Por supuesto, a  políticos de toda laya, incluyendo a un rey como el nuestro, que roza el analfabetismo funcional y el desprecio por la ciencia y la cultura (salvo que los toros y las vedettes lo sean).

Quizá la moda se desarrolló desde el cálculo de que eso “nos acercaba a la sociedad,” visibilizaba en los medios y proporcionaba una interesante rédito en términos de pubicidad, márketing, étc. En fin, lo consabido: adula al poderoso, que algo caerá.

Creía que mi Universitat de Valencia había sorteado con éxito esa tentación. No es así. Acaba de investir doctor hc al Sr Pascual Sala.
Si duda, el Sr Sala ha culminado una carrera funcionarial en la judicatura de esas que no tienen parangón, con todos los puestos posibles. Incluido el de Presidente del TC. Demostró una extraordinaria capacidad política para moverse en esos vericuetos y nunca se enfrentó con el poder político de turno. Incluso hizo un favor que causó perplejidad, dirimiendo con su voto la entrada en el TC de polémicos miembros apoyados por el PP, después de haber sido calificado como representante del PSOE en la judicatura.
Y, a todo esto, ¿qué méritos relevantes aporta en la docencia y en la investigación, en la contribución a la excelencia de la Universidad, y concretamente la de Valencia, que le otorga esta su más alta distinción? Lo diré: en mi opinión, muy minoritaria según se ve, ninguno.  Evidentemente no desde el punto de vista de la docencia. Tampoco en términos de investigación, pues ni sus años en la Universidad como profesor asociado le dieron para obtener el grado de doctor, ni tampoco se conocen ejemplos del relevante impacto científico de la “jurisprudencia Sala”. Por lo que se refiere a sus méritos profesionales en la carrera judicial, en la política judicial (muy importantes, sin duda) ya han tenido cumplido reconocimiento con sus cargos y todas las medallas posibles instituidas al efecto.

En ese caso, ¿qué justifica que reciba el libro de la ciencia, los guantes de pureza que son distintivos de un doctor hc? De nuevo en mi opinión, muy poco, más bien nada. Es cierto que el Reglamento de concesión de esta distinción en nuestra Universidad contempla también una cláusula extremadamente abierta y por tanto susceptible de un uso arbitrario o de un abuso: “méritos personales extraordinarios”. Desconozco cuáles puedan ser esos méritos y preferiría que la Universidad suprimiera esa claúsula o no la utilizara. De otra manera, no estaremos a salvo de entregar doctorados honoris causa al personaje de moda (periodista, artista, deportista), lo que no nos deja a salvo de descubrir en no pocos casos que la tal celebrity albergaba un considerable lado oscuro.

Concluyo: servirse de la Universidad para halagar la insaciable vanidad, en este caso, de un político jubilado ya cargado de medallas y favores  es, en mi opinión, un muy mal servicio a la Universidad, aunque lo sea a la amistad. Pero es mejor ser migo de alguien que lo merezca en términos de tal honor.

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