“Otros Ulises, Otros nostoi”, Capítulo en el libro homenaje, , Madrid, Istituto Europeo di design, 2018

RESUMEN: A partir de los trabajos del profesor Jarauta sobre la figura de Ulises y el concepto de nóstos -la idea del viaje, de regreso al hogar, a la patria- se propone una reflexión crítica sobre el sentido mismo de los viajes obligados –las migraciones forzadas que incluyen los desplazamientos de los demandantes de asilo- como escenario histórico de esas constantes civilizatorias, sólo que en su dimensión negativa, la que permite al filósofo camerunés Achille Mbembé denunciar la existencia de una verdadera necropolítica.

 

PALABRAS CLAVE: Ulises, viaje, migraciones, asilo, derechos.

 

Introducción

Pocos temas han sido tan queridos para nuestro Francisco Jarauta como el de Ulises y el nóstos (νόστος), el viaje por antonomasia, que tiene por objetivo el regreso a la patria, al hogar, pero en el que lo importante es el viaje en sí, porque en él, en ese mientras tanto, se vive todo lo demás[1]. A lo largo de su obra, en su magisterio y también, creo, en su compromiso político, esas son dos metáforas centrales, de profundo contenido.

En lo que sigue, me permitiré apuntar, de la mano de esos dos conceptos y con esa guía del maestro Jarauta, un recorrido por uno de los senderos del laberinto de sentido en el que tantos de nosotros vivimos bajo el signo del desconcierto, del extravío o quizá sería más correcto decir, sencillamente frustrados por impotentes. Más todavía cuando la barahúnda de espurios alegatos sobre la patria a la que regresar, (re)construir o defender, apenas nos deja respiro.

Parecerá quizá banal que recuerde que vivimos, sí, bajo el signo de esa incertidumbre que sucedió a la apariencia de certeza celebrada por tantos que aplaudieron el fin de la historia con el final del siglo corto. No, ya sabemos que en esos treinta años (antes, una generación) transcurridos desde el 1989 e interrumpidos por la brutal cesura en 2001, no ha hecho sino confirmarse el dictamen que, entre otros, nos propusiera Bauman: la incertidumbre, ausencia de asideros nos conmociona y nos desconcierta. Seguimos hoy buscando, por decirlo con sus palabras,

“el pliegue, el momento en el que el proceso condensa su complejidad… ese cambio cualitativo que transforma lo moderno y da lugar a algo nuevo, arrastrando en el proceso de transformaciones todas aquellas desestructuraciones específicas que hoy podemos identificar a niveles económicos, políticos, sociales y culturales”.

Y esa búsqueda no es sólo el ansia de alguna certeza, el afán de conocimiento. Es sobre todo un quehacer marcado por el profundo déficit -si no contradicción- que Kant supiera advertir como constitutivo de la razón práctica: nuestra necesidad de actuar es hoy, quizá más que nunca, superior a la posibilidad de conocer.

Algunos de los que de un modo u otro tratamos de arar en ese mar de la filosofía práctica que, por lo demás está en los orígenes mismos del quehacer filosófico clásico, griego, acudimos con frecuencia a ese dictum según el cual toda la filosofía moderna es un diálogo con, contra Hegel. Y me sirve para recordar que en Hegel encontramos esa descripción de la tarea filosófica como la aprehensión del propio tiempo por el pensamiento. Ya sé que nadie reivindicará a estas alturas la pretensión de construcción de un sistema, la capacidad de expresión racional de la realidad, precisamente en un mundo que ha abandonado la pertinencia de la búsqueda de sentido. Pero en la tarea de identificación al menos de ese pliegue al que antes de me refería, creo que debemos prestar atención a la posibilidad de distinguir entre lo que importa y lo que no lo es, que es como entiendo que se puede responder hoy a la segunda de las grandes preguntas de Kant: ¿qué es lo que hoy debemos hacer?

Esa respuesta, que obliga a remitir ante todo a una ética entendida como moral crítica (y sabemos que no lo será si no es ilustrada, sin el esfuerzo del conocimiento crítico) y presidida por el irrenunciable ideal de emancipación como autonomía, tiene un plano más modesto de respuesta, que nos refiere a su vez al Derecho. Uno y otro, claro está, se ordenan asimismo al objetivo de la vida buena, que no puede ser otro que el de la sociedad decente -en el sentido de Péguy, antes que el de Margalit-, siempre, claro, que abandonamos toda pretensión de atomismo individualista como la que hoy es hegemónica a lomos del fundamentalismo liberista triunfante. ¿Cuál es nuestra contribución, qué es lo exigible, lo que se debe esperar de nosotros en punto a ese objetivo? Es ahí donde me parece que la pista que ofrece la reflexión sobre el Derecho y la democracia son imprescindibles. Porque, por mucho que se menosprecien esas herramientas que son el Estado de Derecho, el estado constitucional, la democracia, siguen siendo condiciones insuficientes pero imprescindibles. Y lo son en la medida en que se pongan al servicio del ideal expresado por Jhering -el Derecho no es otra cosa sino la lucha por el Derecho, por establecer cuál debe ser el interés dominante, protegido por esa armadura que es el Derecho- y concretado por quienes, desde Arendt a Ferrajoli han sabido formularlo en términos de lucha por los derechos de todos los seres humanos, comenzando por los de los más vulnerables. Ese es a mi juicio el sentido de la respuesta que encontramos en quienes, desde Taylor a Bouchard, han insistido en la política del reconocimiento como horizonte de la razón práctica, de la respuesta a la segunda pregunta kantiana y en particular creo que son muy útiles las reflexiones de quienes, como Naïr o Honneth, han analizado su negativo, la sociedad del menosprecio, de la humillación. La tarea, entendida en términos de un deber republicano, un deber de la ciudadanía, es contribuir a crear y reforzar los mecanismos institucionales (políticos, jurídicos) y las prácticas sociales que permitan avanzar hacia sociedades tan plurales como inclusivas y equitativas, al igual reconocimiento de derechos desde la diferencia.

 

 

Argucias del reconocimiento. Ulises y los nuevos Nadie

¿Qué es lo más importante en la concreción de esa política del reconocimiento? Reconozco mi limitación a la hora de proponer con seguridad las prioridades de esa tarea que, sin embargo, tengo clara en su definición, siguiendo -como decía- a Péguy: una sociedad sin exilio. Y es por esa razón por lo que me parece que nos sirve y mucho, ese largo tejer de Francisco Jarauta en torno a la figura de Ulises y al viaje[2]. Vuelvo a un conocido párrafo escrito por nuestro amigo, a propósito de las notas de Adorno sobre sus discusiones con Horkheimer que darían lugar a la Dialéctica de la Ilustración, rescatada con el título “Qué pasó con Ulises?” (Was ist passiert mit Odysseus[3]) y que ilumina con la sabiduría de Broch:

“…La figura de Ulises es compartida no sólo por Adorno, sino también por los compañeros de generación. Para unos y otros la historia de Occidente podría ahora representarse por la elipse de un tiempo que discurre del Ulises clásico a otro moderno, el Ulysses de Joyce, el Leopold Bloom errante y extraviado que en el breve e inabarcable tiempo de dieciséis horas es capaz de representar la disolución de todos los códigos establecidos, una vez que su aparente naturalidad se convierte en pura ficción, esa manera de la apariencia con la que vienen a justificarse los asuntos de la vida y de la sociedad. Ese largo viaje que va del Ulises homérico al de Joyce representa para Broch el tiempo de la disolución. El viaje clásico se transforma ahora en errancia infinita: un ir y venir, recorrer mil veces los mismos lugares de un supuesto laberinto, fuera del cual paradójicamente sólo existe lo innombrable. Los monólogos de Molly o la ironía de Stephen Dedalus ya no protegen del abismo ni aseguran nuevas evidencias. Son sólo modos retóricos que sostienen como si de una levísima sombra se tratara el juego arriesgado del sentido. Saben bien Molly y Stephen que el último límite es el de las palabras y quizá el de los gestos”[4].

La errancia infinita. ¿Cómo describir mejor esa característica crucial de nuestra época, las grandes migraciones, el desplazamiento del mundo, el viaje soñado como un viaje de muchas etapas que permitirá finalmente el retorno a la patria[5], cuando se haya alcanzado el objetivo de acopio de medios para la vida digna y que tantas veces queda congelado por la muerte en el camino o por el reconocimiento de que la verdadera patria no es la que se dejó, sino aquella posible en esa etapa en la que se ha conseguido reconstruir el mínimo de dignidad? ¿Y qué decir de esos viajes que no son escogidos sino fruto de una alternativa de vida o muerte, como consecuencia de la amenaza de persecución, de la imposibilidad de vivir dignamente en la patria, en el hogar que se ven obligados a abandonar?

Aunque pueda parecer obvio, sigue siendo necesario insistir en la centralidad del fenómeno de las migraciones humanas y, en particular, la problematicidad de las que, de un modo u otro, aparecen como movimientos migratorios forzados, es un rasgo característico definitorio de nuestras sociedades. No una circunstancia aleatoria, pasajera, secundaria. Los movimientos migratorios no sólo están ahí. Van a continuar y, pese a todos los intentos de poner barreras (centrados en la errada concepción de dominación unilateral de las migraciones, al servicio exclusivo de los intereses de los países receptores, común a la mayoría de los Estados del UE, pero también a los EEUU o Australia, por ejemplo), pese a la extensión por doquier de ese principio que he propuesto formular con la aliteración “vayas donde vayas, vallas”, van a incrementarse. No hay muros, mares, armadas o ejércitos que puedan anular lo que, al fin y al cabo, está en nuestra herencia genética: somos animales viajeros desde que tenemos testimonio por la antropología científica, en consonancia por cierto con el relato bíblico pues Adán y Eva, nuestros primeros padres fueron también los primeros inmigrantes o los primeros refugiados o desplazados, según se mire.

Insistiré, una vez más. El error más común en el mundo jurídico y político ha consistido, a mi juicio, en la ausencia de reconocimiento de la profunda dimensión política de esta realidad. Amparándose en la indiscutible faceta económico laboral de una parte importante de los procesos migratorios, se ha minusvalorado si no, pura y simplemente ocultado, que las migraciones desvelan déficits profundos en la configuración de las relaciones internacionales y también en el modelo de democracia liberal, en nuestras respuestas a las preguntas quién debe ser ciudadano, quién debe ser soberano, quién debe tener garantizados derechos y cuáles.

Por esa razón, creo que es necesario hablar de las migraciones forzadas como campo de lucha por los derechos de los más vulnerables, como parte de esa tarea prioritaria. Hablar de esos Ulises que, forzados por los nuevos Polifemos, se ven obligados a la invisibilidad de los nadie, nuevos ουτις («Ningún hombre», «Nadie»), pero en un sentido que queda muy lejos de la inteligente argucia del astuto Ulises narrada por Homero en el IX canto de La Odisea. Ahora no es Ulises quien se oculta en esa invisibilidad que es una muestra de la superior fuerza performativa de la palabra, de la razón. No. Es Polifemo quien impone a esos otros, los otros por antonomasia, su condición de invisibilidad, de no sujetos o, al máximo, de infrasujetos: titulares de un reconocimiento demediado en derechos, precisamente porque su diferencia es la coartada del mantenimiento de la desigualdad y la dominación[6]. Son esos nadie que en todo el mundo se ven representados en los versos que escribiera para otro propósito Bob Dylan en 1965, en su Like a Rolling Stone: ¿cómo sienta sentirse completamente sólo, ser un don nadie, sin saber cómo volver a casa? [7]

Todo ello se agrava en un contexto internacional en el que cada vez resulta más cuestionable un tópico que juristas, políticos y opinión pública habían aceptado como uno de los raros asideros firmes en el debate: la distinción entre inmigrantes y refugiados. Aún peor, la categoría jurídico internacional de refugiados parece hoy cada vez más cuestionable ante la consolidación de un fenómeno que no es nuevo, pero que parece alcanzar proporciones bíblicas. Me refiero a los desplazamientos masivos de población que se ve constreñida, en términos de vida o muerte, a huir de sus hogares buscando seguridad (¿refugio?) en otro país, habitualmente el más próximo. No lo hacen sólo por desastres naturales -cada vez más frecuentes- como terremotos o tsunamis, hambrunas o sequías, que cada vez resulta más difícil aceptar en su adjetivación de naturales. ¿Diría el Cándido de Voltaire hoy, en 2017, lo mismo que en su Poème sur le désastre de Lisbonne (“O malheureux mortels! ô terre déplorable! /O de tous les mortels assemblage effroyable!/D’inutiles douleurs éternel entretien!”) en 1755? ¿Si, como escribiera Adorno, este terremoto curó a Voltaire de la teodicea de Leibniz, de la creencia en el mejor de los mundos posibles, podemos nosotros hoy mantener que es la sola naturaleza, sin intermediación de la mano del hombre, la causante de estos desastres? ¿Podemos repetir que esos desplazamientos masivos son ajenos a las sobreexplotaciones mineras, al cambio masivo de cultivos por intereses de empresas transnacionales, a la contaminación irrefrenable de los recursos naturales y en especial de los ríos, del océano?

No. Ya no podemos descalificar como mera demagogia lo que con tonos proféticos denunciara Zygmunt Bauman como “industria del desecho humano”, refiriéndose a las políticas migratorias y de asilo, lo que el filósofo Achille Mbembé, siguiendo a Foucault ha denominado necropolítica. Ya no podemos desentendernos, desde la indiferencia, de la obligación de dar respuesta a las necesidades de esos millones de seres humanos, que serán cada vez más en muy pocos años, y cuya suerte, incluso pensando de forma egoísta y no desde parámetros de solidaridad, no va a dejar de incidir en la nuestra.

 

 

La igual libertad de quienes deben recuperar su rostro

No es exagerado sostener que las políticas migratorias y de asilo de los principales países receptores de inmigración[8] -con alguna notable excepción como el caso de Canadá, muy matizable por otra parte- nos muestran ese modelo que jurídica y políticamente se puede simbolizar en la superchería que fue la ideología oficial alemana hasta casi ayer, la teoría de que en Alemania no había inmigrantes sino Gastarbeiter, extranjeros invitados a trabajar durante un período de tiempo, pero de los que no se esperaba (no se deseaba, quiero decir) nada parecido a integración, porque se rechazaba cualquier posibilidad de un proceso social semejante. El inmigrante no debe modificar la sociedad que le recibe, no debe dejar huella. Obviamente, eso significa que, en el mejor de los casos, se le reconocerá un status de derechos que, por definición, no aspirará a la igualdad con los derechos de los trabajadores nacionales, ni, menos aún, de los verdaderos titulares de derechos, los ciudadanos. Esa es la guía de subordiscriminación[9] que preside las legislaciones migratorias, definidas en no pocos casos con el eufemismo no inocente de legislaciones de extranjería, pues la condición de extranjería es la que se trata de imponer como primera definición al inmigrante. Eso quiere decir que nunca será, nunca puede aspirar a ser un ciudadano. Exactamente igual que lo que advirtiera Arendt en su día respecto a los refugiados, que nunca dejarían de ser extranjeros, esos otros a los que se acoge, con el acento puesto más bien en el humanitarismo (en la calidad moral superior) de quienes abren sus puertas a esos desgraciados necesitados de asilo que no, en modo alguno, en el reconocimiento de que los que piden refugio tienen un derecho, son titulares de derechos reconocidos por la Convención de Ginebra de 1951 y el Protocolo de Nueva York de 1967 y, por tanto, todos los Estados-parte en esos Convenios reconocen que tienen obligaciones jurídicas, deberes exigibles, respecto a quienes acrediten esa condición de refugiados.

Invisibles. Ese es el status deseado para inmigrantes y refugiados, como lo ha sido durante siglos para esos otros que simbolizan la diferencia (étnica –racial-, cultural, religiosa, nacional, lingüística). Por eso, se han ensayado diferentes medios de gestión de la llegada y de la presencia, o de la existencia previa de los diferentes, de la segregación (ghetto) a la expulsión o a la eliminación. Como antes con las mujeres y los esclavos -y ahí está el testimonio de Aristóteles en una de las piedras fundacionales de nuestra cultura[10]– así hacemos hoy con los inmigrantes e incluso, retorciendo el concepto hasta el extremo, vaciándolo de contenido, con los refugiados que, según ha quedado claro en la gestión que han hecho los Estados miembros de la UE y la propia UE de la mal llamada “crisis de refugiados”, desde 2013 hasta hoy, no son otra cosa que aspirantes a refugiados, viajeros congelados en su viaje de vida o muerte porque no queremos que lleguen hasta nuestra tierra. No queremos que sea una etapa en el viaje de reencuentro con su patria. Como los inmigrantes, a los que hemos destinado a esa terrible condición descrita agudamente por Abdelmalek Sayad como presencia ausente[11]. Son las figuras del extranjero, del otro cuya sola existencia nos niega, como han ejemplificado nuestros clásicos (de Shakespeare a Defoe, pasando por Swift) y al que, precisamente por eso no podemos reconocerlo como igual, ignorando así la lección de Platón en su Alcibiades: “También el alma si se quiere reconocer tendrá que mirarse en otra alma”[12].

Hay que atreverse a la osadía de ir al otro lado de lo invisible, aunque ello encierre el riesgo de acabar en el ámbito de lo terrible, peor aún que lo desconocido, como ha escrito Francisco Jarauta en otro de sus maravillosos textos, a propósito de Rothko:

“Como Turner en Venezia, Rothko quería ir siempre más allá de lo visible de las cosas. Aunque esta decisión lo precipite en el corazón de las tinieblas y lo haga ciego. Allí está la muerte, pero también el límite transfigurado”[13].

En ese aparente oxímoron que me hace evocar la afirmación del Patmos de Hölderlin, “donde está el peligro, crece también lo que salva”[14]. En el reconocimiento de ese corazón de las tinieblas, el genial descenso de Conrad al infierno creado por el colonialismo y simbolizado por la depredación llevada a cabo en el corazón de África por el rey Leopoldo de los belgas, ese espejo de la civilización europea, recreado por Ford Coppola en esa brillante metáfora que es Apocalypse Now, está la posibilidad misma de la redención. Reencontrar al otro, rehacer su viaje, hacer nuestra la experiencia de su nostalgia, de la frustración por la pérdida del hogar. Esa es la primera condición de todo proyecto serio de integración, como criterio de gestión de la diversidad cultural exógena que procede de las migraciones, incluso si hablamos del más prosaico acomodo razonable, el modelo realista propuesto por la política canadiense. Creo que lo explican mucho mejor no pocas novelas y películas a las que remitiría con gusto. Me limitaré a mencionar aquí la de Laurence Gaudé, Eldorado[15], la historia de la redención del capitán Salvatore Piracci comandante de un guardacostas con base en Catania, que ha de hacer frente diariamente a la tragedia de los barcos de inmigrantes que tratan de llegar a Europa y el joven sudanés Soleimán, uno de esos centenares de miles de africanos que tratan de encontrar el paraíso europeo. Son los dos protagonistas de una enésima recreación de la idea de viaje de retorno que está en la entraña misma de la noción misma del Mediterráneo, que antes de frontera es mar común.

 

NOTAS

[1] Cfr. por ejemplo, entre otros, “Qué pasó con Ulises”, Claves de Razón práctica, nº 96/1999, “Las metamorfosis de Ulises”, La Página, nº 36, 1999 y también “Política y poéticas de la identidad”, Azafea, Revista de Filosofía, 4/2002.

[2] Recuerdo otra obviedad, ese legado que nos deja la antropología más elemental y que formulara así Caro Baroja: el viaje, desde la antigüedad, es modelo y metáfora de la vida humana. Me permito recomendar el audiolibro de Carla Fibla y Nicolás Castellano (con fotografías de Javier Medina), Mi nombre es nadie. El viaje más antiguo del mundo, Barcelona, Icaria, 2009, con artículos de S. Naïr y J. de Lucas entre otros.

[3] Que luego se verá reflejada en el Excursus I de la Dialéctica de la Ilustración, <Ulises, o Mito e Ilustración>, en el que desarrollan la sentencia “El mito es ya Ilustración, la Ilustración recae en mitología”.

[4] Cfr. el texto en su “Política y poéticas de la identidad”, Azafea, Revista de Filosofía, 4/2002, pp, 189

[5] No en balde, como se ha hecho ver, el término nostalgia tiene su origen en el mismo vocablo, nóstos.

[6] Sobre ello remito a mi “Nada para los Nadie”, Sin Permiso, abril 2012.

[7] “When you ain’t got nothing, you got nothing to lose/You’re invisible now, you’ve got no secrets to conceal/How does it feel, ah how does it feel?/To be on your own, with no direction home/Like a complete unknown, like a rolling Stone”

 

[8] Es obvio que me refiero ante todo a los Estados de la UE y a la propia UE, como he tratado de analizar en Mediterráneo: el naufragio de Europa, Valencia, Tirant lo Blanch, 2016 (2ª) y en otros trabajos. Pero esta afirmación vale también, a mi juicio, para países como los EEUU, Australia o México.

[9] Tomo el término de la expresión acuñada en el seno de la crítica jurídica feminista primero en los EEUU (I.M. Young, K. Crenshaw o CE.Mackinnon), que proponen tanto el concepto de “subordiscriminación” como el de “discriminación interseccional”. En nuestro país, en el ámbito de la iusfilosofía, autoras como Añón, Barrére, Gil, Morondo, Mestre, Rubio y otras han contribuido a esta conceptualización. Cfr. por ejemplo el colectivo (R. Mestre, coord.), Mujeres, derechos, ciudadanía, Valencia, Tirant lo Blanch, 2008

[10] Política, Libro I, capítulo 1, 1-3: “lo primero para el hombre, casa, mujer y buey para el arado”. También, Política, Libro I, capítulo 2: “siendo las partes primitivas y simples de la familia el señor y el esclavo, el esposo y la mujer, el padre y los hijos, deberán estudiarse separadamente estos tres órdenes de individuos, para ver lo que es cada uno de ellos y lo que debe ser”.

[11] Cfr. A. Sayad, La doble ausencia. De las ilusiones del emigrado a lospadecimientos del inmigrado, (Prefacio de P.Bourdieu), Barcelona, Anthropos, 2010.

[12] Que, por cierto, abre el film de T. Angelopoulos, La mirada de Ulises.

[13] F. Jarauta, “Variaciones sobre el silencio. Resplandor”, Circo, 2016, p.6.

[14] “Wo aber Gefahrt ist, wächst/das rettende auch”, Hölderlin, Patmos, Hölderlin, Poesía Completa (edición bilingüe), Edicions 29, Barcelona, 1995 (5ª edición), p.394.

 

[15] Eldorado, Salamandra, 2007 (original, Eldorado, Actes Sud, 2006). Me permito sugerir dos lecturas más acerca de la percepción de ese viaje: Camella, de Marc Durin-Valois, Tropismos, 2005 (original, Chamelle, Lattés, 2002) y el extraordinario relato de Maylis de Kerangal, Lampedusa, Anagrama, 2016 (original, À ce stade de la nuit, Guerin, 2014).

El tribunal de la razón: de la Universidad a la política (y vuelta). Releer a Kant, Pensamiento Crítico, abril 2018

 


 

  1. Sobre transparencia, Estado de Derecho y legitimidad democrática.

 

Hasta los más neófitos en filosofía política deben guardar el eco de un conocido pasaje de Kant en el que éste condensó la exigencia de transparencia (qué él enuncia como principio de publicidad) como condición de legitimidad de las decisiones de los gobernantes, o, por mejor decir, de un modelo <republicano> de Gobierno, tal y como lo concebía el propio Kant: “son injustas todas las acciones que se refieren al derecho de otros hombres cuyos principios no soportan ser publicados”. Norberto Bobbio,  al comentar esta tesis kantiana, aseguraba que la obligación de publicidad no sólo era un instrumento para el control del poder y, por consiguiente, una herramienta imprescindible para hablar de Estado de Derecho y aun de democracia, sino, en efecto, un criterio básico de licitud en politica. Veámoslo.

1.1. Es difícil, en efecto, hablar de Estado de Derecho si no se da una efectiva separación de poderes que, a su vez, sólo funciona si es posible el control de cada uno de ellos y, en particular, el del ejecutivo por el legislativo y por el judicial, aunque no sólo. En realidad, es un sistema complejo de pesos y contrapesos, según el tópico norteamericano (checks and balances) que ha ido desarrollándose desde el planteamiento inicial que formulara Montesquieu. En efecto, el legislativo también ha de ser controlado, básicamente por el judicial. Pero éste, que a Montesquieu le parecía que debía ser un poder mudo (el juez, boca muda de la ley), e incluso un no-poder, requiere a su vez un control. Comoquiera que los jueces en realidad quedan dotados de un gran –un terrible- poder, es necesario controlar sus decisiones. Ese control, en principio, es interno (el sistema jurisdiccional de recursos), aunque hoy, en un Estado constitucional de Derecho, tiene tres complementos: el primero, una instancia interna, de carácter mixto (judicial pero también político, vía constitucional), esto es, el Tribunal Constitucional. El segundo, externo pero también de naturaleza jurisdiccional, en el caso europeo, es el control por dos tribunales, el de justicia de la UE y el de derechos humanos propio del Consejo de Europa pero aceptado como vinculante por la propia UE. El tercer control es radicalmente externo, y lo ejerce lo que llamamos cuarto poder, la prensa, que también lleva su control sobre el ejecutivo y el legislativo, en términos sobre todo de publicidad, de transparencia de los actos de uno y otro. Hoy, más que la prensa, hablamos de los media, e incluimos a las redes sociales, por donde aparece la posibilidad de un reforzamiento democrático del sistema de controles, en la medida en que la opinión pública parece aproximarse a la real opinión de los ciudadanos. Pero sabemos también de las posibilidades de manipular y aun pervertir esa aparente acercamiento radical al principio democrático.

1.2. Decía que no sólo hablamos de la publicidad como requisito del Estado de Derecho, sino también de la democracia, concebida conforme a la fórmula que –entre otros- ofrece Ranciére, esto es, no tanto un sistema institucional sino como la forma misma de entender la política: acción del pueblo. Recuperar al sujeto <pueblo> –los ciudadanos, no una entidad metafísica o etnocultural- y superar las diversas formas y grados de demofobia en la que caen buena parte de los sistemas políticos reales. En otras palabras, la publicidad como requisito de la democratización de la política, en la medida en que ésta, las acciones y decisiones que tocan a lo que es común, al objetivo de una vida buena en común, deben tener como sujeto, como titular,  al pueblo,  a los ciudadanos.

Porque la democracia se basa en la experiencia de que hay que sospechar de todo aquel que ejerce el poder y así, la necesidad de someterlo a control. La democracia -lo explicó Aristóteles- no se basa en la pregunta ¿quién debe gobernar? sino en la pregunta ¿cómo se debe gobernar?, es decir, en la institucionalización de medios que permitan exigir responsabilidad a quien gobierna, lo que requiere poder controlarlo. Cuanto más, mejor. Por eso, en política se invierte la carga de la prueba: es el político quien debe demostrar que no ha actuado mal. Recojo aquí algo que sugería Máximo Pradera y que considero importante subrayar para denunciar una de las confusiones más habituales en la discusión. Una falacia argumentativa tan básica como comúnmente ignorada: la confusión entre presunción de inocencia, principio jurídico básico en el ámbito penal y aun administrativo,  y la exigencia de respeto a la “presunción de inocencia” en política, que no sólo no es un derecho, sino es un grave error. Como recuerda Max Pradera, siguiendo el infalible leit-motiv de lord Acton (el poder corrompe; el poder absoluto corrompe absolutamente) pedir presunción de inocencia en política destruye el principio básico de la democracia, ejercer control continuo y no superficial. Y ese control debe ser accesible a los ciudadanos, deben poder visibilizarlo.

1.3. En realidad, la exigencia de publicidad entronca con el leit motiv de la obra de Kant y los ilustrados, esto es, la defensa de la libertad de crítica como expresión de la razón y como principio de legitimidad de un orden político, de las actuaciones y decisiones de los gobernantes. Es sabido que Kant insistía en la prioridad del “tribunal de la crítica”. De nuevo apelo incluso a los neófitos en filosofía y en filosofía política, que recordarán el dictamen recogido en la Crítica de la razón pura a propósito del “tribunal de la razón”: “todo ha de someterse a ella. Pero la religión y la legislación pretenden de ordinario escapar a la misma. La primera a causa de su santidad y la segunda a causa de su majestad. Sin embargo, al hacerlo, despiertan contra sí mismas sospechas justificadas y no pueden exigir un respeto sincero, respeto que la raz6n s6lo concede a lo que es capaz de resistir un examen público y libre”.

Añadiré que esa exigencia de la razón lo es también del respeto debido a los ciudadanos como sujetos del poder originario. Y, como he sugerido en alguna otra ocasión, a ese propósito viene bien recordar el dictum que encontramos en las Mémoires (1675) de Jean-François-Paul de Gondi, cardenal de Retz y rival de Mazarino, tantas veces mal atribuido a Lichtenberg: “cuando los que gobiernan pierden la vergüenza, los que obedecen pierden el respeto y despiertan de su letargo, pero de forma violenta”. Es decir, esa desvergüenza de quien gobierna ocultando o engañando sobre sus decisiones al pueblo, a los ciudadanos, tiene como inevitable resultado, antes o después, el descrédito de las instituciones de poder y, en algunos casos, el descrédito del sistema mismo, lo que empuja a la vía de la violencia, en el momento en el que <los que obedecen>, pero son los verdaderos titulares del poder, caen en la cuenta de que están siendo engañados y que no es posible salir de ese engaño sin salir del sistema mismo.

 

  1. La Universidad y el tribunal de la libre crítica

 

Si he recordado todo lo anterior –como habrá intuido a estas horas la mayoría de los lectores- es porque el denominado “caso Cifuentes” –que para algunos es también “caso Universidad Rey Juan Carlos” (URJC), me parece un escenario de prueba de ese test de legitimidad en política.

Desde luego, tras el “caso Cifuentes” hay todos los indicios de un entramado de irregularidades, de incumplimiento de normativas de master, de reglamentos sobre plazos y formalidades de matrícula y asistencia a master presenciales, de depósito y publicidad de trabajos de fin de master y de los requisitos de constitución y actuación y calificación por parte de los tribunales para juzgarlos, de custodia y rectificación de actas, etcétera, que, a la hora de redactar estas páginas, no sólo no han sido esclarecidas, sino que cada vez parecen más necesitadas de una investigación que desborda los límites de lo estrictamente universitario para alcanzar el ámbito de lo político, de lo público y quizá también de lo judicial.

Primero, porque la protagonista de los hechos, la Sra. Cifuentes, es un importante cargo público –Presidenta de la Comunidad de Madrid, aspirante a ocupar la Presidencia de su partido, el PP-. Además, porque esas irregularidades que hemos conocido gracias a la investigación periodística que ha llevado a cabo una redactora de eldiario.es,  la Sra Ejerique, sostenida por el director de este medio digital, Ignacio Escolar, afectan a una Universidad pública, costeada por los contribuyentes. Hay una apariencia de mal uso o incluso abuso de poder por parte de la Sra Cifuentes, con la aparente complicidad de funcionarios y/o personal laboral de esa Universidad, en un escenario además de aparente tráfico de influencias y de puertas giratorias que vincularía a algunos  políticos del PP con esta Universidad y que se suma a un grave episodio de desprestigio, protagonizado por un rector anterior, a todas luces plagiario. Frente a esa apariencia, políticamente hablando (otra cosa serán las eventuales responsabilidades jurídicas, de prosperar las denuncias que ya se han formulado ante la fiscalía), el responsable político debe dar cuentas y, como ya he apuntado, no debe excusarse en la presunción de inocencia.

Pero hay más. Estamos hablando de una Universidad pública. La Sra Cifuentes habida cuenta de su condición de funcionaria de la administración universitaria, no puede ignorar (sería ignorancia culpable) que, si hay una comunidad que no puede existir sin la máxima apertura y libertad de crítica, esa es la Universidad. Por eso es tan destructiva del ideal de Universidad una práctica como la que parece haber sido suya, tratar de sortear la exigencia de transparencia, de máxima publicidad.

En efecto, a mi juicio y más allá de este “caso Cifuentes” o “caso URJC”, una parte de los males de nuestras Universidades resultan del estrechamiento de eso que es, que debe ser,  nuestro hábitat natural, la máxima apertura al tribunal de la razón. Porque las finalidades de la Universidad –investigación, formación especializada a través de la docencia, difusión y transferencia del conocimiento- exigen la máxima publicidad, en el sentido de la mayor transparencia, de la máxima libertad de crítica. Y sobre todo porque la Universidad pública es un elemento clave del mantenimiento de ese tribunal de la razón, del espacio público como espacio de libre deliberación y crítica, junto a la prensa, a los medios de comunicación y hoy, las redes sociales, sin desconocer los riesgos de manipulación en todas y cada una de ellas..

Insisto. Si la Universidad (la comunidad científica) no puede existir sin transparencia, sin publicidad, es -ante todo- porque lo mejor que tratamos de hacer en la Universidad lo hacemos para que pueda ser discutido y criticado. Ninguno de nosotros en la Universidad organiza seminarios, escribe artículos, libros, tesis de grado o doctorales, para que queden enterrados y nadie los lea y discuta. Y si alguien acude al subterfugio de la protección de la privacidad es que no ha entendido dónde, ni para qué está. Salvo que, obviamente, se trate de descubrimientos de tal importancia que hayan de ser protegidos hasta que quede garantizada su autoría. A mi entender, no parece que fuera el caso, por ejemplo, de la tesis doctoral del Sr. Camps, que pretendió ser hurtada a la publicidad y que, cuando por fin se pudo conocer, no supuso (que yo sepa) ninguna revolución en los modelos electorales. Sinceramente, tampoco creo que sea el caso de ese trabajo fin de master de la Sra Cifuentes, si es que aparece o cuando aparezca: no hay motivo para proteger hasta tal punto la propiedad intelectual cuando choca con un bien jurídico superior.

El daño a la Universidad pública es más grave cuando este caso contribuye a echar sombras sobre las puertas giratorias entre el Partido Popular de la Comunidad de Madrid y la URJC y sobre la laxitud de algunos dirigentes de esta URJC a la hora de aplicar la normativa universitaria cuando se trata de políticos y profesores vinculados al PP, como los profesores Alvarez Conde o Chico, cuyos modos y maneras recuerdan a los de los viejos mandarines universitarios que se creían impunes, por encima de la norma, a la hora de distribuir notas o cargos.

De paso, por supuesto, habrá que convenir en que el ideal que debería caracterizar a la comunidad universitaria es eso, un modelo, una idea-guía. Ergo los universitarios somos los primeros comprometidos por esa exigencia, lo que quiere decir que no cabe esconderse bajo el alegato gremial y negar que existen situaciones poco compatibles con el modelo. No: no todo funciona bien, ni todo es igual en las universidades públicas (y no les digo de las privadas). Hay que reconocer que no todos los estudiantes, los PAS, los profesores e investigadores y los equipos de gobierno, con sus rectores, están -estamos- a la altura de lo exigible y por eso la atención crítica debe ser constante para corregir y mejorar. Eso exige la máxima transparencia. Aunque conviene añadir, para quien no lo sepa, que los universitarios somos probablemente los profesionales más sometidos a evaluaciones y controles. Otra cosa es que el sistema de evaluación y control no sea a su vez, manifiestamente mejorable. Pero habrá que decir a la opinión pública, por ejemplo, que los master y programas de doctorado deben pasar por la revisión de comisiones externas de evaluación y de las agencias de evaluación de las CCAA y la estatal. Y reciben calificaciones, de las que depende no ya su prestigio, sino su supervivencia.

Si aún así se producen anomalías, como las que verosímilmente acabamos de conocer, es evidente que hay que trabajar más y con más transparencia en el control. Porque quizá estos comportamientos tan poco elogiables sean sólo la punta del iceberg y sea mayor de lo que pensamos la presencia de malos usos derivados, por ejemplo, de esas puertas giratorias: me refiero a malas puertas giratorias entre la Universidad y centros de poder, los partidos políticos, las empresas, los bancos, los medios de comunicación. Insisto: malas puertas, porque el contacto y la transferencia entre la Universidad y esos ámbitos no sólo es conveniente, sino necesario. Pero bajo la máxima transparencia posible. Como también hay que corregir -a mi juicio- ese riesgo de contaminación que significa la adopción prioritaria y cada vez más extendida de criterios economicistas en la Universidad. No digo que no nos importen la eficiencia ni la rentabilidad en la Universidad, pero –a mi juicio- la docencia, la investigación, la creación y difusión de conocimiento no deberían regirse sólo ni aun prioritariamente por ese rasero.

Temo que la Sra Cifuentes no comparta nada de lo dicho si tenemos en cuenta, por ejemplo, que desde su gobierno emprendió un modelo de regulación de las Universidades en su Comunidad que está en el fondo de todo el asunto; una ley para domesticar la Universidad pública y facilitar que pueda ser longa manus del poder partidista, pervirtiendo así su carácter de pieza básica (no única, claro) de constitución del espacio público, del tribunal de la razón. Los universitarios, pero también cualquier ciudadano preocupado por lo público, debemos reaccionar. Y llevar nuestras críticas ante el tribunal de la libre discusión, que en última instancia esclarezca los hechos ante los afectados, que somos todos los ciudadanos. Hayan o no leído a Kant.

Otra vez, sobre el dictum del cardenal de Retz

En estos días, ante comportamientos desvergonzados, inaceptables, de algunos de nuestros gobernantes, he recordado el viejo dictum del cardenal de Retz,  quien fuera rival de Mazarino, en sus Mémoires (1675), que dice así:

Je choisis cette remarque entre douze ou quinze que je vous pourrais faire de même nature, pour vous donner à entendre l’extrémité du mal, qui n’est jamais à sa période que quand ceux qui commandent ont perdu la honte, parce que c’est justement le moment dans lequel ceux qui obéissent perdent le respect; et c’est dans ce même moment où l’on revient de la léthargie, mais par des convulsions». Cfr. Jean-François-Paul de Gondi, Cardinal de Retz, Mémoires, 1675, tomo 1 p.66. Tomo la referencia de Massimo Ciavolella y Patrik Coleman, en su Culture and Athority in the Baroque, University of Toronto Press, 2005, pp 69 y 219.

La frase que he destacado en letra normal, dentro de la cursiva, podría traducirse libremente así: “Cuando los que mandan pierden la vergüenza, los que obedecen pierden el respeto, y despiertan de su letargo, pero de forma violenta”.

Pues bien, esa última parte de la frase es la que me parece particularmente relevante hoy. Vivimos un proceso acelerado de desgaste de instituciones clave (TC, TS), de las reglas de juego (la división de poderes, la independencia del poder judicial) y de bienes constitucionales de primer orden no sale gratis. Si a ello sumamos la parálisis en las necesarias reformas que pudieran contrapesar ese desgaste y ofrecer cauces institucionales efectivos de participación ciudadana, el resultado es el que previó el prudente cardenal: no parece quedar otra alternativa que la de la violencia, es decir, la desobediencia sin respeto alguno a las reglas, sino impugnándolas en su totalidad, lo que no puede denominarse de ninguna manera desobediencia civil, sino rebelión o, quizá, revolución.

Dicho de otra manera, contra lo que oímos habitualmente en los media, los verdaderos antisistema son quienes contribuyen a la tesis de que el sistema no tiene otra alternativa que destruirlo, los que arrojan a los ciudadanos a actuar fuera del sistema, fuera de las vías del Derecho, la negociación, la actuación pacífica, como única opción…

Añadiré que, a mi juicio, eso no da la razón a quienes violan la ley, desobedecen a los tribunales y se saltan las normas cuando les parece, recurriendo a vías que de una u otra forma suponen violencia. La razón es incompatible con el insulto, la violencia, el imponer a los demás el propio criterio de justicia. Pero es que estamos estrechando el campo de la razón, de la igual libertad en derechos, del reconocimiento de los ciudadanos como sujeto político más allá de lo aceptable.

Reflexiones de viernes santo 2018 en España: para una política de laicidad

En Irlanda, que rivaliza con España y Polonia en el peso de su identidad católica, el viernes santo de hoy evoca el nacimiento de la posibilidad de una nueva política, por el acuerdo alcanzado en Belfast hace ahora casi exactamente 20 años.  Sin embargo, en nuestro país, las anécdotas vividas en la semana de pasión que culmina hoy, viernes santo, parecen evocar más bien la permanencia de hábitos y principios de una vieja política. Esto es lo que me preocupa, no las anécdotas de himnos, legionarios, banderas y ministros, sino la categoría que subyace.
Para salir de esa vieja política, necesitamos lo que el profesor Rodríguez Uribes, en su libro <Elogio de la laicidad>, llama “política de laicidad”.
Política de laicidad porque ésta, la laicidad, no es un rasgo adjetivo, sino una condición de la democracia, más aún en sociedades crecientemente multiculturales y cada vez más marcadas por la tenencia a la desigualdad y la exclusión.
Política de laicidad como rebelión activa contra el fanatismo y su “tejido de aberraciones” del que hablara H Bergson.
Política de laicidad entendida como base de la emancipación ciudadana y garantía de respeto para todas las personas en igualdad, de la igualdad de género a la libre opción sexual, a la libertad de expresión, de crítica, en suma, al despliegue de todas las potencialidades de cada uno, para desarrollar el propio proyecto de vida y también ese proyecto común que es la política, sin dogmas, tutelas o autoridades irracionalmente impuestas.

Nuestro contexto exige imperiosamente la imperiosamente trabajar por un espacio público laico, en el que no sólo se respeten todas las opciones de conciencia – religiosas o no – sino en el que, además, ninguna tenga privilegio alguno respecto a las demás, garantizando la neutralidad del Estado ante las opciones de conciencia de su ciudadanía.

No ignoro que el error de cierta tradición de la laicidad, como advierte con buen juicio el profesor Rodríguez Uribes, es confundir el proceso de secularización propio de la democracia laica con la pretensión de desaparición, o, para ser más rigurosos, de absoluta irrelevancia (incluso por la vía del menosprecio) del hecho religioso en el espacio público. Creo que algo de eso se advierte en debates que han reverdecido por ejemplo a propósito de los cambios introducidos en esta etapa reciente de “democracia municipal” (tras las última elecciones municipales en España) caracterizadas por el hecho novedoso de que la gestión de una parte importante de las ciudades está en manos de coaliciones políticas en las que la izquierda tradicional (PSOE, IU) gobierna en coalición con fuerzas renovadoras (Podemos, Mareas, En común, etc) o incluso se ha visto superada por ellas y que se caracteriza por prácticas (algunos las califican de política de gestos) de reivindicación precisamente de la laicidad, frente a usos anteriores que eran incompatibles incluso con la aconfesionalidad.

En ese sentido, coincido con la tesis del profesor Rodríguez Uribes de que debe reconocerse que el objetivo de una política de laicidad no debe confundirse con lo que podríamos llamar enfermedad o fase infantil del laicismo. Y ello pese a que creo que esa fase, caracterizada por la pretensión de ecraser l’infame, de erradicar no sólo esa ilegítima interferencia en lo que es la noción de autonomía del demos, sino su presencia social, es perfectamente comprensible como reacción frente al insoportable e indebido peso de ciertas iglesias en la vida pública, como es el caso de la Iglesia católica en España. Y si lo creo es, entre otras razones, porque, como enseñara con rigor Emile Durkheim en Las formas elementales de la vida religiosa, esa pretensión es un error desde el punto de vista de la comprensión de los procesos sociales.

Así pues, me parece que puede convenirse que la laicidad como principio de gestión de la libertad de conciencia, pensamiento y religiosa en las sociedades de la diversidad profunda, está reñida con la ignorancia o, para ser más claro, con la voluntad de ignorar el carácter relevante del hecho religioso como constitutivo de nuestras sociedades. Pero, en todo caso, convengamos también en aceptar que la laicidad no puede ser una apuesta asimétrica, pues se desvirtúa entonces el principio indisociable de igualdad del que emana y al que está asociada la apuesta laica.

Aceptemos además que hoy la laicidad no se puede reducir ni al principio de neutralidad del estado respecto a las ideas de bien, ni al de a la separación de las iglesias y el Estado. Por esa razón, como se ha insistido, en la reflexión de conjunto se hace necesaria una visión más vinculada a las organizaciones y a los activistas sociales, una perspectiva que, sin abandonar el marco y las ambiciones teóricas, se encuentre más cerca de lo que podríamos denominar la acción social, la apuesta por esa dimensión pública no institucional que es el campo de acción de los agentes de la sociedad civil.

Si el espacio público es el lugar de encuentro de toda la ciudadanía en igualdad, para que esa igualdad sea real, sobre la base de los derechos humanos, las prácticas religiosas y el trato a las confesiones, debe pasar por la estricta neutralidad del Estado. De otra manera, estaríamos reclamando a la nueva ciudadanía un compromiso con la laicidad que no se practica ante las religiones mayoritarias de las sociedades de acogida.

 

SOBRE EL AUTO DEL MAGISTRADO LLARENA (TS) DE 23 DE MARZO DE 2018, DE PROCESAMIENTO DE DIRIGENTES DEL “PROCÉS”

El auto del magistrado Llarena de 23 de marzo de 2018 por el que se abre procesamiento a exmiembros del Consell de Govern de la Generalitat de Catalunya, a líderes parlamentarios y a dos representantes de dos organizaciones de la sociedad civil (Jordi Cuixart y Jordi Sánchez) es un escrito de 70 páginas, lleno de notas y referencias, que no me parece sencillo de leer en un día.

Exige -y merece por su relevancia- un examen detenido, sin los prejuicios de quienes, sin leerlo, glorifican a su autor como el Cid Campeador, pero tampoco de quienes, sin leerlo, lo estigmatizan como un grosero  prevaricador reaccionario.

La glorificación es la posición propagandística, que no informativa ni aun siquiera de opinión crítica, adoptada por la mayor parte de los periódicos en papel de gran difusión nacional, desde Madrid, así como por importantes medios de comunicación -en particular la televisión pública, TVE-  y por buena parte de las radios.

La descalificación feroz es la posición también -a mi juicio- apriorística y de propaganda, en la que se embarcan los medios vinculados al independentismo (notablemente TV3, Ara, etc) y tal y como lo hace de la forma más grosera -a mi juicio- el programa Polonia (TV3) del que he sido ferviente seguidor y que me parece que ejerce ya casi sólo unilateralmente como una mala versión de La Traca, contra todo lo que “proceda de Madrit”. Por cierto, descalificación grosera y generalizada que afecta también a todo aquel que sea magistrado del TC, condición que según el programa en cuestión, ineludiblemente supone ser una especie de palmero descerebrado del Gobierno Rajoy, ignorando la pluralidad jurídica e ideológica de sus magistrados. Otra cosa es la necesidad imperiosa de establecer otro procedimiento de elección de los miembros del CGPJ, de los altos cargos de los altos tribunales de justicia y, desde luego, de los magistrados del TC, que no puede seguir tal y como se procede en este momento pues fomenta la configuración de los tribunales como correa del ejecutivo y en todo caso, de las mayorías parlamentarias

Tras estudiar este auto, mi conclusión, provisional, y a salvo del mejor criterio de compañeros constitucionalistas, procesalistas y penalistas, es que todo el peso argumentativo (desde el relato de hechos a los fundamentos jurídicos), que se encamina a construir la verosimilitud de la atribución de un delito de rebelión, tiene elementos verosímiles de lo que quizá habría que calificar, más bien, como <conspiración para la sedición>. A mi juicio, esto sería más razonable incluso que la <conspiración para la rebelión>, que es la calificación penal a la que apuntaba la decisión de la Sala de Admisiones del TS de 30 de octubre de 2017, que precisamente encargaba la instrucción al magistrado Llarena, al señalar que, en todo caso, podría tratarse de conspiración para la rebelión, “al no superar los conspiradores la fase propiamente preparatoria”. La Sala señalaba asimismo que es en la instrucción y no en la admisión cuando hay que dilucidar esta diferencia.

Este es un punto capital. Y, a mi juicio, pese al esfuerzo de reconstrucción de hechos en el que se da cabida insistentemente a la omnipresencia relevante del elemento de violencia, condición sine qua non del tipo de rebelión, que es interpretada como mínimo de forma muy objetable (con algunas referencias a mi juicio muy desafortunadas como por ejemplo, la metáfora  de los tiros al aire de la entrada de Tejero y los suyos en el Congreso), no resultan ni mucho menos concluyentes sobre ese particular. Y sin eso no puede haber rebelión.

Que haya habido desobediencia reiterada y aun pertinaz, me parece más que evidente y respecto a todos los procesados, que ahora no pueden llamarse a andana, cubrirse con la capa de dignidad y de justicia, como si su voluntad permanente de ignorar, vulnerar y desobedecer resoluciones judiciales y mandatos y requerimientos de los tribunales y en particular del TC (otra cosa es comulgar con la reforma que ha hecho del TC un órgano que requiere cumplimientos de conductas) fuera algo digno, inocente y sin relevancia antijurídica. No: en eso hay, a mi entender, como argumenta el auto, una presunción más que razonable de que han delinquido, como delinque todo aquel que se salta la ley y las decisiones de los tribunales. Ni ellos ni nadie (Rajoy, sus ministros, los políticos del PP, C’s o de cualquier partido) no deben estar por encima de la ley, por muy <patriotas> que sean: pueden y deben alegar que obedecían un mandato popular importante (que no el mandato de todo el pueblo: eso es radical y evidentemente falso y les desenmascara), pero aún así, como responsables políticos deben arrostrar las consecuencias de violar las leyes. 

Y añadiré, por impopular que parezca, que quienes huyen de los tribunales, como ha hecho ahora la Sra Rovira y pretenden que los tomemos por héroes sacrificados, actúan como irresponsables políticos incapaces de asumir el básico principio de coherencia con sus actos. No digamos, como egoístas insolidarios respecto al resto de procesados: nada de la dignidad del exilio republicano del 39: por no hablar del escándalo que me produce tratar de asimilarse con los refugiados que penan por el mundo, por mucho que traten de commovernos con la apelación a sus familias, hijas, o parientes, por cuya situación tengo la evidente simpatía que produce la suerte aciaga de quien se ve afectado por los comportamientos de tercero de los que no son responsables.

Me parece muy verosímil asimismo la argumentación del auto sobre la comisión de un delito de malversación. Está verosímilmente documentado el uso improcedente de fondos públicos para finalidades que no son legales, esto es,  para fines contrarios a la legalidad vigente, que es la legalidad “española”, digan lo que digan los medios independentistas: no hay “otra” legalidad. Cosa muy distinta es la legitimidad de perseguir un objetivo independentista, que es perfectamente clara desde el punto de vista constitucional: siempre que no suponga delinquir.

Sin embargo, que todo ello sea suficiente para mantener en prisión preventiva a los dos Jordis, y a los exconsellers Junqueras y Forn, no me parece suficientemente justificado tal y como lo exige esta medida procesal tan excepcional. Y mantengo mis dudas sobre el encarcelamiento incondicional del resto de los procesados, aunque a la vista de las andanzas de Puigdemont, Comín, Ponsati y luego Rovira (el caso de Gabriel no tiene relevancia penal como para dictar su ingreso en prisión, a mi juicio) es evidente el riesgo de fuga y eso puede haber influido, evidentemente, en la decisión el magistrado (otra cosa es que ignoremos que ha habido decisiones de la Sala de apelación del TS que confirman la denegación de los recursos contra el mantenimiento en prisión preventiva).

Dicho todo esto, la reflexión sobre el horizonte político en Catalunya y en España, sigue siendo un laberinto, después del fracaso de la investidura de Turull, la aparente defección de la CUP de la estrategia procesista y el inmovilismo perpetuo (perpetuum inmobile) en el que permanece encastillado –contra la más básica exigencia de la razón política democrática, pero a favor de la estrategia electoralista y del dictado del más rancio nacionalismo españolista, que fomenta irresponsablemente- el Gobierno Rajoy, por no añadir nada respecto al crudo ventajismo de C’s.

Ese es tema para una reflexión que exige tmás iempo y más análisis. Alguna esperanza podría haber en la posible fractura de la dinámica artificial pero eficaz de bloque “monárquico” (“constitucionalista” se le denomina, según el momento, auqnue mucho respeto a al Constitución no exhiben quienes la reducen a 8 artículos) frente a bloque “republicano” (“soberanista”, “independentista”). Quizá pueda aparecer la posibilidad de una plataforma común y plural en torno a la defensa de la democracia y de los derechos, pero eso si, (a diferencia a mi juicio de la escenificada en la sala del Parlament tras el debate del sábado) siempre que se acepte que esa defensa, en un Estado de Derecho, exige respeto (que no silencio de cementerio) a la ley y a las decisiones de los tribunales. Lo que no excluye el recurso a la desobediencia civil. A su vez y a mi juicio, siempre que nos pongamos de acuerdo en lo que entendemos por ella, cuando hablamos de desobediencia civil, lo que no está nada claro aquí y ahora. Más elementos de discusión, que no deberíamos aplazar.

6 de marzo: elecciones a rector en la Universitat de València

Sí: el próximo día 6 la segunda vuelta de las elecciones a rector nos ofrece una oportunidad histórica en la Universitat de València

 

A mi juicio, es la oportunidad de un cambio en serio. De empezar una etapa nueva y hacerlo desde un buen punto de partida: un candidato, un equipo y un programa que garanticen lo que es básico para que hablemso de cambio a fondo, seguro

  • Un cambio en serio, no un cambio lampedusiano. Porque no se trata de cambiar alguna persona para que siga todo igual, manteniendo un orden casi hereditario. Frente a una candidatura que díficilmente puede innovar, pues su cabeza de lista lleva en cargos de Gobierno rectoral más de 12 años y alguno de los vicerrectores más de 16, se presenta un equipo con experiencia de gestión, pero con capacidad de innovación y sin vínculos que le aten a herencias recibidas
  • Un cambio basado en el conocimiento y experiencia del día a día de la Universidad, de sus dificultades reales, con un equipo que nace desde abajo, no con un equipo que lleva 13 años mirando a la Universidad desde arriba, desde la torre de marfil de Blasco Ibáñez 13.
  • Una candidatura con políticas claras de género y mujeres expertas en temas de género, frente a otra candidatura con visión apolillada de la igualdad que, además, instrumentaliza los temas de género de forma simplista: no lucha realmente por la igualdad de las mujeres quien ahora identifica el momento de romper el techo de cristal, pero no lo hizo así en 2010 cuando se presentó por primera vez una mujer y no sólo no la apoyó, sino que formó parte de una candidatura dirigida por un hombre. Algo falla en el argumento de la Dra Mestre: no parece coherente que nos pida que la creamos ahora cuando no actuó así en 2010. Y es que lo importante para romper ese techo no es el nombre, sino que las mujeres universitarias den el salto de la igualdad. ¿O es que las seis mujeres que componen el equipo de Vicent J Martínez son menos feministas que la Dra Mestre?

 

No: esta no es una batalla entre hombres y mujeres. Es una batalla por un cambio real en la Universitat de València, un cambio que encuentra más y mejores garantías en el equipo compuesto mayoritariamente por mujeres y encabezado por el Dr. Martínez.

 

Por todo ello, animo a votar esta candidatura, la del #canvisegur

Ante los premios Oscars 2018

Desde mañana domingo, en la madrugada hacia el lunes en el horario español, conoceremos los premios Oscars de 2018.

Aquí dejo mis preferencias y mis pronósticos para algunas categorías…
Quién me gustaría que los ganara?
• Mejor película: 3 anuncios en las afueras
• Mejor director. Ch. Nolan (Dunkerque) (no está escogido como candidato Martin McDonagh, de 3 anuncios)
• Mejor actor: Daniel Day-lewis (El hilo). Pero tampoco está mal Daniel Kaluuya, Get Out

 Mejor actriz: Frances McDormand (3 anuncios)
• Mejor actor secundario: Sam Rockwell (3 anuncios), Willem Dafoe (The Florida Project) y no me importaría que lo fuera Woody Harrelson (3 anuncios)
• Mejor actriz secundaria: Leslie Manville (El hilo)
• Mejor guión original: 3 anuncios. A distancia, pero con mérito, Get out
• Mejor guión adaptado: Molly’s Game

Quién los ganará?
• Mejor película: La forma del agua
• Mejor director: G. Del Toro
• Mejor actor: Gary Oldman (el instante más oscuro)
• Mejor actriz: Sally Hawkings (La forma del agua)
• Mejor actor secundario: Richard Jenkins (la forma)
• Mejor actriz secundaria: Octavia Spencer
• Mejor guión original: la forma del agua
• Mejor guión adaptado: The Dissaster Artist

Y qué películas conviene ver, estén o no  en esa carrera?

The Party, LadyBird, The Florida Project…

Por un cambio seguro, por calidad democrática (artículo con Beatriz Gallardo, ante la 2 vuelta elecciones Rector UVEG, Levante, 1 marzo 2018)

http://www.levante-emv.com/opinion/2018/03/01/cambio-seguro-uv-calidad-democratica/1685529.html

Javier de Lucas, catedrático de Filosofía del Derecho

Beatriz Gallardo-Pauls, Catedrática de lingüística general

 

Como ya se ha escrito, los votantes en la segunda vuelta de las elecciones a Rector de la Universitat de Valencia se encuentran ante un dilema evidente: cambio o continuidad. Y la candidatura de Vicent J. Martínez es, claramente, la del cambio. Un cambio real, factible, serio y seguro. Para cuya defensa tenemos argumentos igualmente serios y reales, que se resumen en el que en nuestros tiempos es, probablemente, el argumento político por excelencia: aspiramos a más y mejor democracia en el gobierno de nuestra Universitat. Sin que esto signifique albergar dudas sobre la competencia profesional ni sobre la rectitud de miras de ningún candidato.

 

Para que haya más y mejor democracia es necesaria, en primer lugar, la limitación de los mandatos consecutivos en los cargos de gobierno. Por una razón sencilla: evitar los malos usos que acompañan a su perpetuación. Si eso se pide en nuestros estatutos para el Rector, ¿por qué no para los vicerrectorados y la secretaría general que le acompañan? La autonomía universitaria se basa en el ejercicio responsable del autogobierno, pero profesionalizar la gestión debe ser competencia exclusiva del PAS.

 

La experiencia demuestra que la permanencia excesiva en el poder afecta a la transparencia y buen hacer de quien lo ejerce, como ya sabían los griegos. Es lo que asevera el dictum famoso de Lord Acton (el poder corrompe; el poder absoluto corrompe absolutamente), que llama a evitar la podredumbre, el aislamiento que aleja a quien se perpetúa en cargos de los fines que perseguían inicialmente él mismo y, desde luego, quienes lo eligieron.

 

La experiencia demuestra que la permanencia excesiva en el poder aísla y atrofia: si, como sucede, alguien lleva doce, dieciséis años lejos de los quehaceres cotidianos de la docencia y la investigación (y es normal que sea así cuando se pasan tantos años en las tareas de enorme responsabilidad de un vicerrectorado), resulta inevitable perder el contacto con la realidad universitaria. Eso, inevitablemente, impide estar de verdad a pie de obra, algo que supondría salir de Blasco Ibáñez 13, dar clase, publicar y gestionar proyectos propios y, en definitiva, mejorar el currículum con méritos que no se nutran de la propia actividad de gestión; es decir, hacer vida de facultad y de departamento. Sin duda, los largos años de ejercicio de poder proporcionan experiencia valiosa y conocimiento de la institución (qué menos), pero ese argumento se torna falaz cuando llega un punto a partir del cual esa permanencia se convierte en agnosia, en desconocimiento de la realidad que se está queriendo gobernar.

 

Sí: la experiencia demuestra que la permanencia excesiva en el poder, la “tradición” de transmisión interna de los sillones, como si hubiera un derecho natural de los vicerrectores a heredar el cargo del rector anterior (costumbre que se repite en la UV hace más de 30 años), es poco compatible con la calidad democrática y evoca una patrimonialización de la institución que la Universitat no debe seguir prolongando.

En segundo término, para que haya más y mejor calidad democrática en el gobierno de la Universitat es necesaria la disposición abierta a dar cuentas, a asumir la responsabilidad de lo que se ha decidido y administrado. Máxime cuando se pretende ser rector. Y aquí nos encontramos con otra falacia argumentativa: la profesora Mestre y su equipo no sólo han apelado a las innegables dificultades del último período de su gestión, algo que consideramos absolutamente razonable, sino que parecen proponer que aceptemos que carecen de cualquier responsabilidad individual, por ejemplo, en el modelo de precarización del profesorado (no solo de los asociados), en los desajustes del plan Bolonia, o en el estado de la plantilla de PAS. Cuando se le pide a la candidata que dé cuentas de su gestión como vicerrectora de estudios, o como vicerrectora de ordenación académica y profesorado, por ejemplo, extiende la responsabilidad a toda la comunidad universitaria, a todos los órganos y comisiones de participación y gestión. Y si se critica la actuación colegiada de la que ha formado parte, la Dra. Mestre se distancia y asegura que ella no responde de esa actuación, ni siquiera del programa de gobierno anterior, porque es “la primera vez que ella se presenta”. Ambas afirmaciones las sostuvo públicamente en su primera reunión con los profesores y PAS de la Facultad de Derecho, y las ha defendido en otros lugares. Pues bien, en uno y otro caso, eso significa no haber entendido lo que significa dar cuentas de la gestión, requisito sine qua non de la salud democrática. Como bien sabemos en la Comunitat Valenciana, sin asunción de responsabilidades y rendición de cuentas, sin disposición a la transparencia y al control, no hay buen gobierno.

 

Por eso estamos convencidos de que necesitamos el cambio que representa la candidatura de Vicent J Martínez. Para, entre muchas otras cosas, mejorar la calidad democrática en el gobierno de nuestra Universitat.

 

 

En la muerte de Jose Maria Berzosa (Cartelera Turia, 16.02.2018)

Jose María Berzosa murió el 2 de enero. No nos enteramos, ni el público en general, ni siquiera buena parte de sus admiradores, hasta que A.Perraud (Mediapart, Infolibre) se hizo eco de la noticia publicada en el blog de Jean-Jacques Birgé, en un artículo en el que sostiene que el olvido de Berzosa habla mucho, y mal, de nuestro estado de salud mental, cultural y político (https://www.mediapart.fr/journal/culture-idees/010218/ce-que-nous-dit-la-mort-inapercue-du-realisateur-jose-maria-berzosa), un juicio que me parece certero.

Berzosa fue, sin duda, un cineasta, un hombre de televisión, un documentalista, un extraordinario aficionado al póker y un personaje excepcional, además de uno de los más lúcidos y elegantes antifranquistas que hayan existido. Quizá el título de uno de sus filmes de ficción, una humorada sobre una gira de Don Quijote por La Mancha a bordo de un Rolls, rodada en 1974, puede resumir su talante: Mourir sage, vivre fou!

Encarcelado tras una de las manifestaciones antifranquistas de los primeros años de contestación, se exilió a Paris en 1956, entró a formar parte del IDHEC (Institut des Hautes Etudes Cinematographiques, que dio paso después a la actual Escuela cinematográfica pública La Fémis) y se convirtió muy pronto en ayudante de Buñuel. Berzosa estuvo asimismo en el corazón del INA (Institut National de l’Audiovisuel) la referencia de todo documentalista que se precie, imprescindible en cine, televisión y radio. Pero su independencia, su sentido crítico y su carácter insobornable, en lo artístico y en lo personal, le ganaron enemigos entre la elite que gestionó los medios públicos audiovisuales, en la Francia de Mitterrand, donde perdió primero su lugar en TF1 y luego su refugio en F3.

De su talante libertario y de su ironía e inteligencia es buena prueba su primer documental, rodado en 1967, con el actor M.Simon, una visita al…museo de colecciones históricas de la prefectura de la policía de Paris! Pero toda su obra está jalonada por ejemplos señeros de esas cualidades: desde su famoso y pionero documental sobre Bretaña titulado Cosas vistas, oídas o soñadas en Bretaña a partir de las cuales Dios nos guarde de generalizar, la trilogía sobre el Vaticano, sus documentales sobre Chillida, Saura o Alberti, o su serie documental sobre el Chile del golpe, rodada en 1977 y estrenada en 4 capítulos en la televisión francesa con el título Chili: Impressions, en el que hay perlas de su inteligencia y su tenacidad como cuando consigue arrancar a la mujer de Pinoceht una crítica (“Sí, diría que es un poco autoritario”). Con esos documentales montó en 2004 su película Pinochet y sus tres generales. Quizá la mejor expresión de su inteligencia antifranmquista sea el documental Franco, le fiancé de la mort (1999), en el que obtuvo del médico particular de Franco una anécdota que da título al film: relataba el galeno que, después de la primera y muy grave intervención, para reanimarlo, ponía en un gramófono el himno de la Legión y Franco –casi como un zombie- arrancaba a tratar de desfilar en el cuarto, con el famoso paso legionario. Permítase un recuerdo personal. En noviembre de 2005, recién llegado al Colegio de España en París y a sugerencia de Ramón Chao, decidimos conmemorar el 30 aniversario de la muerte de Franco exhibiendo este documental, en presencia del propio Berzosa y de Ramón Chao. Para mi sorpresa –ese franquismo que se resiste a morir en nuestro país- un pequeño grupo de residentes protestó públicamente tras la proyección al considerarlo “poco respetuoso con alguien que había sido Jefe de Estado. Antes de que Ramón Chao interviniera ferozmente, Berzosa deslizó con toda calma: <no hay que confundir golpes de Estado y jefatura de Estado…>. Genio y figura.

 

Sí: romper el modelo de sociedad (Luces Rojas, Infolibre, 23.02.2018)

Decía Angeles Barceló en su editorial en H25 “claro que hay que romper con el modelo de nuestra sociedad occidental, para poder ser una sociedad de iguales…porque esta huelga no es un enfrentamiento con nadie, es la reivindicación de la igualdad entre hombres y mujeres” (http://cadenaser.com/programa/2018/02/21/hora_25/1519247896_369024.html ).

Me parece un buen punto de partida para comentar un error garrafal del argumentario del PP y del Gobierno ante la huelga convocada por feministas del todo el mundo para el próximo 8 de marzo: “la huelga pretende romper nuestro modelo de sociedad occidental”. Pues bien, ¿y qué? Es decir, ¿a qué modelo se refieren? Y sobre todo, ¿es tan malo romper ese modelo?

Dejaré de lado cuestiones que me parecen discutibles en torno a esa huelga: ¿es mejor la huelga general o paros de dos horas en los turnos laborales? ¿Ha de ser sólo una huelga de mujeres en la que los hombres debemos limitarnos a no ponerles obstáculos y aun facilitar que ejerzan la huelga, o debemos sumarnos?. No son cuestiones secundarias, desde luego, aunque afectan más a aspectos tácticos que al proyecto que la convocatoria persigue. Si se tiene en cuenta que se trata del día internacional de la mujer, probablemente tienen razón las convocantes al pedir que los hombres nos limitemos ese día a facilitar su decisión, sin ejercer la huelga…

En efecto, con esta huelga se trata sobre todo de romper ese silencio impuesto a las mujeres (Mary Beard), dar un aldabonazo internacional, universal incluso, para visibilizar la necesidad de cambiar de una vez este modelo social que se concreta en lo que desde el feminismo jurídico se ha calificado acertadamente como estatus de subordiscriminación (desigualdad y dominación), el status en el que viven todavía hoy la mayor parte de las mujeres, desde que Aristóteles, citando a Hesíodo, teorizara en su Política (libro I, 1, 1252b) aquello de que “lo primero, casa, mujer y buey para el arado. Un status de silencio, dominación, discriminación

Romper con un modelo social. Sí, incluso si es el modelo social mayoritariamente compartido. Porque el argumentario del Partido Popular, que alardea de la superioridad del modelo de vida y valores occidentales, olvida precisamente cuál es el la mejor razón a favor del legado de Occidente: su capacidad de romper con la propia cultura, para proponer universales, valores, principios, cánones incluso, que pueden ser compartidos transculturalmente. Lo mejor del legado de Occidente, desde los griegos hasta hoy, es precisamente, la capacidad de crítica interna, de lucha incluso por romper con elementos básicos de nuestro modelo social que son entendidos como prejuicios carentes de justificación. Habitualmente esa crítica es enunciada al principio por una minoría: de los estoicos y los humanistas a los ilustrados, de los adelantados del liberalismo (Mill, Tocqueville) a los del socialismo (Engels, Marx, Luxemburgo), de los abolicionistas antiesclavistas (de Las Casas a Lincoln o Toussaint) a las primeras feministas (M.Wollstoncraft, O.de Gouges o Clara Campoamor). Luego, encarna en movimientos de lucha social que en tantos casos, en Occidente y más allá, acaba por fructificar en otro modelo, que es mejor, en la medida en la que pone al alcance de mujeres y hombres ser más libres, más iguales, en una convivencia más inclusiva y plural. Y esa lucha no se detiene ahí, porque cada vez es más claro que ha de superar la lógica de subordiscriminación que imponen las fronteras, la lógica suicida de explotación de la naturaleza y de los demás seres vivos, objetivos que exigen otra política, más allá de los intereses de tribu, género, clase y especie.

Y si me apuran, todo depende de una opción filosófica básica, como explicara Cassire: los que siguen el modelo Parménides (<el ser, es>) que inspira a todo el pensamiento conservador, ejemplarizado en las tesis del Platón de La República, entienden que todo cambio es a peor y por eso muchas veces llevan a un modelo reaccionario, inmovilista, cerrado a cualquier cambio, como supo ver Popper en La sociedad abierta y sus enemigos. Vamos, lo de Jorge Manrique (“cómo, a nuestro parecer, cualquiera tiempo pasado fue mejor”). Por su parte, seguiría Cassirer, quienes entienden que es más plausible el modelo Heráclito (<todo fluye, todo cambia>, <el conflicto es la madre de todas las cosas>), aceptan que la vida es cambio y conflicto y que los cambios pueden ser para mejor. Todo depende de a quién y a qué sirven…

Tenía razón Bauman cuando escribía que «cuestionar los supuestos sobre los que descansa nuestro modo de vida es el servicio más apremiante que nos debemos a nuestros congéneres y a nosotros mismos» (Múltiples culturas, una sola humanidad). Por eso, sí, romper viejos modelos de sociedad, por muy nuestros que sean, es el sentido mismo del avance de la humanidad, su mejor justificación.