LAUDATIO DEL PROF SAMI NAÏR COMO DOCTOR HONORIS CAUSA DE LA UNIVERSITAT DE VALENCIA

Excelentísimo y Magnífico Señor Rector de la Universitat de València,

Ilustrísima Señora Secretaria General de la Universitat de Valèn- cia

Autoridades Académicas,

Queridos compañeros del claustro de doctores de la Universitat de València

Señoras y Señores

Las primeras palabras de esta laudatio han de ser, quieren ser, de agra- decimiento.

Quiero dar las gracias en primer lugar al Profesor Esteban Morcillo, por haber aceptado la propuesta que le hizo el Instituto de derechos humanos de la Universitat para hacer suya la candidatura al doctorado honoris causa del profesor Sami Naïr, en el cupo que corresponde es- tatutariamente al Rector de la Universitat de València. Y también darle las gracias por su deferencia hacia quien les habla, al haberme ofrecido realizar esta laudatio.

Gracias, desde luego, al Instituto de Derechos humanos de la Universi- tat de València, a su directora y a todos los miembros del IDH que, en la sesión del Consejo celebrada el 18 de diciembre de 2012, aprobaron por unanimidad mi propuesta para que eleváramos al Señor Rector esta iniciativa.

Gracias a mi Facultad de Derecho, a su Decana y copadrina del doctora- do, profesora Olmos y a las Facultades y Departamentos que apoyaron la candidatura y que así muestran el impacto del trabajo de Sami Naïr en nuestra Universitat, desde los derechos humanos a la Sociología, del Derecho a la Ciencia Política, la Historia y la Filosofía.

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Hace más de veinte años, Sami Naïr me sorprendió personalmente por primera vez (la primera de muchas, debo reconocer). Me sorprendió porque quien era ya entonces una figura intelectual de enorme presti- gio, se tomó el trabajo de contestar con una extensa y minuciosa carta a algunas preguntas que un profesor desconocido para él le dirigía -sin conocerle, insisto y debo decir que con cierta osadía- sobre alguna de sus tesis relativas a la integración y el modelo de políticas migratorias. De ahí arrancó una ya vieja relación de la que me siento particularmente or- gulloso y honrado, porque me ha permitido compartir con él una parte importante de su trabajo y, sobre todo, me ha regalado al mejor amigo.

Pero no es de relaciones personales de lo que debe hablar una laudatio, sino de los méritos de nuestro nuevo doctor. Y en este caso, debo reco- nocerlo, es una tarea sencilla, porque son bien conocidas las razones que avalan este nombramiento excepcional. Esos méritos nos hablan de un intelectual comprometido y de referencia, un profesor e investigador sobresaliente que, además, ha sabido y querido vincular su trabajo con nuestra Universitat. Por eso, la laudatio contemplará tres aspectos: me referiré en primer lugar a Sami Naïr como ejemplo de lo que hemos entendido y entendemos como intelectual. Recordaré después que Sami Naïr es un profesor e investigador que da sentido al uso del manido tér- mino <excelencia>, por su aportación a las ciencias sociales y a la filoso- fía y por la transferencia de conocimiento que ha realizado en términos de contribución a la gobernanza o, por decirlo de forma más compren- sible, por su aportación al noble objetivo que es el de la política: otra sociedad posible, más decente, mejor. Y concluiré con lo que especifica su aportación a la Universitat de València y justifica de modo más espe- cífico su incorporación al claustro de doctores de nuestra Universitat.

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1. Sami Naïr es sin duda uno de los intelectuales europeos de referencia. Alguien cuya opinión es solicitada y atendida en temas que correspon- den a las preocupaciones reales y prioritarias, por más que sobre ellas exista no poca confusión. Alguien cuya voz es reconocida en debates cruciales sobre el presente y el futuro de la Unión Europea, la crítica del modelo neoliberal de globalización –de mundialización–, o sobre las condiciones de viabilidad de nuestras democracias. Pero también so- bre aspectos más concretos como los que afectan a nuestras políticas de inmigración y ciudadanía, al reconocimiento de la diversidad cultural, a la reorganización de las relaciones entre el Norte y el Sur, que no son puras determinaciones geográficas en el mundo globalizado al que per- tenecemos.

Sami Naïr, a juicio de muchos de nosotros y desde luego de los que nos beneficiamos de su magisterio en el sentido noble y original del térmi- no, es un verdadero intelectual. Un calificativo que, en su caso, recupe- ra la mejor tradición de ese arquetipo de personaje que protagoniza el proyecto emancipador de la modernidad y que entronca con la tarea de los humanistas primero –Montaigne– y de los ilustrados después –Vol- taire–, que dieron sentido a dicha figura. Porque su obra corresponde al núcleo de aquello que comúnmente entendemos como el trabajo del intelectual, del intelectual que hoy, de nuevo, necesitamos.

Pero sucede que la del intelectual –y desde luego en el caso de Naïr– es una condición que requiere alguna precisión, porque hoy existe un considerable grado de confusión al respecto, máxime cuando habíamos

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dado por muertos y enterrados a los intelectuales –y bien muertos en la medida en que habían traicionado su misión, como nos explicó Benda. ¿Por qué creo que se puede definir a Sami Naïr como un intelectual en el sentido más profundo, más radical, incluso como el tipo de intelectual que sigue siendo necesario hoy más que nunca?

A mi juicio, no se puede tener esa condición si no se parte, en primer lugar, de una base sólida, la que proporciona una trayectoria científica, rigurosa, de estudio y reflexión. Por eso el vivero de los intelectuales se relaciona a menudo con la profesión universitaria, al menos con la no- ción exigente del profesor e investigador universitario, como es el caso de Sami Naïr, formado en la más exigente tradición académica, en una de las mejores tradiciones que haya conocido la universidad francesa: del derecho a la filosofía, de la economía a la ciencia política, pero tam- bién la literatura y ensayo: Goldmann, Foucault, Sartre, Beauvoir… Es una condición que nunca le ha abandonado y por eso el científico, el profesor universitario, el analista, está presente no sólo en su obra es- trictamente académica, sino también por debajo y a través de todas sus intervenciones públicas. Hablaré de esa condición después.

Pero la base sólida sobre la que se asienta el intelectual radical del que hablo requiere un segundo tipo de raíces. Ese intelectual tan necesario no puede existir si no arraiga en el humus de convicciones profundas, de compromiso con principios y valores a cuyo servicio se dispone ese ba- gaje de conocimiento, porque ése es el interés consciente y transparente que guía semejante trabajo de conocimiento, por decirlo en términos de la acertada tesis de Habermas. Por eso hablamos de un intelectual en el sentido radical, alguien que conecta con la mejor tradición de los Orwe- ll, Camus y Sartre, pese a que, como es evidente en el caso de Sami Naïr,

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se trata de alguien con carácter, es decir, con estilo propio en la acepción fuerte de la expresión. Y esa radicalidad lleva al compromiso. Algo quizá olvidado y que hoy requiere una explicación.

**[Lo cierto es que Sami Naïr no es un mero activista, y por eso la suya ofrece una distancia considerable respecto a la imagen más o menos tó- pica –aunque a menudo muy noble– del militante implicado en la causa de apoyo a los más vulnerables. Pero, por otro lado, está muy lejos de esa otra imagen, la del remedo del intelectual en la que se ha convertido hoy esa figura, devaluada hasta límites vergonzosos en nuestra sociedad del espectáculo, en nuestras democracias de consumo de masas. Me re- fiero al pensador de cabecera o, lo que es peor, al pensador de guardia, en la que ha devenido aquel modelo de intelectual orgánico sobre el que reflexionara Gramsci. Por no decir aquella otra en la que ha degenerado entre nosotros, en España, el arquetipo del opinador o tertuliano, las más de las veces una figura de partido en su peor acepción, es decir, alguien que encarna no sólo la defensa de intereses de partido –de op- ción política– sino sobre todo de interés de parte (empresarial), atento siempre a la lógica pro domo sua, que ofrece siempre, previo pago, su opinión sobre cuestiones tan candentes como abordadas de la manera más superficial, más efímera.

No. Lo que durante un tiempo se llamó compromiso es un sello patente de la obra de Naïr, el rubrum que, como decía, hemos tratado de seguir para presentar su trabajo. Un rasgo que explica también la condición política siempre presente en el trabajo de Sami Naïr. Una condición que debe ser entendida, de nuevo, en el sentido radical que en este caso es el de la prioridad de la cosa pública, del interés o bien común y que casa bien con su profunda actitud republicana, que le ha llevado a implicarse

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en la actividad política].**

En efecto, lejos del estruendoso silencio que afecta hoy a una buena par- te de los intelectuales cuando se trata de asumir posiciones incómodas, lejos del complejo o del pretexto de neutralidad, nuestro autor se ha implicado no sólo en el debate público sino en la acción política, hasta el punto de trabajar en funciones públicas de diferente orden. Es decir, a mancharse las manos en la arena política. Así, fue asesor del Ministerio del Interior del Gobierno francés en el año 1997, dedicándose funda- mentalmente a los temas de integración y desarrollo y, como tal, fue el responsable de elaborar el concepto de «codesarrollo relacionado con los flujos migratorios», que se ha convertido hoy en día en uno de los ejes de la política europea. En 1998 fue nombrado por el entonces primer ministro francés, Lionel Jospin, Delegado Interministerial de Codesa- rrollo y Migraciones Internacionales (MICOMI), un instrumento que él mismo propuso para gestionar de forma integral el desafío de los flu- jos migratorios y responder sobre todo en clave de integración y codesa- rrollo. Elegido eurodiputado de 1999 a 2004, fue miembro titular de la Comisión de Asuntos Extranjeros de los Derechos de las Personas, de la Seguridad Común y de la Política de Defensa del Parlamento Europeo y, posteriormente, presidente de la Delegación para las Relaciones con los Países del Mashrek y los Estados del Golfo. Desempeñó esas tareas las más de las veces al lado de amigos a quienes ha profesado una leal- tad ejemplar que no excluye la crítica, y ello sin abandonar en ningún momento una militancia en las ideas y los proyectos de la izquierda. Izquierda entendida como el proyecto de la igualdad, el objetivo a la vez universalista e integrador, pero que es consciente de la situación de partida de desigualdad y dominación. Por eso entiende que esa propues- ta no puede dejarse en manos de la lógica invisible y pretendidamente

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racional del mercado, como defiende el modelo neoliberal.

Sami Naïr se formó en buena medida en una escuela que aportó un significado nuevo a la noción de intelectual. Me refiero a los años que pasó en su juventud (y no sólo) como redactor de Temps Modernes, desde finales de los 70 y en los 80 (a partir de 1982 y hasta 1991 fue codirector de la revista), en compañía de Jean Paul Sartre y sobre todo de Simone de Beauvoir, de quien me consta el afecto y la estima in- telectual que mantuvo para con nuestro nuevo doctor, desde que se conocieron, hasta su muerte. Fue precisamente un encargo suyo a Sami Naïr para que elaborara un número monográfico de esa revista lo que, según el testimonio personal de Sami, le condujo a los estudios sobre las migraciones, un campo en el que hoy es un referente obligado a escala mundial. Su compromiso y su coherencia con los ideales que defiende, más allá de oportunismos, modas o instrumentalizaciones partidistas, le ha granjeado un respeto general, aunque no le han faltado adversarios.

Quiero evocar aquí dos episodios que me parecen significativos. El pri- mero, el que le llevó a los tribunales junto a su amigo Edgar Morin, de- nunciados por antisemitismo. El segundo, su posición ante el episodio de las caricaturas de Mahoma publicadas en el diario danés Jill Posten.

El 4 de junio de 2002 Sami Naïr publicó con sus amigos Edgar Morin y la Académica Danièle Sallenave un artículo en Le Monde titulado « Israël-Palestine: le cancer » en el que se criticaba la política del gobier- no de Israel. Algunos párrafos fueron denunciados por su contenido supuestamente antisemita, según las asociaciones France-Israël y Avo- cats sans frontières. En mayo de 2005 el tribunal de instancia de Ver- salles resolvió la condena del artículo en base al hecho de “…imputar al conjunto de los judíos de Israel el hecho concreto de humillar a los

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palestinos”. Sin embargo, la sentencia fue revocada por el Tribunal de casación en julio de 2006 por considerar que el tribunal de Versalles había violado la ley de prensa de julio de 1881 y el artículo 10 de la Convención europea, relativo a la libertad de expresión.

El segundo ejemplo es su postura ante la polémica de las caricaturas de Mahoma. Sami Naïr es un defensor a ultranza de la laicidad y de la libertad de expresión. Sin embargo, y pese a las críticas que su postura le valió entre medios progresistas, matizó mucho su crítica, como puede entenderse por la cita que tomo de su artículo publicado en El País, en agosto de 2006 con el título “Lo que es sagrado para el otro”: “Ayer, el mundo estaba separado culturalmente. Hoy está mezclado. El Otro está en la Ciudad común. Y hay que tejer un destino común. Hace mucho que no contamos con una gran idea a la que aferrarnos…se trata de tomar en serio la singularidad del género humano; mientras que las caricaturas de algo que es sagrado para el Otro satisfacen, sin duda, el espíritu iconoclasta, pero ensucian de manera inevitable la imagen que tenemos de esa sacralidad. Lo digo con la tranquilidad que me da el saber cuánto sufriría, como ateo, en una sociedad que me impusiera cualquier religión »

2. Con todo, el fuste intelectual y académico de Sami Naïr está acredi- tado sobre todo a través de sus libros, que abarcan algunos de los pro- blemas fundamentales de las ciencias sociales y de la filosofía. Nada de extrañar si tenemos en cuenta su formación académica: tras iniciar estu-

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dios de Derecho en 1964, pronto los abandonó para seguir desde 1965 los de Filosofía y Sociología, graduándose en La Sorbona en 1969 y en la Ecole des Hautes Etudes en 1970. Casi de inmediato pasó a ocupar la plaza de asistente del profesor Lucien Goldmann. Poco después fue nombrado asistente del Departamento de Filosofía de la Universidad de París VIII junto a Michel Foucault. Tras obtener el grado de doctor en Filosofía en 1973, siguió estudios en letras y ciencias humanas, ob- teniendo un segundo doctorado en 1979. Al año siguiente, Naïr fue nombrado titular de la cátedra de teoría política en la Sorbona. Con posterioridad ha sido profesor en diferentes Universidades europeas y americanas: de la Wesleyan University en EEUU, la Freie Universität de Berlin, o la Universidad de Lausanne en Suiza en la que fue titular de la cátedra Norte-Sur y también en Universidades latinoamericanas, africa- nas y españolas como la de Valencia, la Carlos III o la Pablo de Olavide, en la que dirige actualmente el Centro Mediterráneo Andalusí.

Pero volvamos a su obra intelectual, a sus libros y publicaciones. Ante la imposibilidad de glosarla detallada y cumplidamente, permítanme un comentario sobre dos de los más recientes que, de alguna forma, me parecen representativos de buena parte de su obra.

El primero, un grueso volumen de casi 800 páginas, La Europa mestiza. Inmigración, ciudadanía y codesarrollo, publicado en 2010, en cuya edición tuve el honor de colaborar. Se trata de una suerte de corpus teórico de su trabajo sobre las migraciones y la gestión de la diversidad cultural, con especial atención a las dimensiones jurídica y política. Un libro que ofrece las claves de la mirada de Sami Naïr sobre la inmigra- ción. Una mirada compleja, consciente de que la inmigración no es un problema, sino un hecho social complejo y global, una condición estructural de nuestro mundo globalizado. Lo cual no es un descubri-

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miento reciente, como tampoco lo es, en rigor, el fenómeno mismo de la globalización que entre otros avizoró Marx.

Y es que, por ejemplo, buena parte de las características del proceso de globalización fueron adelantadas en un poema titulado «Laissez faire, laissez passer (L’Economie Politique)», fechado el 20 de junio de 1880, que Eugène Pottier, el autor de la letra de La Internacional, dedicó des- de América a los miembros de la Academia de Francia. Pottier, eviden- temente, no utiliza ese concepto, pero sí se refiere a la constante del pro- ceso de extensión del capitalismo y del mercado, un proceso guiado, en lugar de por la libertad de circulación –condición de la libertad de flujos (necesaria, pero no suficiente)–, por el prurito de conseguir la libertad para manejarlos, para situarlos en órbita, porque para la mayor parte de la población mundial, parafraseando al novelista, el mundo se ha hecho más ancho, pero sigue siendo ajeno. Pottier, en el fondo, reafirma lo que sabemos desde Grotius (frente a Vitoria y Suárez), esto es, que la liber- tad de comercio más que el ius humanitatis o el ius comunicationis, es el derecho que está en el origen del derecho internacional y el que preside buena parte de su desarrollo. La orientación denunciada por nuestro Sánchez Ferlosio y que ha triunfado hasta casi ayer en el modelo de glo- balización imperante. Un modelo frente al que se rebela una crítica de la que Naïr es un emblema y que, no en balde, recupera algunos de los argumentos de la tradición que representa sobre todo Vitoria.

[Por eso] la función de los poderes públicos no debe ser jugar con los fantasmas y los miedos que surgen inevitablemente de estas mutaciones sino explicar la situación a la población, hacer que se respeten los de- rechos y los deberes de los recién llegados y aprovechar para ampliar el campo de acción del Estado de Derecho. Lo contrario, según ha denun-

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ciado con coraje una y otra vez, es convertir la inmigración en «mercan- cía electoral».

**[Pues bien, sólo si entendemos esas características podremos formular respuestas adecuadas al desafío que suponen los movimientos migra- torios, respuestas que, como sostiene Naïr, han de basarse en algunas ideas clave entre las que la defensa de los derechos es capital, así como la noción de integración.

La defensa de los derechos de los inmigrantes es para Sami Naïr el faro que debe orientarnos en el debate sobre la identidad, el racismo y el multiculturalismo, así como la discusión acerca de la integración y la ciudadanía en las sociedades que reciben la inmigración. A ello debe sumarse otros criterios posibles en las políticas de gestión de los movi- mientos migratorios, que haga posible la libre circulación y produzca beneficios para las partes implicadas (las sociedades de origen y destino y los propios inmigrantes) y, finalmente, un tercer elemento que consti- tuye una de sus aportaciones más novedosas y fructíferas, de Sami Naïr, el proyecto de codesarrollo del que precisamente los inmigrantes deben ser un agente protagonista.

Ahondemos un poco en esa mirada que trata de descubrir –en lugar de construir– el significado del fenómeno migratorio. Los flujos migrato- rios, hoy, son un rasgo estructural –sistémico– del orden mundial que impone el modelo de globalización dominante. Como tales, constitu- yen un fenómeno nuevo, un auténtico «desplazamiento del mundo» (una fórmula que Sami Naïr y yo empleamos en un libro que publica- mos hace varios años sobre las políticas migratorias en el contexto de la globalización: Le déplacement du monde. Immigration et thématiques identitaires) que caracteriza a ese proceso de mundialización. Incluso, al

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decir de muchos, serían el ejemplo básico –o al menos el más evidente- de su valor central, la movilidad, pues, como ha insistido Naïr, puede decirse que la movilidad es el santo y seña de la cultura propia de la glo- balización o, mejor, de la ya mencionada ideología globalista.]**

El segundo, el ensayo publicado en 2013 con el título Por qué se re- belan? Revoluciones y contrarrevoluciones en el mundo árabe, en el que condensa en cierta forma más de una treintena de años de estudios sobre la relación entre política, historia y cultura, aplicados al terreno concreto de la evolución de las primaveras árabes (puesto que en plural deberíamos hablar). Ese conjunto de trabajos, centrados, sí, en el aná- lisis de las razones por las que las revoluciones democráticas en el sur del Mediterráneo, que tanta esperanza levantaron, han dado lugar a la victoria de partidos de obediencia islamista -incluso fundamentalista- y, acto seguido, a un bloqueo del proceso democrático, tienen un claro hilo conductor, una coherencia que atraviesa todos los textos, y nos ofrecen claves que trascienden con mucho el análisis de un problema que, pese a su importancia, pudiera parecernos circunscrito a los países árabes.

No es así. Esas revoluciones y contrarrevoluciones son el escenario de un conflicto, un desafío más amplio, el que surge de la evidente colisión entre las exigencias de la democracia y de los derechos humanos, de un lado, y la lógica del mercado global, el modelo neoliberal de otro. Una contradicción que se hace más clara ante la aparentemente irresistible extensión global, planetaria, de la segunda, mientras la globalización del Estado de Derecho y de la democracia misma parece andar aún en man- tillas. Y esa constatación es también una llamada a la responsabilidad.

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¿Podemos seguir exigiendo desde los EEUU, desde la UE, la etiqueta de “verdaderas democracias” que a continuación nos sirve para arrogarnos el derecho a extender certificados de democracia urbi et orbe? ¿De qué democracia hablamos cuando sostenemos, predicamos, promovemos, la extensión global de la democracia como nuestro objetivo prioritario? Es una democracia a la altura del desafío de la inclusión igualitaria del pluralismo? No es acaso una superchería? O es que no acabamos con frecuencia en posiciones “realistas” como las de Hungtinton o Sartori, que acaban vinculando democracia y mercado con el modelo cultural, histórico, de “occidente”?

** [No hace falta volver al molino de la <guerra de civilizaciones> para tener que reconocer que detrás de la pretendida neutralidad teórica del liberalismo político hay importantes presupuestos etnoculturales eleva- dos a la condición de condiciones universales de la democracia. Pues, como muestran Hungtinton y Sartori, cuyos textos parecen escritos como coartada para buena parte de las cancillerías occidentales, nues- tra respuesta a la pregunta acerca de si son posibles la democracia y el Estado de Derecho en un contexto cultural ajeno a la tradición judeo- cristiana (por muy secularizada que se encuentre) y al paradigma de mercado defendido a sangre y fuego por el neoliberalismo económico, es negativa. Conforme a esas tesis, el mundo árabe y de paso, las na- ciones en las que el Islam predomina, estarían imposibilitadas para esa transición. Item más. El mayor riesgo que la democracia conoce hoy vendría precisamente de la pujanza del Islam, identificado en términos de identidad con el fundamentalismo islámico que estaría detrás de las sospechosas revoluciones árabes, como también de Turquía, pero no de aliados convenientes como Arabia Saudí o Qatar. Extra occidente, nulla democracia.]**

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3. Debo terminar. Permítanme unas consideraciones finales sobre los méritos del profesor Naïr en lo relativo a su vinculación con nuestra Universitat, una relación que se remonta también a casi veinte años. El profesor Naïr ha sido profesor invitado de nuestra Universitat y profesor titular de las Cátedras Cañada Blanch y Mediterráneo. Y debe señalarse que él mismo tuvo un papel decisivo en la creación de la primera de esas cátedras, gracias al apoyo del añorado José Coll y de los dirigentes de la Fundación Cañada Blanch (Carlos Pascual, Julio de Miguel, Juan López Trigo, Luis Aznar), así como del entonces Rector, Pedro Ruiz Torres y de un grupo de profesores entre los que quiero recordar a Joan Romero y Sergio Sevilla. A través de ellas consiguió que fueran docentes de nues- tra Universitat personalidades de la talla de C. Castoriadis, I Ramonet, E Morin, S. Benhabib, S. George, étc. Por supuesto, a lo largo de estos 20 años ha acudido a nuestra Universitat en numerosas ocasiones, para seminarios, conferencias, tribunales de tesis doctorales, etc . Siempre que se lo hemos pedido no sólo ha acudido a esas actividades sino que, además, ha brindado su apoyo para organizar no pocas de ellas y para conseguir que acudieran profesores e investigadores de prestigio.

En cuanto al IDH, el profesor Naïr ha tenido un papel muy destacado en la formación de dos de los grupos investigadores que están en el origen del Instituto: de una parte, el grupo de investigación sobre inmigración y, de otra, el grupo de investigación sobre Desarrollo y codesarrollo. A

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lo largo de estos años el profesor Naïr ha ayudado a la consecución de becas y estancias de formación de nuestros investigadores y profesores, ha participado en la formación y en la evaluación de tesis de master y de doctorado y ha impartido un buen número de conferencias y semi- narios de especialización. Esa actividad no se ha reducido al ámbito del IDH sino que se ha extendido a otros Departamentos y Facultades de nuestra Universitat. Porque, frente a lo que considero un efecto perver- so de las erráticas políticas universitarias de los últimos 20 años, que han contribuido a mi juicio a confundir, si no incluso pervertir el sentido de la docencia, Sami Naïr es también un convencido de la nobleza de esta labor. No en balde se considera un admirador del proyecto de la II República española. Y es que, por encima de indiscutibles errores y ex- cesos, esa II República cuya instauración se commemora hoy, representa para muchos de nosotros un ejemplo de un proyecto democrático que acertó en lo mejor: devolver el poder al pueblo mediante la prioridad de la educación, entendida como clave de la emancipación, del progreso, de la recuperación de la autonomía individual y colectiva. Por eso, más que los intelectuales (los hubo, y grandes), más que los políticos (tam- bién los hubo grandes) su símbolo por antonomasia son los maestros y maestras republicanos.

He aquí resumidas en unos pocos trazos gruesos algunas de las muchas razones que justifican esta incorporación del profesor Sami Naïr, a título de honor, a nuestro claustro de doctores, quod erat demonstrandum. Cumplida mi misión con más o menos acierto pero, desde luego, con todo el entusiasmo del que soy capaz, me cabe felicitar al nuevo doctor y a nuestro claustro.

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He dicho.

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