Más fútbol, menos derechos humanos

 

Javier De Lucas 

Si el sentido común y de la decencia no lo remedian, la selección española va a jugar el próximo 16 de noviembre un partido amistoso en Guinea Ecuatorial. Ese país, antigua colonia española, es una de las más terribles dictaduras que existen, con uno de los peores índices de desigualdad en el acceso a la riqueza y servicios elementales, aunque se encuentra sobre uno de los yacimientos petrolíferos más importantes del mundo.

Que la Guinea de Obiang es un régimen condenable lo prueba, por ejemplo, el documento de denuncia suscrito por tres de las más conocidas Organizaciones de defensa de los derechos humanos: Amnistía Internacional, EG Justice y Human Rights Watch. Existen otros dossiers muy críticos, como el de Reportiers sans frontières. Pero, además, esa riqueza sólo la aprovecha el dictador Teodoro Nguema Obiang (quien según la revista Forbes posee una fortuna de 600 millones de dólares) y su familia, como su hijo Teodoro Nguema Obiang Mangué -conocido  como Teodorín-, un play boy que combina el color de sus zapatos con el de sus coches de lujo y que recientemente sufrió el embargo de buena parte de sus ostentosos bienes en París, por parte de la justicia francesa, a raíz de una denuncia de Transparency International (puede leerse aquí la noticia en español).

 

Evidentemente, la Federación española cobrará una pastizara por semejante evento, que tanto habrá satisfecho al dictador, ávido de promocionar concursos, premios y eventos que lleven su nombre por el mundo: incluso pretendió apadrinar un premio UNESCO/Obiang, con una importantísima dotación, aunque, como recordarán los lectores, en ese caso se impuso el buen sentido y se anuló su propuesta.

Pero la pregunta es si la selección debe ir allí. ¿Debe España, campeona del mundo, bicampeona de Europa, dilapidar su prestigio, manchándolo con ese “bolo” cuya justificación deportiva es inexistente tanto como son evidentes los riesgos de contaminación?

Ya sé que habrá quien repita esa estupidez de que fútbol es fútbol y no política. Pues bien, este partido sí lo es y de la peor especie: es muy mala política. Política deleznable, sobre todo por tratarse de un acontecimiento no necesario, no obligado por el sorteo de una competición. Me dirán que también todas las federaciones y los principales clubs de fútbol van a jugar amistosos, por ejemplo, a China, que no es ningún modelo. No digamos a Kazajstán, donde su dictador, el excomunista y gran amigo del rey Juan Carlos, Nursultan Nazarbayev, reina ininterrumpidamente como monarca absoluto aunque sin corona, desde 1991. (Este atrabiliario personaje, que cambió el nombre de su capital –Astaná en lugar de Almaty-, financió entre otras fruslerías un equipo de ciclismo de  alta competición en el que corrían conocidos ciclistas españoles). E incluso se invocará la celebración del mundial en Argentina en plena dictadura de los generales. Creo que todos eso casos son, en efecto, malas prácticas. Como el mundial a celebrar en Qatar, a base de dinero y sin ninguna justificación razonable. Pero el partido de España en Guinea es peor, por gratuito y por lo que supondrá de ayuda a la causa del dictador.

Se cumple hoy el centenario de un gran admirador del fútbol, Albert Camus, quien dejó escrito: “Todo cuanto sé con mayor certeza sobre la moral y las obligaciones de los hombres, se lo debo al fútbol”. El futbol era para Camus escuela de madurez, de ciudadanía, de convivencia, de fair play, de morals y sobre todo de manners. Esto que maneja la Federación, parece tener poco que ver con semejante ideal.

La respuesta, la única salida decente, es anular ese partido y de paso, enviar un mensaje claro al dictador. Así, no se juega.

 

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