SEXAGENARIOS DECADENTES (CARTELERA TURIA 2739)

 

Entre las muchas conmemoraciones de esta semana, he elegido ésta que se cumple hoy viernes, la del 60 aniversario de los Tratados de Roma. Sí, los europeos estamos en lo que antes se llamaba “tercera edad” y, antes aún, “vejez”, esa palabra que a tantos molesta. Ya se sabe que ahora, en cambio, los sesenta son otra cosa y no es infrecuente que los sexagenarios afronten esa barrera con la ilusión de un nuevo y, en muchos sentidos, apasionante proyecto vital.

Sucede sin embargo que, hablando de la Unión Europea, más que de Europa, este cumpleaños no nos deja en buen lugar. No sé si es necesario llegar a la provocación de Emmanuel Todd, que describe al europeo medio como un anciano prostático, acomodado en su sillón frente a la TV (mucho más <pasivo>, pues, que lo que sugeriría la utilización de otras <pantallas>), consumidor de programas que alternan recetas de <susto o muerte> y, por tanto, atrincherado en su decadencia, que cada vez parece más incierta. En cualquier caso, lo que indiscutiblemente cualquier europeo atento a los medios puede detectar es el avance aparentemente irrefrenable de los mensajes más conservadores, si no reaccionarios, en este continente que cada vez parece, más que viejo, atascado en el discurso de que cualquier tiempo pasado fue mejor.

Sí. Frente a la capacidad de reinventarse que la vieja Europa mostró al lanzar el proyecto europeo en los Tratados de Roma, apenas terminada la segunda guerra mundial que la había asolado, hoy no encontramos Gobiernos ni estadistas con las dotes de imaginación creativa que nos hagan creer en un relanzamiento de lo que, visto desde hoy, fue sin duda un hito histórico. No hablo sólo del Brexit, del crecimiento de movimientos xenófobos y racistas, de los ataques a principios básicos del Estado de Derecho y de la democracia por parte de algunos de los socios incorporados en la última ampliación (Polonia, Hungría, Eslovaquia…). Es que esos síntomas acechan también en los Estados fundadores, por no hablar del nuestro, claro. Y el test más claro es la deriva autoritaria y de xenofobia institucional que caracteriza cada vez más las iniciativas y actuaciones del Consejo, de la Comisión Europea y de los Estados miembros, a propósito de las políticas migratorias y de asilo. Que nuestras autoridades propongan que Libia, Libia!!, sea la pieza clave de la externalización de las expulsiones de inmigrantes irregulares y demandantes de asilo es sólo un botón de esa vergüenza.

Eppur si muove… La sociedad civil reacciona. Lean este manifiesto lanzado por el movimiento europeo (http://www.movimentoeuropeo.eu/images/CAMBIEMOS_EL_RUMBO_DE_EUROPA_DEF.ES.pdf ) y súmense, si quieren a un futuro que sea algo más que vegetar penosamente.

ERRE QUE ERRE. LA UE CAPITULA DE NUEVO ANTE EL NACIONALISMO XENOFOBO

(alrevesyalderecho, Infolibre, 6 marzo 2017)

Erre que erre, la UE capitula ante el nacionalismo xenófobo

Posted on 6 marzo, 2017

Javier de Lucas

¿Cómo interpretar jurídica y políticamente la “nueva” toma de posición de la Comisión Europea acerca de los inmigrantes irregulares, explicada en el conjunto de recomendaciones hechas públicas el 3 de marzo de 2017?

A mi juicio, es una muestra del empecinamiento en el error, en la miopía con la que los gobiernos europeos y la propia UE siguen abordando las manifestaciones de la movilidad humana que son las migraciones y, en particular, las migraciones forzadas, y que lastra los instrumentos jurídicos de nuestra política migratoria. Insisto en hablar de gobernantes europeos, pues lo que la Comisión Europea recomienda se basa, como veremos, en acuerdos del Consejo Europeo y ahí quien decide son nuestros Gobiernos. No nos equivoquemos: a la hora de las responsabilidades, la mayor proporción cae de la parte de los gobiernos de los Estados miembros y no de eso que llamamos tan vagamente Europa (ignorando, por ejemplo, la defensa de los valores europeos que hacen una parte importante de las fuerzas parlamentarias en el Europarlamento). Pero esta vez, al error se suma una peligrosa claudicación de graves consecuencias políticas.

Comencemos por resumir cómo se gesta esta vuelta de tuerca: el Consejo Europeo de 2 de febrero de 2017 (hablamos, pues, de los Gobiernos europeos), celebrado en Malta, adoptó una Declaración en la que, con los consabidos eufemismos, se constataba que la denominada “política migratoria de retorno” es un fracaso: dicho en plata, que en la UE no conseguimos expulsar a todos los inmigrantes de los que nos deberíamos librar. Así que decide poner en marcha un enésimo Plan europeo de retorno. Enésimo, porque se trata de un objetivo reiterado y, de hecho, remite a planes anteriores y en particular al establecido en la Comunicación de la Comisión Europea de 9 de septiembre del año 2015 –COM (2015) 453 final-, con el título Plan de Acción en materia de retorno.

Insistiré en el término retorno, para que, como se ha puesto de moda decir, no nos engañen con las palabras. Lo que la UE y los gobiernos de los Estados miembros entienden por retorno hay que entenderlo como cualquier modo de deshacernos de los excedentes migratorios, es decir, las personas, los inmigrantes, que sobran, que no deberían estar aquí. E incluye, sí, el regreso voluntario o repatriación, pero también y sobre todo, las expulsiones fuera de territorio europeo, como y donde sea, con la ayuda necesaria de los Estados de tránsito (de ida y de vuelta) a los que se habrá de recurrir mediante palo y zanahoria, claro, es decir, incrementando la política de acuerdos bilaterales y multilaterales con esos países de tránsito (obviamente, también con los de origen) para que se conviertan en policías de tráfico de los flujos migratorios, retorciendo la política de cooperación y ayuda al desarrollo.

Por cierto, debe ser que, para Bruselas, el hecho de que en esos países se violen regularmente los derechos humanos en las cárceles (Marruecos, Mauritania, Egipto), o ni siquiera estén vigentes los derechos humanos porque no se han suscrito aún los Pactos de la ONU del 66 (como en Libia) es peccata minuta. Ya se lo parece en materia de política de asilo, cuando tratan de utilizar Libia (Libia, un archiejemplo de Estado fallido, inexistente) en pieza clave del sistema de devolución de los rechazados en su demanda de refugio. A la Comisión parece bastarle con añadir una cláusula de estilo, que explica que la UE y sus Gobiernos hacen todo esto “con el máximo respeto a los derechos humanos”. Lo que hagan esos países terceros no es responsabilidad de la UE. Nada nuevo, of course. A eso siempre se le ha llamado externalización, y es una modalidad sofisticada del complejo de Caín: ¿acaso soy yo el responsable de lo que hagan esta gente, que ni siquiera son mis primos (no digamos, mi hermano), sino unos salvajes de por ahí abajo?

Y si es necesario, se vuelve a la idea lanzada por Aznar en el Consejo Europeo celebrado en Sevilla en junio de 2002: externalizar esos campos de internamiento/retención y también lo que hoy llamamos hotspots, los campos donde hacemos el lento triage, donde decidimos quién entra, porque es refugiado fetén, sujeto de protección internacional subsidiaria, o inmigrante legal (no se apuren: de estos, ninguno, claro: todos los inmigrantes que están en los hotspots son, por definición, “ilegales”, que es como se empeñan en seguir llamándolos). En Sevilla en 2002, este proyecto no salió a flote por la oposición de otros Gobiernos (Suecia y Francia). Pero ahora, la idea está acariciando las meninges de nuestros expertos en Bruselas y, sobre todo, en buena parte de lo que llamamos cancillerías europeas: así, todo este trabajo sucio, primera fase de ese proceso que Bauman llamara “industria del desecho humano”, en la que estamos embarcados, se haría limpiamente, fuera de nuestras fronteras: no existiría ante nuestros ojos.

Estas ideas son, insisto, un error. Aún más, son una canallada de enormes consecuencias. Y encima, están destinadas al fracaso.

El error es consecuencia de la recurrente y miope obsesión que entiende las migraciones como un herramienta al servicio de las coyunturas de los mercados nacionales (ante incluso que los de la propia UE). En esta concepción, que es la dominante en los mercados, en las cancillerías y en buena parte de los medios de comunicación (por tanto, reconozcámoslo, en la opinión pública), los migrantes son mano de obra barata, vulnerables, caducables y fácilmente reemplazables –herramientas low cost– para equilibrar el propio mercado de trabajo, cuya presencia se justifica si y sólo mientras aseguren la maximalización del beneficio y se garantice que en caso contrario, es decir, cuando dejen de servir a ese objetivo, podremos desprendernos de ellos: retornarlos. Por eso no puede haber política migratoria común, salvo la policial (eufemísticamente denominada “lucha contra la inmigración ilegal”, contra sus mafias, etc), para asegurar que en cada momento, no entren más que la suma de los estrictamente necesarios a esos efectos y que salgan de inmediato todos los excedentes. Eso explica que la mayor parte de la política migratoria debe quedar en manos de cada país.

La canallada es fácil de explicar. Resulta que lo que se les ocurre hoy a los amigos de Bruselas, casi 10 años después, es exhortar a los gobiernos a que desarrollen los aspectos más discutibles de la lamentable Directiva de retorno de 2008, a la que ahora se califica como un excelente instrumento de política migratoria, sólo que no funciona todo lo bien que debiera, porque los Gobiernos europeos no han sido lo suficientemente aplicados en la tarea. Es lo que han denunciado un conjunto de ONG europeas en un comunicado extremadamente crítico con esta recomendación.

De hacer caso a las recomendaciones de la Comisión, lo que hay que pedir a los Gobiernos europeos es que se empleen a fondo en lo peor, esto es, que se reduzcan aún más las garantías de derechos contempladas en la Directiva y que se desarrollen al máximo las medidas de restricción del reconocimiento y garantía de derechos, aún los elementales, como los que forman parte del núcleo del derecho a una proceso justo.

Así, por ejemplo, que los internamientos en los denostados CIE (o CRA, el nombre varía según el país), puedan durar más tiempo (en la Directiva se establece que puede llegar a ¡18 meses!), no como decidieron los Gobiernos que optaron por versiones reducidas del plazo y a los que la Comisión pone como mal ejemplo. Esto va para España, por ejemplo, pues el Gobierno ZP, que asumió la vergonzosa directiva, dejó en 60 días el plazo de internamiento (imaginemos cómo puede entender esa recomendación el Gobierno Rajoy). Hablemos otra vez claro, donde dicen internamiento o retención, hay que decir detención, es decir privación de libertad, es decir una pena que, las más de las veces, se impone sin una sentencia que dictamine que se ha cometido un delito.

El retorno a la Directiva, pues, atribuye todavía más centralidad a los CIE que la que les concedía en 2008 esa norma, una institución cuya existencia es objeto de una crítica por parte de juristas, expertos, ONGs, que ya no cabe ignorar. Los CIE no sirven para su supuesto fin, asegurar el máximo y rápido proceso de expulsiones (recordemos, “retorno”) de los excedentes. Pero es que, además, su estatuto jurídico (su “naturaleza jurídica”, que siguen diciendo algunos), su lógica de funcionamiento, se ha mostrado incompatible con exigencias básicas de reconocimiento y garantía de derechos, salvo que se produzcan reformas que, en realidad, suponen su abolición y sustitución por alternativas que, por otra parte, son bien conocidas. No voy a insistir en ello aquí.

Asimismo, las recomendaciones europeas de marras promueven el endurecimiento de las condiciones de entrada y la reducción del período de tramitación de los procesos de expulsión, insistiendo en el acortamiento del plazo de recursos. Todo ello, en el caso de los menores no acompañados, es aún más grave. Recordemos que son niños antes que inmigrantes o incluso demandantes de asilo y deben estar protegidos por la Convención de los derechos del niño y, en nuestro país, por la Ley Orgánica de Protección Jurídica del Menor, antes que sometidos al conjunto de iniciativas jurídicas represivas que abundan en nuestra política migratoria, comenzando por la tal Directiva de 2008. Retornarlos a países que no son aquellos en que reside sus familias ni tampoco siquiera a sus países de origen, con la vaga justificación de que basta que existan “estructuras de acogida suficientes”, a juicio del funcionario que dictamina sobre el retorno (ni siquiera un juez), que es lo que establece la Directiva, es una de las mayores ignominias jurídicas que ha hecho posible en su historia la UE.

Digámoslo claro: lo que hay detrás de estas recomendaciones tiene un significado político, a mi juicio, nefasto. Supone la claudicación de las instituciones europeas ante la ola de reacción xenófoba, racista, contraria a la lógica de la prioridad de las libertades, dispuesta a sacrificar principios básicos del Estado de Derecho y aun del lema que Europa dice suyo, unidos en la diversidad. El mensaje renuncia a lo mejor de la identidad europea con la penosísima coartada de enviar un “mensaje de firmeza” que actúe contra la amenaza de que esa ola se convierta en un mainstream en nuestras sociedades. Pero esta reacción, además de carente de fundamento por ignorancia de la realidad de las características de las actuales migraciones, además de ilegítima por inconsecuente con nuestros principios y valores, será ineficaz. Va a fomentar el efecto contrario. No se erigirá como una barrera contra la amenaza xenófoba y racista, sino que la animará. Este mensaje incentivará aún más a los retrógrados defensores de esas sociedades cerradas, en Holanda, en Francia, en el Reino Unido, en Austria, en Alemania, en Polonia y en Hungría y también, sí, en España. Animará a los defensores de un modelo de sociedad ajeno al imperio de los derechos y confundirá a la población, que preferirá el original en lugar del sucedáneo.

Los gobernantes europeos, erre que erre, parecen empeñados, una vez más en nuestra historia, en abrir la caja de Pandora. Pero nos queda la ciudadanía activa y solidaria. La resistencia. La denuncia, también en los medios de comunicación y en las redes. Las propuestas alternativas. Y por eso también, la libertad de expresión y prensa sigue siendo el baluarte de la democracia y de los derechos.

Ilustraciones: 1. San Wolfgang y el diablo, Michael Pacher, siglo XV. 2. La pesadilla, Fuseli_Cauchemar, 1782.

LA CIUDAD, PRESA DEL CAPITLISMO DEPREDADOR. A PROPOSITO DE UN LIBRO DE FERNANDO FLORES

(Columna en el nº 2770 de Cartelera Turia, 03.03.2017)

 

Dos cosas me impresionaron cuando ví por primera vez Le mani sulla cittá. Ante todo, la presencia arrasadora de Rod Steiger. Fue la misma que me provocó Burt Lancaster en el film de Visconti de 1974 que aquí titularon Confidencias (Gruppo di familia in un interno). Además, la maquinaria seudolegal del negocio de la especulación del suelo, que me parecía un rasgo de modernidad comparado con el tipo de criminalidad característica de nuestro país en aquellos años 60, y que reflejaba El Caso.

El tiempo no deja de hacer justicia al diagnóstico que nos ofrecía en 1963 ese maestro del neorrealismo, el napolitano Franco Rossi. Y creo que es lo que ha sabido captar de forma impecable el amigo Fernando Flores, en el espléndido libro que acaba de publicar sobre el film de Rossi en la colección Cine y Derecho y que tiene como subtítulo el que he tomado prestado (sin su permiso, para eso estamos los amigos) en esta columna. Claro que, como explica él mismo, podría haberse subtitulado “retrato de la sociedad Dorian Gray”, un retrato de los vínculos entre urbanismo, corrupción, especulación y demagogia, un análisis de uno de los complejos mecanismos fraudulentos que permiten al capital, de la mano de políticos que no merecen ese nombre, multiplicarse e incrementar –como hoy, exponencialmente- la desigualdad: cada vez más ricos los pocos ricos, cada vez más pobres los muchos pobres.

Fernando Flores ha conseguido una magnífica exposición de una historia vieja: el dinero como depredador y la democracia –la ciudad, como explica, de la mano de Rossi- como su víctima, gracias a la manipulación de todos los instrumentos  de control del poder, comenzando por la perversión de la igualdad ante la ley, incluida esa violencia legal que tantas veces hace del Derecho lo contrario de lo que debiera ser: un instrumento de dominación, discriminación y explotación. Quizá Rossi no había leído Ferguson (Ensayo sobre la historia de la sociedad civil, 1767), que anticipó la inevitable colisión entre capitalismo y democracia. Tampoco a Bauman, que nos dejó un implacable diagnóstico de la fase actual del capitalismo (“industria del desecho humano”). Pero lo dibujó con precisión de relojero. Y aquí en Valencia, lo hemos aprendido en carne propia.

LA POLITICA DEL MIEDO, LA IGNORANCIA Y EL DESPRECIO (Reporters, febrero 2017)

http://losreporteros.info/la-politica-del-miedo/

 

Hay quien sostiene que, tras su inesperado e increíble triunfo, Trump hará olvidar con pragmatismo las continuas sobreactuaciones, insultos, despropósitos y exhibiciones de ignorancia durante la campaña. Estas serían atrezzo destinado a subrayar su carácter de alguien corriente, ajeno al estilo de los políticos de Washington, al stablishment contra el que quería aparecer como paladín. Pero los que hemos seguido durante estos meses sus declaraciones y sus intervenciones en los debates no podemos olvidar sus repugnantes tomas de posición sobre el medio ambiente, las armas, los inmigrantes y refugiados, sus despropósitos sobre la lucha contra el terrorismo, sus inaceptables declaraciones sobre las mujeres…Qué ha pasado? Se trata, como nos explican, del triunfo del antisistema frente a la poco empática Clinton, identificada con la vieja política? Es el triunfo del tópico del país de las oportunidades?

A mí me convence más el argumento de que, entre los muchos y complejos factores que han llevado a la presidencia de los Estados Unidos a alguien que tantos pensábamos inverosímil, hay uno en el que no se insiste lo suficiente y que no es privativo de ese país, ni siquiera de la crisis occidental de la democracia. Estamos creando a toda velocidad una máquina colectiva de humillación que, unida al cultivo del mensaje del miedo al otro, hace aparecer no sólo sociedades desiguales, sino excluyentes, xenófobas, cerradas a la diversidad.

En rigor, no es nada nuevo. Dostoievski describió muy bien el argumento en Humillados y ofendidos y Gorki en su relato Los exhombres.  Victor Hugo nos dejó Los Miserables. Nuestro Buñuel ilustró en varias de sus películas (Viridiana, Los olvidados) el mecanismo de reacción destructiva que así se crea y más recientemente, encontramos esa mirada en una película menor, pero fielmente agarrada a la misma idea, La Haine, de M.Kassowitz. Desde diferentes perspectivas, filósofos como Nietzsche y Scheller nos hicieron ver la capacidad del resentimiento, del odio, como motor moral y social característico de la moral burguesa; el mismo motor que la escolástica denominaba “odio retenido”. Pero es Honneth, tras las huellas de Charles Taylor y su revisión de la teoría del reconocimiento, quien nos ha presentado un muy convincente análisis de lo que denomina “La sociedad del menosprecio”. Es esa que construye una relación con los otros, cuya base no es sólo la desigualdad o la exclusión -temas clásicos y contrastados por la experiencia histórica-, porque hoy se añade algo más: una capacidad de negar reconocimiento al otro, que se muestra particularmente eficaz a la hora de expulsar a quienes a duras penas habían conseguido ser incluidos o estaban a las puertas de serlo, aunque fuera como mal menor, como manera de desactivar la peligrosidad de las clases peligrosas, de los que viven en los márgenes. En coincidencia con Sassen, Honneth muestra el proceso individual, social (económico y cultural) y político que lleva, desde la indiferencia ante la suerte de esos otros, acorde con el legado de Caín, al desprecio y aún al odio, por la vía de la ignorancia y del miedo.

Ahora bien, la semilla de la humillación no sale gratis. Las sociedades en las que ese proceso prolifera, se ven abocadas al engaño y al miedo y así, en tantos casos, asistimos a la involución de Estados que fueron del bienestar porque tuvieron una cierta capacidad inclusiva (aunque basada en no poca medida en esas malas razones de domesticar a las clases peligrosas), pero que hoy retroceden en nombre del agresor externo –no digamos si lo tenemos dentro: inmigrantes, refugiados-  hacia Estados policial penales. El margen de la disidencia aceptada  -seamos exactos, “tolerada”, en el genuino, paternalista e inaceptable sentido de la tolerancia como sucedáneo de los derechos en serio- se estrecha, casi al mismo tiempo en que, como destaca Honneth, se verifica el test de los derechos sociales: éstos vuelven a su lugar liberal, se tornan en mercancías, expectativas, aspiraciones que, sí, pueden recibir alguna satisfacción, y no para todos, en época de “vacas gordas”. Pero no, en ningún caso, derechos en sentido fuerte, que obliguen a los poderes públicos. Cuando llegan las “vacas flacas” y siempre llegan para los más vulnerables, a lo más que se aspira es a la limosna, a la beneficiencia.

Todo eso es el alma descarnada de lo que llaman “capitalismo compasivo” (otros hablan desvergonzadamente de la <ética de los negocios>, sobre todo para hacer negocios con la ética, algo siempre bien pagado) que tiene el premio del prestigio de la coartada <ética> y que de una u otra forma comporta que el perdedor, el que no triunfa, es culpable. Lo que desnuda la trampa argumentativa del supuesto capitalismo compasivo y lo revela como pura fachada es su propia lógica de beneficio insaciable, como ilustra Ken Loach en su I’m Daniel Blake: una amenaza que nos acecha a todos, porque ser trabajador, en esta sociedad del riesgo que produce la mayor <industria  de desechos humanos> (Bauman), no es ya salvoconducto frente a la pobreza o incluso la miseria. Aún peor cuando el punto de partida no es el de sociedades democráticas, sino el de dictaduras que tratan de engrasar la situación mediante el paternalismo y la corrupción. El hartazgo ante la humillación generalizada, como ha explicado Naïr mostrando cómo el suicidio del humillado Mohamed Bouazizi detonó la revolución tunecina (y que hoy podría revivir en Marruecos por la muerte del pescador Mohucine Fikri hace unos días) lleva a la ruptura, a la revuelta de quien no tiene ya nada que perder (por cierto, un argumento con el que Trump descaradamente pedía el voto de negros y latinos). Lleva a la búsqueda de caudillos o movimientos que capitalizan esa indignación al tiempo que hacen de ella una fe, una creencia que incluso puede encarnarse en una comunidad que no sólo es de fieles, sino de hermanos, de agraviados.

Amplias capas sociales se han visto afectadas en su estilo de vida –su confort en el mejor de los casos- por la ruptura de elementos básicos del vínculo social como consecuencia de la imposición de ese mercado global sin ley que nos ha impuesto el liberismo dominante. Y no sólo en los EEUU. Lo sabemos bien. La conciencia de ese desclasamiento, de la pérdida de status es fácil y demagógicamente (ahora se emplea más el calificativo <populista>) en dos sentidos coincidentes: la necesidad de revancha contra el chivo expiatorio y la adhesión al líder que se presenta como el paladín del combate al <sistema> que ha producido nuestra humillación, nuestro empobrecimiento. Añádase el rencor contra quien, siendo visiblemente otro, se convirtió en el Presidente y ¡Comandante en jefe! del país, un afroamericano educado –como su esposa- en la elite de las Universidades de la Ivy League, que no acepta el papel de Tío Tom y promete integrar a los inmigrantes, critica la posesión de armas y se distancia de la supremacía blanca, en un país en el que los afroamericanos tienen que seguir reclamando Blacks Lives Matter. El resentimiento por la conciencia de humillación se acrecienta con el rechazo a una veterana personalidad del stablishment de Washington, carente de campechanía, que diríamos aquí, y que comete el error de menospreciar no sólo a Trump, sino a quienes le dan apoyo porque ven en él un paladín de la lucha contra ese stablishment que les humilla.

No sé si, como ha apuntado alguien con agudeza, para eso que llamamos <sistema>, Trump es en realidad una oportunidad de mantener el statu quo, porque se asemeja al protagonista de la novela de Jerzy Kocinsky, Being there (Desde el jardín), cuya versión cinematográfica, con un soberbio Peter Sellers, se llamó aquí Bienvenido Mr Chance: una marioneta manipulable y que crea la ilusión de que el hombre corriente –la mujer sería, según parece, pedir demasiado- puede triunfar aún enfrentándose al sistema, de donde el apoyo más o menos subterráneo a Trump, aun en detrimento de su representante “natural”, Clinton. Lo que sí sé es que la igualdad de los derechos, empezando por los de las mujeres, el reconocimiento a los inmigrantes y refugiados como sujetos que deben ser reconocidos como justiciables, las prestaciones sociales por parte de los poderes públicos a los más vulnerables (ancianos, enfermos, parados), por no hablar del cierre de Guantánamo, el imperio de la ley y del Derecho en el orden internacional, el sometimiento a reglas no bélicas de los conflictos, la respuesta ajustada a Derecho ante el terrorismo internacional, no son las prioridades del programa de Trump. Y no me gustaría que, frente a eso, se imponga el ralo pragmatismo que parece encarnar en algunos gobiernos europeos y aun en la propia UE. No sé si Trump, como dice agudamente Ramón Lobo, será a la postre fiel a la condición de <político> (de la que ha abominado como clave de su estrategia electoral) e incumplirá sus promesas o si se empeñará en una suerte de berrea frente a Putin y, sobre todo, frente a los perdedores. Vigilar a su administración debiera ser la prioridad. El veterano periódico The Nation lo ha resumido bien: es la hora del duelo, la resistencia, la organización.

TARAJAL (Cartelera Turia, 2767, 10.02.2017)

Esta es una semana en la que, más allá de las terroríficas medidas diarias tuiteadas por Trump, el balance de los premios propios del cine español, en particular los Goya, ocupa lógicamente la mayor parte del espacio en las carteleras. A mí me habría gustado que hubiera podido ser seleccionado para los Goya y premiado, el documental <Tarajal. Desmuntant l’impunitat a la frontera Sur>, producido por Metromuster y el Observatori DESC y del que son autores Xavier Artigas y Xapo Ortega. Pero fue estrenado en TV3 en enero de este mismo año, lo que imposibilitaba que se tuviera en cuenta para esta edición de los premios.

El documental, como es sabido, desmonta, sin alharacas ni excesos, la versión oficial sobre la muerte de 15 personas muertes en la playa del Tarajal el 6 de febrero de 2014, hace ahora tres años. Un caso de manual que muestra la violencia en las fronteras. Peor: la violencia en que se han convertido nuestras fronteras, blindadas cuasimilitarmente por un Instituto armado. El mando del destacamento que actuó ese día, no dudó en utilizar la máxima capacidad de disuasión frente a 15 personas que desesperadamente trataban de no ahogarse, en lugar de socorrerlos (la primera obligación) y luego, sí, conducirlos para ser internados. Se acumularon las mentiras, pese a la evidencia de videos que mostraban el lanzamiento de las pelotas de goma para impedir que 15 personas alcanzaran la playa y no murieran. Versiones falsas, enunciadas con tanta arrogancia como falta de argumentos, por el embustero e incompetente Sr Fernández Mesa, exdirector general de la Guardia Civil (antes implicado en la chapuza de la gestión del Prestige). El mismo que ahora ha sido encumbrado al correspondiente sillón en el Consejo de Administración de la red eléctrica de la que el Estado –nosotros- es importante accionista. Vamos, que le pagaremos los 170.000 euros que va a levantar al año. Ni me molesto en glosar su incompetencia para el puesto.

Se intentó hacer justicia. Pero el 15 de octubre de 2014, la titular del Juzgado de Primera Instancia e Instrucción núm. 6 de Ceuta, acordó mediante Auto de sobreimiento, el archivo del procedimiento, lo que produjo a partes iguales indignación y decepción. Sin embargo, la resistencia y el buen hacer de tres ONGs y de sus abogados consiguió que hace apenas un mes, la Audiencia Provincial de Cádiz ordenara la reapertura de la instrucción penal, por considerarla insuficiente, recordando la necesidad de una especial diligencia en la investigación criminal cuando los implicados son las Fuerzas y Cuerpos de Seguridad y, el hecho de que los 15 muertos (y sus familias) eran, son, personas particularmente vulnerables vulnerables.

Este video, como la foto que le ganó el Pulitzer a nuestro Javier Bauluz, es la prueba de que, antes que mirar a Trump y señalarle la paja en su muro y sus decisiones ejecutivas, en su ignorancia del principio elemental de división de poderes y sus insultos y disparatadas atribuciones de responsabilidad a la justicia, debemos mirar la viga en el nuestro. Y seguir luchando por los derechos de los más vulnerables, ante los tribunales, en el Parlamento y en la calle.

Los solitarios solidarios: la solidaridad sin fronteras, tomada en serio

La solidaridad y los derechos, en serio

Posted on 9 febrero, 2017

Javier de Lucas

Desde el 17 de enero de este año, hasta el 2 de abril, se puede visitar en el Centro Conde Duque, en Madrid, la exposición “Bethune, la huella solidaria. El legado del Dr Bethune y la ayuda de los voluntarios canadienses a la segunda República”, organizada por la Embajada de Canadá, la Fundación Canadá, la Asociación de Amigos de las Brigadas internacionales y el Centro Andaluz de la Fotografía (Junta de Andalucía).  Jesús Majada, el mejor conocedor de la peripecia española de Bethune, es el comisario de la exposición.

No se trata de la primera que se haya realizado en nuestro país en torno a la figura del legendario Bethune, un héroe nacional en China (donde murió, después de haber contribuido a crear un servicio médico de alcance, desde las filas de los revolucionarios de Mao), pero menos presente en su propio país y, desde luego, poco conocido en España. Si lo traigo a colación es porque ahora coinciden dos aniversarios particularmente interesantes y porque la figura de Bethune sigue pareciéndome ejemplar en el contexto de la lucha por los derechos, el viejo lema que Jhering recupera de Heráclito y que inspiró buena parte de la obra de Arendt.

Decía que concurren dos aniversarios: por antigüedad, hay que hablar primero de los 150 años de la aparición de la confederación del Canadá (fue en 1867 cuando se confederaron las 4 primeras provincias, Ontario, Quebec, New Brunswick, Nova Scotia). Es un país amigo con el que, más que nunca, conviene estrechar lazos y reconocer su papel de valiente liderazgo moral en la defensa de los derechos de los más vulnerables (como los refugiados), en la afirmación de la necesidad de una democracia plural e inclusiva. No ignoro que Canadá tiene problemas y que sus políticas pueden y deben ser objeto de críticas en algunos temas relevantes, porque la democracia y los derechos humanos exigen un control continuo y es lógico pedir más a quienes demuestran la voluntad política de hacer más. Pero en la era de Trump, el Gobierno Trudeau es un importante foco de esperanza. Me permito destacar el trabajo constante de la Fundación Canadá para acercar en particular la colaboración en el ámbito académico, artístico y científico (entre otros), una obra que debe ser reconocida. Esperamos que la administración Trudeau recupere el vigor de los programas que promocionaban los intercambios en esos campos y que sepamos responder. Este año es una buena oportunidad.

La segunda conmemoración, ochenta años (que se cumplieron el día 6 de febrero) de lo que en Málaga se conoce como “la Desbandá. Es el primer crimen de guerra contemporáneode carácter masivo y cometido contra la población civil, del que tenemos testimonio. El ejército sublevado (en particular, la marina y la aviación franquista) sometió a feroces ataques a un importante número de mujeres, niños y hombres –se llega a hablar de 150.000- que trataban de alcanzar refugio en Almería huyendo de Málaga y de poblaciones cercanas, ante la inminencia de la entrada de las tropas de Franco en la ciudad. Se trata sin duda de un importante precedente (más grave aún que el bombardeo de Gernika) de lo que se desarrolló de inmediato en la segunda guerra mundial y cuya extensión, hoy, desgraciadamente conocemos hasta tal punto que la hemos incorporado a nuestra rutina informativa: baste pensar en la destrucción sistemática de Alepo y en los crímenes cometidos contra su población civil, sin necesidad de remontarse a lo sucedido en los Balcanes. La población civil, insisto, como objetivo directo de los más crueles ataques, como pieza clave de la estrategia bélica.

Bethune era un médico canadiense con una profunda exigencia de solidaridad, acrecentada por su experiencia con sectores sociales desfavorecidos de la población de Montréal, durante la Gran Depresión. Ese mismo espíritu de solidaridad y sus convicciones claramente izquierdistas (era militante comunista) le llevaron a acudir a España como un voluntario más (aunque no formalmente encuadrado en las Brigadas Internacionales, sino en la Unidad Médica de Canadá en Madrid y en el Batallón Mackenzie-Papineau) en ayuda de la IIª República. Creó un servicio móvil de transfusión de sangre –que desarrollo luego durante su posterior experiencia en China y que está en el origen de las famosas Mobile Army Surgical Hospital (M.A.S.H.)-, con el que recorrió diversos frentes y ciudades. Se encontraba en Valencia cuando tuvo noticia de la situación en Málaga y se desplazó hasta Almería para tratar de ayudar. Hizo varias veces el recorrido desde Almería a la caravana de los huidos, llevándose consigo a todos los que podía acoger. El mismo y su colaborador, Hazen Sisé, tomaron abundante testimonio gráfico (depositado hoy en el Centro Andaluz de la Fotografía) y describió con detalle la masacre en su pequeño ensayo El crimen del camino Málaga-Almería, que caracterizó como “esta marcha forzada, la más grande, la más horrible evacuación de una ciudad que hayan visto nuestros tiempos”. Conviene leer también su magnífico Las heridas, del que hay una estupenda edición en castellano (Pepitas de Calabaza).

Bethune, como Henri Dunant, el fundador de la Cruz Roja, fue adelantado del espíritu que ha permitido desarrollar contemporáneamente el Derecho internacional humanitario, al servicio de la primacía de los derechos humanos aun en contextos de conflictos bélicos. Un ejemplo de esa increíble tenacidad propia de algunos solitarios solidarios, esos sujetos que no predican moralina pero que arriesgan su vida a fondo por los demás y saben crear instrumentos y redes de solidaridad. Toman en serio el deber de solidaridad en su sentido fuerte, no como mera recomendación heroica. Y lo trasladan más allá de las fronteras, porque saben que el sujeto de la solidaridad es la humanidad: todos los seres humanos que viven amenazados... Bethune, como Camus, es uno de esos solitarios solidarios y merecería un hueco en el elenco de lo que el recién desaparecido Todorov ha llamado en su penúltimo libro, los insumisos, aquellos que saben decir <no> cuando la inmensa mayoría se pliega al <sí> y, además, como decía Germaine Taillon, hacen de su no, un sí.

Imágenes: 1. Ilustración conmemorativa. 2. Refugiados republicanos huyendo de Málaga. Fuente- culturaandalucia.com 3. Norman Bethune.

Respeto y Resistencia. A propósito de la Women's March Global (CTuria, 27 enero 2017)

Son tantos los riesgos y amenazas que han quedado abiertos con la toma de posesión de Donald J Trump como 45º Presidente de los EEUU, que hay quienes toman a broma algunos aspectos “menores”. Por ejemplo, su profundo y constante sexismo, su desprecio hacia la mayoría de las mujeres, en la más rancia tradición del machismo.

La extraordinaria respuesta que ofrecieron centenares de miles de personas (mujeres y hombres) al día siguiente, la Women’s March Global, es una magnífica llamada de atención sobre ese inmenso error. Una vez más, el mensaje es tan sencillo como contundente: los derechos de las mujeres son derechos humanos, derechos que nos importan a todos, que son de todos. La violación de esos derechos, su ridiculización, su menosprecio, es una ofensa mayor e inaceptable, que debe tener respuesta inmediata: ninguna sombra de tolerancia a ese respecto. Ningún daño a esos derechos sin sanción.

Desde luego, hay aspectos de la ideología machista que no pueden ser objeto de sanción directa, aunque sí de reprensión social. Una vez más (lo recordaba Almudena Grandes en su columna el pasado lunes) los comentarios en torno a la presencia de la Sra Trump en la ceremonia de la jura del 45º Presidente de los EEUU se centraron en la estética “Jackie” de su atuendo. Una lógica de mujer florero, la misma que se exhibe reiteradamente -por razones procesales- cuando se saca a pasear el modelo ama de casa ignorante y sumisa y por tanto, inimputable: desde una ministra a una infanta, pasando por la esposa del Sr, Bárcenas. Y no: frente a esa tradición machista, tan frecuente en medios de comunicación, hay que reivindicar la necesidad de insistir en la educación no sexista, en la transmisión de valores y pautas de conducta de igualdad y respeto, desde la primera edad.

Todavía hay quien no ha caído en la cuenta de que la discriminación más presente en la historia de la humanidad (desde el propio relato bíblico de la creación de la mujer) es la que afecta a las mujeres. Pero conviene no hablar en abstracto. VVeamos un ejemplo que se ha conocido esta semana: un informe de UGT publicado el 23 de enero, ha puesto de relieve uno de los aspectos más duros, la diferencia de trato de las mujeres pensionistas en España. Más de 2,4 millones de personas sobreviven en España con pensiones de menos de 700 euros. Un 72%, 1,5 millones, son mujeres. La cuantía media de sus pensiones, es 37.8% inferior  a la de los hombres y si hablamos de pensiones de jubilación, 38%. El importe medio de las pensiones de las mujeres es 742,8 euros/mes, mientras el de los hombres es de casi 1200 euros. Una brecha mayor que la que se da en los salarios (23,2%). Y conforme hablamos de tramos más bajos de pensiones (p.ej, las que se sitúan entre 150 y 500 euros/mes) el número de mujeres es 4 veces más que el de hombres.

Dejémonos de retóricas paternalistas y reivindiquemos de forma concreta esa igualdad. Y hagámoslo con las armas al alcance de todos, como las 10 iniciativas para los primeros días (pueden verse en el sitio web, www.womensmarch.com/100/), nacidas de la Women’s March Global y que ejemplifican ese inteligente slogan de la manifestación de Washington: “respect Existence or expect Resistance”.

UN TIRO EN EL PIE DE LA UE: EL NEGOCIO DE LOS MUROS (Saó, enero 2017)

Quiero aprovechar la invitación de la Revista Saó a participar en este monográfico sobre la Unión Europea, para proponer a los lectores una reflexión sobre uno los asuntos menos visibles en torno a las políticas europeas migratorias y de asilo de la UE. Me refiero a lo que Claire Rodier y otros[1] han denominado “el negocio de la xenofobia”, que puede cifrase en torno a los mil millones de euros entre 2005 y 2020 y cumple una triple función, económica, ideológica y geopolítica. Se trata de saber quiénes y cómo sacan provecho de la prioridad número uno de esas políticas: blindar las fronteras exteriores de la UE.

Lo primero que hay que preguntarse es el por qué de ese blindaje, el por qué de lao que los críticos llaman el proyecto de la Europa fortaleza. ¿Realmente está amenazado el territorio soberano de la UE? Asistimos ante un ataque a nuestras fronteras? De qué tipo? La respuesta, conforme a la posición oficial de la propia UE, animada desde buena parte de los Gobiernos de los Estados miembros (y no sólo los del grupo de Visegrad) es afirmativa: nuestras fronteras exteriores, cuya fortaleza sería la condición sine qua non del espacio de seguridad, libertad y justicia interior y muy claramente, de la libertad de circulación interna de personas y mercancías, están fuertemente amenazadas.  ¿Por quién? Por centenares de miles de inmigrantes irregulares y, más recientemente, de supuestos demandantes de asilo, que pugnan por alcanzar nuestro territorio. Que eso es así ha quedado acreditado, según nuestros gobernantes, en el último Consejo Europeo extraordinario celebrado en septiembre de este año en Bratislava. La consecuencia es muy clara: debemos elegir entre asegurar nuestras fronteras o presumir de una política altruista con todos esos centenares de miles de personas que llaman a nuestras puertas. Pero, primero, como se ha dicho, los europeos no podemos asumir “toda la miseria del mundo”. Segundo, en situaciones de crisis, la prioridad ha de ser atender las necesidades de nuestros ciudadanos y el pastel no da para todos. Finalmente, no todos los que alcanzan nuestras puertas son “trigo limpio”(cardenal Cañizares dixit), sino que hay un porcentaje significativo de delincuentes e incluso de peligrosísimos terroristas. Y, para nuestros gobernantes, está claro: uno y otro propósito son incompatibles. Eso nos obliga a reforzar los controles fronterizos y, por supuesto, a realizar un estricto control, un triage, para que puedan pasar sólo los que de verdad deben tener derecho a pasar y a quedarse,  los verdaderos refugiados y los inmigrantes legales. La consecuencia es que debemos amurallarnos: Vayas donde vayas, vallas, pareciera el nuevo lema de la UE.

Ese afán, que ha hecho resucitar los muros en un mundo teóricamente abierto, que relativiza la importancia de la soberanía territorial (y, por tanto, debería potenciar el reconocimiento del derecho a la libre circulación), es una añagaza.  Vivimos un proceso de refuerzo de las fronteras, entendidos como muros y, aún peor, como espacios en los que se relativizan si no incluso se niegan elementales derechos humanos. Lo muestra la evolución de la política de fronteras de la UE, que parece avanzar en sentido contrario, el de la prioridad de una respuesta que no es ya policial, sino estrictamente militar y en la que los derechos pasan a convertirse en privilegios altamente arbitrarios, por cuanto se violan derechos humanos fundamentales, se ha llegado a vaciar de contenido el derecho de asilo, dificultando hasta el extremo la posibilidad de llegar a salvo a territorio europeo, mercantilizándolo (como ha hecho en este año de 2016 una ley del Parlamento de Dinamarca que impone a los refugiados un copago de las prestaciones que, en realidad, son derechos) o relativizando el principio básico de non refoulement, como resulta del acuerdo de deportación entre la UE y Turquía, por no hablar de la inaceptable transformación de los centros de acogida y estancia de demandantes de asilo en centros de detención, como si esos demandantes, que huyen de la persecución, fueran más que presuntos delincuentes.. La UE incumple así principios básicos del Estado de Derecho, hasta llegar a la aberración jurídica de crear un estado de excepción permanente, esto es, un infra-Derecho aplicable a los protagonistas de buena parte de la movilidad forzada: inmigrantes irregulares y aquellos que ya denominamos como asylum seekers, para evitar el nombre de refugiados. Esta guerra contra el asilo se ha llevado a cabo recurriendo a dos instrumentos muy criticables, la externalización de la policía de fronteras, encomendada (previo pago) a países terceros que no garantizan el standard mínimo de derechos (el paradigma es Turquía) y su militarización, esto es el recurso a instrumentos militares, como lo prueban las características de la operación EUNAVFOR-MED (aunque se la haya rebautizado como “Sofía” para disimular ese carácter) y el recurso a la OTAN en el Egeo. Las políticas migratorias y de asilo entran así en el cesto de las políticas de seguridad y defensa. En el balance, a principios de diciembre, más de 4500 muertos en el Mediterráneo, a los que hay que añadir las penalidades de quienes de nuevo tienen que alcanzar la ruta del Mediterráneo central, de Libia a Italia y allí someterse a las vejaciones, malos tratos y exacciones de las mafias, además de las continuas violaciones para las mujeres.

Decía que el afán de marcar de nuevo fronteras, erigir muros supuestamente infranqueables, es una añagaza. Lo ha probado convincentemente la politóloga norteamericana Wendy Brown[2]: el recurrente propósito de los Estados de la UE (y no sólo: los EEUU, Australia, etc) por erigir muros, es sólo parangonable a su ineficacia para controlar o poner fin a los desplazamientos de las migraciones forzadas. En realidad, esa obsesión tiene una función básicamente simbólica  e interna.  Se trata de hacer creer a los propios ciudadanos que se les está defendiendo frente a una amenaza, un peligro, el que representan inmigrantes e incluso refugiados, mostrando así que los Estados (los gobiernos) les defienden eficazmente y gestionan impecablemente la soberanía territorial. Recordemos que ese fue un mantra repetido una y otra vez, por ejemplo, por el Gobierno Rajoy, especialmente por su ministro del Interior, en relación con las plazas africanas de soberanía española, Ceuta y Melilla, supuestamente sitiadas por millares de ilegales, subsaharianos, como llegó a titular en primera, a cinco columnas, el diario El País. Pues bien, además de un engaño, esa estrategia aleja a la UE del proyecto político de una democracia plural, inclusiva y garante de los derechos y de las reglas del Estado de Derecho.

Ese propósito de blindar las fronteras constituye, además, un negocio, con beneficiarios identificables: los lobbies y las industrias de seguridad y armamento. Todo ello es perfectamente funcional a esta evolución del capitalismo de mercado global que impone la privatización de funciones que antes constituían competencia exclusiva del estado, de los poderes públicos, como la seguridad y vigilancia de los espacios públicos y aun de las fronteras, de los dispositivos de control, informatización de los visados, construcción de muros, de centros de detención, vuelos colectivos de expulsión/deportación, etc. En relación con la UE, recomiendo, como decía, la lectura del apasionante trabajo de Claire Rodier[3], En el libro de Rodier se explica con detalle, con nombres y con cifras, quiénes son los beneficiarios de este enorme y floreciente negocio. Desde una empresa de Málaga, European Security Fencing, ESF, que fabrica y exporta las tristemente famosas “concertinas”[4], a la mayor empresa de seguridad del mundo, G4S, que cuenta con más de 650.000 empleados y que dedica una buena parte de su actividad a la “gestión “ de la inmigración, más las constructoras de los temibles CIE y centros análogos, en Europa pero en los EEUU, o los países que rentan su espacio para posibilitar <espacios al margen de la ley> como la isla de Nauru a Australia.  La evolución de los recursos de los que se sirve la UE en su obstinada impermeabilización de las fronteras ha devenido en una auténtica guerra de facto contra inmigrantes irregulares y demandantes de asilo, a los que se ha estigmatizado convirtiéndolos en sujetos de sospecha. Eso ha justificado un incremento acelerado del gasto en esas tareas de control. Desde 2013, señala Rodier, el instrumento principal es el sistema de 'fronteras inteligentes' (smart borders), compuesto por 3 instrumentos: un sistema de entrada/salida (SES), el programa para viajeros registrados (PVR) y la red de comunicaciones Eurosur, que se suman a los ya existentes (el SIVE y la red de CIE o CREA). La Comisión Europea ha cifrado el coste de EuroSur en 338 millones de euros, pero en el Informe Borderline de la Fundación Heinrich Böll se eleva a 847 millones. El coste de Smart Borders subiría a 400 millones de euros, con 190 millones anuales de costes operativos. Han de añadirse también la inversión en FRONTEX, en operaciones como la mencionada EUNAVFOR-Med, o el coste de la intervención de la OTAN en el Egeo (pues esa operación no sale gratis: la sufragamos los ciudadanos europeos) por no hablar de los contratos de externalización: 6000 millones de euros a Turquía y más de 1400 millones de euros a países de la Unión Africana. Si sólo una décima parte se invirtiera en hacer efectivas verdaderas operaciones de salvamento y rescate como las que llevan a cabo -sin subvención oficial alguna- los barcos de MSF, probablemente no tendríamos que lamentar ni la décima parte de muertes. Pero la UE prefiere darse un tiro en el pie –por utilizar una metáfora suave- en lugar de trabajar en cumplimiento de lo que es su razón de ser: una comunidad de Derecho, al servicio del  reconocimiento y garantía de los derechos humanos.


[1]  Véase por ejemplo, el estudio de Frost y Sullivan (2014) Global Border and Maritime Security Market Assessment. La versión online se puede descargar en: http://images.discover.frost.com/Web/FrostSullivan/GlobalBorderandMaritimeSecurity.pdf. [revisado el 27.11.2016]. También el libro editado por T. Gammeltoft-Hansen y N. N. Sorensen The Migration Industry and the Commercialization of International Migration, Routledge, N York, 2013.

[2]  Me refiero a su utilísimo libro Estados amurallados, soberanía declinante, Herder, Barcelona, 2015, con un estupendo y crítico prólogo de Etienne Balibar.

[3] Xenophobie Business. A quoi servent les contrôles migratoires, La Decouverte, Paris, 2015 (2ª). Pero hay también informaciones más sucintas pero no menos interesantes, en trabajos ad hoc como los de Periodismo humano: http://periodismohumano.com/migracion/el-negocio-de-cerrar-las-fronteras-de-europa.html ).

[4] A la que habría que añadir otras como ACS, Indra o Ferrovial, que se reparten 8 de cada 10 euros destinados a las vallas de Ceuta y Melilla: de los 79 millones de euros gastados por el Estado desde 2004 n esos dispositivos de seguridad, esas tres empresas han recaudado 59 millones.